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Lo mismo que el gallego Fontanar pensaban Kirino el ruso, Olmar Pan-y-agua y el llamado el cura, más por su aspecto recogido y ensimismado que por haberlo sido nunca. Y los cuatro formaron una delegación que se dirigió a la Dirección del campamento con aquella queja. El capitán Cifuentes Recio era el jefe, pero en su ausencia, la delegación se enfrentó al teniente Rogelio López, alias Macana. Éste pareció no inmutarse con lo inusitado de aquella visita. Pareció escuchar lo que cada uno tenía que decir, incluso a tomar nota de aquello que decían, o simuló hacerlo. Entre tanto, los subordinados que se hallaban presentes intercambiaban de vez en cuando miradas entre consternadas e incrédulas, pero callaban a la espera de alguna orden conminatoria que pusiera fin, de manera drástica a aquélla falta de respeto. Por miedo, seguramente, ninguno se atrevió a demandar del oficial aquella orden que aguardaban ansio-samente. Conocían muy bien el temperamento del teniente Macana, de quien se contaban cosas como era aquélla del bibijagüero: Próximo al campamento "Amistad fraternal con los pueblos oprimidos" (nombre éste que correspondía a una larga cifra por la que resultaba más conocido el lugar) había una arboleda de mangos y otros árboles frutales, de antaño conocida como "El mangal de Fico". Tan próximo se hallaba que desde el interior del campo podía oírse el gotear sostenido de los mangos que alcanzaban la saturación de su madurez. Durante la época en que maduraban los mangos y para compensar de algún modo la falta de alimentos, más de uno había intentado deslizarse bajo la alambrada que rodeaba el campamento, y que en ciertos momentos estuvo electrificada, a través de una zanja angosta y pestilente. Era cosa de probar si habían puesto o no la electricidad, para lo cual podía el infractor procurarse una rata que lanzaba contra la alambrada, o valerse de la connivencia de algún guardia con quien luego se compartía el botín, o cuya voluntad se enajenaba por corto tiempo, de alguna otra manera. Se trataba de excavar y de remover con la debida autorización, la podredumbre que los desagües de la cocina acarreaban, y de colocar el saco provisto para acarrear los desperdicios a un costado de los albergues, a manera de manta sobre la cual deslizarse por debajo de los alambres engrenchados de púas. Estas excursiones furtivas pronto demostraron, sin embargo, no tener la menor posibilidad de éxito, como probó fehacientemente el caso de un muchacho de nombre Victor Carreño. Porque ¿quién iba a creerle que hubiera dedicado tanto tiempo y maña en cavar un verdadero túnel que lo sacara del campamento, sólo para comer mangos? La edad del muchacho, sobre todo, lo acusaba. Victor había cumplido en su encierro los quince años.
Tan conocido como era "El mangal de Fico" lo eran asimismo los bibijagüeros que en esta zona —muchas veces a la sombra de los árboles de mangos— proliferaban como colmenas de la tierra, elevando las almenas de sus fuertes varios metros por sobre la superficie del suelo.
El teniente Macanas tuvo la ocurrencia de proporcionar un escarmiento al infractor, que estuviera a la altura de su indisciplina. El muchacho no le resultaba del todo indiferente, antes bien, le tenía algo que en él era lo más cercano posible a una simpatía, por eso se le ocurrió someterlo a la prueba del bibijagüero. Primero, hizo que la tropa de guardias, algunos de ellos bisoños, le arrojaran una calderada de agua con azúcar que constituía generalmente el desayuno de los llamados reclutas, y esta vez se había ordenado al cocinero disponer para el bautizo. Luego, se amarró al muchacho a un poste clavado sobre una de las colinas de tierra suelta y color amarillento, que constituían el bibijagüero. Inconscientemente, se repetían en él algunos símbolos de la crucifixión, después de ocurrido el bautismo, pero aquellos soldados tampoco estaban a la altura del símbolo que profanaban. Las bibijaguas dieron comienzo enseguida a un castigo que la agitación del reo sólo hacía empeorar, y finalmente, cansados de presenciar el espectáculo, a una orden del teniente se retiraron todos, dejando en el poste del tormento al muchacho para que el escarmiento fuera completo. La fama de tipo duro de que gozaba el teniente Macana había empezado por allí.
