

No siempre las noticias son alegres. A veces no es posible hacer festejos ni en día de festejos. Acaba de llegarme la noticia de la muerte en Miami del narrador cubano Carlos Victoria.
La muerte siempre anda cerca, aunque a veces tome caminos que finjan alejarla o la escondan de la vista por un rato. Pero en los últimos meses pareciera que “esa mujer lo que quiere es que la miren”, como diría aquel guarachero comandante. Hace sólo unas semanas murió en Santiago de Cuba el poeta Jesús Cos Causse y antes, Jorge Luis Hernández, Guillermo Vidal, Joel James… hombres a los que estuve tan cercana en Cuba, amigos a los que quise.
Hace un rato le decía a Ena que a veces no sabe uno a quién decirle: lo siento mucho. Yo no conocí personalmente a Carlos Victoria y sin embargo, siempre lo sentí como a uno de esos amigos con los que coincidíamos en las actividades culturales o en alguna fiesta, o de los que tomaban cervezas en los tiros de la Uneac; de esa gente a quienes respetamos, estimamos y admiramos, aunque sólo saludemos con un gesto de alzar las cejas, una sonrisa o un guiño.
En más de una ocasión, cuando han venido amigos de Miami y preguntan: qué te llevo, he pedido los libros de Carlos Victoria y los he leído como a los de los amigos. Como los de Jorge Luis o Guillermo. Así lo he respetado y admirado.
Hace sólo unos segundos Félix Luis Viera me dijo: “poco a poco nos vamos muriendo lejos de aquella tierra”. Y aunque un amigo me ha espetado, remedando a otros, que “ya basta de acusar de cobardía a los cubanos, que ningún pueblo de la modernidad ha conseguido sacudirse una tiranía sin ayuda exterior”, vuelvo a hacerme la misma pregunta que cuando murieron, lejos de Cuba, Celia Cruz y Jesús Díaz, Cabrera Infante y Benítez Rojo, Heberto Padilla y su hermana Marta, Gastón Baquero, Eliseo Diego y Joaquín Ordoqui, tantos otros: ¿con qué derecho un hombre, tan mortal y tan miserable como cualquier otro, puede negarle a un compatriota la posibilidad de regresar a su tierra natal, de morir en ella, y qué clase de pueblo puede permitir que durante casi cinco décadas un solo hombre decida por él su destino? ¿Qué clase de pueblo permite, tan mansamente, que sus hermanos mueran como parias por el mundo?
Descansa en paz, Carlos. Sin patria pero sin amo.
![]() |
(Santiago de Cuba, 1964). Su cuaderno Insomnios en la noche del espejo obtuvo el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén” 1999. Ha publicado varios poemarios; los más recientes en España: Cuando la lluvia cesa (Madrid, 2003) y El levísimo ruido de sus pasos (Barcelona, 2006). Odisea Editorial publicó en Madrid su libro de relatos Con la boca abierta (2006) y Quimera Ediciones su primera novela: Espejo de tres cuerpos (México, 2009). Radica en México desde 1992. Coordina el blog, Parque del Ajedrez