Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Gallegos y Cuba: La brizna de paja en el viento

Roberto González Echevarría
Ensayo

Página 1

I

Enmarcada históricamente por dos golpes militares, el que lo derrocó a él como presidente de Venezuela el 24 de noviembre de 1948, y el de Fulgencio Batista en Cuba el 10 de marzo de 1952, días después de aparecer publicada en La Habana, La brizna de paja en el viento, la “novela cubana” de Rómulo Gallegos, marca un momento de amargura y desilusión en la vida del novelista, que vino ha hacerse aún más negro con la muerte de su esposa, doña Teotiste, en México, el 7 de septiembre de 1950.1 La novela abre el último período de la obra de Gallegos. La brizna de paja en el viento fue, además, un experimento nuevo para el autor, ya que su acción se desarrolla en un país que no es el suyo, y trata de acontecimientos muy recientes, contemporáneos del momento en que escribe. Se redacta, además, después de diez años de silencio desde su última obra de ficción, y cuando el tipo de narrativa que él practicó con tanto éxito, había pasado de moda. Pero, sobre todo, es una novela que responde a estímulos políticos y personales muy precisos, que dejan en ella una huella indeleble; el más importante fue, por supuesto, el golpe de estado que derrocó a Gallegos, y que lo llevó a indagar sobre la propensión latinoamericana a la dictadura y el militarismo. Pero la experiencia cubana fue la decisiva.

El contexto cubano de la vida de Gallegos y su novela de temática cubana tienen también su razón de ser en las corrientes políticas que agitaban a América Latina, y especialmente al Caribe, en los años que siguen al final de la Segunda Guerra Mundial, y en cómo éstas afectaban el mundo universitario que fue tema de La brizna de paja en el viento. El activismo político en la universidad, a su vez, entroncaba con movimientos estudiantiles que se remontaban a principios de siglo, y que habían tenido un impacto amplio y profundo por toda América Latina, mientras que, fuera de la universidad, pero asunto perenne de discusión en ésta, la influencia e ingerencia de los Estados Unidos en la vida política y económica de los países de la cuenca de Caribe, muy en especial Cuba, con su azúcar, y Venezuela con su petróleo, era un factor esencial en las pugnas que se dirimían en ellos, no pocas veces metralleta en mano. Todo esto ocurría, tanto en Cuba como en Venezuela, en medio de una prosperidad que alentaba a concebir la posibilidad de crear sociedades estables y justas, y que a la vez facilitaba la existencia de un estudiantado numeroso, de orígenes sociales diversos, y con acceso tanto a la educación como a las armas.

Gallegos llegó a La Habana el domingo 5 de diciembre de 1948, no he podido determinar si en un avión de la Compañía Aeropostal Venezolana, cuyos vuelos regulares a Nueva York hacían escala en la capital cubana en ambas direcciones, o, más probablemente, en un aparato militar de su país. Venían con él su esposa, doña Teotiste, su hijo Alexis, su hija Sonia y dos primas, María Antonia Egui y Rosa de Moreno (Milanca Guzmán, p. 50). La junta militar que lo había depuesto de la presidencia de Venezuela el 24 de noviembre, tras apenas nueve meses de mandato, lo envió a Cuba “para su propia seguridad” (Ibid). Mario Milanca Guzmán sostiene que Gallegos no supo el destino de la nave que lo transportaba hasta no estar ésta ya en el aire, algo difícil de creer, aunque no es imposible que haya sido así. Yo me inclino a pensar que Gallegos mismo eligió a Cuba como asilo.

