Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Los óctuples de Fundora

Rolando Morelli
Relato

Página 2

***

Al fin tuvo nombre dispuesto la puerquita albina de Joaquín Fundora.

Rubiseida —declaró el hombre alelado en la contemplación del hociquillo rojo como la grana, alrededor del cual se anunciaba un bozo rubio.

—No seas bruto, hijo.

—Eso, Joaquín, lo que dice acá el padre cura.

Intentaban en vano persuadirlo a dúo el cura y el juez del pueblo.

—¿Quién ha visto nunca eso de inscribir en el registro de personas el nombre de un puerco, y menos bautizarlo? —volvía a decir el cura, olvidado sin dudas del ejemplo edificante de San Francisco—. Está bueno ya de excentricidades, que en un guajiro como tú, hijo, están doblemente mal vistas. ¡Por guajiro y…! ¡Por guajiro!

No entendió Joaquín aquello de "excentricidad" que decía el cura con ánimo de quebrantarlo en su decisión, pero ni se dio por vencido tampoco.

—Mira, hijo, las cosas no andan nada bien —le amonestó ahora el sacerdote, que esperaba de un momento a otro la orden de expulsión contra los suyos, de que se hablaba—. No podemos dar la menor excusa que justifique…

—Eso, Joaquín. Lo que dice el padre cura —clamoreó el juez Sepúlveda, a quien primero fuera a hostigar con su insistencia el campesino.

Pero aquél permaneció de una pieza en lo que concernía a su reclamo.

—Si serás de terco como eres de isleño, hijo —estalló el cura. (Cierto era que Joaquín, hijo de padres canarios, debía de conservar en sí —razonaba el cura— la testarudez proverbial que a los naturales de aquellas islas se atribuía. Y por si le asistían dudas al respecto, las palabras mismas de Joaquín vinieron a disiparlas).

—La justicia alcanza pa’ to’l mundo si se sabe alministrar.

El juez se sintió aludido en primera instancia, por eso dijo:

—No es cuestión de justicia de menos ni justicia de más, Joaquín… Oye razones, y entra en razón para que veas por derecho.

Sin embargo, Joaquín tenía de su parte más causa que ninguno de los otros, y aún con serias reservas de las suyas, el cura y el juez acabaron por ceder. A un pueblo perdido de su remota y añorada Basconia llevaría el cura en poco tiempo, aquella anécdota con otras muchas cosas de su alma, desde entonces escindida sin remedio. Al juez, lo destituyeron sin razones aparentes las nuevas autoridades que disponían a capricho de lo que debía hacerse o deshacerse, y nada de aquello tuvo otras consecuencias. Joaquín casi no llegó a enterarse de una y otra ocurrencia, sino hasta mucho tiempo después, cuando ya la iglesita de piedra, levantada por el cura y unos pocos lugareños cuando aquél era aún joven y vigoroso, había caído en el abandono de puertas arrancadas a sus goznes; ventanas rotas, bancos maltrechos; paredes afrentadas de obscenidades y otras consignas políticas. El edificio todo a lo mejor habría caído de no haberse instalado en él con el andar del tiempo, la "Escuela Regional para la Capacitación, Formación y Superación Ideológica y Política de los Cuadros del Partido".

A lo mejor, Joaquín no se enterara por estar arraigado en mucha gente el hábito de persignarse al pasar frente a la iglesia, que siguió ocurriendo, primero por hábito —como queda dicho— y después porque también frente a la amenaza del rayo, a la blasfemia o ante un mal pensamiento se santigua el creyente diciéndose: "En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" "Santa María, ruega por nosotros".

***

Vinieron a buscarlo de madrugada. Ya Joaquín estaba en pie como los demás peones. Cipriano Alcántara que venía al frente de una patrulla de tres hombres, le conminó a seguirlos:

—Tienes que venir con nosotros —dijo—. ¡Monta!

