El violinista en el metro

Una civilización se destruye sólo cuando sus dioses están destruidos.

Emil Cioran.

 

arturo-gonzalez-dorado-columna-otrolunes29-2A las 8 menos diez en una fría mañana del viernes 12 de enero del 2007 un joven violinista, ataviado con una gorra de pelotero, unos jeans usados y una remera de mangas largas, apareció en la estación del metro L´Enfant Plaza de Washington DC. Nada especial había ni en su atuendo ni en su tipo; un joven violinista, blanco, apuesto, que se colocó cerca de la pared, al lado de un cesto de basura, abrió el estuche de su violín, puso algunos dólares en él como señuelo y comenzó a tocar.

Tocó algunas de las piezas más bellas del repertorio universal. Leer más…

Sigo escribiendo, como un poseso, como un loco que ha escogido la catarsis de la literatura

Foto cortesía de Canarias 7.

Foto cortesía de Canarias 7.

Parecía la consumación de un encuentro escrito, por mí largamente esperado: venía siguiéndole la pista desde hacía varios años al escritor J. J. Armas Marcelo desde que a fines de los años 90 leí su novela Así en La Habana como en el cielo, que considero una de las poquísimas novelas que hablan sobre Cuba desde un profundo conocimiento del alma y la atmósfera cubana. Y aunque había coincidido con él en algunos eventos, realmente no habíamos tenido la oportunidad de compartir, a pesar de que muchos amigos comunes me instaban a que lo hiciera, de modo que no había podido agradecerle que ya en el lejanísimo año 2001 mencionara mi nombre junto a otros escritores cubanos entre los que le parecían más interesantes. Leer más…

Brevísima mirada a través de la narrativa de J.J. Armas Marcelo

Foto cortesía de Canarias 7.

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No podríamos presentar la narrativa escrita por J.J. Armas Marcelo sin hablar de su credo como escritor. Muchas de las claves que se encuentran en su obra son definidas por el propio escritor en estas propias palabras:

Me hice escritor para diferenciarme y enfrentarme con mi propia clase social, a la que nunca he soportado en sus vicios ni pésimas costumbres, una clase media alta, devenida a mucho menos de los terratenientes insulares, de la que me divorcié al final de la adolescencia y no he vuelto a encontrarme con ella si no es para provocar enfrentamientos interminables y polémicas estériles. Leer más…

Los Ángeles olvidados

jorge-martinez-jorge-columna-otrolunes29Por el mes de Agosto, en una de mis compulsivas recorridas por librerías de viejo, me encontré con una edición -Seix Barral de 1979- de “La Habana para un infante difunto” de Guillermo Cabrera Infante., un verdadero “tour de force” por la prosa amorosa, primorosa, venturosa y, también, morosa del habanero adoptado que nunca dejó de ser infante, incapaz de dejarse constreñir por la RAE y su cinturón de castidad verbal, como tampoco pudo hacerlo el monstruo del pensamiento único que avanzaba ya en esa época. Ese infante rememora, de manera vital, carnal y siempre original, la cubanía impregnada en las viejas casonas de la Habana Vieja, la misma que fuera fermento y sustancia de aquéllos tiempos augurales donde la ilusión teñía de pasión hasta la misma razón y que lo fuera también, en buena medida, origen de aquél Lunes de Revolución, el despertar de la libertad, de las ideas, del debate y la apertura. Lunes que no llegó a martes por la compulsión totalizadora de un régimen que necesitó muy poco tiempo para mostrar la hilacha, pero no pudo evitar –sino más bien terminar propiciando- que esos dos años de magisterio cultural fuera un faro tan vigente hoy como hace 52 años.

Mientras leía a Cabrera Infante y sus devaneos amorosos, apenas una elegante cortina musical para dejar constancia de su lúcida mirada de un régimen que se robó – se robaba ya en sus mismos albores- toda la esperanza e ilusión de un pueblo nacido para la libertad y la tolerancia, sumiéndolo en el pozo del totalitarismo más cruel: el que se ejerce en nombre de una supuesta revolución; mientras lo hacía –venía diciendo- no podía dejar de pensar que por ese mismo Agosto se cumplirían seis meses ya de la ignominiosa prisión de otro infante: Ángel Santiesteban, uno más, uno de los tantos, ni el primero y ojalá el último, rehén del criminal régimen castrista. Dicen por ahí que Cabrera Infante ésta muerto, pero yo no me lo creo. Para mí vive en Lunes, y seguirá viviendo en Ángel y todos los demás perseguidos. Punto y aparte.

