Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Srebrenica

Edmundo Paz Soldán
Cuento

Página 1

A la memoria de Elizabeth Neuffer, cuya investigación me permitió escribir este cuento.

Conocí las fosas comunes de Srebrenica porque mi novio me dejó y me quedé sin planes para el resto del verano. Me la pasé llorando dos noches y luego recordé la invitación de mi jefe y lo llamé y le pregunté si era tarde para unirme al grupo. No, pero debía apurarme con los papeles; era domingo, salíamos el viernes. Me dijo que lo alegraba mi decisión. No le conté las verdaderas razones.

Estábamos en julio de 1996. Cuando los periódicos y los noticieros televisivos hablaban de la guerra en Bosnia, palabras como "limpieza étnica" y "genocidio" aparecían con frecuencia. Se conocía de la existencia de por lo menos veinte fosas comunes en la región; en Srebrenica había entre seis y ocho. Reconozco que no es fácil dedicar parte de un verano a la exhumación de estas fosas. Sobre todo si una tiene veinticinco años y está enamorada.

Mi exnovio se llama Marcos y es argentino. Siempre me dijeron que me cuidara de los latinos, o latinoamericanos, es lo mismo. Pero, acaso porque soy de Kansas, siempre me atrajeron. Después de crecer al lado de tantos chicos rubios, una tez más morena y un acento inglés fuerte son el colmo del exotismo. A Marcos lo conocí en una recepción en honor a los nuevos estudiantes al doctorado en antropología. En ese entonces yo mantenía una relación a la distancia con un chico español que vivía en Sevilla. Marcos me dijo que eso no le importaba, pero tres meses después se cansó y me dio un ultimátum: debía decidir entre el español o él. Esa misma noche corté con el español. Marcos debió haberse dado cuenta de que estaba enamorada: yo estaba feliz con él y no disimulaba mis sentimientos. Ese fue, acaso, el comienzo del fin.

El fin llegó siete meses después. Para no perderlo había tolerado muchas cosas: por ejemplo, si estábamos juntos un viernes, eso significaba que no nos veríamos el sábado: él decía que necesitaba estar con sus amigos. Yo sospechaba de otras cosas —él era guapo a pesar de sus largas patillas, y su mirada penetrante y su labia atraían a las mujeres—, pero prefería reprimir esas sospechas. Supongo que Marcos se acostó con muchas mujeres esos meses, hasta que llegó una que le dijo que debía decidir entre ella o yo. Y Marcos decidió.

Bertrand, mi jefe, es un antropólogo forense, una de las autoridades mundiales en exhumación de fosas comunes. Se había hecho famoso por su trabajo en El Mozote. Tomé una clase con él mi primer semestre en Cornell, y me impresionó. Era desgarbado y el vestirse bien no era una de sus prioridades —no sabía combinar colores y había manchas de café y comida en sus camisas—, pero sus clases eran magníficas y nos convencía y conmovía su fe en que los huesos de los cadáveres permitían reconstruir la forma de la muerte y acaso la identidad de la persona. El segundo semestre me convertí en su asistente para un proyecto de investigación en la biblioteca. Ese semestre viajó mucho: se había formado el Tribunal Yugoslavo para enjuiciar como criminales de guerra a los líderes serbios responsables de las matanzas de serbios y croatas musulmanes en Bosnia, y los jueces necesitaban pruebas de esos crímenes. Se había decidido exhumar las fosas comunes en Srebrenica; mi jefe sería uno de los responsables.

Bertrand intentó convencerme de que lo acompañara, sería una experiencia única. Tendría trabajo en el verano, podría escribir al respecto. Rechacé su oferta. Cuando se lo conté a Marcos, se puso del lado de mi jefe e insistió en que fuera. Me dijo que él venía de un país diezmado por una "guerra sucia" y que eso lo hacía valorar el trabajo de quienes se dedicaban a exhumar cadáveres e identificar a los desaparecidos. Pensá en tanta gente, me dijo en español —yo entendía, fue mi minor cuando hice el B.A.— que te agradecerá que les devuelvas al hermano, al papá muerto. Me conmoví y estuve a punto de ceder. ¿Era sincero o ya estaba pensando que no sería mala idea estar solo el verano? Eso ya no importa. O al menos no debería.

