

Tuve un libro de cuentos de Carlos Victoria –creo que era El resbaloso y otros cuentos– y ahora me encantaría recuperarlo porque a lo largo de los años y los viajes, o prestándoselos a los amigos, he perdido bastantes libros, normalmente firmados. Conservo otros libros suyos, pero no ese. En él figura un cuento que comienza con un diálogo a tres bandas entre Reinaldo Arenas, Guillermo Rosales y él mismo. Eran ellos, aunque los nombres estuviesen un poco cambiados. Junto a otras posibles lecturas, era el retrato de tres marielitos que se sentían acorralados por una sociedad en la que no se integraban, perdidos en la orilla norteamericana de un mar que conocían demasiado bien como para poder amar, hablando con crudeza de sus cosas, hiriéndose a pesar de sus afectos mutuos.
O tal vez todo eso lo recuerdo mal, porque hace años presté el libro, y al final de lo único que estoy seguro es de la crudeza. Era un cuento crudo, y en su día me sorprendió la poca compasión que el autor parecía mostrar por sí mismo, o por sus amigos, en la descripción. Y sin embargo eran buenos amigos, y Carlos lo demostró cuando murieron.
Habiéndolos sobrevivido, Carlos fue, entre otras cosas, su albacea literario. Fue a Carlos a quien Guillermo Rosales dejó sus libros por publicar, aunque no le fueron entregados por la familia del muerto, y fue Carlos el que se ocupó de las primeras ediciones de los libros póstumos de Arenas publicados en Miami. Carlos era el Max Brod miamiense, un Max Brod que a la amistad unía el talento. El cuento creo que fue escrito cuando los tres escritores estaban aún vivos. Ahora están los tres muertos.
2. Estoy cansado de escribir necrológicas de gente de mi generación. No somos tan mayores, después de todo, como para que sea necesario. Y sin embargo… Señalaré entonces sólo lo obvio: que los tres escritores que protagonizaban aquel cuento han muerto, todos fuera de su tierra, todos antes de tiempo, todos después de mostrar su calidad de autores; ninguno ha muerto de muerte natural, ninguno después de haber alcanzado un éxito al que tenía derecho por la calidad de su obra. El libro de Arenas que todo el mundo leyó –incluso quienes no leen nada o casi nada– apareció después de su muerte. La edición española, bonita, de tapa dura, del último/casi único libro de Rosales apareció mucho después de muerto su autor. Por su parte, Victoria pasó con sus ediciones de la Calle Ocho a París, de la autoedición a Actes Sud y a la Librarie Espagnole de París, la misma en que Sarduy presentó su último libro, sin detenerse en las grandes editoriales de su idioma. Debió haber sido más conocido: su obra lo merecía.
3. Es un tópico manido decir que la primera novela de un autor suele ser autobiográfica. Con Victoria hay que ir más lejos: toda su obra es una reescritura de su vida. Sus cuentos nos devuelven a los primeros meses y años de la Revolución, cuando los entusiasmos aún no habían muerto pero ya se divisaban más peligros que esperanzas en el futuro; a la Habana de los años sesenta cuando un disco de los Beatles era un tesoro por el que valía la pena romper una amistad, a la juventud que quiso jugar a ser hippie y contestataria para acabar siendo encuadrada cuando no encarcelada, a la vida de los marielitos ni integrados ni integrables de los primeros años que siguieron al éxodo del Mariel, o a la vida anónima dentro de la sociedad norteamericana. Y junto a esos temas comunes, algunos propios.
Puente en la oscuridad, la novela con la que Victoria obtuvo el premio “Letras de Oro”, era un libro en que la búsqueda de su hermano desconocido nos conducía a una serie de reflexiones sobre la identidad, la soledad y el anonimato en medio de una ciudad en la que el protagonista no se reconocía, donde vivía pero sabiendo que nunca llegaría a ser su ciudad. Era la novela sobre un personaje con un empleo fijo pero que no era feliz en el mismo y, al mismo tiempo, la crónica de una ciudad de solitarios. De aquella novela recuerdo varios detalles que me tocaban de cerca: un restaurante al que va a comer –o cenar– el protagonista y en donde no saben su nombre pero sí lo que va a comer y cómo lo va a pedir.
Esa experiencia de solitario de costumbres fijas que creía muy propia me sorprendió al verla reflejada en un libro ajeno. Era la novela de un solitario contra el que todo se conjuraba para convertirlo en perdedor pero que, por el simple hecho de saber escribir como lo hacía, no lo era. Nadie que escriba como lo hacía Carlos Victoria, con su talento, con su disciplina, puede ser un perdedor, no importa lo solo que esté o lo mal que se sienta. También por eso la obra de Victoria es una reescritura de su vida. Donde otros se hubieran dejado derrotar por circunstancias que quebraron tantas promesas, y hasta las posibilidades de toda una generación, Victoria encontró temas sobre los que escribir. Y esa es su grandeza.
Publicado en el Blog Penúltimos Días, de Ernesto Hernández Busto, el 12 de octubre de 2007
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Es un escritor barcelonés que ha pasado la mayor parte de su vida adulta entre Centroamérica y los Estados Unidos. De vuelta en su ciudad natal, ahora pasa la mayor parte de su vida aburriendo a sus amigos con historias increíbles sobre sus viajes. Ha publicado dos novelas La muerte del héroe (2001) y Nieve sobre Miami (2003), ambas en Debate. Después de que esa editorial dejase de dedicarse a la narrativa, demasiado gandul como para buscar editor nuevo, se ha pasado al ensayo y ha publicado, Amos del mundo. Una historia de las conspiraciones (2006), y Extremo Occidente. Una historia personal de los Estados Unidos de América (otoño de 2008).