

Se ha vuelto ya un lugar común asegurar, en el exilio y en los medios políticos internacionales, que los cambios en Cuba han de ser pacíficos y venir de dentro. Lo dicen muchos. Unos por convicción y otros por conveniencia. En principio no hay nada objetable en que los cambios sean pacíficos y vengan de dentro; lo objetable aquí es la pretensión determinista del enunciado. La verdad es que el abanico de posibilidades, si nos despojamos de prejuicios y reconocemos que lo realmente importante son los cambios, podría ser muchísimo más amplio. Veamos. (1) Por qué los cambios no habrían de venir de afuera y ser violentos, o (2) venir de afuera y ser pacíficos; o (3) por el contrario venir de adentro y ser violentos. Otra cosa sería el considerar que los cambios deseables deberían ser de una manera o de la otra; pero sin perder la perspectiva de la mente abierta al devenir de los acontecimientos que suele tener su propia dinámica e inteligencia; su propio modus operandi.
Lo anterior es algo que escribí en mi libro Mitos del antiexilio, y que sostengo en las posteriores ediciones en inglés e italiano del mismo libro. Lamento decirles que, como tantas otras veces, estaba equivocado o, al menos, parcialmente equivocado. Es un error producto de sucumbir ante lo políticamente correcto, precisamente en un texto y un contexto en que presumo de incorrecto total respecto a la mitología en contra del exilio cubano y la oposición anticastrista en general. La verdad es que a estas alturas del juego debería saber, deberíamos saber, que los cambios hacia a la democracia en la isla, si es que ocurren, no vendrán de adentro y serán pacíficos, ni muchísimo menos vendrán de afuera y serán pacíficos.
Finalmente creo que el apostar por cambios pacíficos en Cuba parte de una falsa premisa, de un entrampamiento de la realidad o, mejor, de unos ejemplos que, citados de carretilla, supuestamente demostrarían que lo ocurrido en otros lares aplicaría automáticamente para la isla. A saber, la independencia de la India mediante la lucha pacífica propugnada por Mahatma Gandhi y la victoria de los derechos civiles en Estados Unidos mediante la desobediencia cívica no violenta propugnada por Martin Luther King Jr. También las modélicas transiciones ocurridas en España tras la muerte del caudillo Francisco Franco Bahamonde y en Chile tras la pérdida del plebiscito por parte del general Augusto Pinochet Hiriart, o el desmantelamiento de la dictadura comunista en la Unión Soviética y sus satélites de la Europa del Este.
Veamos, en los dos primeros ejemplos, que no es lo mismo la lucha pacífica contra el Parlamento Inglés, en el caso de Mahatma Gandhi, ni la desobediencia cívica ante el Congreso de Estados Unidos, en el caso de Martin Luther King Jr, que la lucha pacífica contra la implacable tiranía de Fidel y Raúl Castro, o Ramiro Valdés, en Cuba. Veamos que en los casos de España, Chile y la Unión soviética y sus satélites de la Europa del Este existió, a pesar de las abismales diferencias espacio-temporales, geográficas e ideológicas, el denominador común de unas transiciones iniciadas desde el poder, es decir, desde arriba y hacia abajo, el abajo se desborda porque el arriba abre. La Rumania de Nicolae Ceaucescu y su esposa Elena, felizmente ejecutados en un juicio sumarísimo ante un tribunal militar, es el único ejemplo de cambio violento en Europa del Este y es también, por otro lado, el único ejemplo en que los cambios no se iniciaron desde el poder.
Ningún problema con la oposición pacífica cubana, de hecho quien esto escribe está orgulloso de haber formado parte, modestamente, del movimiento cívico que iniciara en 1976 el Dr. Ricardo Bofill Pagés, junto a un grupo de buenos amigos, y que hoy en día sostienen en las prisiones hombres como Oscar Elías Biscet y Nomando Hernández, y en las calles las Damas de Blanco, Marta Beatriz Roque Cabello y Jorge Luis García Pérez, Antúnez, por mencionar algunos. No creo tampoco en esa teoría superconspirativa de que el castrismo se fabricó una oposición pacífica hecha a su medida. Ahora, lo que si creo es que esa oposición en sus comienzos, vencida la resistencia armada y el clandestinaje tras el fracaso de Bahía de Cochinos, descolocó a un régimen demasiado hecho a la violencia y, en consecuencia, actuó torpe y desatinadamente y el asunto se le fue de las manos, se expandió por toda la isla y logró las reiteradas condenas por violaciones de derechos humanos ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, en Ginebra, poniendo en el tapete de la opinión pública internacional la naturaleza despiadada de la dictadura isleña.
Pero la oposición pacífica nunca fue ni es un factor de cambio en la isla, fue y será un factor, digamos, de índole moral y política de cara a una opinión pública internacional (casi siempre veleidosa con la tiranía), y de cara también al día después del cambio, a las negociaciones lógicas y deseables tras el fin de cualquier contienda, y eso está bien, lo único que no está bien es que es sólo eso, un brazo político, casi siempre maltrecho, y sin nada detrás, por ejemplo, otro brazo, un brazo armado y desestabilizador, y claro, una cabeza o varias cabezas, un pensamiento que de coherencia al tinglado, no es la culpa de los opositores pacíficos en general, ciertamente, es culpa de esos supuestos líderes que nada más explotar un petardo salen con la cantinela de, queremos dejar claro que condenamos acciones de tal naturaleza, o esta otra pieza que no tiene desperdicio, lamentamos que todo termine en una explosión social y llegado el momento trabajaremos con las autoridades para evitarla, y es culpa también de los que sosteniendo la tesis de la vía armada no han sido capaces de llevarlo a efecto, y por otra parte malgastan su tiempo atacando a los civilistas.
