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José Lezama Lima fue un hombre muy apegado a lo cubano (y lo digo porque no basta haber nacido en Cuba para serlo); probablemente lo sintió en demasía. Es verdad —como se ha dicho— que su vida giró siempre en torno a los papeles y las imprentas, y que la tinta y el polvo de los impresos debieron contribuir a su asma (naturalmente, muy cubana también). Pero asimismo es cierto que en sus conversaciones y escritos vibraba siempre, de manera fundamental, el tema de la cubanía.
Lezama fue un amante socarrón y travieso de la naturaleza y la arquitectura, de la música y el color de la isla, de toda lectura enciclopédica, de las costumbres, tradiciones y de la cultura culinaria populares. Además de los profundos conocimientos universales, que le otorgaban una impresionante erudición, y de la imponente apariencia física de escritor inalcanzable, era un hombre campechano, bromista y cultivador de su imagen de Maestro.
No hay parte de su obra toda —poesía, ensayos, relatos y novelas— que no tenga en el meollo la consustancialidad de lo cubano. Poeta por encima de todo, Lezama Lima siempre resultó un fundador en cada cosa que se propuso como creador, y así lo fue de importantes revistas literarias, entre ellas, Orígenes (publicación trimestral que vio la luz en 1944 y duró hasta 1956, dedicada al arte y la literatura, y que nucleó y divulgó las creaciones de un grupo de destacadas figuras de la cultura cubana contemporánea; grupo que se conoció con el nombre de la propia publicación y que dio lugar a un movimiento renovador de la cultura en Cuba, a partir de la década del 40).
Lezama fue autor de una destacadísima obra poética, con libros tales como Muerte de Narciso (1937), Enemigo rumor (1941), Aventuras sigilosas (1945), La Fijeza (1949), Dador (1960) y Fragmentos a su imán (1977), así como de una ensayística de novedosas y estimables concepciones, y de las novelas Paradiso (1966) y Oppiano Licario (1977), que han logrado pautas de renovación en la literatura hispanoamericana. Sólo un espíritu como el suyo pudo plasmar las esencias de una isla —tan pequeña en su forma exterior y tan grande y compleja por dentro— en las coordenadas de lo culto y lo popular, cuando logró hacer la historia de una vida grandiosa, al dar las raíces angélicas de Cuba en una novela de resonancia tan universal como Paradiso.
Estimo entonces que un ser sensible como Lezama —que en un principio, al igual que unos cuantos intelectuales cubanos, debió parecer un crédulo de la aurora, como diría Guillermo Cabrera Infante— al ver a su patria envuelta en tanto dolor de vasallaje, politiquería y militarismo, de frustración: primero republicana y luego totalitaria, tuvo que purgar la agonía de vivir muriendo.
Pero en Lezama se agigantaba el duende inquieto de la creación; y de alguna manera, por ese destino que todo hombre tiene que cumplir se convirtió en el centro solar del grupo Orígenes; movimiento que desplegó una energía en la cultura como posiblemente pocas veces se había dado en Cuba, y que de hecho ha colocado a nuestro país en un lugar importante de la historia literaria universal.
Pienso que a diferencia de José Martí, Lezama nunca tuvo la exacta idea de lo que era la práctica, los trasfondos y los rejuegos de la política (y creo que ni le interesó siquiera) en cada una de las etapas que vivió; pero sí amó a Martí, fundamentalmente porque lo consideraba un ejemplo de aquel que, a pesar de los "trasfondos" y "rejuegos" de la política nunca se dejó arrastrar por ellos. Por eso, para Lezama (y según sus propias palabras) "José Martí fue para todos nosotros el único que logró penetrar en la casa del alibi. El estado místico, el alibi, donde la imaginación puede engendrar el sucedido y cada hecho se transfigura en el espejo de los enigmas"1
No obstante, lo que sí puedo afirmar —junto a otros que lo han hecho ya— es que la ideología de Lezama fue la imaginación, el misterio mismo de lo poético, la estética de una realidad imaginaria que proviene de los fondos de un pueblo que todavía no ha tomado conciencia de su potencialidad humana y creadora, a pesar de la miseria política y económica que le tocó en suerte.
José Lezama Lima fue así el precursor y uno de los esenciales fundadores de la revista Orígenes, publicación que fue entonces algo más que una generación de escritores y artistas; porque devino un movimiento que engendró criterios en las relaciones de los seres con sus circunstancias. Era, incluso, la latencia de la cubanidad en sus trasfondos remotos, buscando la trascendencia, la religiosidad y lo esencial de este ser complejo que somos los cubanos.
Varias de las importantes figuras de la cultura cubana contemporánea que formaron este grupo, además de Lezama Lima, fueron José Rodríguez Feo, Eliseo Diego, Gastón Baquero, el padre Gaztelu, Virgilio Piñera, Julián Orbón, Alfredo Lozano, Justo Rodríguez Santos, Mariano Rodríguez, Fina García Marruz, Cintio Vitier, Octavio Smith y Lorenzo García Vega, entre otros.
