

Miami es para mí algo así como Morón, pero sin libreta de abastecimientos. Aquí hallo lo que descubrí en mi pueblito provinciano cuando era un niño, jugaba feliz y no se hablaba de Fidel Castro. En cada esquina un guajiro campechano y lépero, en cada barbería un bromista gárrulo y gesticulante, en cada patio un árbol umbroso, en cada sábado una fiesta con olor de masas de cerdo.
Sin embargo, manejar por el downtown me atormenta. Ya eso es cosa de ciudades, y yo, a la verdad, me aferro al arique. Pero a pesar de que no me gusta conducir por el downtown, dos amigos me impulsaron a irme el lunes pasado hasta allí. Uno de los amigos está muerto, y no lo conocí personalmente. El otro está empeñado en no morirse, por lo menos, hasta que Cuba vuelva a sonreír.
El muerto se llama Carlos Victoria. Sólo lo vislumbré a través de sus libros y alguna que otra llamada telefónica que nos cruzamos, y supe que éramos amigos porque teníamos muchas cicatrices comunes. Y en sus libros yo sé que no se va a morir. El vivo se llama Pedro Corzo y tiene con Carlos Victoria el parentesco de la honestidad, la nobleza y la decencia, además de la manía de escribir.
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(Morón, 1951) Poeta, narrador y periodista. Ha publicado: A mano abierta, Del pecho como una gota, Cantos iniciales, Fábrica de antojos, Amar a fondo,Una guerra por los sueños, Celda número cero, Escrito sin permiso, entre otros. En abril de 2003 fue condenado a 18 años de cárcel por ejercer el periodismo de manera independiente. Fue liberado en 2004 por razones de salud. Ha recibido el Premio Internacional de Libertad de Expresión del CPJ y el Premio Internacional de Libertad de Expresión "Hellman Hammett" que otorga Human Rights Watch. Actualmente reside en Miami y escribe una columna semanal para El Nuevo Herald.