Por esos mismos días pude comprobar cómo, a mis 56 años, no he perdido la capacidad de sonrojarme primero e indignarme casi en simultáneo, escuchando y viendo al uruguayo -solamente porque nació en ésta tierra- Eduardo Hugues (más conocido como Galeano) ensayando un panegírico del “Comandante Supremo, nuestro inmortal Hugo Chávez”  -como repitiera veintiocho veces en siete minutos un bolivariano ministro que le precedió – mientras presentaba otro de sus catecismos en forma de novela.

¡Cómo no avergonzarme primero y enfadarme enseguida!; si de él, que se supone es uno de los intelectuales más promocionados de ésta tierra que supo ser la de la libertad y tolerancia, no escuché una sola palabra de recuerdo, no ya condena, por los presos de conciencia que dejó en herencia el “Comandante Supremo” ni mucho menos, por los tantos recluidos en las mazmorras castristas, de las que sigue siendo cómplice calificado. Tuvo sí, debidamente arropado por la claque chavista y su poder hegemónico, loas para quien fuera blanco preferido en la demonización del imperio por haber alfabetizado (me pregunto: en su cosmogonía tan singular alfabetizar será sinónimo o antónimo de adoctrinar?) a dos millones de niños venezolanos. De elecciones amañadas, de censura y mordaza a periodistas, de pobreza, inflación y desabastecimiento, nada. Seguramente el tiempo, que es tan tirano como lo fuera el homenajeado, no le fue suficiente para esas minucias que sólo han de importarle a burgueses y vendepatrias.

Dice Hugues Galeano que “dicen por ahí que Chávez está muerto, pero yo – por él- no me lo creo”. Dicen por ahí que él, Galeano, está vivo, pero yo –por mí- menos me lo creo. Otro punto y aparte.

Por esos días también en el Uruguay de Onetti y Vaz Ferreira, Rodó y Florencio Sánchez, de la mano de Alfaguara hizo su oportuna aparición el último trabajo del “nobelizado” Mario Vargas Llosa, de lo cual pude enterarme leyendo una crítica publicada en un prestigioso diario de Montevideo firmada por alguien a quien no conozco y cuyo nombre mi memoria, siempre selectiva a su aire, se niega a retener. La crítica es, desde el punto de vista literario, lapidaria, tachando a “El héroe discreto” como una novela fallida. Pasado el sofoco que me produjo tamaño ataque a quien supo ser en mis albores literarios luminosa guía, una lectura objetiva y desapasionada no puede menos que coincidir, quizás no de manera tan tajante, en cuanto a que el mejor Vargas hace tiempo ha pasado y ésta no es menos buena que sus travesuras con una niña mala, esa realmente mala. Sin embargo, lo que sí retuvo mi veleidosa memoria fue una frase del párrafo final del libelo que desnuda, de manera flagrante, la intencionalidad de toda la crítica. En ella, el discreto analista, se refiere a Vargas Llosa como “ese equilibrista de las ideas”, con lo cual, a mi juicio, deja al descubierto que el ataque literario -como siempre en materia de letras, subjetivo y opinable- está teñido  del rencor que la intelectualidad uruguaya y, en general, hispanoamericana guarda del autor por su consabida prédica liberal y por haber cometido el pecado capital que ningún escritor que se precie podría haber perpetrado: la ruptura, a mandíbula batiente, con la dictadura castrista que por éstos pagos, siempre lejanos y tardíos de reflejos, sigue denominándose “Revolución”. Si para el otoñal Vargas Llosa lo mejor de su fascinante narrativa ha pasado, en el campo de las ideas luce una lozanía que muchos viejos de tres décadas ya quisieran tener. Es allí donde su aporte, como el de todo intelectual comprometido únicamente con la ética de la responsabilidad, sigue siendo insustituible.

