

No hubiera querido jamás escribir este artículo. Lo hago bajo protesta. Se me hace demasiado difícil imaginar nuevamente a aquel joven camagüeyano que comenzó a leer y escribir febrilmente desde la niñez, para recibir su primer reconocimiento a los 15 años, con un premio de cuentos. No quisiera cerrar los ojos y pensar en el acoso que sufrió de joven, en su expulsión de la universidad, los arrestos, la confiscación de sus manuscritos, su propia quema de lo que quedó de cuanto había escrito, los actos de repudio, la huída por mar hasta divisar “la costa de la isla, ese instante de dolor y alivio, cuando uno dice adiós a una pasión que llegó a consumirte.” Ese “amor que se volvió tortura y del que hay escapar si es necesario muerto”.
No quisiera recordar aquellos hombres (y algunas mujeres y niños) que como él nos llegaron por los cientos en 1980, asustados, desorientados, sin otra posesión que la ropa puesta, el teléfono de algún pariente o amigo en un papel estrujado, y una idea difusa de que la vida en otra parte tenía que ser mejor.
No quisiera sacar de mis estantes sus libros, releer las dedicatorias, repasar los pasajes subrayados, enfrentarme a esa prosa exacta, donde nada falta ni nada sobra, a la angustia existencial que se filtra en cada páginas, a esos personajes que abundan en sus cuentos y novelas, indefensos, zarandeados por acontecimientos que no controlaban, como si fueran las corrientes del mar.
No quisiera rememorar su personalidad taciturna, aunque solidaria, ni pensar en sus madrugadas en la redacción de El Nuevo Herald; ni lamentar su ausencia en tantos actos culturales en Miami, ni atreverme a ver las fotos de aquel acto de Cádiz en el 2004, cuando lo homenajeamos y él leyó tembloroso un texto de agradecimiento, tan desgarrador y honesto, que nos puso a todos al borde del llanto.
Estoy cansada de volver a meditar sobre la muerte, como he hecho ya tantas veces, y preguntarme, sin hallar respuestas válidas, por qué algunos seres que tienen aún mucho que dar fallecen en la plenitud de una vida creadora. Me pesa demasiado el dolor de ver a tantos morir de exilio, sin que haya podido acogerlos la tierra que amaban, sin que se les haya reconocido la porción de patria literaria a la que tienen derecho innegable.
No quisiera pedir una vez más que hagamos un minuto de silencio, que las banderas floten a media asta, que las letras cubanas se vistan de luto y Cuba llore.
No quisiera escribir las palabras. Como si al ponerlas sobre este texto adquirieran ya realidad definitiva, irreversible. Los dedos indóciles, lenta, dolorosamente, presionan cada tecla. Carlos Victoria ha muerto. Aunque demasiado desconocido, era uno de nuestros mejores narradores. Querido por tantos, pero con tantos demonios, hombre bueno y sufrido, ya no pudo más. Y se fue para siempre del mundo, vencido por el cáncer y tanto dolor, pero, como escribo ahora, bajo protesta.
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Nació en La Habana y ha firmado también como Una Clavijo. Escritora, periodista y académica. Ha publicado nueve libros de cuentos, poesía y ensayo, entre los que destacan No puedo más y otros cuentos, Memoria del silencio, Alfonso Hernández Catá. Un escritor cubano, salmantino y universal,Los nombres del amor y El caimán ante el espejo. Un ensayo de interpretación de lo cubano. Ha recibido premios y reconocimientos por su labor. Mantiene una columna semanal de opinión en Diario Las Américas.