

Hace ya cinco años, una noche, Carlos Victoria me dio a leer un cuento y me dijo que, si me gustaba, me lo iba a dedicar. El cuento era “Un llamado en Manila”.
Desde entonces me he preguntado por qué Carlos quiso dedicarme ese cuento en particular. Tal vez lo motivara nuestro gusto compartido por el cine de Wong Kar Wai, en una de cuyas películas los protagonistas viajan por las Filipinas en trenes hacinados, entre cañaverales y palmares, al son de Siboney. Lo cierto es que él no supo o no quiso decirme, y ya no puede hacerlo.
En el prefacio a la edición de 1781 de su Crítica a la razón pura, Emmanuel Kant escribió: “La razón humana tiene el destino singular, en un género de sus conocimientos, de estar abrumada por preguntas que, como le son dictadas por la naturaleza misma de su razón, le son imposibles de evitar, pero que, al sobrepasar todos sus poderes, le son asimismo imposibles de responder”.
Entre tantas preguntas sin respuesta, una cosa es segura: “Un llamado en Manila” es, de todos sus relatos, mi favorito, y probablemente uno de los más elusivos. Es además una de sus raras narraciones cuya acción tiene lugar, en parte al menos, fuera de Cuba y Estados Unidos. (Sólo me viene a la mente otra excepción: “La australiana”, de Sombras en la playa.)
Hay recuerdos de Cuba y vivencias de Miami en el cuento, pero sus escenas centrales suceden durante un viaje a las Filipinas. Victoria, quien usualmente narra de forma directa hechos cotidianos, dramáticos o incomprensibles, coloca aquí un doble filtro entre nosotros y lo que ocurre: la mayoría de los hechos importantes tienen lugar entre bambalinas, y lo demás lo entrevemos a través de los ojos de un niño que lo comprende solamente a medias.
Al filo de la adolescencia, Alex ha visto deshacerse y rehacerse varias veces la vida de su padre, Alejandro. Su primer recuerdo de él es el de “un joven militar enérgico, robusto, con su impecable uniforme verde olivo”; más tarde un campesino huraño y silencioso, y luego, transfigurado por el peligro en alta mar, un balsero enérgico que rema con vigor y tranquiliza a los demás en su azarosa travesía.
Llegados a Miami, Alejandro vuelve a encerrarse en sí mismo, en el ajetreo de sus trabajos, “áspero y remoto”, hasta que una nueva vida secreta comienza a infiltrarse, a rejuvenecerlo una vez más, y pone abrupto fin a su matrimonio. Acabamos por enterarnos que Alejandro ha dejado a su mujer por Ismael, un pintor próspero, generoso, jovial, pero, a su manera, tan hermético como el mismo Alejandro: “un fantasma famoso, pero sin asidero, sin pasado ni historia”, siempre envuelto en el humo de su cigarro.
El tema de la incomprensión recorre el relato (el hosco silencio de Alejandro, el sonriente silencio de Ismael; la barrera idiomática que separa al hijo de los padres, pero que le sirve de enlace y complicidad con el pintor; la incomprensión misma de Alex ante mucho de lo que pasa en el complejo mundo de los adultos), y llega a su apogeo en las Filipinas. El tagalo salpicado de español los envuelve como un idioma de sueño; el paisaje y las costumbres son familiares y enigmáticas a un mismo tiempo (“rincones de La Habana injertados en este laberinto de opulentas iglesias, de mansiones antiguas, que contrastaban con las mugrientas ruinas”), y los confunden y desorientan.
Nuestros escasos atisbos de la crisis en la relación de Alejandro e Ismael son igualmente desorientadores. ¿Cuál es el problema que los separa? ¿Inseguridad de Alejandro ante su homosexualidad? ¿Orgullo lastimado por ser amante de un hombre más rico, que paga por sus viajes? ¿Miedo a la intimidad? Su desenlace, violento y operático, en medio del tumulto enloquecido y sangriento de la gallera (que tiene más de templo que la iglesia en que se refugian más tarde, aunque el templo de un dios implacable, insensato), no nos revela mucho más que el único diálogo íntimo de los dos que habíamos escuchado poco antes, amordazado por una pared de madera: “¡No te entiendo! ¡Nunca te he entendido!”, grita Alejandro, e Ismael le contesta: “Ni yo tampoco a ti”.
En su noche última en Manila, solo con ese hombre roto que es su padre, Alex recibe su llamado, su única certeza inconmovible. Entiende, sin palabras, que pegar uno a uno los restos de este hombre es “una tarea que podía tomar años, tal vez toda la vida”; que por el resto de su vida seguirá cuidando de Alejandro y amándolo “como insensatamente uno ama a las personas que nunca llega a conocer de verdad”. Con esta certeza, muy poco kantiana, el relato llega a su fin.
Cierro el libro, y recuerdo (sin que venga al caso, pero sin poder evitarlo) aquellos personajes de una película de Wong Kar Wai que andaban por las Filipinas en trenes hacinados, entre cañaverales y palmares, al son de Siboney. Pienso también (esto sí viene al caso) que he hecho trampa, que como ignoro el alemán he reconstruido esa cita de Kant a partir de una traducción inglesa y otra española, y que Kant puede haber dicho, o querido decir, algo muy diferente. Mi solo consuelo (si es que puede llamársele consuelo) es que puedo haber tergiversado tanto el texto de Carlos Victoria como probablemente hice con el de Kant.
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(La Habana, Cuba). Licenciado en Artes Escénicas por el Instituto Superior de Arte de La Habana. Ha publicado los poemarios Beatrice (1982), Busca del Unicornio (1991) y A la manera de Arcimboldo (1999). Sus poemas y relatos han sido publicados en revistas literarias dentro y fuera de Cuba. Cuenta con varias obras inéditas: novela, relatos y poemarios. Obtuvo el Premio David en 1991 y la Mención Julián del Casal en 1993. Reside en los Estados Unidos desde 1994.