

Mi hija me llama por teléfono y le cuento que escribo sobre él. Ella lo conoció de cerca, pues trabajaron juntos en El Nuevo Herald donde Lena comenzó su carrera de periodista, gracias en mucho al apoyo solidario del amigo, que llevaba allí muchos años. Mi hija es joven y no sabe aún cómo hablar de la muerte, no quiere demorarse en la tristeza. Pasamos a otros temas por un rato. Luego me he regresado al sillón de al lado de la ventana, donde la luz de la Florida cae de modo más tenue, y me facilita escribir estas notas, que comencé cuando Amir Valle me pidió un texto sobre Carlos Victoria para la revista Otro Lunes.
Esta tarde me he quedado en casa. No students, no expressways, no English. Las palabras se insinúan sobre el papel con las pausas que se disputan en este texto mi emoción y su retórica. Pues este tipo de memoria -que es lo que importa al editor y al lector de estas líneas - debe encontrar el modo de ir más allá de lo privado, del recuento de una amistad, y de la pérdida de un ser excepcional. Mis recuerdos, entonces, podrán ser compartidos por otros y para ellos tengo un mensaje: Todo lector de nuestro idioma, pero más aun si es cubano, deberá leer en algún momento Puente en la oscuridad y La travesía secreta, dos novelas de Victoria publicadas por Editorial Universal en los años 1992 y 1994, más los cuentos recogidos recientemente por Ediciones de Aduana Vieja en merecido homenaje rendido en vida al escritor. Estos tres libros son fundamentales en la narrativa latinoamericana contemporánea, y fueron escritos en Miami.
Allí nos conocimos en 1992, a mi llegada al exilio. No recuerdo quién nos presentó pero sí puedo evocar nuestro primer almuerzo. Fue en el restaurante “Habana Vieja” en Coral Way. Lo escogimos pues a Carlos le gustaba manejar “por abajo”, es decir, odiaba los express ways que sobrevuelan literalmente el bullicioso espacio urbano. Nos sentamos en aquel lugar modesto y pretencioso a la vez que simulaba el diseño de las calles de la Habana, espejo del espíritu nostálgico de la ciudad. Sin embargo, no fue ese el rumbo de nuestra charla. Y aquel tácito entendimiento sobre cómo lidiar con nuestros fantasmas selló el tono de futuros encuentros. !Ah, como hubiera querido tener más tiempo con él! Me enseñó mucho sobre la experiencia de vivir y escribir en una tierra ajena, rodeado de los sonidos de otro idioma y las claves de otra cultura. Me instruyó sobre un código de honor: saber perdonar a quienes ya no pueden perdonar. Casi textualmente cito su frase, dicha con esa media sonrisa suya que se abría la picardía cuando la complicidad nos unía en nuestro “pase de revistas” sobre vida y milagro de amigos comunes.
A veces, por los horarios suyos o la premura mía, que luego he regresado a Miami de visita, sólo había tiempo para “coger un brake” durante su trabajo en El Herald. El se escapaba de su buró y nos íbamos por unos minutos a unos feísimos balcones que tiene el edificio y allí compartíamos un cigarro, un café, y “el ponernos al día” de nuestras vidas entre uno y otro encuentro. Carlos nunca habló de su vida privada conmigo, y yo con él no me ponía sentimental al referirme a la mía. Así que esa parte resultaba breve pero muy real. Hablamos de nuestras fastidiosas rutinas, la salud, y de los seres más queridos, incluidos nuestros gatos. Aquello era una agenda que se convirtió en ritual, y ahora que lo escribo pienso que es una de las ceremonias que más disfrutaba en nuestras charlas: la predictibilidad de su estructura.