Joaquín gruñó un insulto como de quien es libre, y persona adulta que no tiene porqué acatar disposiciones del primero que llegue.

—Si no vienes por las buenas, tenemos órdenes de llevarte a las malas. Con que elige tú —dijo ahora Cipriano—. ¡Acaba ya de montarte en el yipe, anda!

Los peones guardaban silencio, intimidados por las armas largas de la patrulla, y ensombrecidos por lo que estaba pasándole a Joaquín.

—Mire, coronel —dijo Joaquín, que nada sabía de grados militares, dirigiéndose a su interlocutor—. Aquí naiden tiene que dir a ningún la’o. Ansí que por ‘onde mesmitico vinieron se están largando con la fresca.

Picado por las risitas que las palabras de Joaquín despertaran en los hombres que los rodeaban, Alcántara echó mano al revólver que llevaba a la cintura.

—Monta, anda, preñapuercas. Que no estamos pa’ contemplaciones de ninguna clase, o vas a dejar huérfana a media cochiquera.

Uno sólo de los guardias rió esta vez, pero los peones no encontraron chistoso el apelativo, cuando el hombre que lo decía tenía que ampararse detrás de un arma como aquélla. Así y todo, Joaquín no dio señales de obedecer hasta que uno de los guardias, pensando que lo hacía por bien del otro, lo golpeó en la cabeza con el costado de su rifle.

***

En el campamento al que lo enviaron, Joaquín Fundora observó una buena conducta, condición previa sin la cual no había que esperar un pase cuando lo dieran, si es que, en efecto, acababan autorizando que algunos pudieran ir en algún que otro momento de visitas a sus casas y familias.

Lo primero que había llamado su atención al llegar, había sido la cerca de alambres de púas que rodeaba el campamento, y a cuya entrada única se apostaban dos guardias armados, parapetados en el interior de una garita de hormigón reforzado.

Los prisioneros entre los que se contaba Joaquín, adelantaban todas clase de especulaciones:

—¡Ay, Dios mío! Nos van a matar a todos —dijo, anegado en llanto, uno de los más jóvenes—. ¡Madre mía! ¡Ay, mi madre! ¡Virgencita!

Otro preso se hizo la señal de la cruz, precipitada, furtivamente.

—No van a matarnos —dijo otro, con una desconcertante seguridad—. ¡Van a hacer hombres de nosotros! ¡Ñángaras! ¡Comunistas! ¡Comecandelas! ¡Hombres nuevos! Estamos en un campo de re-educación, no de exterminio masivo. Acabarán con nuestras almas, pero el cuerpo les interesa que funcione más o menos. Se trata de convertirnos en zombies, o en robots… ¡De cada uno según su capacidad, a cada uno según su esfuerzo!

El que hablaba, aunque metido como los demás en un uniforme de tela burda rematado con botas de entrenamiento militar y gorra calada hasta los ojos, delataba al hablar cierta fragilidad en la que radicaba, paradójicamente, algún género de certezas.
—¿Y tú, cómo coño sabes todo eso? —preguntó alguno que iba descalzo, mirándolo de arriba abajo, y dejando finalmente la mirada colgada de las botas del otro.

—Porque sé leer, y es lo que dice el letrero ése que hay a la entrada. ¿No se fijaron?

Otros también dijeron haberse fijado, momentos antes de que el jefe de compañía los mandara a formar para que el jefe del campamento les dirigiera la palabra:

—Allí estaban —comenzó diciendo aquél— para re-educarse por el trabajo y la disciplina militar. Para hacer de todos y cada uno de ellos, un verdadero hombre. ¡Eso incluía, por supuesto, hasta a los maricones!

Era obvio que había dicho aquello para ganarse la aprobación de la mayoría, pero no dejó prosperar mucho las risas que se suscitaron de inmediato entre las filas de presos.

