

Entre Holguín y Matanzas. Entre los demonios enloquecidos y voraces de Reinaldo Arenas y los diablitos de Senel Paz. Desde la misma tierra de Severo Sarduy. Pero en Miami, conocí a Carlos Victoria. Parecía un notario, como Pessoa en su Lisboa de empinadas callejuelas. Nada que sospechar. Atildado… En la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, nunca reparé en el. No escondía su talento. Se cuidaba. Las represiones lo obligaron a cuidarse, hasta de los que presumieron después de su amistad porque les servía de máscara liberal. Nos tiramos un retrato de familia frente a la librería Universal, con el pintor Ramón Alejandro y Rubén Martí. ¿Universal? Por lo menos sin país, que ya es mucho. Ahora que los nacionalismos yacen en los viejos armarios, entre bolitas de naftalina, Carlos Victoria puede considerarse entre los adelantados. Sus novelas y cuentos nunca pretendieron ser cubanos o defender la causa gay. No le interesaban las alegorías. Tampoco los “mensajes”. Ni atacar ni defender. Transcurrir… ¿Alzó alguna vez la voz? ¿Llamó la atención? Tampoco sé si su procesión iba por dentro. No me interesa deconstruir sus historias, apenas releer Salón del ciego y La travesía secreta. Recordar “El resbaloso” no como el cuento excelente que es, sino también como conjuro contra tantas farsas de lo cubano, de la cubanidad. Murió un viernes, pronto harán dos anos. En Camagüey quizás se enteraron dos o tres amigos. Pero ni falta que le hizo, que le hace.
Cary, 15 de septiembre y 2009
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(La Habana, 1945) hizo estudios de Literatura en la Universidad de la Habana con José Lezama Lima. Crítico literario, novelista, ensayista y profesor universitario, ha publicado una extensa obra entre la que se cuentan las novelas Mariel (1997, 1999), Guanago Gay (2001) y los Estudios sobre poesía cubana (1988), Criticar al crítico (1983) y Fabelo (1994). Hizo parte del grupo que preparó la edición cumbre de Paradiso, de José Lezama Lima para la UNESCO. Vive en Puebla. En su libro más reciente, Cuentos, reúne diez narraciones.