

Ninguna proposición por muy minimalista que la tomemos, ninguna frase por escueta que sea, ninguna palabra aunque alcance la mayor abstracción, nada es irredargüible. Todo posee un argumento que cuenta; siendo tal argumentación el desarrollo de una idea narrativa desde su principio hasta su fin. Es así porque la narratividad implica que de continuo se establezca una manifestación simultánea entre el objeto y el sujeto. Ambos, objeto y sujeto, devienen al mismo tiempo, ya sea como afirmación objetiva o apreciación subjetiva, y no pueden ser ni independientes ni acontecer en singularidad. Estos principios son fundamentales para comprender lo que hemos dado en llamar Literatura y, por consiguiente, la manera de exponer cualquiera de sus interpretaciones.
Pongamos el ejemplo del tercer verso de “Romance sonámbulo” de García Lorca. Dice así: “El barco sobre la mar”. Evidentemente, el romance del poeta cuenta una historia, por muy lírica y sutil que se nos antoje, y lo hace del modo en el que por sí misma se impone, desde un inicio hasta un final. Entonces, el tercer verso, ¿es un fragmento de esa historia? Lo es, en efecto; no obstante, también es una narración en sí misma, pese a sus escasas cinco palabras. Y ello se debe a que el objeto, esas cinco palabras, escritas o pensadas, y el sujeto, la conciencia que las siente, en su simultaneidad no permanecen estáticas, congeladas, inertes y pasivas, sino que, moviéndose, también cuentan algo. ¿Qué es lo que nos cuentan en esta simultaneidad? Algo muy sencillo: lo que la convención suscita en cada punto de su atención. En otros términos: el lector muy bien puede decirse esto: “El barco de piratas sobre el mar salado de Corto Maltese”; o esto otro: “El barco de Ávila donde se cultivan las mejores habichuelas”; o esto otro: “La mar apacible del alma”. Y subiendo la extensión narrativa, ese verso puede dar lugar a un cómic, una novela o incluso un ensayo filosófico, donde acaso se hablen de las aventuras de Corto Maltese, de los últimos godos de la Sierra de Gredos o de un monje en busca de la beatitud. ¿Qué significa todo lo anterior? Que la simultaneidad siempre relata sea cual sea su estado de conocimiento, y lo hace desde un estado a otro estado en una sucesión de estados de número indefinido y de expresión discreta; es decir, que lo narrativo transcurre desde un pasado a un futuro, y no puede ser que se detenga o que discurra hacia atrás.
El guionista Eugene Vale en su excelente obra “The technique of screenplaywriting” sostiene que el tiempo más importante de toda narración siempre es el futuro. Es el futuro el que cierra la trayectoria de la idea en su argumentación y el que justifica y explica todo lo transcurrido, otorgándole su trascendencia estética. Puesto que el tiempo siendo continuo y discreto, como ya hemos dicho, es un estadio convencional así advertido, podemos establecer a voluntad el fin de una narración en cualquiera de estos estadios. Ahora bien, hay que tener en cuenta que toda idea conlleva su argumentación necesaria. Cierto que podemos fijar el final de un relato en el estado que nos plazca, pero en ese caso la idea carecerá de la trascendencia que ella misma se ha marcado en su enunciado. Por lo tanto, cuando un escritor inicia la escritura de un relato o una novela, emprende un viaje que le lleva a un final y sólo a ése. Fijémonos en las obras que por cualquier causa han quedado inacabadas. Recordemos las novelas El Castillo, de Kafka; El Último Magnate, de Scott Fitzgerald; Bouvard y Pécuchet, de Flauber; o Suspense, de Conrad. ¿Qué siente el lector ante ellas? No sólo que se le hurta un final, ya por siempre perdido, ante todo siente que la argumentación ha concluido traicionándose a sí misma. Se ha alcanzado un futuro, en efecto, pero se nos antoja que no es el adecuado.
Uno de los grandes problemas que se plantea todo autor reside en la siguiente disyuntiva: o escribe y se deja llevar hacia donde la historia le conduzca, o escribe estableciéndose de antemano el final del futuro. Visto lo anterior, podemos afirmar que la historia le llevará a cualquier final, aunque una novela de la que se ha pensado abarcase quinientas páginas en un momento dado se interrumpiese en la número cincuenta. En el primer caso, el escritor puede aventurarse página a página, irá descubriendo estados de conocimiento en la argumentación que desarrolla, y a la postre, si las musas le han sido propicias y benevolentes, puede alcanzar un fin esplendido y hermoso. Sin embargo, también corre el riesgo de que ese tránsito sea muy aciago, que sea un deambular a ciegas por personajes, situaciones e ideas que parecen tener vida propia y ser antojadizas y caprichosas. Se arriesga a que la trama y las subtramas se embrollen en demasía de tal manera que se le escapen de la pluma y que acaben en callejones sin salida, a exponer, por consiguiente, una argumentación que le desvía de un modo absurdo de la idea original. Todas estas circunstancias son las responsables en buena medida del célebre parón del escritor. Devenir límbico que puede durar un lapso breve, pero precioso, o prolongarse por tiempo cósmico. Esto, sin duda, es una calamidad para la creación.
El segundo caso se puede aplicar a los denominados escritores con oficio, lo cual no significa que sean de valía menor. Estos autores, sea inconsciente o deliberadamente, se plantean llegar a un final de su relato y sólo a ése antes de soltar el lápiz de notas y tomar su pluma de pasión. Saben que la idea alcanza su plenitud en determinado punto y hacia allá que lanzan su apuesta indubitable, o su sombrero para ir a recogerlo al cabo de un gran peregrinaje bajo un sol de justicia. Puesto que, recordemos, siempre hay un final, que sea el que nosotros queramos; y, siendo algo cínicos, que sea el final que a nosotros nos convenga. Aquí, aunque parezca paradójico, subyace más aliento poético que en la escritura llamada espontánea. Por la sencilla razón de que al escribir con pulso firme y decidido y con un objetivo claro, hay mesura y claridad en la expresión, se mantiene el equilibrio de las partes, se guarda la armonía del conjunto, se mide mejor el ritmo del desarrollo; todas éstas virtudes necesarias para el buen arte.
Puede escribirle al autor a: franciscobalbuena@otrolunes.com
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