

Como Carlos Victoria era un especialista en soledades, exclusiones y olvidos no le tenía mucho miedo a la muerte, que es, como se sabe, todo eso y mucho más. De manera que esta semana cuando ella lo fue a buscar a una hospital de Miami, ya Carlos se había dormido.
Tenía 57 años y una obra narrativa que crecía todos los días porque a él lo único que le interesaba en esta vida -estoy seguro que también en las otras- era escribir. Escribir con esa prosa estricta, sin arrebol, dura y en la parentela del periodismo, el oficio que ejercía con nocturnidad para tener con que protegerse de la pobreza, otro fantasma que lo perseguía.
Ahora acaba de inscribir su apellido en el directorio de los escritores y artistas que han tenido que salir a morirse lejos de su país. Sus amigos de todo el mundo, sus compañeros de generación y los críticos recuerdan la secuencia de sus libros: Las sombras en la playa, El resbaloso y otros cuentos, Puente en la oscuridad, La travesía secreta (seleccionado mejor libro extranjero en Francia en 2001), La ruta del mago y El salón del ciego.
Ese trabajo y una novela inconclusa, Cuando mi nombre era Pablo, cierra el tiempo creativo de uno de los más importante narradores de Cuba. Aunque ninguno de sus libros se haya publicado en la isla y los funcionarios y escritores oficiales escondan sus historias y pasen a otro tema. Mucho más a partir de este otoño porque están sin defensa ante Carlos Victoria que vuelve de vencer a la materia.
La guerra comenzó contra un niño. Carlos tenía 21 años en 1971 y fue depurado (expulsado) de la Universidad de La Habana acusado de «diversionismo ideológico».
Regresó entonces a su ciudad natal, Camagüey. Allí se dedicó a escribir, como siempre, y a defenderse de la miseria hasta que, en 1978, fue arrestado por el Departamento de Seguridad del Estado (policía política) y le confiscaron todos sus manuscritos.
Perseguido, acusado de contrarrevolucionario y de homosexual, sin trabajo y sin poder publicar sus libros, Carlos Victoria salió de Cuba en 1980, cuando el éxodo del puerto del Mariel (al noroeste de La Habana), que sacó del país a un grupo de intelectuales y artistas -Reynaldo Arenas fue otro de esos viajeros- y, en general, a unos 125.000 cubanos.
El escritor recordó después aquel episodio: «Cuando ocurrió el Mariel yo vivía como si la vida no valiera nada. Me habían dicho durante tanto tiempo que yo no valía nada, que al negar aquello que se llamaba la patria, el socialismo o la revolución (o cualquiera de esos tantos nombres) yo negaba mi condición humana, mi dignidad, mi vocación de escritor, que a la larga comencé a creer que nada valía nada, ni esos nombres, ni esa isla, ni yo».
Carlos Victoria reconstruyó su vida en el exilio. Silencioso, discreto, lleno de generosidad. Vivía, sin embargo, un poco apartado del ruido de la ciudad y de la efervescencia de los amigos porque creía que el tiempo para escribir era su única fortuna.
Los voy a dejar con unas líneas de su relato de las horas finales de su salida de Cuba. Es decir, sus recuerdos de la primera vez que murió. Aquí están: «Recuerdo como una neblina los actos de repudio, con las golpizas y los escupitajos. Mi madre recibió uno en la mejilla. Recuerdo centenares de barcos, enormes multitudes. Recuerdo la costa de la isla, ese instante de dolor y alivio cuando uno dice adiós a una pasión que llegó a consumirte. El que no haya sufrido por un amor que se volvió tortura y del que hay que escapar si es necesario muerto, no sabe de qué hablo».
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(Morón, 1945) Poeta y periodista. Nacido en la provincia de Camagüey, fue uno de los primeros periodistas que surgieron de la Escuela de Periodismo de la Universidad de La Habana tras el triunfo de Castro. Cofundador de Caimán Barbudo, trabajó como corresponsal de Prensa Latina en Moscú en los años setentas, y a su regreso fue director de la oficina de ciencia y cultura de la agencia. En 1989 renunció a ser miembro de la Unión de Escritores y en 1991 rompió definitivamente con el régimen al firmar la famosa Carta de los Intelectuales pidiendo al tirano liberar a los objetores de conciencia. En 1995 fundó CubaPress, con el propósito de ofrecer desde dentro información sobre el país. Prisionero en la famosa “Primavera Negra”, de 2003, en Noviembre de 2004 fue puesto en libertad luego de una campaña internacional por su liberación y un año después llegó a Madrid, en compañía de su esposa, su hija adoptiva y su anciana madre. Rivero ha recibido desde entonces numerosos reconocimientos tanto como periodista como poeta. Algunos de sus libros son Papel de hombre (1968), Firmado en La Habana, (1996) y Puente de guitarra (2002). Rivero escribe habitualmente para El Mundo de Madrid y El Nuevo Herald de Miami.