Pasado el desconcierto inicial la tiranía comunista de la isla aprendió a convivir con el mal menor de la disidencia, y lógicamente la infiltró y la usó para, del lobo un pelo, quedarse con parte de la ayuda que se envía a la disidencia (20% de las remesas recibidas como a todo hijo de vecino en la isla), también la usó de comodín de manera que todo joven desafecto y dispuesto a la acción tuviese a mano una manera de expresar su descontento sin llegar a los extremos, un modo de sacarle presión a la olla a punto de estallar, y aprendió sobre todo a usar a muchos de sus componentes para que, consciente o inconscientemente, una vez en el exterior, de visita o definitivamente, o desde dentro de la isla, dijeran lo que más convenía a sus intereses, perlas como, levanten el embargo y las restricciones a los viajes y remesas y verán caer estrepitosamente al castrismo, o como esta otra, paciencia, muchachos, paciencia, que Raúl Castro es un reformista y un pragmático, y está peleado a muerte con Ramiro Valdés, o con Hugo Chávez, y nada más espera se muera el hermanísimo para llamar al diálogo con los chicos buenos, en fin, ya saben.
La culpa es de esos cubanos, por no hablar de los extranjeros, que hacen asquitos ante Luis Posada Carriles, pero te hablan de diálogo respetuoso con los castristas, de la pintura del ex canciller Roberto Robaina o de las virtudes profesionales del nuevo canciller castrista, Bruno Rodríguez, un tipo nada ideológico, te dicen, aunque vocifere defender la revolución hasta la última bala. Pero la culpa es también de esos exiliados, dizque de línea dura, que reunidos con un presidente norteamericano que les pregunta qué quieren que haga por Cuba, responden con la de trapo, la curva de limitar los viajes y las remesas, y no piden lo único que a estas alturas del juego pueda sacarnos del pantano en que nos encontramos como cubanos: una operación militar norteamericana, o mejor, precisemos, una acción limitada a matar a la cúpula y a la crápula de esa pandilla que desgobierna la isla por cincuenta año. Ya se que EE.UU no estaría interesado y que por lo tanto es muy difícil que ocurra, pero puestos a pedir, que para eso hemos quedado, bueno, pues pidamos en grande, no nos andemos con chiquitas, y la verdad es que me parece mucho más lógico y factible que pedir reformas a Raúl Castro o esperar tranquilamente a que un día de no se sabe qué Eón del tiempo algún descendiente de la monarquía marxista cubana descubra que es, finalmente, un demócrata y nos lleve en consecuencia a los paraísos parlamentarios y electorales. Creo que es algo en lo que debemos y merece la pena insistir, inclusive a Barack Hussein Obama, ya que insiste en salvar el planeta y bajar el nivel de los mares, pudiéramos darle la oportunidad de empezar por salvar a una isla a sólo 90 millas de sus predios.
Les aseguro a los pacifistas que ello es preferible a la permanencia del comunismo castrista, e inclusive mejor que una explosión social, con su secuela de ajuste de cuentas y matanzas indiscriminadas, dado el odio acumulado en la isla por medio siglo. Muy sencillo, se trata de apostar por el mal menor. Los cubanos deberíamos ya, a estas alturas, aprender a pactar con la sombra. Ese no saber pactar con la sombra es lo que ha hecho que en las emboscadas de nuestra historia siempre hayamos sido sobrepasados, dominados por la noche.
Ya se que algunos dirán que defiendo la guerra. Bueno, la guerra es indefendible. José Julián Martí y Pérez dijo aquello de la guerra justa y necesaria, disiento de Martí, no hay guerras justas, hay guerras necesarias, hay una escogencia, por ejemplo, entre la tiranía y la guerra, entre la esclavitud y la violencia, con frecuencia la verdad es que no existen muchas opciones. Lo peor que le puede pasar a Cuba no es una guerra, lo peor que le puede pasar a Cuba es la permanencia de esta guerra que dura ya medio siglo de los Castro y su pandilla contra la sociedad civil cubana y donde los muertos, vaya por Dios, siempre los pone la sociedad civil cubana. El siglo XX cubano estuvo dominado por una especie de buenismo, una mezcla rara, o quizá no tan rara, ora era el buenismo catolicón, ora era el buenismo socialistón, una verdadera tara en el pensamiento y el accionar cubano. Ese buenismo demagógico nos ha traído siempre las peores consecuencias, las peores violencias. Puedo poner muchos ejemplos al respecto, pero prefiero cerrar con uno: La amnistía en 1955 a un joven pistolero nombrado Fidel Castro, y a sus soldados, tras el sangriento asalto al Cuartel Moncada en julio de 1953.
Puede escribirle al autor a: armandodearmas@otrolunes.com
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