

Visita a casa de los hermanos Abreu
No había humedad, lluvia o calor, las características definitorias del trópico que tanto desgastan físicamente y embotan el cerebro. Todo lo contrario, era un plácido medio día de principio de diciembre de 1980. Reinaldo Arenas llegó al pequeño apartamento en Hialeah, donde vivían dos de los hermanos Abreu (Nicolás, con su esposa Exys, y Juan), acompañado de Carlos Victoria. La visita había sido pautada con anticipación, para que Nicolás y yo conociéramos al escritor camagüeyano (ya Juan había tenido contacto con él unas semanas antes). De pronto, se presentó ante nosotros un joven de baja estatura, delgado, retraído en muchos aspectos. Luego, tras la conversación, supimos de su vasta cultura, de sus numerosas lecturas. Esa misma tarde le escuchamos hablar de que toda su obra le fue incautada por la seguridad del estado, cuando le hicieron un registro buscando La vida secreta de Truca Pérez, la mítica novela de Daniel Fernández./
Ese primer encuentro fue definitorio en nuestra amistad. El efficiency era tan compacto que había que utilizar la cama para sentarse, pues las seis personas apenas cabíamos. Creo que pretendí hacer un chiste, comparando el hacinamiento en la Embajada del Perú en La Habana, con el que estábamos sobrellevando en el cuartucho. Nicolás, con ese agudo sentido del humor y la chispa que le caracteriza redondeó la idea, logrando arrancar una risa unánime. Carlos sonrió con timidez y en ese momento hicimos un primer contacto visual. Primero pensé que era por el desconcierto inicial que muchas veces despierto, pues soy bizco y tiendo a confundir a las personas, pero la mirada era intensa, como que identificó algo que nos uniría. A partir de ese momento se convirtió en un gran amigo, al que quería, comprendía, y con el que compartí momentos memorables.
Esa tarde no hubo lecturas, sólo se habló de proyectos. Como todos estábamos recién llegados, nos absorbían esos complicados primeros meses como nuevos exiliados, en los que buscábamos abrirnos paso, la mejor manera de sobrevivir. Carlos manejaba un montacargas, Nicolás laboraba en la construcción, Juan planificaba irse a California. Yo cambiaba gomas en un taller de reparaciones de autos. Pero a pesar de los obstáculos, conversamos de escritura y de la posibilidad (en muchos era un eufemismo) de reunir lo escrito en Cuba, reescribir lo perdido (de ser posible) y de las cosas que nos motivaba la nueva experiencia que afrontábamos. En medio de las dificultades, comenzamos a elaborar la idea de fundar una revista literaria. Eran los primeros atisbos de lo que posteriormente sería la revista Mariel. Todavía tardaría un poco en aparecer, se necesitaba aunar esfuerzos, crear un equipo de trabajo que a su vez ayudara con los gastos. En 1983 apareció el primer número de Mariel.
Visita a Esteban Luis Cárdenas
Si Reinaldo llevó a Carlos a conocer a los Abreu y a mí, Carlos luego me condujo a un primer encuentro con el poeta Esteban Luis Cárdenas. Esteban vivía en un apartamento derruido en el corazón de la Pequeña Habana. Daba miedo entrar en el inmueble. Durante el camino, me fue advirtiendo sobre el personaje y su entorno. Quería prepararme para algo, pero no se atrevía a ser directo.
Tengo que confesar que la atmósfera que describo en mi cuento Mandrake el Mago brilla en el Southwest, está inspirada un poco en el edificio al que acudí con Carlos. Era un sitio completamente marginal, sólo superado por otro que visité años después, para entrevistar al poeta Eddy Campa, autor de Little Havana Memorial Park, uno de los mejores libros publicados en el exilio.
Carlos marcaba el paso delante de mí. Los apartamentos tenían las puertas abiertas, en algunos una cortina brindaban cierta privacidad. Las latas de cerveza eran difíciles de esquivar. Encontramos tantas, que pienso que estaban allí intencionalmente, para que al pisarlas o patearlas alertaran de una presencia extraña. La cabeza de Carlos desapareció detrás de una cortina, su diminuto cuerpo, que en aquella primera etapa lo enfundaba (no importaba en qué mes estuviéramos) en un pantalón de corduroy carmelita y alguna camisa de mangas largas, anunció su presencia y especificó que venía acompañado. Enseguida me hizo pasar.
El ambiente era desolador y tercermundista. Tras una cortina casi transparente, que pretendía servir de separación, un negro enorme y voluminoso, dormía acostado en un catre. Sobre una mesa, una suerte de reverbero calentaba un jarro con algo, presumiblemente leche. En otra división, establecida por un cordel de pared a pared y un par de sábanas de distintos colores, una gringa pelirroja, tetona y pecosa, vistiendo un apretado short que dejaba al descubierto su gelatinoso vientre, fumaba mariguana con otro moreno. La comunicación se limitaba al cigarrillo, pues ella hablaba en inglés y el otro respondía en español. Sólo el tabaquito torpemente enrollado pasaba de una boca a la otra repetidamente. El peculiar olor cargaba el ambiente.
