

Hace unos años, mientras ofrecía una de mis peñas narrativas en la librería Vietnam, de la calle San Rafael, en Centro Habana, alguien del público saltó, tal vez ofendido, cuando dije que Gastón Baquero era cubano. Sus palabras, reproducidas ahora por mi mente fueron muy cercanas a esto: “Gastón Baquero no es cubano, señor, en primer lugar, porque abandonó el país siendo acá un desconocido; porque hizo toda su obra más importante en España, y fíjese si es así que hasta hay en Madrid una residencia de ancianos que se llama Gastón Baquero”.
Un excelente amigo, reconocidísimo poeta y narrador cubano, hace unos días, cuando le pedí una pequeña valoración sobre la obra poética de Orlando González Esteva, a quien dedicaríamos el dossier literario de este número de Otrolunes, me respondió, con su sinceridad de siempre, que cuando leyó mi mensaje su primera pregunta fue “¿Y quién es este Orlando González Esteva?”.
Meses atrás en un chat, casual y a la carrera para aprovechar la conexión pirata que tenía a internet en ese momento, otro reconocidísimo narrador, cuando le hablé del impacto que había sido para mí leer la novela “Boarding home”, de Guillermo Rosales, me escribió: “carajo, hermanito, mándame el email de ese tipo, ¿quién es?, ¿dónde vive?, es que yo estoy ahora preparando un libro de ensayos sobre la novela cubana y nunca había oído mencionar a ese Rosales”.
Y también, hace unas semanas, una joven pero ya laureada escritora, estudiante de quinto año de Filología, desde Cuba, me escribió “varios profesores me han hablado de un tal Carlos Victoria, pero acá, salvo ellos, nadie me ha sabido decir nada de ese escritor. ¿Es verdad que murió de SIDA?”
Que Gastón Baquero pierda su “nacionalidad” por razones tan burdas, que una de las voces más importantes de la actual joven poesía cubana desconozca la obra de uno de los baluartes clásicos de nuestra poesía, que un escritor y ensayista no sepa ni siquiera que Guillermo Rosales murió (y que bastó un libro para ser reconocido como un clásico de la lengua española), y que no se pueda leer en Cuba a un escritor tan genial como Carlos Victoria (y hasta que se confunda la causa de su muerte) son algunas de las tantas aberraciones que hemos conocido los escritores cubanos por esos cientos de muros interiores que, desde hace muchos años, nos han colocado quienes dirigen la política y la política cultural de la Revolución (¿acaso no son los mismos?, podría uno decirse).
Saltar al destierro (soy uno de esos muchos cubanos a quienes se les echó de la isla y se les impide regresar, lo cual marca una diferencia con el exilio por decisión propia) es un puente que pasa por encima de esos muros. La relación con esos otros “escritores menores que pueblan el exilio” (frase que en dos ocasiones, casi alucinando ante tal estupidez, escuchamos varios escritores de boca del ministro Abel Prieto), la posibilidad de leer las obras prohibidas, censuradas o silenciadas en la isla (que pasan de la centena aunque algunos intelectuales de la izquierda turística digan lo contrario), y la suerte de haber podido rehacer o establecer amistad con nombres imprescindibles de las letras y la cultura cubana, es una de las cosas más importantes que han hecho menos duro ese destierro.
Por si fuera poco, para sólo mencionar los casos aquí referidos, ser amigo de escritores cubanos del exilio que estuvieron muy cerca de Gastón Baquero y Guillermo Rosales, y mantener una respetuosa y enriquecedora amistad con Orlando González Esteva y Carlos Victoria (en este último caso, hasta su muerte, que no fue, por cierto, de SIDA), me han permitido acercarme a otras aristas, digamos, más íntimas, más personales, de estos creadores, lo cual me ha permitido conocer más a fondo el verdadero alcance de su obra.
Alguien del público, en una de las presentaciones en Alemania de mi novela Las palabras y los muertos, me preguntó que si los escritores cubanos, los intelectuales cubanos realmente (como yo dije en mis palabras iniciales) éramos parte de un mismo universo: el de la cultura nacional) “¿por qué no se rebelan contra la división que el sistema imperante les ha impuesto y en vez de romper puentes, los construyen?”. Mi respuesta fue simple: “Responder su pregunta merecería varios tomos de un análisis realmente voluminoso y exhaustivo”.
¿Encontraremos alguna vez, los escritores, los intelectuales cubanos, una respuesta a ese dilema? O más: ¿Daremos algún día una respuesta de unidad bajo el ámbito de la cultura nacional, esa que no cree en ideologías ni credos políticos a la hora de conformar su cuerpo real? Es un enigma.
Mientras tanto, me basta saber que hoy, en todas las orillas que dividen esos muros, los escritores cubanos, los intelectuales cubanos, han empezado a tirar lianas que les sirvan a modo de puente, aunque para cruzar tengan que apelar al riesgo del equilibrista. Me basta con mensajes como este, que me escribió hace unas horas una profesora alemana que acaba de regresar de Cuba: “Quieres saber, donde hay tu "habana babilonia"... en cuba????
Parece, que hay en todas officinas...: en el ordinador del "marketing de la habana vieja".....en el ordinador en la "aduana" de barcos....”.
Sé que lo mismo sucede con las obras de otros “escritores menores”, de esos que mencionan cada cierto tiempo, despectivamente, el ministro de cultura y sus grises acólitos. Y es que lo que escribieron Reinaldo Arenas, Gastón Baquero, Guillermo Rosales, Carlos Victoria, Severo Sarduy, Jesús Díaz, entre otros, y lo que hoy escriben Orlando González Esteva, José Lorenzo Fuentes, Manuel Díaz Martínez, Rafael Rojas, Odette Alonso, o un excelente poeta muy desconocido en Cuba: Dolan Mor, entre muchísimos otros, es parte de esa cultura nacional a la que, lamentablemente, muchos quisieran parcelar, sin tener en cuenta que, históricamente, ese tipo de deseos no llega jamás a cumplirse. Esa dama invicta, sapiente, digna y, sobre todo, paciente, está por encima de todos esos falsos muros que nos han impuesto con mentiras y de todas esas opiniones divisorias, excluyentes, estúpidas.
Puede escribirle al autor a: amirvalle@otrolunes.com
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