OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Agosto 2009. Antilde;o tres. Número nueve

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Datos de la revista, agosto 2009, año 3, número 09
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Retrato de niño estrábico con lentes

 

De: Retrato de familia con volcán

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Mi primer recuerdo es el de una mañana de mucho sol. En el corredor de la casa la Mercedes Alvarado me alza de la batea donde me ha bañado, y me deposita sobre la tapa de la máquina de coser. Me seca y me envuelve en una sábana, y mientras se va a botar el agua jabonosa sobre las plantas del patio, me advierte que no me toque. Yo pienso que puedo engañarla, y clavo un dedo en la sábana para que quede realzada la forma del dedo, y le digo que venga a ver mi dedo, no me estoy tocando.

-Sí, te estás tocando,  a mí no me vas a engañar -me dice ella, con falso enfado.

Pero mientras se acerca veo que una imagen suya, más débil, comienza a desprenderse hacia un lado desde la principal, y luego la estoy viendo dos veces. Veo dos veces su trenza gorda y brillante que le cae a un lado del cuello. Así recordaré a partir de entonces las imágenes de las personas y de las cosas, y no me causa ninguna extrañeza. Ver doble es lo natural para mí, y no sé que no se pueda ver de otra manera.

No fue hasta mis diez años que la misma Mercedes Alvarado descubrió que yo no veía bien con mi ojo izquierdo porque me golpeaba con los obstáculos al caminar, y se lo advirtió a mi madre. Nadie había hecho cuentas de que un niño bizco, como yo era, podía tener defectos serios en la visión. Se burlaban de mí los otros niños, por lo de bizco, asunto que entró en la costumbre del trato en la escuela, y en la sustancia de mis silencios retraídos. Uno era renco por causa de la poliomielitis; había otro que tenía una nube en el ojo. Yo era bizco.

Alarmados, me llevaron a Managua a una consulta con el doctor Fernando Agüero, el oculista más reconocido del país. Me diagnosticó un daño congénito en el ojo izquierdo, que tenía una estructura diferente, sacándolos de su falsa creencia de que me había quedado bizco al año de nacido a consecuencia de la debilidad provocada por una diarrea.

A mí no se me había ocurrido antes taparme el ojo derecho para comprobar la visión del izquierdo, como el doctor Agüero lo había hecho al examinarme; pero ahora podía darme cuenta de que si veía las formas y los colores con el ojo enfermo, no podía distinguir bien los rostros, y mucho menos leer, porque las letras aparecían en un amasijo de contornos brillantes, ni orientarme con seguridad al caminar. Y aunque era imposible recuperar nada de la visión, me mandó usar anteojos con los que volví a Masatepe envanecido.

Eran unos anteojos de los que sólo el lente que correspondía al ojo enfermo era de aumento, y que una vez, jugando básquetbol en  la calle al lado de la Casa de Gobierno, dejé abandonados en el alféizar de una de las ventanas, y se me robaron. Era muy cerca ya de la Navidad, y mi padre resolvió que reponer los anteojos equivalía a mi regalo, por lo que me quedé sin juguete. Quizás nunca he llorado tan amargamente.

Debía, además, taparme una hora diaria con un parche de plástico prensado al anteojo del ojo sano, para que el otro recuperara su eje, cosa que logré bastante; aunque hasta hoy, muchas veces, se desvía por su cuenta, y aparezco delante de la gente, o en las fotos, como si me estuviera durmiendo. O como es muy propio en los políticos, haciéndome el dormido.

Si el mundo de la doble imagen pasó a ser natural en mi vida, nunca podré saber cómo es el mundo real de la tercera dimensión para alguien que puede componer las imágenes con el concurso de ambos ojos. Seguramente mi cerebro creó desde el principio un atajo para suplir el defecto, porque siempre he tenido la sensación de mirar a profundidad, y dar volúmenes a las cosas, lo cual viene a ser el trabajo de  mi ojo único útil que crea así una ilusión por la fuerza de la necesidad. Como muchas de las ilusiones en la vida, que resultan de la necesidad. O las ilusiones que suele crear el escritor, que sólo tienen sustancias porque él lo quiere.