***
Cuando formaron a la tropa para el pase de revista, faltaban cuatro hombres del pelotón trece.
—Mala cosa —dijo alguno, más supersticioso que otros—. ¡El número trece! Y multiplicado por cuatro da cincuenta y dos, que…
A los que faltaban los fueron trayendo a rastras a presencia de todos. El más entero, con haber sido el más golpeado, parecía ser el gallego Fontanar. Y el que peor impresión daba era el llamado "el cura". El Rebenco se encargó de sujetarlo al poste de recreo como llamaban al madero erecto en medio de un descampado, al que ninguno otro debía acercarse. (Por des-obedecer esta orden terminante —como eran sin discusión todas las órdenes— el seminarista y el testigo acabaron muy pronto haciendo compañía en su desgracia al que llamaban el cura). Fontanar fue sumergido hasta las rodillas, y sujeto allí con las cadenas de unos estrobos de caña, en una charca de aguas con mazamorras. Pan-y-agua y el negro Kirino, apodado el ruso por ser algo jabado y con vitíligo, fueron sometidos a una estricta dieta inspirada en el remoquete del primero de los dos hombres. Cuando al cabo de una semana se decidió al fin suspendérsela, el teniente Macanas anunció a la tropa de hombres famélicos que la unidad contaba con dos nuevos reclutas que, si aún no eran precisamente hombres nuevos revolucionarios, los habían dejado lo mismo que si fueran nuevos. Para empezar, comenzó por llamar a uno "El cenizo" —éste era el negro Kirino, cuyo vitiligo se había vuelto una sola mancha homogénea y rosada— y al otro, "Saco’etripas".
—Esta Revolución no sólo hará hombres de ustedes, sino que puede hacer más en un dos por tres. Y si no, fíjense para que vean lo que digo, acá en este elemento… —al decirlo, con una mueca que a lo mejor intentaba ser sonrisa, señalaba con su mano extendida para los dos hombres que habían ingresado nuevamente al pelotón.
***
Joaquín gozó de su primer y único pase para visitar la casa de su madre, al cabo de diez meses de confinamiento, cuando una nueva dirección se hizo cargo del campamento y comenzó por implantar medidas al parecer encaminadas a mejorar las condiciones de vida de los llamados reclutas. Aunque los más recalcitrantes de los hombres no alcanzaron a ser perdonados, se aumentó la ración de harina de maíz cocido con boniato hervido que se daba a diario dos veces al día, y se incluyeron algo de arroz blanco y otros granos que provocaron el inmediato júbilo de casi toda la tropa. Igualmente, se anunció que se establecería un régimen de pases y que los mismos se concederían a quienes no hubieran incurrido en un cierto número de transgresiones a la disciplina. Se premiaría así, la buena conducta y la buena disposición de los hombres. La nueva Dirección comenzó a utilizar esta palabra como si se tratara de una concesión. Los homosexuales quedaban excluidos, con lo que se esperaba alcanzar cierta cohesión, merced a esta complicidad. Sin embargo, algunos religiosos (en particular los testigos), siguieron compartiendo el trato más riguroso que se reservaba a ratos a los homosexuales. Frente a frente enterraron hasta el cuello en alguna ocasión, a un muchacho de Florencia cuya voz aflautada y cadenciosa había sido la mayor evidencia para condenarlo, y a un testigo de Jehová que se negaba a saludar bandera alguna.
Joaquín se esmeró en todo cuanto le fue posible para merecer el pase. Era callado por naturaleza y este ensimis-mamiento pareció ayudarlo en su empeño. Amurallado en su silencio se había convertido en algo menos que una sombra. Estuvo de suerte, sin duda alguna, que también la nueva Dirección se esforzara lo suyo para otorgárselo. Algunos militares con armas largas los acompañaron hasta el pueblo próximo donde los hombres de pase podrían tomar algún transporte que los adelantara hasta donde podrían repetir infinitamente aquella operación antes de llegar a su destino respectivo. Joaquín calculó que aún con tiempo por delante, el viaje de ida y vuelta habría tomado no menos de quince días. El mando les había otorgado veinte con la advertencia de que cualquiera que no estuviese de vuelta a la hora y en el día indicados sería considerado desertor y perseguido como tal.
