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Hay tres elementos más que merecen destacarse en ese comienzo de La brizna de paja en el viento. El primero es que Gallegos estaba muy enterado de que la inmigración española a Cuba después de la independencia había sido un factor importante en el desarrollo de la economía cubana, y que había provocado no pocos roces y conflictos que condujeron a la promulgación de leyes proteccionistas para asegurar que ciudadanos cubanos pudieran tener acceso a los negocios y fuentes de riqueza creados por los recién llegados. Vinieron casi 200,000 entre 1902 y 1910, casi todos gallegos (Thomas, p. 497). Pablo Azcárate y su descendencia representan ese factor social y político de la Cuba de la primera mitad del siglo XX. El segundo elemento es que en ese origen sin origen de Azcárate, que se inventa a sí mismo y se forja un destino que él se proyecta hay un aire existencialista que está más acá de la “novela de la tierra,” en la que obraba un determinismo social, histórico y hasta biológico. Recordemos que fue precisamente en 1951 cuando José Gaos publica en México (donde residía Gallegos) su traducción de El ser y el tiempo, y que él y otros discípulos de José Ortega y Gasset, todos, como su maestro, bajo el influjo de Heidegger, diseminaban el pensamiento existencialista con gran efectividad por esas fechas.5 El mismo título de la novela, que proviene del consejo que el profesor Rogelio Luciente le da al joven Juan Luis Marino, de no dejarse llevar por las corrientes criminales de la universidad, sino que debe forjarse un destino basado en su voluntad propia, es también de tono existencialista. El tercer elemento es que el vago kabalismo implícito en el juego alfabético de Azcárate pudiera ser post-borgeano. Ficciones, recuérdese, es de 1944. Gallegos parece estar conciente de los nuevos rumbos de la narrativa latinoamericana y, aunque no los sigue del todo, reconoce su atractivo mediante este malabarismo alfabético, que sugiere que su discurso obedece a leyes enigmáticas implícitas en el lenguaje mismo. Los veintitrés años desde la publicación de Doña Bárbara no han pasado en vano.
El conflicto principal de la novela gira, como es usual en Gallegos, alrededor del amor y el matrimonio, y con éstos la evolución de la sociedad, que se reproduce a través de ellos y se orienta hacia su futuro. El “puño Azcárate” no puede permanecer cerrado. Los amores aquí son los de Florencia, típica protagonista mujer de Gallegos, desenvuelta, decidida, fuerte. Ella resulta ser —a pesar de no contarse entre los cinco dedos del puño sino siendo el sexto, el suplemento— el más valiente y aguerrido de los vástagos de Azcárate. Así, se enamora de Juan Luis Marino, hijo del guajiro mayordomo de la finca que le ha dejado su padre, que se ha matriculado en la universidad dispuesto a labrarse un futuro distinto al de su propio padre, que lo maltrata y que representa el típico padre de familia rural, arcaico, cargado de anticuados prejuicios. Idealista, lector de Tolstoy y luego de libros que lo incitan a la acción política, impelido también por el deseo de emular al líder estudiantil Justo Rigores, Juan Luis se acerca al grupo de éste. Rigores es de los activistas convertidos en gángsteres, domina al estudiantado, que lo llama “el Caudillo,” y amedrenta inclusive a los profesores con su fuerza física y manejo de las armas. Juan Luis se desencanta de Rigores y su idealismo y amor por Florencia lo llevan a la temeridad de enfrentarse a él y matarlo en una dramática escena, al final de la novela, cuando ambos sacan sus pistolas al mismo tiempo y se disparan. El matrimonio de Florencia y Juan Luis queda pospuesto, pero prometido para un futuro no muy lejano dada la leve sentencia que debe cumplir el novio porque queda establecido que actuó en defensa propia.