Tengo para mí que la causa de la libertad y la democracia, a secas y sin adjetivos ni apellidos desnaturalizantes, necesita y siempre necesitó de muchos Vargas Llosas y Cabrera Infantes, capaces de pagar el precio del ostracismo por decir la verdad y pensar con cabeza propia, y sin embargo es prolífica en parir el cretinismo intelectual del que hacen gala tantos y tantos Galeanos que pululan por cuanta tribuna amiga haya para cantar loas al poder de turno.

Mientras existan más de éstos que de aquellos, los totalitarios de turno podrán seguir encadenando “ángeles” olvidados tras el oprobio de la barbarie del más puro y duro estalinismo.

Notas para un cuento policiaco

uriel-quesada-columna-otrolunes29Creo que fue Elmore Leonard quien recomendó nunca empezar una historia policiaca con el estado del tiempo.  La nota donde venía el consejo no aclaraba las razones, como si el hecho de que Leonard fuera quien lo dijo despejara fuera suficiente. Cosas de autoridad, ¿no? Pues yo he decidido que mi cuento empiece con una descripción de esa noche, y como la acción transcurre en el Sur (así, con mayúscula) de los Estados Unidos es inevitable—más bien diría, obligatorio—decir algo sobre el tiempo que hacía esa madrugada cuando los muchachos fueron encarcelados sin entender las razones. Veamos:

“Eran apenas las tres de la mañana,  pero el calor era tan intenso que mucha gente estaba desvelada, sobre todo quienes trataban de engañar el agobio con el perezoso girar de las aspas de un ventilador de techo. Inútil dejar las ventanas abiertas, o tomar agua constantemente: agosto en el Sur puede resultar inclemente, y sin una casa sólidamente construida y un buen aire acondicionado, dormir resulta casi imposible”.

Una buena referencia donde el  calor  crea el ambiente propicio para cometer un crimen es una película de 1981 titulada “Body Heat”, con el entonces primer actor William Hurt y la debutante Kathleen Turner.  La película retomaba la tradición del cine y la novela noir de conectar el deseo erótico con el asesinato.  Situada en Florida durante una ola de calor, la película jugaba con el voyerismo del espectador,  al mostrar la (tórrida) relación de los protagonistas como causa de su caída ante la ley. No recuerdo si “Body Heat” de alguna manera subvertía el estricto código moral puritano de las obras en las que se inspiraba, pero al hacer memoria me cuesta creerlo, pues en el fondo el escepticismo del noir es sobre todo una forma de distancia moral respecto a un mundo que se ve corrupto desde su base misma, y donde las pasiones—recordemos “Double Indenmity” o “Chinatown”—no tienen buen fin.

El calor puede ser necesario para mi historia. Me ayudaría a explicar dos hechos que por el momento no guardan relación entre sí. Vamos a ver un auto patrulla estacionado en lo que fue una estación de gasolina, ahora reconvertida en un restaurante. No cualquier restaurante sino un diner. Sí, ese detalle puede ser importante. Veamos. Los diners suelen estar abiertos hasta  tarde,  por lo que son un refugio para noctámbulos, insomnes y policías. Para nadie resulta extraño encontrar oficiales comiendo o simplemente charlando por horas, como a la espera de que termine su ronda. Esa ciudad donde ocurren los hechos que me interesa narrar es particularmente violenta, y un gran porcentaje de los crímenes ocurre por la noche. Los oficiales, esos dos que vemos conversar en una mesa conocen bien las reglas del juego, tanto las formales como las no escritas, esas de las que nadie habla a menos que se esté garantizada la privacidad. Una de esas normas que no aparecen en ningún reglamento es hacer  hasta lo mi posible por salvar el pellejo.  El heroísmo es cosa de Hollywood y de la retórica nacionalista americana, pero la vida real suele ser muy diferente.  Nunca pasan hechos violentos en los diners, se puede uno desconectar  por rato, tal vez hasta ignorar alguna llamada de urgencia.