***
Joaquín llegó al fin a la casa donde nadie lo aguardaba. De sus hijos, uno había sido internado a raíz de su arresto, en una escuela de capacitación, donde el estudiantado estaba constituido exclusivamente por jóvenes considerados problemáticos. El otro, en viéndolo llegar corrió a ocultarse, alejándose por el terraplén en dirección del pueblo, y Joaquín no tuvo modo de dar con él por más que lo procurara.
—Bueno verlo de vuelta por aquí, Joaquín —le saludó Severina, que ahora parecía más vieja. Ya no tenía fonda, pero igual le ofreció al visitante, que daba muestras de necesitarla, una sopa de tuétano de res como sólo ella podía hacerla.
Al muchacho no había vuelto a verlo por el pueblo, pero tal vez Pepín Barroso, el barbero, o Lica la holandesa pudieran decirle donde hallarlo. De la barbería a la casa de Lica volaban sin cesar noticias, comentarios y chismes como palomas mensajeras atrapadas en un círculo vicioso sin otro objeto que llevar y traer faustos e infortunios.
Cuando se despidió de la vieja, con gratitud y afecto reciprocado por ella, Joaquín estaba convencido de que tendría que volver al campamento sin haber visto al muchacho. Sintió pena por él, vergüenza. Una vergüenza indefinida que sólo ahora comenzaba a inquietarlo, es decir, a configurarse como tal. Pensó en su otro hijo. No le alcanzaría el tiempo de que disponía para ir donde aquél. Pensó en su Rebeca con ahínco. Puso en ello el mismo esfuerzo que antes había empleado para dejar estar en algún lugar el sentimiento que su muerte le produjera, y continuar sin ella, por el bien de los hijos; porque así era o debía de ser según le decían todos.
***
Joaquín preparó la mesa, colocándola en el centro de la habitación. Tal vez para no ensuciar el mantel lo retiró, y luego de doblarlo cuidadosamente lo colocó a buen resguardo sobre uno de los extremos del mueble. Allí, seguramente, lo encontraría alguno que supiera qué hacer con él. Un instante pensó en su mujer, en la pulcritud de la mesa servida por ella, a uno de cuyos extremos se dejaba siempre un plato y cubiertos dispuestos para aplacar el hambre de cualquier forastero. Brevemente, pensó también en sus hijos, con vergüenza de sí mismo, con pena por ellos. En ausencia del padre, un nido de avispas había crecido en la madera de una de las vigas del techo como un coágulo negro y marrón o una estalactita vagamente amenazante. Joaquín contempló la absurda idea de ponerse a destruirlo, golpeándolo para ello con un trozo de palo cualquiera, pero renunció enseguida a esta ocurrencia. Se despojó de los zapatos de baqueta que llevaba, y los colocó casi con esmero junto al taburete al que ahora estaba sentado. Estos habían conocido mejores tiempos. Una de las suelas estaba completamente gastada y agujereada. Por estos agujeros, las pedrezuelas penetraban en los zapatos. Se miró los pies descalzos como si contemplarlos le devolviera a un hábito cualquiera largamente pospuesto que ahora le quedaba lejano. Sin duda porque no había fumado nunca no le fue posible establecer conexión alguna con aquel otro hábito de muchos. (No recordó siquiera las expresiones oídas en el campamento en este sentido, que hablaban de unas ganas de fumar sin nombre, delirios, exasperación verbal). Sintió extraños los pies después de todo, como si no le pertenecieran. Hasta el dolor y la ardentía que experimentaba en ellos eran una sensación ajena, distante, intervenida o condicionada —se diría— por otras sensaciones de sesgo más apremiante, aunque de igual indefinible fisonomía. La mirada de su mujer, desde el retrato que colgaba de una pared, consiguió intranquilizarlo un instante, como ya había sucedido muchas veces antes de ella hacerle un reproche cualquiera. Incapaz de enfrentar ahora ese reproche que la mirada del cuadro le hacía, lo descolgó de la pared para colocarlo bocabajo sobre una repisa.
—Tú, perdóname, mujer —dijo, y se concentró en su acto. De una sola vez trepó a la mesa y tiró de la cuerda, a uno de cuyos extremos había hecho un nudo corredizo por sobre la viga que parecía más sólida.
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