Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Srebrenica

Edmundo Paz Soldán
Cuento

Página 2

—Eso no lo recuerdo —dijo Sdenka, agarrándome con fuerza de la camisa—. Pero tenía una cicatriz en su rodilla derecha. Jugaba mucho al fútbol. Y sus dientes eran perfectos. ¿Lo ha visto?

Negué con la cabeza. Otra mujer comenzó a describir a su esposo —una chamarra de jean, un cinturón negro, la nariz rota—, y luego la letanía de detalles se tornó confusa e interminable. Me sentí como una arqueóloga del presente, tratando de armar los rompecabezas de cuerpos similares a los nuestros, con parecidos huesos de narices y dolores artríticos, un ejército de jóvenes y no tan jóvenes usando Nike y Adidas y Reebok y Levi’s, esas marcas que de tan ubicuas terminan confundiéndose con el paisaje, invisibles hasta que una fosa común les devuelve su poderosa presencia.

Las mujeres no se fueron hasta que Emilia les prometió que haríamos todo lo posible por ayudarlas a identificar a sus muertos. Cada una de ellas escribió una lista de las señas particulares y la ropa que llevaban la última vez que los habían visto. Entendí un poco más la dedicación de Bertrand a su trabajo y el sentido de nuestra presencia en Cerska.

Al llegar a mi habitación, me miré el cuerpo en un espejo de bolsillo que tenía en la maleta; la carne desaparecía y me quedaba contemplando mi esqueleto: el cráneo, la clavícula, un omoplato. El destino de todos, en el fondo, era una fosa común: todos nuestros cuerpos se irían entremezclando bajo la tierra, corroídos por el tiempo y los gusanos, huesos que se tornan en fragmentos de huesos, pieles que se hacen polvo. Pero a esa fosa se debía llegar por la natural corrupción de la carne o por un accidente o una enfermedad imprevista, y no gracias al implacable trabajo de otros hombres.

El día en que cumplimos una semana de trabajo en Cerska, Amber decidió volver a los Estados Unidos. Dijo que le interesaban otros aspectos de la antropología y que se había equivocado al venir. Bertrand intentó convencerla de que se quedara, sin mucho éxito. La ayudé a hacer sus maletas.

La frustración se reflejaba en la cara de Bertrand. Amber era parte prescindible del equipo; sin embargo, Bertrand actuaba como si la exhumación no pudiera continuar sin ella. Era un rasgo de su obsesión: le costaba entender que otros no vieran el lado sublime de su entrega. Me pregunté qué podía llevar a un ser humano a escoger semejante causa. Alguna vez me había preguntado lo mismo acerca de los dentistas y los proctólogos: ¿qué rayo los había iluminado para seguir un camino tan poco común? ¿Uno nacía para eso, o se hacía, iba cayendo en ello sin darse cuenta? Y yo debía reconocer que no estaba lejos de ese magnetismo inexplicable con que una vocación nos seduce. Había decidido estudiar antropología después de ver a Sigourney Weaver en Gorilas en la niebla. Después de obtener el B.A. pensé en el doctorado; no me convencía del todo, pero tampoco me molestaba continuar estudiando antropología. No había tenido la suerte, como otros, de ser marcada a fuego por una vocación, pero al menos no tenía otros intereses. Y después apareció Bertrand y poco a poco yo también quería hacer que los huesos hablaran y me dijeran a quiénes pertenecían y cómo fue que habían dejado de ser en este mundo.

Esa noche, Debbie, Emilia y yo nos acabamos dos botellas de un vino barato y, entre risas y sollozos —o sollozos risueños—, nos contamos de nuestros amores: Emilia se casaría en diciembre con Dino, un italiano que estudiaba negocios en su universidad y al que le era infiel con cierta regularidad; Debbie salía, sin compromisos, con Elka, una noruega que jugaba lacrosse en el equipo de Stanford y a la que le llevaba casi diez años; y yo, yo acababa de terminar con Marcos. Brindamos a la salud de las mujeres.

Cuando nos fuimos al cuarto y nos echamos en mi cama, la mano de Debbie se posó sobre mi estómago y lentamente fue avanzando hasta tocar mis pechos. Mis pezones se pusieron rígidos. Cerré los ojos y la dejé hacer. Al rato, sentí que me levantaba el camisón y que su lengua recorría mi espalda. Luego sus manos y su lengua fueron por otros rumbos, y no dije nada. Me gustaba ese contacto suave, a la vez disimulado y explícito. Su piel carecía de las rugosidades a las que estaba acostumbrada en el contacto con otras pieles.

—¿Es tu primera vez?

Le dije que sí, aunque hubiera querido mentirle. Me pidió que no sólo me dejara hacer, que tuviera un rol más activo. Me costó soltarme. Igual, creo que las dos disfrutamos. Tuvimos que cerrar la puerta para que Emilia no escuchara los crujidos de la cama.

Debbie se durmió con la cabeza entre mis pechos. Y yo me dormí mientras acariciaba sus cabellos rubios, su cerquillo Príncipe Valiente.

La alarma nos despertó temprano. Nos recogían a las siete y media. Había pasado el efecto del alcohol y aun así me sentía bien. En el jeep, incluso dejé que Debbie me agarrara de la mano mientras nadie nos viera.

Los investigadores todavía no habían llegado al cráneo con el gorro azul de Nike. Se me ocurrió que si las refugiadas de Srebrenica no podían venir a Cerska, yo les podía llevar algo de Cerska. Aprovecharía un descuido y me llevaría el gorro a Tuzla, para mostrárselo a Sdenka. Acaso sería el que pertenecía a su hijo, y eso la ayudaría a cicatrizar esa herida que no la dejaba dormir durante las noches.