Nuestros policías deben estar tomando algo. Conforme nos acercamos  vemos que es café o Coca Cola, cualquiera de las dos bebidas funciona,  pues el objetivo es echarle algo de cafeína al cuerpo.  Que haga mucho calor tampoco importa: quien toma café lo hace aunque se encuentre a las puertas del infierno. Entonces dejemos que el lector decida: café negro, cargado, o cola.  Lo que están comiendo puede ser más importante, pues los diners de esta ciudad del Sur tienen a ser un tanto atípicos, y en lugar de lugar de ofrecer solamente las tradicionales y grasosas hamburguesas, tienen otras variedades de comida como muffalettas o poboys.  Sea como sea ese tipo de dieta no le ayuda a las personas, por lo que no resulta extraño que los oficiales de policía (incluyendo los dos que vemos sentados frente a una mesa protegida con un mantel plástico de clavelones amarillos con fondo rojo) estén fuera de forma, o francamente obesos.  Esos problemas de salud son otra motivación para tratar de mantenerse en la sombra, principalmente por la noche: no es nada fácil moverse rápido cuando la visión y la agilidad son muy limitadas.

Estos policías realmente no necesitan tener nombre, pero para darle a la historia una pincelada cultural he decidido bautizarlos: Sage McCollom estaría a la izquierda y sería el más pesado de los dos, quizás en sus cuarenta, ha perdido pelo y aunque la calvicie sea cosa de familia él lo atribuye a los muchos años de servicio en esa ciudad funesta; el otro se llama Bobby Piazza, y por alguna razón que no llego a explicarme, tiene bigote tupido y acento Cajun que enferma.  Poner a un McCollom en el relato le recordará a algunos que los irlandeses fueron por mucho tiempo  “el otro” sureño, un marginal blanco, pobre, venido en barcos atestados desde una Europa sin futuro.  Hacia finales del siglo XIX, los irlandeses eran los indeseados, y a ellos se les atribuían casi todos los males sociales de la ciudad, aunque si las calles estaban limpias era gracias a los irlandeses, y si había boxeo un viernes por la noche también era gracias a los irlandeses.

Ser de ascendencia italiana en esa ciudad era otra cosa,  simplemente porque su migración había empezado mucho antes  que la irlandesa.  Eso les había permitido estar ya asentados como comunidad desde la década de 1880,  principalmente con pequeñas tiendas de ultramarinos y restaurantes. De hecho, la muffaletta tiene un inequívoco origen italoamericano,  y aunque las fuentes se contradigan se sabe que circula desde principios del siglo XX. Lo del acento de Bobby Piazza indica que en algún momento sus ancestros se fueron a vivir a la zona costera, tal vez a probar suerte con la pesca del camarón y las chuchecas (en este momento me descubro como centroamericano, pues es ahí donde se le llama así a ese molusco).

En nuestra historia,  Piazza es el novato y McCollom el veterano, el de los consejos.  Es el irlandés quien sabe que a esas  horas, casi las 2:00 a.m., cuando la cocina está a punto de cerrar, “Final call, boys”, dice la camarera, se llega al punto crítico de la ronda nocturna.

“Nunca te metas en un lío grande después de que cierran los diners”,  le ha aconsejado ya varias veces a Piazza.  “Si estás en el auto nada más fíjate si los lugares como éste ya tienen las luces apagadas. En ese momento debes hacer lo posible para apagar las tuyas también”  McCollom hace un gesto como poniéndole comillas a la frase apagar las tuyas también.  Piazza baja cabeza un poco, como agradeciendo el consejo, pero la verdad desde hace mucho ha decidido no hacerle caso a su mentor.  La primera idea que le viene a la cabeza es: “Si quiero saber la hora miro el reloj”.  No puede ver la belleza un poco torpe de la imagen: viejos lugares, limpios pero deteriorados, con las sillas que reposan sobre las mesas, la barra larga, usualmente cromada,  los colores brillantes de los taburetes ahora opacados por la oscuridad.  Piazza no comprende lo poético de la simple sabiduría de McCollom.  Un diner de policías, una vez cerrado, es igual a la expulsión del paraíso,  pues cada noche hay que pensar que puede no haber retorno.

McCollom no es, a pesar de las apariencias, un ingenuo romántico.  Tiene mucha carrera en la policía y ha escapado por los pelos de situaciones realmente desagradables.  Piazza sospecha que es un tipo mañoso,  pues aunque al irlandés le encanta repetir sus anécdotas de peligro y valentía,  lo que se dice en corrillos es tiene larga cola que pisarle. Pero de eso no se habla directamente, pues la corrupción toca más temprano que tarde a tu puerta.  A Piazza se le ha presentado en pequeñas dosis y hasta ahora no ha caído. ¿Será que en el fondo tiene una honestidad a prueba de balas?  No lo creo, pues nada realmente es a prueba de balas y hay un precio para comprarnos a cada uno de nosotros. Quizás simplemente nadie ha llegado al precio necesario para tentar a Piazza.

