

Amigo Carlos:
El segundo guarismo que aparece entre paréntesis es falso, pues ya sabemos que un hombre, todo hombre, muere después –poco o mucho después, depende– de que ha sido declarado “técnicamente” muerto. Cada ser humano que abandona el territorio que llamamos de los “vivos”, aun el más anónimo, deja tras de sí una huella que perdura en un entorno específico. Algunos dejan una estela de más o menos luminosidad; otros, una secuela de amargura, desprecio, repulsión.
En el caso de los escritores, no es ningún descubrimiento, en verdad mueren cuando desaparece su último lector sobreviviente, quién sabría cuándo. Así que, reitero, ese 2007 es apócrifo.
De manera que, si te has ido a destiempo, como solemos decir, únicamente debemos lamentar que haya quedado interrumpida esa novela que estabas escribiendo, los libros que sin duda escribirías luego. Eso sí. Pero nos dejaste, si bien no todo lo que habrías podido, suficiente.
Es el 1 de enero de 2007 y estamos en el apartamento 217 de la 107 avenida en la 8025 del SW, en Miami. Día de poco tránsito, ideal para cruzar prácticamente la ciudad hasta donde me hallo, me has hecho saber tres o cuatro días antes. En aproximadamente tres horas y media de charla, que no cesa ni siquiera cuando pasamos por el almuerzo, nos contamos casi todo lo que se nos había quedado trunco desde nuestra última conversación, desde el último mensaje electrónico, la última llamada por teléfono. Hace poco has tomado vacaciones en tu trabajo de “pan ganar” y has dedicado todo ese lapso a la novela que estás escribiendo; mas, sólo has logrado “una gota de agua en el océano, es muy vasta esta obra”. En el sofá, en la mesa, en la terraza, a todo lo largo de la conversación, ahí está conmigo, como antes, como siempre, la masa dura del estoico, la lanza dulce de quien, en el terreno de la creación, sufre sólo por ese afán de superarse a sí mismo, a lo ya escrito por sí mismo, no por superar al colega, al “otro” (ésta fue, es, una de tus virtudes insignias). Con la clarividencia que te caracteriza me regalas par de variantes para la posible resolución de una disyuntiva que se abre ante mí. “Por aquí, Félix Luis, por aquí. Ponte el casco de guerrero y dale por aquí, o por aquí”, Y luego de una pausa y una sonrisa leve y más bien amarga, susurras casi mirando hacia el césped, o tal vez hacia la piscina que nos queda enfrente: “Bueno yo quisiera estar allá en Camagüey, escribiendo, pero no se puede”. Esa tarde, además, rememoramos todo el tiempo que supimos uno de la existencia del otro, que obrábamos para que el uno se encontrara con el otro, estrecharnos la mano, mirarnos a los ojos; hasta que esto fue posible en el año 2002. No voy a relatar lo que esa tarde en cuestión argumentaste para que, de tu parte, la empatía conmigo se estableciera como tiro de cañón y la amistad se sedimentara como ésas que han perdurado por veinte años o más. En definitiva, sólo los ilusos, y sobre todo los dogmáticos (que también son ilusos, claro), piensan que la confraternidad, o los grandes amores, necesitan de vasto tiempo para enraizarse. El ensamblaje de almas está en proporción directa con un acople, digamos, genético-espiritual. De lo contrario, la vida nos alcanzaría para contar sólo con dos o tres amigos, sólo con dos o tres amores del que fuera. “En mayo nos vemos, y luego en diciembre, me avisas con tiempo de tu llegada”, reafirmaste, cuando nos despedimos, esa tarde del 1 de diciembre de este año que va corriendo. Y lo reafirmaste, lo reafirmamos posteriormente en mensajes electrónicos, en alguna llamada telefónica. Ayer, 12 de octubre, llega la noticia de tu muerte –bueno, eso de tu muerte es un decir, pero aun así raja el hueso, escarba en el ojo, truena en el hígado–, pero sigo pensando que, si en mayo y diciembre aún estoy del lado de acá y llego hasta aquel sitio, nos veremos. Estoy seguro de que nos veremos, no hay que ser un genio para concebir por qué lo afirmo.