Debía desbaratar esos pensamientos, por más bien intencionados que fueran. No estaba pensando como una aprendiz de científica sino como una vulgar ladrona.

Al final, me contenté con prestarme la Canon digital de Debbie y pedirle permiso a Bertrand para acercarme al gorro y sacarle fotos. Saqué diecisiete. 

Le conté a Debbie de Marcos. Estábamos en su cama, era más angosta pero menos ruidosa que la mía. Del cuarto de Emilia provenían las voces de la BBC, apenas discernibles en medio del fragor de la estática. Debbie apoyó su cabeza en mi pecho y dijo:

—Parece un imbécil. No entiendo qué le has visto.

—Yo tampoco, pero así funciona el amor, ¿no?

—¿Todavía lo quieres?.

—No sé. A veces lo extraño.

—Espero que estas semanas te sirvan para cambiar de preferencias. Si lo que vemos cada día no te convence del todo de la imbecilidad de los hombres, no sé qué más te puede convencer.

—Me gustaría que me gusten las mujeres por ellas mismas, no porque me hayan decepcionado los hombres. ¿Eso fue lo que te pasó?

Imaginé un tío que la había abusado en la infancia, un novio que la había violado en la adolescencia, un primer amor que la había engañado con toda mujer que se le cruzara por delante.

—Nunca me atrajeron los hombres, y punto. Pero me alegro de eso. Son tan brutos, tan primitivos.

—Hay de todo.

—Seguro. Pero no hay mujeres como ellos, tan capaces para el mal.

Ninguna pudo convencer a la otra. Terminamos la discusión haciendo el amor frenéticamente. Yo ya me animaba a soltarme.

Cuerpo treinta y nueve: un cráneo con una perforación de bala a la altura de la nuca, un gorro azul con el logo de Nike a los costados.

No habíamos cumplido diez días de trabajo y ya se habían llegado a exhumar cien cuerpos, más de los que se esperaba que hubiera en la fosa común de Cerska. La prensa internacional se interesó, y el gobierno serbobosnio, que hasta el momento había guardado silencio, se preocupó. Los cráneos destrozados por las balas y las muñecas amarradas con cables eran señales claras de que aquellos hombres no habían muerto en medio de una batalla, como decía el gobierno, sino que habían sido ejecutados a sangre fría.

Faltaba poco para terminar la exhumación y de pronto me sorprendí diciéndome que no quería que terminara. Después de Cerska, acompañaría a Bertrand a exhumar la fosa común de Nova Kasaba, cerca de una cancha de fútbol; Debbie, en cambio, se volvería a los Estados Unidos. La esperaba la jugadora de lacrosse en Palo Alto, el verano de sol y playa en California.

Las mujeres volvieron a visitarnos. No teníamos mucho para ofrecerles. Le mostré mis fotos de la gorra a Sdenka. Cuando vi la desilusión en el rostro, me desesperé. Debía haberle pedido, primero, que me describiera al gorro en detalle, y luego debía haber hecho lo imposible por encontrar un pedazo de realidad que estuviera de acuerdo con su descripción. Podía incluso haberle pedido a Marcos que me enviara por Federal Express un gorro como el que rememoraba la mujer, y luego podía haberlo fotografiado, o mejor, podía haberlo desgarrado y cubierto de tierra en la fosa de Cerska, y luego presentárselo como si fuera el que ella buscaba. El deseo de aferrarse a una certidumbre, por más remota que ésta fuera, hubiera hecho el resto.

La exhumación de Cerska concluyó el 19 de julio, doce días después de iniciada. Alrededor de ciento cincuenta cuerpos y fragmentos de cuerpos se hallaban en bolsas en el camión refrigerador que las llevaría a la morgue en Kalesija, para que los patólogos forenses pudieran continuar la investigación. Bertrand, ojeroso y con las ropas sucias y un olor a tabaco en el cuerpo —había llegado a fumar dos cajetillas al día—, estaba muy satisfecho, pero eso no lo hacía detenerse: ya había iniciado los preparativos para la exhumación de Nova Kasaba. Nos pidió a Emilia y a mí que nos alistáramos, partíamos al día siguiente.

No hubo mucho tiempo para mi despedida con Debbie, tan sólo esa noche. Quizás era mejor así.

—Te extrañaré —le dije mientras acariciaba sus mejillas, tan delicadas que acaso con un poco de presión de mis manos se romperían en mil pedazos—. Prometo escribir. Quizás algún día te sorprenda visitándote en Palo Alto.

Se quedó callada un buen rato. Luego dijo:

—Guardaré estos días como algo especial, imborrable. Pero por favor, no me escribas. No quiero arriesgar mi relación con Elka… Quizás incluso sea mejor que no trates de contactarme.

Asentí. La entendía.

—Nunca olvidaré tu olor —dije, jugando con su pelo—. Tampoco tu cerquillo.

—Espero que tampoco olvides otras cosas de mí —dijo, la mirada pícara. Luego me besó con ardor.

¿Puede uno, en este trabajo, perder la sorpresa, desensibilizarse, entrar a la rutina? La fosa de Nova Kasaba era la segunda que visitaba. El olor a amoniaco, los huesos desparramados, las prendas de ropa adheridas a la carne: todo era familiar y a la vez sorprendente hasta la conmoción. Sospechaba que yo nunca dejaría de sorprenderme.

Esa tarde extrañé a Marcos y lo llamé de una cabina telefónica. Apenas me contestó, me di cuenta que ésa no era la voz que quería escuchar, y colgué.

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