En un costado, sentado en un pimpampún, Esteban, con un afro bastante grande en su cabeza y espejuelos oscuros que no se quitó en ningún momento, se levantó a saludarme. Me dio un abrazo y dijo: ¡¡¡Coño, ya Carlitos me había hablado de ti!!! No había nada más que agregar, se veía eufórico por conocer a otro escritor en Miami. Aunque llevaba unos pocos meses más que nosotros en el exilio, estaba en peores condiciones. Para festejar nuestro encuentro leyó un poema, Los espíritus rondan mi morada, que luego apareció publicado en el primer número de la Revista Mariel.
Como no tenía que ofrecernos, le pidió al hombre que acompañaba a la gringa una mariguana para festejar el encuentro, pero el hombre medio abstraído y protegiendo su patrimonio gritó: ¡Ni pinga! Carlos logró persuadir a Esteban de que todo estaba bien. Al partir, cada uno de nosotros le regaló a Esteban 10 dólares.
Visita a Cayo Hueso
Volver a Cayo Hueso se convirtió en una peregrinación casi obligada de los que habíamos llegado a Estados Unidos precisamente por ese punto, The Southernmost Point, el punto más al sur de los Estados Unidos. Había sido nuestra puerta de entrada, pero también de sorpresas, deslumbramiento y curiosidad. Carlos y yo planificamos el viaje. Iríamos en un Chevette que había comprado nuevo, pero que manejaba a regañadientes. Yo conduje por la estrecha vía hasta Cayo Hueso, con un Carlos temeroso por la velocidad, los giros repentinos y los frenazos intempestivos que yo daba. Exploramos las concurridas calles, los numerosos bares, la relajada vida de los turistas. Llegamos hasta el mismo punto por donde habíamos desembarcado. Un cartel azul, escrito a mano con letras blancas rezada: “el último que salga, que apague el Morro”.
El ambiente en Cayo Hueso era el propicio para beber hasta caer borracho, pero Carlos, para ese entonces, ya había decidido alejarse de la bebida. Yo lo apoyé en ese trance. Podía intuir lo que representaba para él la abstinencia. Regresamos victoriosos a Miami.
Visitas al cuchitril donde yo vivía
Carlos buscaba alejarse de Esteban, Guillermo Rosales y otros amigos, pues con ellos no podía evitar beber. Era algo compulsivo, que por el solo hecho de estar rodeado de bebedores, lo impulsaba a tomar. Para no sucumbir a la tentación se aparecía a las horas más inesperadas en mi cuchitril, parecido por sus dimensiones al de Nicolás en Hialeah. Dos de la mañana. Cuatro y cuarto de la mañana. A cualquier hora. Llegaba y comenzábamos a hablar de literatura. Nadie quería conversar de libros y lecturas a esa hora, pero él insistía.
Nunca llegó en tragos a mi casa, aunque sí inquieto. Tomábamos coca cola en abundancia. Yo dormitaba mientras él hablaba ininterrumpidamente de Camagüey, de su madre enferma, del aserradero horroroso en que había trabajado, de la pérdida de sus libros. En ocasiones muy particulares, se refería a su padre, al que no conocía, pero siempre cortaba abruptamente la conversación. Odiaba ver televisión, por eso, cuando las visitas se prolongaban demasiado, yo lo encendía. En muchas ocasiones surtió efecto. Se marchaba, es decir, me dejaba dormir.
Visita al Palmetto Hospital
No había nada que hacer. Respiraba normalmente, pero ayudado por un potente ventilador mecánico. Los monitores verdes marcaban los distintos ritmos biológicos. Su esposa Mayra, su amigo Pablito, Rodolfo Martínez Sotomayor junto a Eva Vergara; José Abreu Felippe y yo, observábamos la escena con estupor y conciencia de lo que significaba. Antes de irme, le pasé suavemente la mano por el pelo. No lo volví a ver.
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(La Habana, 1956) Salió de Cuba durante los dramáticos sucesos de la embajada del Perú y el posterior éxodo del Mariel, en 1980. Desde entonces reside en Miami. Fue miembro del consejo de editores de la revista Mariel y de Nexos de difusión electrónica. En la actualidad edita El ateje, publicación cibernética. Ha recibido el Premio Museo Cubano de ensayo, por un trabajo sobre Dulce María Loynaz. Ha publicado los libros de relatos: Un verano incesante (Ediciones Universal, Miami 1996) yEl otro lado (Ediciones Universal, Miami, 1999), y la recopilación de textos y documentos Reinaldo Arenas, aunque anochezca(Universal, Miami, 2001). Un cuento suyo es recogido en Cuentos desde Miami (Poliedro, 2004) y en Palabras por un joven suicida (Silueta, 2006). Es columnista de Diario Las Américas en Miami. Acaba de publicar su libro Tiempo vencido (Editorial Silueta, 2009).