—Ustedes no están presos aquí. ¡No son presos! —Ahora las palabras encontraron la aprobación de muchos—. Están aquí para recibir el tratamiento adecuado para curarse y re-integrarse a la nueva sociedad en construcción, como entes recuperados y útiles…

El resto de la perorata que les dirigiera el jefe del campamento discurrió por estos mismos cauces hasta agotarse de sí. Dos palabras, entre muchas otras, quedaron grabadas en la memoria de Joaquín: la enfermedad. Algo en él se rebeló ante ellas. Nunca en todos sus años —se dijo— había padecido ni siquiera un catarro. Era fuerte como un roble. No es que quisiera alardear de nada, pero aquello estaba a la vista del que quisiera verlo, y no iba él a andar ocultándose como si de una vergüenza se tratara.

Por otra parte, más parecía como si aquella enfermedad por temor declarado a la cual los encerraban allí alcanzara de día en día las dimensiones de una plaga que continuaba haciendo estragos allá afuera. Seminaristas católicos, pastores protestantes; gente que hasta aquí vivía de sus rentas; muchachos de clase media; estudiantes de arte; gente de letras, periodistas, homosexuales; estudiantes del último año de medicina; gente sin oficio; chulos, zapateros y campesinos léperos de toda clase. De vez en cuando, hasta algún funcionario en desgracia ingresaba al campamento para sanearse de alguna dolencia con el resto, y regresar luego al seno de la sociedad, curado de espantos y de posibles recaídas. El flujo continuo de infestados no dejaba dudas del alcance del contagio. Y hasta al interior del campamento, en los hombres de la guarnición podían notarse con frecuencia los síntomas del mal. Joaquín tuvo tiempo de sobra en los descansos, y mientras se sacaba las espinas que el marabú le dejaba en los tobillos desnudos, de reflexionar bien y mucho en la cuestión esa de la enfermedad. A ello lo ayudaban un seminarista de nombre Pablo, y su joven compañero de litera llamado Eugenio, a quienes a su vez Joaquín socorría en las labores obligadas del campo para las que ellos no estaban preparados, y por las cuales podían acumular deméritos y otras faltas punibles con la soga, la estaca o las golpizas curativas.

Eugenio era testigo. Y no testigo de cualquier cosa u orden de cosas, sino testigo único y privilegiado del Reino. La misión para la que se sentía nacido era predicar una doctrina de la que no podían caber dudas: "el reino se había acercado", es decir, el advenimiento del hijo de Dios, y con Él su reino, estaba a la vuelta de la esquina. Todo esto era, al comienzo, causa de discusión si no álgida, al menos apasionada entre Eugenio y el seminarista católico, pero a medida que pasaba el tiempo parecía como si los filos de aquella disputa fueran perdiendo su agudeza hasta desgastarse del todo. Ambos luchaban ahora contra el sueño que amenazaba vencerlos antes de haber terminado de decir una oración a la que estaban acostumbrados.

Joaquín se desvelaba más, pues además de no ser rezador, estaba hecho a las más duras faenas del campo, y aún aquéllas que buscaban quebrarlo, no conseguían sino hacerle tiempo a pensar en aquello y tantas cosas como de un tiempo a esta parte se le ocurrían.

—Lo que pasa, Joaquín, es que te estás volviendo culto —decía, un poco en broma, un poco en serio, el seminarista—. Buena y mala cosa es ésa… ¡La cultura! —añadía luego, y dejaba en el aire la palabra, como si la duda lo asaltara de pronto y con una intensidad de tal grado que no supiera sobreponerse a ella.

—La cultura es cosa de curas y de maricones —saltaba alguno, pero entonces pocos reían, como habrían hecho tan sólo unos meses antes.

—Ser cultos para ser libres —sostenía alguno, con la convicción de un martiano apostólico.

—Y diga, monseñor, ¿cuál se supone que sea el papel de la iglesia en todo esto? —se lanzaba a la polémica un joven teórico del marxismo ortodoxo—. Porque aquí, la iglesia está implicada.