Porque lo cierto es que el régimen cubano del presidente Carlos Prío Socarrás, que acababa de acceder al poder el 10 de octubre de 1948, tras las elecciones generales de junio, estaba constituido por individuos que habían sido revolucionarios en los años treinta durante la dictadura de Gerardo Machado, y con los cuales Gallegos había tenido contacto en el pasado, lo cual podría explicar el rumbo del avión. En 1931, cuando el autor de Doña Bárbara se encontraba en Nueva York, exilado a causa de la dictadura de Juan Vicente Gómez en Venezuela, un buen número de cubanos también padecía exilio en la gran urbe norteamericana por motivo de la de Machado en Cuba. Los cubanos le pidieron al novelista, ya célebre por el gran éxito de Doña Bárbara, que diera una conferencia pública en beneficio de su causa. Gallegos, al principio renuente porque decía que nunca había permitido que se cobrara por una conferencia suya, aceptó y el evento fue un triunfo (Figueroa, p. 27). Había, pues, lazos que unían al escritor con los cubanos que, tras los años de control militar de Batista (1933-1939), y luego de su período constitucional (1940-1944), habían alcanzado el poder por vía electoral. Primero fue presidente el Dr. Ramón Grau San Martín, de 1944 a 1948, y luego su antiguo protegido Prío Socarrás. Grau, profesor de fisiología en la Universidad de La Habana, se había opuesto a la dictadura de Machado y apoyado a los estudiantes, por lo que había sido nombrado, en septiembre de 1933, presidente del Gobierno Provisional Revolucionario que sustituyó al dictador tras su caída en agosto de ese año. Prío, estudiante entonces, había sido un activista importante en la lucha. La historia y orientación ideológica del partido Auténtico que ocupaba el poder en Cuba eran análogos a los de Acción Democrática, el partido que llevo a Gallegos a la presidencia. Formaban parte de un mismo movimiento. Los lazos que los unían se hicieron públicos cuando Gallegos asumió la presidencia de Venezuela el 15 de febrero de 1948, y una delegación cubana asistió al evento. Entre ellos estaban Fernando Ortiz, Jorge Mañach y Raúl Roa; los dos últimos se encontraban entre las personalidades que acogieron al depuesto presidente al arribar a suelo cubano en diciembre de ese mismo año.

La llegada de Gallegos a La Habana recibió una amplia cobertura de prensa. En un reportaje gráfico de la revista Carteles del 12 de diciembre de 1948 aparece rodeado del profesor Jesús Casagrán, director de cultura, Sara Hernández Catá, hermana del desaparecido novelista y activa en la vida política y cultural, y Eduardo R. Chibás. Este último era presidente del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) y su programa de radio dominical sobre temas candentes de la política, transmitido semanalmente por la poderosa emisora CMQ, llegó a tener una amplísima difusión (Carteles, no. 50, p. 33). En otra fotografía aparece Gallegos hablando por radio a través de los micrófonos de CMQ, entrevistado por el popular locutor Germán Pinelli. En las semanas siguientes, Gallegos fue objeto de actos de acogida y solidaridad. En su sección “Actualidad nacional,” la revista Carteles del 19 de diciembre, 1948 (no. 51) recoge una fotografía de “Miembros del comité organizador del homenaje nacional a Rómulo Gallegos, el gran novelista venezolano, reunidos en las oficinas del Historiador de la Ciudad. El acto se efectuará el próximo sábado, a las 8 y media de la noche, en el Parque Central” (Anónimo, 1948, no. 51, p. 33). En efecto, se celebró el 18 de diciembre en el Parque Central de La Habana, tuvo mucha resonancia en toda Cuba, y desató polémicas por la participación de miembros del Partido Comunista, lo cual justificó Mañach, uno de los presentes, por el carácter pluralista y democrático de los que apoyaban a Gallegos y la renuencia de los organizadores a excluir a nadie (Mañach, pp. 306-07). Entre los oradores se encontraron nada menos que el prestigioso antropólogo Fernando Ortiz (Ortiz, 1949, p. 369), y Raúl Roa, notable ensayista, antiguo revolucionario de los años treinta, Decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de La Habana y, durante el gobierno de Prío, Director de Cultura. Roa fue, con Jorge Mañach, constante compañero de Gallegos en La Habana (Parajón, entrevista).2

A diferencia de tanto presidente depuesto, Gallegos llegó a La Habana sin medios de subsistencia, salvo su reputación. Según Mauricio Magdaleno “Gallegos fue a dar, sin más que lo que llevaba puesto, a La Habana” (1952, p. 3). Pero, para suerte suya, Cuba atravesaba en la posguerra no sólo por un período de tempestuosa política liberal, sino que además disfrutaba de una boyante economía. Gallegos pronto encontró cómo ganarse la vida gracias a la generosidad de Miguel Angel Quevedo, dueño y director de la revista Bohemia, quien le ofreció en seguida un puesto en ésta y una casa en la calle 11, entre 6ta y 8va, No, 65, en Miramar, elegante barrio capitalino. El contacto entre Gallegos y Quevedo, según Mario Parajón, lo hizo el revolucionario y futuro presidente dominicano Juan Bosch, a la sazón exilado en La Habana. Aunque también es cierto que todos los demás amigos del autor de Doña Bárbara conocían bien a Quevedo.

