

Me aterra pensar que Carlos Victoria ha muerto. La memoria busca sin cesar sus últimas horas. Como dos personajes escapados de sus libros, su esposa Mayra lloraba en la cabecera de su lecho, mientras que el amigo Pablo, sentado sobre el piso, se cubría el rostro.
No habitaba en ellos la vanidad de los artistas, la arrogancia que académicos o intelectuales suelen aflorar a veces. Eran seres sencillos, esos que pasan por las páginas de sus relatos padeciendo el peso de la historia. Seres con los que la vida se ha ensañado y Carlos ha sacado de la oscuridad. Para ellos la bondad es tan natural como aspirar el aire. Me alegra que lo rodeara esa serenidad en su despedida. Admiraba la bondad como el mayor de los talentos. Le gustaba en sus historias unir a los más débiles, a las víctimas. Allí estaban, como un cuadro inspirado en uno de sus cuentos.
Es difícil aceptar la realidad de la muerte. Pensar que ya no estará el amigo para comentarme el último relato, para recomendarme un reciente filme visto y hacerme descubrir un nuevo director de cine. Aún sobre mi librero reposan sus películas de Kenji Mizoguchi. Ahora mientras las miro, me viene a la memoria su irónica sonrisa al escuchar mi prisa por devolvérselas, no te preocupes, a lo mejor las heredas. Ya el cáncer habitaba su cuerpo, pero uno nunca imagina que los amigos no estarán algún día, que la muerte es una realidad cotidiana como la vida.
Carlos me dijo en una ocasión que con las penurias materiales y la falta de libertad en Cuba aprendió a vivir su vida a través del afecto. Su propia creación es esa búsqueda. La generosidad fue el arma que abrió las puertas para ese mundo. Me decía luchar constantemente contra la vanidad de un escritor. Sobre todo contra el resentimiento cuando no se obtiene el éxito que se cree merecer.
Carlos parecía mirar cada reconocimiento como algo lejano. Nada lo envanecía. La capacidad de salirse de sus propias ambiciones para ver la necesidad de los otros, es algo que lo acompañaba siempre y me trae a la memoria ese día cuando nos encontramos por primera vez.
Lo había visto en el documental Havana de Jana Bokova. Me provocó admiración el hecho de poderse sobreponer a la destrucción de sus manuscritos por la Seguridad del Estado cubana en 1978. Compré su primer libro, Sombras en la playa, y me fascinó de principio a fin.
El director de una revista me envió a cubrir los premios literarios Letras de Oro 1993. Carlos Victoria había sido el ganador en el género de novela. Al llegar al estacionamiento del lugar vi a Carlos junto a una amiga hojeando las páginas de su libro. Hola, Carlos, le dije, y con gesto de asombro me extendió su mano sonriendo, como tratando de recordar de dónde me conocía.
Le hablé de sus libros, de mis cuentos preferidos, de esa precisión en el lenguaje para atrapar al lector. Carlos me dijo que él pensaba que lo leería sólo su generación y nunca los jóvenes. Quedamos en vernos para una entrevista sobre el premio en un restaurante cubano de la ciudad. Puse la grabadora sobre la mesa inútilmente. Carlos no tenía el menor interés en hablar de sí mismo.
Pasé a convertirme de entrevistador en entrevistado. Llegó a decirme que tenía la certeza de que yo escribía cuentos además de hacer periodismo. Hacía insistencia en que se los mostrara.
Un día inesperado recibí su llamada. Había descubierto que un editor de la ciudad tenía mis cuentos esperando para publicarse. La llamada fue de reproche. ¿Los has trabajado suficiente? Nunca busques la aprobación, que eso no sirve. Pídelos y continúa puliéndolos. Le hice caso. Un año después Carlos presentaba mi primer libro de relatos.
Las amistades literarias suelen ser limitadas a veces. Con Carlos era distinto. él me permitió conocer todo ese universo en el que brindaba algo de sí, dejando esas huellas de generosidad por todas partes. En una ocasión me pidió contactar con una organización humanitaria a la que yo pertenecía, para enviar medicinas a una amistad con cáncer en Cuba. Después lo haría con otras de su natal Camagüey.
Ahora vendrán los homenajes. Resumir los detalles de una vida intensa con el límite que imponen las palabras. Yo sólo he pretendido recordar a ese otro Carlos, no sólo al escritor de extraordinario talento, sino al amigo. Al que llamaba antes de cada decisión importante, y aún en algunas más simples.
Este será el primer escrito en mucho tiempo que Carlos no me podrá comentar, pero si habita un lugar desconocido terminaré con una misiva para justificar cualquier reproche: Como ves, querido amigo Carlos, no hay en mis palabras ''expresiones abstractas'', he procurado ser genuino, de ti lo aprendí.
El Nuevo Herald, 20 de octubre de 2007
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(La Habana, 1966). Llegó a los Estados Unidos en 1989. Cursó estudios de periodismo en el Koubek Center de la Universidad de Miami. Sus artículos, poemas, cuentos y críticas literarias han aparecido en diversas revistas y periódicos de los Estados Unidos y España. Ha publicado los libros Contrastes (La Torre de Papel, 1996),Claustrofobia y otros encierros (Ediciones Universal, 2005) y la recopilación de textos y documentos Palabras por un joven suicida (Editorial Silueta, 2006). Cuentos suyos han sido incluidos en recopilaciones y antologías como Nuevos narradores cubanos(Siruela, Madrid, 2001), traducido al francés por Edition Metalie, al alemán por Verlag, y al finés por la editorial Like. Otro cuento suyo fue incluido en la antología Cuentos desde Miami (Editorial Poliedro, Barcelona, 2004) y en la recopilación de textos Reinaldo Arenas, aunque anochezca (Universal, Miami, 2001).