Orígenes, en contra de toda profanación extranjera, hizo —mediante la creación y la reflexión imaginativas— su propuesta nacionalista de buscar y encontrar las raíces de lo cubano para reafirmar la identidad, y de este modo se constituyó en una respuesta al avance terrible de un proceso de corrupción en lo económico, político, social y cultural, en general, que venía perfilándose ya. En este sentido, parece que Lezama y Orígenes, sin saberlo, se mostraron tan preclaros como los profetas antiguos.
Entre los posibles postulados del grupo Orígenes también se encontraba el aspecto de ser una reacción contra la cultura de masas, contra esa mediocridad que ya desde hacía años venía frustrando a la intelectualidad cubana, y que toma fuerzas en el llamado "quinquenio gris" (que en lo particular pienso que no fue un "quinquenio", y mucho menos resultó ser "gris", sino que fue y ha sido un verdadero impasse de muchos años en contra de libertad de expresión y del ser humano, por lo que debería nombrarse la "era oscura"). Es por ello que, después de un alienante proceso de masificación literaria y artística, del "realismo socialista" en Cuba, el reconocimiento de los principios estéticos de Orígenes y Lezama Lima ha vuelto a esgrimirse —por parte de muchos escritores, ensayistas y críticos literarios cubanos, entre los que destacan siempre creadores de las nuevas promociones— como una fuerza aglutinante en busca de recuperar la identidad perdida, sin que esta reacción en nuevos escritores significara "elitismo".
Quizás, esto de "recuperar la identidad perdida" sea un tanto el papel que ha intentado desempeñar, desde hace unos cuantos años, la revista Vivarium, dedicada al análisis ensayístico, filosófico y teológico, así como a la narrativa y a la poesía, en el contexto cubano y universal; un medio de expresión —que hasta donde yo conocí y mientras participé en él— fue totalmente independiente y alternativo de las líneas y publicaciones oficialistas; y que ha sido el órgano divulgativo del Centro Arquidiocesano de Estudios de La Habana (CAEH), auspiciado por la Iglesia Católica de Cuba; otro grupo en el que se encontraban en los años 90 nuevas voces, y que en realidad, en cierto sentido, parecían inspirarse en lo que fue Orígenes, como ejemplo de patrimonio y centro primario de irradiación cultural. Sin duda, aquel nuevo fenómeno de Vivarium y el CAEH, si se quiere, podría verse —más que todo— como un intento de recuperar un sentido de libertad creativa que en esos momentos (año 1989, que yo recuerdo) se constituía en una audaz experiencia, un proyecto de seguir hurgando en las problemáticas culturales contemporáneas de la cubanidad con una perspectiva universal, al menos, tratando un acercamiento a los más vigentes postulados origenistas —sin que por ello el CAEH y Vivarium dejaran de mostrar sus propias características y logros, fundamentalmente una bien definida pluralidad de criterios y expresiones—, significando también una importante irreverencia contra la cultura estancada y tergiversadora de los "oscuros tiempos".
En Orígenes hubo una actitud antivanguardista y antipragmática, debido —pienso— a que ambas corrientes podían provocar el automatismo de seguir las orientaciones de moda, sin comprender la necesidad de encontrar las verdaderas esencias de lo estético en nuestras raíces culturales. Más que plantear el requerimiento de lo teórico, se imponía en ellos la búsqueda mediante una reflexión creativa y, al mismo tiempo, una creación poética y artística basadas en la recuperación de las imágenes e ideas originarias del ser humano, en cuya búsqueda también se insertaba de manera sustancial el hecho antropológico, social y artístico de lo cubano.
Por esta razón, combatían el ocio intelectual y rechazaban la jerarquización de la política. Para ellos, la poesía era una categoría central de la estética, además de una función de profundas posibilidades para el conocimiento; la poesía en su intención de alcanzar lo real del hombre como ser pensante e imaginativo. De aquí la prioridad del intuicionismo por encima de un viciado racionalismo. Con José Lezama Lima y Orígenes, la poesía se constituye en la suprahistoria (o sea, en el verdadero mundo real), sin que exista un esteticismo pueril, vacío y gratuito, sino una búsqueda de la verdad, una indagación y penetración de la realidad que siempre le dijo no a la poesía y al arte de partidismos políticos.
Narrador y poeta. Primera mención de cuento en el Concurso «David», con el libro Papyrus. Recibió el premio de cuento "Luis Felipe Rodríguez" de la UNEAC en 1992 por su libro La noche del Gran Godo. Ha publicado La luz de la palabra (poesía, 1983), Papyrus (cuento, 1984), y Retablo de la fábula (poesía, 1989). Actualmente trabaja como periodista del diario La Opinión, de Los Ángeles, Estados Unidos.
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