Pero nunca olvido que cuando se estrenaron las famosas películas en tercera dimensión, que mi tío Angel llevó a Masatepe, yo me quedaba fuera de las sensaciones que despertaban y que provocaban gritos de temor y asombro -cataratas bullentes, barriles que rodaban fuera de la pantalla, cuchillos lanzados en dirección del público- porque se necesitaba el trabajo de ambos ojos, cubiertos con los anteojos de mica rojo y verde provistos a los espectadores, para juntar las tres impresiones ligeramente superpuestas en cada cuadro. Es lo mismo que me pasa con las holografías.

Ser bizco me hizo alejarme de los demás, y contribuyó a darme el carácter retraído que tuve desde entonces; y ese exilio forzado fue llenando desde el principio mi atmósfera de escritor. Es lo que Cervantes convoca en El Quijote bajo el nombre de melancolía. Pero no era por lo único que me zaherían. Tampoco me ayudó que a los doce años ya había crecido en toda mi estatura, y ser tan alto para los de mi edad me apartaba forzosamente de ellos. Y cuando se trató de aprender a bailar, las muchachitas me rechazaban en las fiestas por eso mismo de ser demasiado alto, de manera que el baile pasó a ser uno de mis terrores; aunque tampoco creo que bailar hubiera estado entre mis habilidades naturales. Participaba en la organización de las fiestas estudiantiles, pero cuando iba a empezar el set bailable, me encerraba a revisar las cuentas de la recaudación.

Me fui ligando por fuerza a otros muchachos mayores, con pláticas e intereses diferentes a los de mi edad, circunstancia que me sirvió para conocer de temas prohibidos por adelantado. Es cuando, además, un niño de anteojos, y zancón, empieza a aparecer ante los demás como alguien que habiendo crecido demasiado, se convierte por eso mismo en un adulto precoz que dirige revistas, organiza fiestas, y maneja un cine.

Pero peor aún. Debido a que mi madre depósito mi instrucción primaria en una sola maestra, la niña Esther Sánchez, y ella daba clases en la Escuela Superior de Niñas “Zoila”, allí fui a dar desde el primero al cuarto grado junto con un pequeño grupo de escogidos entre los que estaban Adalberto Sánchez, sobrino de la niña Esther y mi mejor amigo de la infancia, y mi primo Mario Ramírez, que vino a recalar entre los privilegiados porque lo habían expulsado de la Escuela Superior de Varones, por díscolo.

La niña Esther se desplazaba con nosotros tras cada año aprobado, para ser siempre nuestra maestra, lo cual debía costarle muchas gestiones con la directora de la escuela, que ya tenía suficiente con la concesión de admitirnos allí. Ocupábamos los asientos de la primera fila en el aula, y en el recreo debíamos permanecer segregados de las mujeres, bajo las burlas de ellas, y las burlas de los alumnos de la escuela de varones en la calle. Lo peor ocurría en los desfiles escolares, cuando debíamos marchar en un pelotón delantero, custodiando la bandera para disfrazar en algo el ridículo.

Pero la niña Esther era en realidad una excelente maestra, enérgica, metódica y paciente, que me enseñó antes que nada, llevándome ella misma la mano, a escribir con una hermosa letra Spencer que el tiempo me ha ido quitando. Bondadosa, y de mal carácter a la vez, se desgañitaba enseñando la lección, y también regañando, al grado de tensársele las cuerdas vocales. Su rostro se teñía entonces de un color de grana. A veces, con el esfuerzo, se le zafaba la quijada, con lo que se suspendían las clases y salíamos en desbandada, celebrando alegremente el accidente.