Entre una y otra a veces mediaba un año. Recuerdo un día que me dijo que entre la primera vez que me llamó y la última tenía anotadas 14 direcciones mías en varios estados del país, con sus correspondientes teléfonos. Podía haber sido una metáfora, pero ella revelaba la meticulosidad de Carlos, el estilo Victoria: el detalle fecundando la memoria, fijando el tiempo vivido. A veces evocábamos a un amigo común en Cuba cuyos avatares convertíamos en reflexión sobre las mutaciones de la intelectualidad en aquella isla sin horizonte, tierra que, como su gente, ni se hunde ni se salva. Hablando con Carlos, de la anécdota nunca se caía en el chisme, creo que nos aburría a ambos. Un punto obligado era la literatura, la que él estuviera escribiendo, yo analizando en mis clases, o ambos leyendo. Favorecíamos la narrativa porque él fue cultor de ese género, y un experimentado conocedor de sus secretos; nunca de poesía, que para él era terreno ambiguo y de subjetiva valoración, y en esto no coincidíamos. Pero era placer del bueno partir juntos a la tierra de los clásicos, a la montaña mágica de Thomas Mann, o a los subterráneos de Dostoyevski, o a los desiertos reales o de ficción de Camus, el hijo pródigo de Orán y de Sartre. La filosofía de este autor franco-argelino marcó profundamente el estilo, y estoy tentada de decir también la manera de morir de Carlos. Su voz sonaba muy cansada la última vez que hablamos por teléfono cuando él aún estaba en su casa, pero ya era obvio que no tenía sentido regresar al hospital. Una vez allí, decidió partir a otro lugar donde lo dejaran tranquilo.
Transcribo mis notas en la computadora para poder enviarlas a Amir, y me detengo sobre cada golpe de tecla con pudor. Es que me faltó tiempo para discutir con Carlos cómo se escribe sobre él desde su ausencia. Pero vuelvo con decisión al borrador que escribí y decido incorporar un par de párrafos sobre su obra, tratando de pensar en su literatura ya no como el manuscrito o el libro recién publicado del amigo, sino como una parte del controversial canon que puede conformarse para las letras cubanas, incluyendo, por supuesto, las de las dos orillas. Ubiquemos entonces tentativamente la producción de Carlos Victoria en esa corriente profunda e invisible que forman entre sí las obras que crean tradición literaria en una lengua, en una época dada, entre una comunidad de lectores.
Tendré que remontarme al siglo XIX, a la publicación en 1887 de Mi tío el empleado, de Ramón Meza, para encontrar una mirada similar a la de Victoria sobre la realidad y la gente cubanas. Pero, primero, permítaseme intentar definir dicha mirada narrativa por negación: se trata, creo, de una perspectiva realista que se distancia casi con horror del melodramatismo que heredan los narradores cubanos del Romanticismo; del Costumbrismo con el que tanto medraron y siguen medrando nuestros prosistas (incluidos los ensayistas); del Naturalismo que nunca cedería terreno al mundo onírico y subliminal (tan caro a las personajes de Victoria), y de la tentación de imitar el Noveau Roman y su aridez de espejo. Porque en Carlos la piedad hacia sus criaturas (las del mundo que le rodeaba y las que imaginó) estaba imbuida en su estilo y en sus temas, era más eso que los alemanes llaman- siempre grandilocuentes- “una visión del mundo”. Lo cierto es que esa mirada suya es de una objetividad tan punzante, una emotividad tan profunda como contenida, y una veracidad tan descarnada que puede permitirse ser contemporánea sin dejar de ser trágica.
La comparación con Ramón Meza atiende a ciertos aspectos sobre los que no puedo extenderme; apunto uno: los personajes que reflejan la burocracia colonial cubana caricaturizada por Meza se emparientan con los de Kafka, como puede hacerlo luego el joven Abel de La ruta del mago, de Victoria, ubicada en la etapa post 59: sólo por aquello de que todos representan la mutilación de la sensibilidad humana. En cambio, nada más diferente del prototipo de escritor que representó Meza en su época, y que ha valorado la academia, de la imagen que podrán erigir los estudiosos que se vuelquen sobre análisis de la personalidad literaria de Carlos Victoria. Mientras el narrador del XIX fue un “intelectual público”, crítico de los profundos males de la naciente república cubana y sus rémoras, Carlos fue más un veedor de almas, un hombre privado, apartado de los salones políticos y literarios, cuya palabra -cuando se trataba de enjuiciar- se prodigaba poco, sólo cuando se le solicitaba. Sin embargo, cuán sencillamente clara y honesta fueron siempre sus pronunciaciones sobre asuntos políticos y sociales, como si se cumpliese en él aquel ideal martiano (y machadiano) de que el hombre bueno ha de ser inteligente, y viceversa.