– ¿Tú no usas reloj?—le había preguntado el irlandés esa misma noche.

A pesar de lo trivial de la pregunta, Piazza se había puesto tenso.  Sabía bien por dónde andaba la cosa.

–No me gustan—le respondió.  –Me ponen nervioso.  Uso mi celular para ver la hora.

McCollom se había limitado a hacer un ruido a modo de comentario. Iba a darle una suave reprimenda  por la parquedad de sus respuestas, pero algo le dijo que era mejor no decir nada. Había escuchado un comentario negativo sobre su compañero de patrullaje: “No le gustan los Rolex”,  le susurraron al oído, “ten cuidado”.  Su reacción fue responderle al soplón que el gusto por cierto tipo de reloj era algo muy personal, que por favor no me metiera en lo que no le importara.  El soplón dio un par de pasos atrás. Seguía sin mirar a McCollom cuando le dijo: “Hubo una vez un tipo que se fue a pescar.  A rato de estar metido con el agua hasta la cintura algo picó.  Era un pez enorme, con una perla la boca.  Se la echó al bolsillo, pero en lugar de dejar ir al pez, como lo haría cualquier persona agradecida, se lo comió crudo. De milagro no se atragantó con una espina… ¿Cuál es para ti la moraleja de la historia?”  McCollom le puso la mano en hombro en un gesto que parecía paternal.  “La moraleja es que no hay que confundir las perlas reales con las de plástico”.

(Continuará…)

J.J. Armas Marcelo – De su vida y obra

J.J. Armas Marcelo, a modo de biografía

jj-armasmarcelo-bio-otrolunes29Juan Jesús Armas Marcelo (Las Palmas de Gran Canaria, 1946) es un escritor y periodista español. Se ha extendido a través de los medios de comunicación la errónea idea de que se llama “Juan José”. Como señala el propio autor, ya habituado a este equívoco, su nombre es Juan Jesús.

Juan Jesús Armas Marcelo nació el 22 de julio de 1946. Cursó sus estudios primarios y secundarios con los jesuitas. Se licenció en 1968 en Filología Clásica por la Universidad Complutense. Entre 1974 y 1977 viajó y cambió repetidamente de residencia, hasta que en 1978 se trasladó a Madrid, donde se instaló y domicilió sus actividades editoriales, literarias y periodísticas. Actualmente vive entre Madrid y un pueblo de la Sierra de Guadarrama. Leer más…

Muestrario breve de su obra

Algunas opiniones breves

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António Antunes

Artista portugués fundador de la World Press Cartoon

Ángel Boligán – como Fontanarrosa, como el gran Hermenegildo Sábat – ejerce desde las páginas de un diario el derecho a hacernos partícipes de su visión y su opinión sobre los temas que la realidad nos pone enfrente cada día. La crítica certera y – cuando es necesario – ácida de sus dibujos tiene siempre un objetivo: recordarnos que habitamos un planeta a cuya destrucción contribuimos por acción u omisión; incitarnos a defender los derechos de la libertad contra el autoritarismo; alertar acerca  del peligro de convertirnos en robots manejados por máquinas y sobre la ridiculez de nuestros actos…” Esta breve reseña del dibujante y su muestra, escrita para el catálogo por Rafael Ielpi (director del Fontanarrosa), cuenta algunas de las tantas virtudes que nos asombra en cada cuadro. Punzante cada escena creada por Boligán nos obliga a pensar en el mundo que nos rodea, pero también hay espacio para la ternura y surrealismo; y el amor, la poesía y los sueños asoman en su trabajo y nos envuelven con su esperanza. Leer más…

¿Quién es Ángel Boligán?

Angel_Boligan-ficha-otrolunes29Nació en San Antonio de los Baños, La Habana, Cuba el 10 de mayo de 1965.

Es dibujante y caricaturista.

Desde 1992 reside en México, en el Distrito Federal, y actualmente colabora con el diario El Universal con su columna Espejo de tinta, en la revista Orsai con su columna “Per saltum”, en la revista Conozca más y la revista de humor político El chamuco. Leer más…