Esa trama principal está enmarañada en otras historias relativas a los demás hijos de Azcárate y sus esposas, además de las tangenciales sobre Justo Rigores, y la del profesor Luciente, modelo de probidad intelectual y profesional con el que quieren casar a Florencia. Rigores, hijo natural de una pobre mujer y un padre que lo abandona, es un resentido que transmuta su odio en voluntad de poder sin otro objetivo que dominar a los demás. Es un sádico sin ideas. La recta actuación de Luciente y sus comentarios sobre el estado de la universidad, del país, y de la humanidad en general, son la contrapartida de los de Rigores. Ricardo Montilla sostiene que Luciente es Raúl Roa, “objeto de admiración y aprecio por Gallegos. De sus labios oyó éste la mayor parte del relato de la tragedia de los pistolerismo universitario, base para la composición del libro, y en ella la historia de Justo Rigores –Fidel Castro” (Montilla, pp. 31-32). Seymour Menton, por su parte, argumenta que no hay pruebas suficientes para afirmar que Rigores represente a Fidel Castro, quien, por otra parte y como hemos visto, estaba muy activo en el pistolerismo de la universidad en la época en que Gallegos residió en La Habana, y de quien tiene que haber oído hablar para 1952 cuando se publica La brizna de paja en el viento.
Está además el argumento secundario de las fechorías de Dionisio, el hijo tarambana, fanfarrón y donjuanesco de Azcárate, que seduce a Clorinda, la primera enamorada de Juan Luis, para luego abandonarla de cabaretera en La Habana, y que después rapta a Eumelia, hermana de éste. Se trata de un incipiente drama de honor campesino, lateral pero convergente con el argumento central, que remite a muy antiguas tradiciones hispánicas del tipo que Gallegos había explotado en novelas anteriores. El que Juan Luis decida no vengarse de Dionisio matándolo indica hasta qué punto su vida en La Habana lo ha transformado, haciéndolo abandonar las costumbres rurales en que se crió —es, a menor escala, un triunfo de la civilización sobre la barbarie. La decisión de Florencia de casarse con Juan Luis, en contra de la oposición del “puño Azcárate” revela la independencia de ésta, y la posibilidad de que, con el matrimonio de ambos, campo y ciudad, distantes y rivales, logren reconciliarse para forjar una sociedad mejor. Ese es el final feliz que deja abierto y posible Gallegos —en el duelo entre Juan Luis Marino y Justo Rigores pudo haber hecho que el primero fuera el muerto y augurar un futuro tan negro como certero para Cuba. En realidad no hay necesidad narrativa que incline la balanza en una u otra dirección, lo cual puede ser una debilidad de la novela. La victoria de Juan Luis es un buen augurio para Cuba que lamentablemente no se cumplió, primero por el regreso de la dictadura de Batista, y luego por la de Fidel Castro, que sí vino, sin embargo, a hacer buenos los vaticinios implícitos en la figura de Rigores, estuviera o no ésta basada en el entonces líder estudiantil y político en ciernes.
Gallegos prefirió hacer su análisis de la sociedad cubana manejando gruesos bloques de ésta: la inmigración, la raza, las clases sociales, la presencia norteamericana, la discrepancia entre campo y ciudad, pero no abunda en los detalles sobre el pistolerismo que hemos expuesto más arriba, quizás porque, trabajar tan próximo a la realidad lo hubiese forzado a hacer reconocibles a los personajes implicados, lo cual no le convenía por muchas razones, entre otras probablemente su seguridad personal. Su diagnóstico, atinado en algunos casos, es que el futuro de Cuba depende de la labor educativa de figuras como Luciente, que traigan luz para disipar las tinieblas de la corrupción y violencia imperantes, del arrojo de otras como Florencia, decidida, práctica (había hecho parte de sus estudios en Estados Unidos), capaz de enfrentarse a los conflictos con valor y sin prejuicios, y del idealismo de jóvenes como Juan Luis, curtido, sin embargo, por los embates de la vida. Es una receta benigna para dolencias al parecer curables.
