

Carlos Victoria nació en Camagüey, Cuba, en 1950. Expulsado en 1971 por “diversionismo ideológico” de la Universidad de La Habana donde estudiaba Lengua y Literatura Inglesas, casi no publicó nada en la isla. Perseguido, acosado y marginado se vio obligado a realizar los trabajos más deleznables para poder sobrevivir. Perdió todo lo que tenía guardado cuando todos sus manuscritos fueron confiscados por la Seguridad del Estado. En 1980, abandonó el país durante el masivo éxodo del Mariel y, con la furia de un espadachín y la disciplina de un escultor medieval, se ha dedicado a recuperar todo lo que le arrebataron y poco a poco a ocupar por derecho propio la relevancia que de veras se merece.
Reconocido unánimemente como uno de los más importantes narradores cubanos en el exilio, Victoria vive ahora su momento de madurez más pujante y rotunda como creador. Ha publicado los libros de relatos Las sombras en la playa (1992), El resbaloso y otros cuentos (1997), y las novelas Puente en la oscuridad (Premio Letras de Oro, 1993), La travesía secreta (1994) y La ruta del mago, que apareció en 1997.
Su último libro, El salón del ciego, es una escéptica y austera colección de historias de desarraigo y sordidez; de desesperanza; una crónica desoladora que trasciende lo puramente anecdótico y conmueve al lector. Desde el primer cuento, “Una faja de mar”, una tragedia moderna que trastorna por completo la vida de una familia, hasta el último y que da título al libro, “El salón del ciego”, el autor nos va adentrando en arrinconadas situaciones donde los protagonistas penetran en un intrincado laberinto sin escapatoria, y nos trasmite con angustiosa intensidad los estados anímicos y el conflicto existencial de cada personaje.
Una vez más, la agudeza y la dedicación de Carlos Victoria se revelan desamparadamente intuitivas, aunque tengan también mucho de reflexión. Es precisamente esta vitalidad y el rabioso humanismo de sus libros lo que lo distingue de otros escritores de su generación. Victoria, el Edward Hopper de los últimos narradores cubanos, ha creado todo un mundo de enajenados sociales: gente desesperada y maltrecha; alcohólicos desaforados; criaturas errabundas y vulnerables; prostitutas, dementes, drogadictos, seres vacíos y solitarios; hombres y mujeres paralizados y aislados en la atmósfera del acorralado paisaje en que se mueven. No son sino camafeos de furioso y agresivo individualismo.
Se sabe que en todo relato siempre existe un elemento autobiográfico, por lejano y ajeno que aparezca en la trama; que de cualquier modo, el autor escribe para escapar de su propia biografía. El salón del ciego, como antes sus otros libros, está hecho de las largas horas vividas y lleno de una angustia muy personal.
Hay que decir de una vez que Carlos Victoria ha logrado dominar a tal grado su estilo narrativo que ha compuesto con rabia, con fascinación y con amor un vibrante libro; armado con la vigorosa perfección del escritor que sabe humanizar personajes, que tiene un atento oído para los diálogos; que ha podido convertir en genuina expresión artística las más cotidianas y tremebundas pesadillas.
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(La Habana, 1947). A modo de curriculum breve nos asegura que: “Estudié literatura francesa en la universidad, pero deje la carrera por la costumbre de escaparme a tomarme unas cervezas en el cercano Castillo de Jagua. Llegue a USA en 1980 por el puente marítimo del Mariel. He trabajado como chofer de limosinas, security guard, bartender, profesor de idiomas, editor, y traductor de inglés y francés. Después de vivir 10 años en New Jersey, en la actualidad vivo en Miami con mi segunda mujer, la actriz cubana Ruth Escalona, donde termino Carnes habaneras, libro que empezó como novela, pero que cobró vida propia, y terminó convirtiéndose en una colección de relatos. He publicado, reseñas y cuentos en diversas revistas, y tres poemas míos aparecieron en la antología Reunión de ausentes”.