Sigo en mi lectura diacrónica en búsqueda de perspectivas afines al peculiar estilo de Victoria. Bien entrado el XX tengo que rescatar de su casi anonimato la breve obra narrativa de Calvert Casey. Notas de un simulador, ofrece en su título una propuesta de hermenéutica sobre la vida y obra de Casey, quien pasó a ser otro exiliado más dentro del período todavía llamado revolucionario. Comparte con Meza el haber sido Casey miembro de una “intelligentsia”, de aquella que apoyó en un primer momento al gobierno que descendía de la Sierra Maestra. Pero pronto aquel grupo se desilusionó del proceso, y quizás sobre todo de sí mismos, como piezas de la maquinaria estatal. Casey nació en Baltimore, vivió en Cuba y murió en Roma, lo acompañó siempre el tartamudeo y la incertidumbre de quien era. Dicen que dejó abierto un libro de Henry James con una frase marcada “He was a man to fragile to live in this world” el día en que se quitó la vida. Ese gesto, el último posible, no es lo que lo acerca en estas páginas a mi semblanza de Carlos, cuya fortaleza de carácter tenía la gracia de hacerse invisible a las interpretaciones, y se manifestó sobre todo en disciplina como creador, en medio de condiciones no estimulantes para su trabajo. El estilo Casey comparte con el estilo Victoria, brevedad, ecuanimidad, y una suerte de conformidad que puede ser leída como pesimismo. Además, el que ambos pertenecieran a grupos de intelectuales desgajados (o apartados con violencia) de su Patria, o en palabras de Zambrano sobre la condición del desterrado: dejados a la Intemperie.
Carlos Victoria será recordado y estudiado por muchos como un escritor de la generación del Mariel, lo cual hasta casi poco era un estigma. Comienzan ya, afortunadamente, las valoraciones literarias de sus autores y obras que dan cuenta de los puntos de contacto con la literatura que se cultivaba en ese mismo momento en Cuba, y sobre todo, del semillero temático y de las nuevas formas de discurso literario que trajeron consigo al exilio aquellos escritores “marginales” de los cuales Reinaldo Arenas continúa siendo visto como el heraldo negro. Con él también comparte Carlos Victoria -quien fuera su amigo en vida -otro rasgo ideo-estilístico: ambos fueron recreadores de ciudades desplazadas, reinventaron la suya propia y las ajenas adonde fueron acogidos (o arrojados). Muy lejos ambos del Camagüey natal, Reinaldo devino al final de sus días el cantor del sórdido ritmo de vida de New York que se recoge magistralmente en su novela El portero, y Carlos, permíteme llamarte así con toda sobriedad, un pintor de aguafuertes de Miami.
Nadie ha dibujado como tú (por haberlos cruzado) esos oscuros puentes de imágenes y palabras por donde se comunican pasado y presente de las obsesiones de los que aquí llegan, proviniendo de cualquier pueblo de la Isla, a insertarse, a incrustarse si fuera necesario, en el paisaje de Miami. Ésta, tu ciudad, aun indefinida, es por eso apropiada para que en ella se continúe la vida de tus personajes, inocentes y culpables, cuerpos o sombras, víctimas en tu prosa -, como yo la leo-, de caer bajo el reflejo de una pátina que distancia de ellos al lector a la vez que lo consuela. Ese registro único de tu paleta que debiste obtener observando perspicazmente como se mezclan el vaho de la humedad y la luz de ciertos atardeceres a las orillas del Río Miami.
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(La Habana, 1957). Ensayista, investigadora, crítica literaria y profesora de literatura hispanoamericana en South Florida State University en Tampa, Florida, EE.UU. Previamente fue profesora en San Diego State University en el Estado de California. Realizó estudios en la Universidad de la Habana, el Colegio de México y obtuvo su doctorado en SUNY at Stony Brook, Nueva York, EE.UU. Reside en los Estados Unidos desde 1992. Escribe una columna semanal en El nuevo Herald. Ha editado las antologías: Cuentos cubanos contemporáneos (Xalapa, 1989) Cuentos de amor de Dostoyevsky (La Habana, 1987), Por una nueva crítica (La Habana, 1987) y ha coeditado Cuba: the Elusive Nation (Florida, 2000). Es autora de los libros de ensayos: Diálogos al pie de la letra (La Habana, 1989), Vocación de Casandra (Nueva York, 2001)y La letra rebelde por Ediciones Universal (Miami, 2002). Su investigación actual es sobre las imágenes de la mulata en la cultura cubana.