

La estrategia de gobierno de Raúl Castro puede lucir la continuación de la política de palos ciegos, órdenes verticales y disparates superlativos que caracterizaron al gobierno de su hermano Fidel. Pero se equivocan. Raúl Castro es un hombre que sabe que, tomar la decisión adecuada en el momento justo, es ya una parte considerable del éxito.
Personalmente, considero que llevar a lo más alto del poder en Cuba a sus compinches de generación es un acto, como poco, lúcido. Los abuelitos de la actual nomenclatura merecían una nueva oportunidad en el servicio a la patria, luego de la presión que, durante décadas, se habían visto sometidos sus nombres y personas, hoy en los puestos más altos, mañana en la sima profunda de los innombrables y condenados al silencio. Cincuenta años de yunque o martillo al servicio del dictador, sin dudas, merece su recompensa.
Y lo dicho, durante esos largos y penosos años, tras la última de sus destituciones, se procuró que su misión al servicio de la patria quedara relegada a tareas propias de seres prejubilados o en franco alejamiento, que si una corporación, que si un comité olímpico, que si la asociación de combatientes, que si tal o cual comisión, mientras los puestos relevantes eran ocupados por nuevas generaciones que, colmo de colmos y como si no fuera razón suficiente el no haber participado de la pachanga sangrienta de la Sierra Maestra, llegaban al poder al menos con la mente fresca, aunque, todo hay que decirlo, igual de limitados que sus antecesores.
En pocas palabras, el Consejo de Ancianos del Círculos de Abuelos del Comité Central del Partido Comunista de Cuba iba de las manos del olvido.
Por tanto, como demostración de hombre sensible y atento al acontecer de las generaciones, la primera medida que emprendió Raúl Castro al frente del gobierno fue la de reagrupar en torno suyo a esas personas de las que llevaba cincuenta años desconfiando. Primero, porque las conocía y, segundo, porque era importante hacerle saber al pueblo que sólo en esas manos y en ningunas otras, estaría la revolución tan bien cuidada y que era en ellos, una vez más, en quienes los hermanos Castro (Ramón está inferido en el plural, aunque estas decisiones le sean tan ajenas como la inteligencia o el sentido común), depositaban sus más aciagas esperanzas de desarrollo y prosperidad nacional. Medida correcta.
Posteriormente, Raúl nombró al casi septuagenario José Ramón Machado Ventura, uno de los miembros más jóvenes del grupo, para cumplir con la misión irremplazable –debido a la corta edad- de sostener las riendas de la patria, claro está, sin que llegara a notarse el temblor en las manos o el enemigo advirtiese los achaques de la incontención urinaria o alguna amante corriese el comentario de los inevitables percances prostáticos del líder. Medida correctísima.
Porque, ¿quién mejor que Machadito, ese ser tan abyecto, como abyecto y enrevesado era su peinado en los ochenta -ahora es absolutamente calvo-, para ocuparse de guiar por la senda de las intrigas palaciegas y el temor a las represalias al resto de dirigentes de la Revolución?
¿Quién mejor que Machadito, un hombre que jamás ha sonreído, ni dudado un momento en cumplir las órdenes salidas de un despacho u otro de los Castro? Nadie mejor, ni siquiera Almeida, que siempre ha estado ahí con la laxitud de la inexistencia. Ni siquiera Almeida.
Aseguradas en las manos de Machadito las riendas firmes de la patria, Raúl Castro entendió que había llegado el momento de regalarle a su generación un gran último banquete y fue nombrando a los mismos ministros que años atrás su hermano había destituido por incapaces. E hizo bien. Es más, no pudo hacerlo mejor.
Sabiendo lo que hacía, reunió a su alrededor, distribuidos en importantes cargos de gobiernos, a las reliquias de la dictadura. Seres ancestrales, arcaicos y conspirativos, que, para mayor aval desconocen con total exactitud las tareas que les han encomendado dirigir. Impecable.
La vida y esto lo sabe muy bien Raúl Castro, cumple siempre con sus ritos y llegada la hora de la muerte de cada uno de ellos, ¿por qué no encontrarlos reunidos en una misma instancia, próximos, forzados a enterarse del fallecimiento del prójimo?
Por tanto, y que sirva como motivo de agradecimiento este gesto tan magnánimo de Raúl, cuando empiecen a morir, lo harán igual que como llegaron al poder, de uno en fondo y sin tomar distancia, es decir, en fila india. Esa típica formación de avance, de la, por suerte fracasada, guerra de guerrillas.
Se irán, como un favor añadido a la patria, con adioses reciclados, porque las muertes acontecerán tan próximas unas de otras, que no tendremos tiempos para adioses nuevos. Presenciaremos, sin más, algo parecido a una caída tumultuaria de fichas de dominó. Y entonces sólo nos quedará admitir la experiencia política de Raúl Castro, el hombre que sacrificó su entornó por ordenarle a la muerte las víctimas gubernamentales.
El país, por suerte, porque cualquier suerte es mejor que una dictadura durante cincuenta años, quedará acéfalo, en manos emergentes y sin el menor tiempo de hacerse una idea aproximada de qué es eso que los hermanos Castro llamaban “su legado histórico”.
Ahora bien, si la vida pudiese complacerme con unos de sus ingeniosos contrasentidos, le pediría que en los momentos finales, cuando sólo queden escasos allegados, Raúl Castro muera primero que su hermano Fidel.
Ver al dictador comprobando el tamaño exacto de su soledad inmensa, sin nadie que anuncie y complazca las órdenes de su colon, será un espectáculo admirable y, por qué no, un hermoso, aunque mínimo, acto de justicia.
Pero no importa. Si tienen que cumplirse los deseos de Raúl Castro y todos deben morir en orden, que así sea. No pienso contradecirlo. Con esperar las defunciones me basta.
Puede escribirle al autor a: ladislaoaguado@otrolunes.com
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