La casa en la que nos alojaríamos las cuatro chicas que llegamos de voluntarias —todas estudiantes de doctorados en antropología— se encontraba en Tuzla, una ciudad a la que se habían venido a refugiar las mujeres y los niños de Srebrenica después de que cayera en manos enemigas un año atrás; casi ocho mil hombres, bosnios musulmanes ellos, se quedaron prisioneros de los serbo-bosnios en Srebrenica. Luego se los llevó en camiones a las afueras de la ciudad, con las manos atadas y los ojos vendados; a algunos grupos se los fusiló en descampados apenas bajaron de los camiones; a otros se los despachó con un balazo en la nuca; a otros se les ordenó correr y luego se los cazó como animales.

La casa estaba cerca de una iglesia abandonada y un bosque de altos pinos. Era vieja y tenía las ventanas rotas. El piso de mosaicos estaba lleno de desperdicios y había hormigas y grillos en la cocina. La taza del baño había perdido su asiento y había que traer agua en baldes para largar la cadena. La ducha era fría. No había televisor, pero sí una radio en la que se podía captar la programación internacional de la BBC. Había tres habitaciones y a mí me tocó compartir una con Debbie, una rubia agraciada, bajita y de pelo corto, que venía de Stanford. Las camas tenían apenas una sábana y un cobertor liviano;  nos haría frío en las noches.

Después de comer un arroz con huevos preparado por Emilia —una chilena que estudiaba en Emory—, nos fuimos a nuestros cuartos. Debbie se echó en la cama y se puso a escuchar música en su walkman, con los ojos abiertos pero ausente. Su colección de compacts en el velador decía: Ella Fitzgerald, Billie Holliday, Melissa Etheridge. Yo quería hablar de Marcos, pero no me quedó más que continuar con Balkan Ghosts, el libro que había comenzado a leer en el viaje en avión y que me estaba ayudando a comprender los odios ancestrales en la región.
 
Lo primero que me sorprendió de la fosa común de Cerska fue el olor. Era un penetrante olor a amoniaco, que remitía a lo putrefacto. Los cadáveres estaban amontonados unos sobre otros, en diversos estados de descomposición, algunos completos y otros muy incompletos: una pierna por aquí, un brazo por acá. A veces sólo se veían huesos (tibias, fémures); otras, los huesos estaban adheridos a la carne o formaban una masa pegajosa con la tierra. Había camisas deshilachadas, zapatos de tenis, jeans Levi’s. Pude observar, sobre un cráneo desenterrado a medias bajo el sol violento de la mañana, un gorro azul de beísbol con el logo de Nike a los costados.

Hubo náuseas, pero no el deseo de vomitar. Traté de olvidarme del montón y me dediqué a imaginar el rostro de mejillas huesudas del hombre que algún día había usado ese gorro azul. Lo había comprado acaso de un vendedor callejero, un sábado por la mañana de un verano como éste; quizás lo acompañaba su novia. Estaban felices a pesar de la guerra; estaban juntos y sólo eso importaba. Luego fueron a pasear por un parque y a soñar con el día en que la guerra acabaría y volvería la normalidad al país. O a los países, pues uno nunca sabía en los Balcanes.

Bertrand se puso unos guantes de goma e inmediatamente saltó a la fosa y se unió a dos antropólogos mexicanos que extraían con cuidado la tierra y las raíces adheridas a los huesos de un cadáver. Los huesos de cada cadáver eran puestos en una bolsa blanca a la que luego se la identificaba con un número rojo. Mi trabajo consistiría en meter a una computadora los datos de cada cadáver.

Esa noche, recostada sobre un sofá de resortes vencidos, Emilia no paraba de sollozar y de preguntarse qué diablos hacía aquí y de responderse de inmediato que todo tenía un sentido, incluso lo que no tenía sentido. Amber se duchó dos veces para sacar de su cuerpo todo el olor que se le había impregnado de la fosa común.

Me acosté temprano, agotada. Había logrado conciliar el sueño cuando algo me despertó; en la penumbra, pude distinguir el rostro de Debbie. Estaba vestida con una polera que le llegaba hasta las rodillas.

—¿Puedo dormir contigo? —me preguntó.

Me pareció un pedido normal en esas circunstancias; dejé que entrara en mi cama y le di la espalda. Me abrazó, sus pechos apretados contra mi espalda; una de sus manos descansó mi estómago. Usaba una crema para dormir con olor a cítricos; era un aroma fragante que impregnó mi cuerpo.

La sentí llorar en silencio.