Antes, a los tres años, había entrado en el Kindergarten del Colegio María Auxiliadora de las monjas salesianas, levantado en los años treinta en las cercanías del cementerio. Era una gran construcción de una manzana, de ventanas ojivales dobles, con salón de actos públicos, donde también se representaban veladas, y una capilla. Tenía un internado numeroso y aceptaba también alumnas externas, con uniformes diferentes. Mi hermana Luisa estudió allí toda su primaria.  Las internas salían a pasear los domingos en cuadrilla, bajo la vigilancia de las monjas, y luego desaparecían en aquel claustro donde los gritos de los juegos en el patio sembrado de altos cipreses llegaban lejanos a la calle.

El Kindergarten era mixto, y recibíamos las clases en un aula misteriosa del fondo de un corredor, a la que se bajaba por una escalera de piedra, y abierta a un huerto sombreado por grandes árboles frutales. Asocio esos recuerdos a la penumbra del huerto, a la suavidad de los lápices de crayón, al refresco de piña que llevaba desde mi casa en un frasco de tapadera corrediza, al nombre de las monjitas extranjeras, sor Conchita Vinder y sor Conchita Lagagna, que atendían el Kindergarten; y al de la directora, sor Clementina Gonella, una italiana de alto porte y gran nariz aguileña parecida a los retratos de Cristóbal Colón, o el de ser Natalia, morena y sencilla, que era a lo mejor salvadoreña.

Cuando operaron a mi madre en el Hospital de Masaya para quitarle la matriz, quizás en 1951, recuerdo en un cuarto vecino a sor Conchita Vinder, que era blanca y menuda, a la que habían operado de la vesícula, acostada en un catre frente a la ventana que daba a la laguna, extraña sin la toca y el hábito, lejana y sola, con una sonda de hule que salía de entre las sábanas, bajaba hasta el piso y vertía en un frasco un líquido amarillento.

Aprendí a hablar mucho antes de empezar a caminar, según la memoria de la Mercedes Alvarado, porque le pedía la leche desde el toril. Y también aprendí a leer muy temprano. Sorprendí a mi padre leyendo de corrido los anuncios comerciales que encontraba a mi paso, una vez que me llevó a Managua con el propósito de que viera la vaca de la leche Klim que se reía y movía la cabeza en un escaparate.

Un mediodía que volvía del colegio de las monjas, me encontré a una niña mayor que yo, que jugaba en la acera con unos trastecitos de barro.  Era una niña blanca, de rizos negros y tobilleras. Fascinado por los trastecitos, me detuve a vigilarla a distancia, y en un momento en que entró a la casa, tomé uno y me lo llevé, ahora ya corriendo. Era una tinajita. Cuando mi madre me preguntó de dónde la había sacado, le dije que la niña me la había regalado. No sé con qué cara se lo habré dicho, porque no me creyó, y me mandó a devolverlo a su dueña. Yo lloraba, no porque me despojaran de lo robado, sino por la vergüenza de comparecer delante de la niña a confesar mi delito. Pero no valieron llantos, y como un condenado me encaminé de regreso por la calle del cementerio, bajo el sol que pegaba duro, a cumplir con la orden. Los trastecitos estaban siempre en la acera, pero la niña otra vez se había metido. Y corrí a reponer la tinajita antes de que volviera.

Después, en 1948, pasé a la naciente escuela de párvulos “Siempre Adelante” creada por dos maestras recién graduadas, Amalita Barquero y Socorrito Bonilla. Lo que mejor recuerdo de esas mañanas de juegos y recitaciones en coro, son los moldes para fabricar figuritas de dulce, porque en aquella casa esquinera de la calle real había una dulcería; moldes de madera de guayacán  para hacer hombrecitos con sombrero, gallos, botellas, y pescados. Otro molde para hacer pequeñas mitades de atados de dulce. Y mientras Amalita, de ojos verdes y sonrisa cordial dirigía el coro, su enamorado Ezequiel Sánchez, feo como Agustín Lara, y con el que después se casó, aparecía de visita y colaboraba con ella en amansar la tropa de niños.