Yo sí puedo decir por qué fue la empatía de mí para ti. Esa paz del resignado a su suerte, o a la suerte que le impusieron; que eso indica valentía, no lo contrario. No diríamos que pusiste la otra mejilla, pero perdonaste a tus verdugos, o al menos los olvidaste (quizás el olvido duela más que el perdón y tal vez por eso no te perdonen), consta: no solías imprecarlos, no te valías de tus dolores pasados para solicitar prebendas en el presente. No te sumaste a tus colegas y compatriotas maldicientes del sistema imperante en la isla de Cuba que, unos hoy ya fallecidos, otros no, unos buenos escritores, otros no, sacaron buen provecho con esta postura para obtener fama extraliteraria en favor de la fama literaria y de la cuenta bancaria. Obviaste el camino de los disidentes cinco estrellas que fueron, que van, que han ido por el mundo echando en cada rincón en que le sea permitido un discurso furibundo en contra de aquel “sistema político” para, de este modo, tapar la tronera que fácilmente se advierte en sus pésimas obras literarias. Como algunos, como alguno, no te dedicaste a construir en vida una leyenda de víctima, de perseguido, de Jesucristo en tierra –y aun mentir en sus ficciones, porque no es una paradoja afirmar que en las obras de ficción también es posible mentir– para así lograr que tu obra fuera sobredimensionada. Tu verdad estaba en tus libros. Consta: tú sólo escribías, sin esperar a cambio nada material, ni la gloria, ni el reconocimiento de hoy o de mañana, ni por éstos luchaste cabildeando en las esferas del poder. Nunca te arredraste por esa especie de estigma –¿maldición?–, que nadie sabe qué, quiénes o quién inventó y que aplasta a “Los Escritores Cubanos de Miami”. Y en fin, consta: lo que tuviste, te llegó, no fuiste a buscarlo. “Ganado tengo el pan/ hágase el verso”, diría El Maestro. Eso hacías: trabajo “asalariado” a la par de la obra creadora, pagar la renta, comer lo necesario, ahorrar para sobrevivir, es decir, para seguir escribiendo. En silencio. Así ha sido. Vida de monje casi, con la diferencia de que los monjes no fuman dicen.
El perdón, los perdones, deberían ser recíprocos. Pero no siempre resulta así. Y no ha sido así en el caso de tu muerte física. El único periódico diario nacional de Cuba no da fe de tu muerte. Menos el de tu natal Camagüey. Es decir, nunca exististe, no naciste en Cuba, no eras, eres, cubano, no escribiste una obra que enriquece la literatura de aquel país. Silencio. No ha pasado nada. No ha aparecido por allá una nota periodística que atestigüe, que llore un poquito por la partida del retraído, el solitario, el que enfrentó el fuego adversario con la sonrisa seráfica. Así es esto, amigo. Y ya lo hemos dicho en otra ocasión: dicen que el calla otorga; mas, también, el que en ciertas circunstancias calla, miente. Pero sólo alguien que fuera Dios podría hacer callar para siempre lo que desde la tierra grita.
De la información difundida se infiere que la muerte te citó al combate y estableció ganarte por puntos, pero tú le fuiste encima y la venciste por nocaut. Bien hecho.
Ahora podría cerrar diciendo “En paz descanses”, o “En paz descanse”. Pero eso es una tontería: en ese otro lado nadie descansa. Es la nada física. La no existencia física. ¿Cómo podría alguien descansar cuando, “materialmente”, no es nada? Desde ayer, en el territorio de lo tangible, eres sólo cenizas, “polvo enamorado”. Mejor atenernos a que tú, tus libros, siguen en la pelea. Mejor confortarnos con que El salón del ciego –por sus altísimos recursos técnicos, por su tremenda carga humana, tu mejor libro en mi opinión, como dije, como escribí en su momento–, junto a los demás, seguirán sin descanso por mucho tiempo, guerreando por mucho tiempo.
Nos vemos.
13 de octubre de 2007.
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(Santa Clara, Cuba, 1945) Poeta, cuentista y novelista. Ha obtenido en dos ocasiones (1983 y 1988) el importante Premio Nacional de la Crítica concedido en Cuba a los mejores libros de cada año. En el campo de la narrativa tiene publicados los libros de cuentos Las llamas en el cielo (considerado un clásico del género en Cuba) y En el nombre del hijo; y las novelas Con tu vestido blanco, Serás comunista, pero te quiero e Inglaterra Hernández. Su novela Un ciervo herido, publicada por la Editorial Plaza Mayor en 2003, fue traducida al italiano en 2005, con una acogida extensa en la crítica literaria de Italia. Actualmente trabaja en México.