Alrededor de noventa personas trabajaban en la fosa común de Cerska, entre ellos antropólogos, patólogos y arqueólogos. Nos custodiaban soldados de la OTAN apostados en camiones y en Humvees (después de todo, nos encontrábamos en territorio controlado por los serbios). Había actividad por todas partes: un grupo caminaba de un lado a otro, con un detector de metal en busca de residuos de balas; otros trabajaban con una excavadora, removiendo cuidadosamente la tierra y deteniéndose apenas había señales de un cuerpo; se revisaba la tierra removida en busca de fragmentos de huesos; se fotografiaba cada cuerpo para que se los investigadores pudieran luego saber su posición exacta en la fosa. Debbie estaba en el grupo de fotógrafas, Birkenstocks y una polera blanca; no llevaba sostén. Vi a más de un hombre que la miraba de reojo.

Bertrand, con un cigarrillo entre los labios, dirigía todo de forma obsesiva. Había ordenado que los cuerpos no fueran movidos del lugar donde habían sido encontrados hasta que él llegara; sólo con él al lado se podían poner los cuerpos en las bolsas. Él entonces dictaba notas acerca de los huesos y las pertenencias de cada cadáver en una grabadora. Me iba dando los casetes con las notas, y yo las pasaba a una computadora.

—Lindo lugar —decía Bertrand—. Fácil de entender por qué lo escogieron.

Nos hallábamos en un terraplén al lado —y a cincuenta metros abajo— de un camino de tierra, formando un hueco ideal para una fosa común. Los prisioneros habían sido ejecutados al borde del camino y sus cuerpos habían caído sobre el terraplén. Luego  se había procedido a rellenar parte del hueco.

—No estoy aquí ni un día y ya me quiero ir —dije—. ¿No se cansa?

—Mi mujer es la que se cansa —Bertrand sonrió mientras me mostraba un cadáver con las muñecas amarradas por un cable—. Yo no. De la muerte no. Lo que de verdad me cansa son todos los detalles que hay que cuidar para que esto funcione. Ahora me dicen que la compañía que contratamos para cuidar la fosa por las noches no podrá hacerlo. Y es peligroso. Tenemos fotos de satélites que muestran a gente robando objetos de las fosas de Glogova.

—Increíble.

—Ajá. Con algunos del equipo hemos decidido turnarnos y quedarnos a dormir aquí. Como los soldados de la NATO están obligados a proteger al equipo, no tendrán otra que quedarse con nosotros por las noches.

Imaginé a Bertrand durmiendo en el Land Rover bajo el manto de estrellas de la noche de verano. Luego me vi obligada a imaginar la fosa común a su lado. Con Bertrand de por medio, esas dos imágenes juntas no tenían nada de incongruente.

Esa noche Debbie volvió a dormir conmigo. No lloró esta vez, y tampoco pronunció palabra alguna. Yo tenía ganas de charlar, pero no quería romper esa silencio. Me reconfortaba y protegía su cuerpo apoyado contra el mío. Era dócil y blando, como si careciera de huesos.

Me hubiera gustado sentir más piel que la de su mano tibia en mi estómago. Me recordaba a los pijama parties de mis doce y trece años, cuando nos reuníamos en la casa de una amiga en Lawrence y varias niñas, eufóricas de tanto ponche y tanta charla, terminábamos durmiendo tiradas en los colchones instalados en el living, la pierna de una sobre la barriga de otra, las manos entrelazadas, en una inocente camaradería. Luego me enteré que algunos de esos encuentros entre piel y piel no eran tan inocentes como parecían, pero en el recuerdo quedaban como yo los había vivido.

El martes un grupo de mujeres visitó nuestra casa. Eran bosnio-musulmanas, refugiadas en Tuzla después de la caída de Srebrenica. Se habían enterado que pertenecíamos al grupo a cargo de las exhumaciones en Cerska, y venían a buscar información sobre sus esposos, sus hijos, sus amantes. Salimos a la puerta y nos rodearon; las hicimos pasar. En un inglés muy precario, nos dijeron que en una reunión con comisionados de las Naciones Unidas se les había prometido que podrían estar al lado de las fosas comunes cuando las exhumaciones se llevaran a cabo, para ayudar en el proceso de identificación. Recordé una clase de Bertrand en la que nos había contado que las exhumaciones de El Mozote se habían hecho con las mujeres presentes.

—No les podemos prometer nada —dijo Debbie—. Somos unas simples voluntarias, pero llevaremos su queja a los encargados.

Sdenka, una mujer alta y de pelo negro rizado, comenzó a describir la forma en que su hijo estaba vestido la última vez que lo había visto: jeans, una polera blanca, una gorra azul.

—¿De Nike? —pregunté, sintiéndome algo tonta.

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