Pero, como narrativa, La brizna de paja en el viento se queda a medio camino entre la “novela de la tierra” y ficciones marcadas por la vanguardia literaria y filosófica a las que, su primer capítulo parece aludir. Claro, estar al día no es en sí mismo un valor literario, pero el amago en dirección de una trama movida por la enigmática “mano Azcárate,” que se cerrara sobre sí misma con un remate consonante con lo prometido por ésta, no se cumple, lo cual defrauda al lector. La trama no la constituye una trabazón de incidentes, sino ideas generales sobre la sociedad cubana, como tampoco fuerzas míticas como en Doña Bárbara. La acción transcurre sobre todo en La Habana, pero La brizna de paja en el viento no llega a ser tampoco una novela urbana, en que la ciudad y su entramado de fuerzas conflictivas impelen a los personajes a acciones que los aniquilan, como en El acoso. Las actividades criminales de Rigores, en vez de tener motivos políticos y formar parte de una fatal concatenación de incidentes con repercusiones colectivas e históricas, son atribuidas a traumas sicológicos del Caudillo, a pesar de que en una conferencia de 1949 en la Sociedad Lyceum de La Habana (“La pura mujer sobre la tierra”), Gallegos critica el freudianismo de algunos de los comentaristas de su obra. La brizna de paja en el viento no es de las mejores novelas de Gallegos, anunciando en vez el comienzo de la decadencia de su producción novelística.
La recepción de La brizna de paja en el viento por parte de la crítica cubana no fue unánimemente positiva, sin que esto menoscabe el respeto y agradecimiento que todos sienten por el amor a Cuba de Gallegos, y el esfuerzo que puso en la redacción de la obra. El profesor, crítico e historiador de la literatura, Salvador Bueno, escribe una reseña en que destaca la deuda que Cuba tiene con Gallegos por esta novela que indaga sobre las causas de los males que la aquejan, alaba su penetración en el carácter del cubano, que se refleja en algunos de sus personajes, y la maestría de su oficio de novelista. Pero, con suma delicadeza, apunta algunas fallas de La brizna de paja en el viento. Por ejemplo, le parece innecesario el énfasis que Gallegos pone en los ritos afrocubanos a que se entrega Clorinda, la mulata abandonada por Dionisio. Es cierto que parecen un añadido producto de lo aprendido por Gallegos en los trabajos de Ortiz. Pero, sobre todo, Bueno opina que “Es necesario aclarar que esta explicación de nuestra historia de los problemas contemporáneos cubanos, tan deseada por los lectores de nuestro país, muy poco añade al innegable valor novelesco de La brizna de paja en el viento” (Bueno, p. 52). El también profesor, crítico e historiador de la literatura Manuel Pedro González, le hace a Gallegos la previsible crítica de que escribe sobre la realidad cubana desde fuera y, peor aún, con un sentido de la deuda que tiene con el país que lo ha acogido, que no le permite ahondar en las peores lacras de éste. Además, y aquí está su crítica más severa y tal vez justa, afirma que “Cuando los principios morales del autor son firmes, el problema se resuelve casi siempre en detrimento de su obra, y lo que desde un punto de vista estrictamente humano es loable y digno de respeto siempre, viene a constituir la más grave falla de su obra. […] La brizna de paja en el viento es una prueba de este principio” (p. 74). Raúl Roa, el entrañable amigo de Gallegos, alaba incondicionalmente la novela y relata detalles interesantes de la última estancia de Gallegos en La Habana, en 1952, cuando se paseó con él por la Universidad de La Habana, y conversaron sobre su viaje a Santiago de Cuba, donde fue a visitar el Central Borjita, en el que se ambientó para escribir un capítulo de la novela. Relata además que, aunque él discrepó de su vaticinio, Gallegos predijo el golpe de Batista dos días antes de que sucediera.6
Era algo implícito en La brizna de paja en el viento que vino a cumplirse con Gallegos de vuelta en Cuba para vivirlo. Su presencia en La Habana durante el golpe venía a cerrar un ciclo abierto el 24 de noviembre de 1948, cuando había sido el propio Gallegos víctima del golpe militar que lo depuso. La brizna de paja en el viento y su autor son consustanciales con la historia que narran.
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