

Carlos Victoria y yo estuvimos juntos en la revista Mariel en los años 80 y desde entonces comenzamos un profundo diálogo que siempre me entusiasmó. Llegamos a ser excelentes amigos a partir de aquellos años, en que ambos tratábamos de adaptarnos a los Estados Unidos y empezábamos a resolver los problemas usuales de todo exiliado. Poseíamos, por suerte, el componente básico de una verdadera amistad: un lenguaje común que podíamos usar con absoluta honestidad para tratar cualquier asunto. Nos llegamos a confiar muchos secretos y temores. A partir de aquellas vivencias, fuimos creando una mezcla de hermandad y complicidad que nunca disminuyó; al contrario, se fue fortaleciendo con el tiempo.
Aquí en Miami no nos veíamos muy a menudo, él era más bien ermitaño, pero cuando nos encontrábamos se nos iban las horas en conversaciones memorables: Carlos tenía esa capacidad, tan poco común en la tradición cubana, de disfrutar del diálogo tranquilo; se deleitaba con el intercambio indagador de pensamientos pausados: sabía escuchar a fondo antes de responder y sólo respondía con las palabras imprescindibles para la expresión, después de haber elaborado esa expresión en su mente con claridad y rapidez. Era un maestro del ascetismo verbal.
Al final, cuando supo lo de su enfermedad, se acercó mucho más a mí. Le traté de inculcar energías y optimismo, lo llevé en mi auto al médico muchas veces, lo acompañé cada vez que me lo pidió, tratando siempre de que viera su situación de salud en términos lo más relativos posible. Él recibía mis palabras con dulzura y gratitud, pero siempre se negó a forjar esperanzas reales: hubo momentos en que sospeché que sentía esa desnudez ante el dolor y ese extraño placer con que los mártires al parecer aceptan el sufrimiento extremo. Fueron meses muy duros, en que palpé con nitidez que él había perdido el deseo de luchar por su vida.
Para animarlo a seguir escribiendo en su precaria convalecencia, le presté una computadora portátil que en sus últimos días él usó, pero muy poco (en realidad, siempre detestó esos aparatos, pues tenía el hábito de escribir y corregir sus relatos y novelas a mano, y sólo al final los pasaba en limpio en una pantalla). Tal vez ese era un rasgo más de su ascetismo, de su tendencia a valerse únicamente de los recursos básicos en la existencia diaria.
Mostraba en todos los aspectos de su conducta esa aspiración al rigor y al despojamiento. De la fe pentecostal de su niñez y de su triunfo contra el alcoholismo de su juventud había obtenido un conjunto de principios muy firmes que le conferían fuerza para resistir ciertas tentaciones, para imponerse una disciplina inflexible de trabajo y de comportamiento social. Tal vez por haber vencido a los demonios del alcohol, sentía un enorme horror a salirse de los límites de la pureza y a caer en la desorientación ética.
Esa voluntad de no extraviarse, de “portarse bien”, de practicar a toda costa una virtud inexpugnable, marcó su vida y su literatura. En la vida, le permitió entre otras cosas cuidar religiosamente de su madre, que había enloquecido al ser abandonaba por el padre de Carlos antes de que este naciera. En la literatura, le confirió un repudio a los excesos estilísticos y a los adornos rebuscados y una extraordinaria capacidad para acercarse con simplicidad y sin prejuicios a los seres humanos que conoció o imaginó y para plasmar en palabras sencillas sus carencias y aspiraciones, sus deformidades, sus miserias y altruismos. Su obra nos entrega un paisaje de soledad y de torpes intentos de satisfacción y de amor, pero nunca se adentra en las abyecciones ni se regodea en la depravación; Carlos buscaba otra cosa: quería entregarnos personajes extraviados que, a pesar de todo, a pesar de haber perdido en gran medida su libertad o su alegría, nunca llegaron a perder su dignidad.
Septiembre de 2009
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Recibió en 2006 el XI Premio Internacional de Poesía Luys Santamarina-Ciudad de Cieza con su libro Obra del fugitivo, publicado ese año en Madrid por Ediciones Vitruvio. Nació en 1944 en Cienfuegos, Cuba, y terminó estudios de Letras en la Universidad de La Habana en 1978. Perteneció al grupo de escritores El Puente (1962-1964), con el cual publicó Acta (1962), su primer poemario. Desde 1980 hasta 2001 residió en Nueva York, donde trabajó de editor en varios órganos de prensa y fue traductor durante doce años en la Secretaría de las Naciones Unidas. Fue miembro del Consejo de Dirección de la revista Mariel (Nueva York, 1983-1985). Ahora vive en Miami Beach (Florida) y es Editor de la revista de poesía Decir del Agua (www.decirdelagua.com), que fundó en 2002. Ha publicado los poemarios El buen peligro (Madrid, 1987), Caverna fiel (Madrid, 1993), En la llanura (Coral Gables, 2001) y Únicas ofrendas, cinco poemas (Madrid, 2004) y El ánimo animal (2008).