Gallegos empezó muy pronto, la primera semana de enero del 1949, una colaboración mensual en la revista, entre las que se encuentran algunos artículos suyos importantes. Además, inicia negociaciones para la publicación de unas “obras completas” suyas que, en efecto, en agosto de 1949 la Editorial Lex de la Habana edita. (Lex había sido fundada y era dirigida por el político republicano español exilado en Cuba, Mariano Sánchez Roca). Finalmente, en febrero de 1952 aparece en la capital cubana la novela La brizna de paja en el viento, publicada por la Editorial Selecta, y un año después por Aguilar de Madrid (Gallegos, 1952, 1953). Pronunció Gallegos además varias conferencias en Cuba. Por ejemplo, en el Cuarto Congreso de Literatura Iberoamericana, celebrado de La Habana, lee su trabajo titulado “Rendición de cuentas.” Y en la Sociedad Lyceum, invitado por Emelina Díaz de Parajón, en cuya casa conoció a Camila Henríquez Ureña, leyó “La pura mujer sobre la tierra.”

Pero la presencia de Gallegos en La Habana, el rumbo de su avión, también se debió probablemente a que la ciudad se había convertido en el foco de actividades revolucionarias del Caribe y América Central; Pedro Yanes llega a afirmar que Cuba era el centro revolucionario de toda América Latina (Yanes, entrevista). La sede era el Hotel San Luis, que estaba en la calle Belascoaín 73, casi esquina a San Lázaro. En ese hotel se reunían los integrantes de la Legión del Caribe, que había sido fundada por el costarricense José Figueres, con el propósito de luchar contra las dictaduras caribeñas y centroamericanas —entre los cubanos enrolados estaban Rolando Masferrer, Manolo Castro y Faure Chomón, todos con pasados revolucionarios. También estaban afiliados a la Legión Jovita Villalba, venezolano, Juan Bosch, dominicano, Raúl Haya de la Torre, peruano, entre otros. El dueño del Hotel San Luis era el venezolano Luis Alonso. Allí vivieron, entre otros, Rómulo Betancourt, Carlos Andrés Pérez, Juan Bosch y el propio Gallegos en 1952 (Roa, p. 337). Después de la caída de Gallegos fueron llegando muchos venezolanos. Además de Bosch, entre los dominicanos se encontraban Alberto Henríquez, Ángel Meolián, el General Juan Ramírez y Ramón Mejías, conocido por “Pichirilo,” que en 1956 sería timonel del yate “Granma” cuando Fidel Castro desembarcó en Cuba, y moriría en 1965 cuando la invasión norteamericana a la República Dominicana. En el Hotel San Luis y el Sevilla, del Paseo del Prado, se organizó la expedición para derrocar a Trujillo en Santo Domingo que recaló en Cayo Confites, al norte de la provincia cubana de Oriente, y en la que también estuvo enrolado Fidel Castro (la expedición se conoce ahora por el nombre del cayo). Por esos años, por cierto, en 1948, Castro estuvo presente en el llamado ¨Bogotazo,” con una delegación estudiantil cubana en la que también se encontraba Alfredo Guevara.

La estancia de Gallegos en Cuba sólo duró hasta fines de julio o principios de agosto de 1949. Durante los casi nueve meses que pasó en la isla, hizo varios viajes a Estados Unidos, sobre todo a Miami, donde también tenía amistades. Pero, según Roberto Esquenazi Mayo (p. 334), cuando el gobierno de Prío Socarrás reconoció a la junta militar que gobernaba Venezuela, hecho del que tuvo noticia Gallegos por los periódicos no de manera oficial, el novelista, ofendido, decidió trasladarse a México. En la noche del 28 de julio, 1949, se le ofreció una cena de homenaje y despedida en el Centro Vasco, renombrado restaurante de la capital cubana, con la asistencia de sesenta personas, entre las que se encontraban, según Esquenazi Mayo, “[Raúl]Roa, David, [Lino] Novás Calvo, [Raimundo] Lazo, [Elías] Entralgo, [Zacarías] Tallet, [Ricardo] Riaño, [Luis Gómez] Wanguemert, [Marcelo] Pogoloti, [Mariano] Sánchez Roca, [?] Delgado, [Francisco] Ichazo, [José] Ferrater Mora y más y muchos más” (Ibid). Hablaron Roa y Wanguemert, quien leyó una carta de Fernando Ortiz, imposibilitado de asistir por orden facultativa. Gallegos regresó a La Habana poco antes de la publicación de La brizna de paja en el viento para visitar un central azucarero en la región oriental del país, para retocar partes de la novela y para verla publicada (Roa, 336-37). El colofón de la novela reza: “Se acabó de imprimir esta obra el día 28 de Febrero de 1952, en los Talleres Tipográficos ALFA, Palatino 202, en La Habana–Cuba.”3 A los pocos días, el 10 de marzo, Fulgencio Batista daba el golpe de estado que derrocó al presidente Prío Socarrás y la estancia del novelista en La Habana no se prolongó mucho más.

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