Era obvio que al decir la iglesia, no se refería al testigo, cuya filiación lo colocaba en la categoría de secta.

—Aquí no hay monseñores que valgan —se limitaba a precisar el seminarista, acaso ligeramente imbuido del espíritu conciliar Vaticano, que allá lejos aún tenía lugar.

—Acaben de doblar el lomo, cojones, que aquí sí hay que pegarla de a bueno —les lanzó el cabo Juárez a la vez que pegaba un puntapié con su enorme bota al que acertaba a estar más próximo. Éste, era el seminarista. Cuando el caído estuvo nuevamente en pie, y para desconcierto de los demás, el joven teórico marxista dijo algo que ninguno acertó a comprender bien:

—Y con semejantes seborucos por instructores, creen que se va a conseguir de hoy para mañana la re-educación del personal… Aquí, lo que hacía falta era un Makarenko.

***

Uno de los instructores era Monolindo, especie de Adonis con mal de San Vito —o Sambito— como dieron también en llamarle pese a no ser zambo, sino sólo a hallarse preso de aquellos resortes que se soltaban constantemente dentro de sí. Apenas si hablaba, pero parecía que hablara por él cada músculo y cada fibra de su cuerpo. Se decía que aquel tic generalizado era cosa reciente. Lo decía un primo suyo, preso allí, a quien Monolindo no dirigía la palabra, pero a quien a veces favorecía con un gesto que parecía formar parte del repertorio general, o con alguna concesión menor, tal y como permitirle beber un sorbo de agua del porrón de todos, robando tiempo a la faena del momento. Monolindo era el Político de la Unidad, o lo que es lo mismo, tenía a su cargo la "educación política" de los presos. Y lo fue hasta el día en que desapareció del campamento de la noche a la mañana sin dejar rastro. Se habló de un traslado que bien habría podido tratarse de un ascenso, pero Sáez Guevara, (alias La Lechera, alias Cuerpo de Ángel, alias La Complaciente) sabía, aunque cuidó mucho de decir nada que pudiera resultar inconveniente para el mando, porqué se había producido el traslado. Por lo pronto, pero no había modo de relacionar ambos hechos, a La lechera se le castigó imponiéndosele durante tres días, un régimen diario de azotes propinados a la vista de todos, por un sargento fornido conocido como El rebenco.

Tal vez fuera aquella la gota que colmara su copa, un día el gallego Fontanar ya no aguantó más todo aquello y lo de más allá, y dijo desde su miserable camastro de sacos (al que, de manera inconsciente habían dado en llamar literas, como hacía el mando, sin ironía implícita) que a lo menos él iba a protestar por aquello que se venía haciendo. Y no bastaron a disuadirlo las voces más medrosas ni las que revelaban cautela:

—Te vas a meter en camisa de once varas, gaito, y contigo, nos vas a enredar a todos. Tú sabes bien que aquí, lo que haga uno lo pagamos todos por igual. Ésa es la igualdad socialista.

—Lo mejor, es no señalarse. Aquí, cada uno tiene lo que se busca, y además, no quieres que te confundan…

—A mí, me tiene sin cuidado lo que pueda pensar al respecto ninguno de ustedes. Yo lo que digo, es que eso de golpear a un infeliz como el muchacho ése, y lo de atarlo a un poste, es una cobardía.

—¿Y acaso los españoles no lo hicieron peor con el cacique Hatuey, que después de amarrarlo al poste le pegaron candela? —dijo, siempre provocador el joven teórico marxista.

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Sumario

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¿Será pronto el español la segunda lengua oficial de los Estados Unidos?

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Memorias del Desarrollo, de Edmundo Desnoes

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El ejercicio de la memoria

Con Jaime Suchlicki

Una transición lenta y difícil

Con Plinio Apuleyo Mendoza

Escribir con sangre de periodista

Con Zoé Valdés

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Las editoriales en el exilio: una balsa de la cultura cubana

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