Aquellos extraños recreos en la escuela de mujeres, aislados los varones en un rincón, se veían aliviados por temporadas con la llegada de la leche en polvo de la UNICEF, que se cocinaba en grandes barriles en un fogón en medio del patio. Se rompían entonces la rutina y el aislamiento, pues también hacíamos fila para recibir la ración de leche hervida en el utensilio que cada uno debía llevar de su casa. O se rompían por sucesos más dramáticos.

Las historietas cómicas me hicieron perder quizás, una afición temprana a la lectura de libros de aventuras, las que encontraba mejor en los dibujos. Y me recuerdo haciendo trazos con una tiza en los ladrillos del piso de la tienda, lo que mi padre llamaba micos. Contándome a mí mismo las historias que inventaba, iba dibujándolas en secuencia por todo el piso, hasta que la Mercedes Alvarado venía detrás de mí con el lampazo.

Esas influencias gráficas sobre la imaginación -porque con la tiza fui un inventor desde el principio- venían de las historietas de El Fantasma, el duende que camina, que vivía en lo hondo de la selva en su trono de la calavera, rodeado de su corte de enanos bandar, y del Capitán Marvel, que para entonces era argentino. Las revistas de historietas venían de Argentina en los años de Perón, y las llamábamos penecas, por la revista El Peneca; y también leía El Patoruzito,  las aventuras del pequeño indio de las pampas con su amigo engominado Isidoro.

El Capitán Marvel, era más atractivo para mí que Superman; su alter ego era un canillita, y allí aprendí esa palabra porteña para llamar a los voceadores. El humilde canillita  que se apoyaba en una muleta para caminar, adquiría sus poderes sobrenaturales al pronunciar la palabra SHAZAM, una combinación de las primeras letras de Salomón, Hércules, Atlas, Zeus, Aquiles, Marte.

Obviamente, el misterio de la doble identidad estaba de por medio en mi fascinación. El vendedor de periódicos capaz de convertirse en héroe poderoso. El Fantasma enfundado en su sobretodo, de lentes oscuros y sombrero, que camina a medianoche por un muelle sórdido para meterse a escondidas en un barco de carga pronto a zarpar, llevando agarrado por la correa a su perro Diablo, y El Fantasma de antifaz, botas y calzoneta (alguna razón habrá existido para que todos los héroes enmascarados usaran calzoneta de baño), dueño del anillo de la calavera, heredado generación tras generación de fantasmas.

Llegué a volverme un vicioso de la lectura de las historietas cómicas, al grado que al apagarse las luces de la casa yo metía la cabeza debajo de la sábana para leer a la luz de un foco de mano todas las revistas que había acumulado en el intercambio del día, y que tenía que devolver temprano.

Mi primer libro fue Genoveva de Bravantes, en una edición ilustrada que me habrán regalado en un cumpleaños. No leí ni La Isla del tesoro, ni Sandokán, libros que por lo general uno encuentra en las listas que muchos escritores hacen de sus primeras experiencias de lectura. Tenía más de doce años cuando doña Zoila Monterrey, una hermosa señora de risa franca y agradable, consintió en abrirme las puertas de la vitrina en que guardaba sus libros, y así entré en la lectura de Los Miserables y Los Tres Mosqueteros, impresos a dos columnas en las ediciones de clásicos de la Editorial Sopena Argentina.

Pero el libro que mejor recuerdo es La condesa Gamiani, que me dio a leer Marcos Guerrero, el primo de mi madre. Era un libro clandestino, más bien un cuaderno mecanografiado con pastas de papel manila y cosido con hilo como los folios judiciales, que amenazaba deshacerse de tan manoseado. Lo guardaba en un cajón de pino, de esos de embalar jabón de lavar ropa, junto con otros tan dispares como El Conde de Montecristo, Gog, de Giovanni Papini, o Flor de Fango, de Vargas Vila. De modo que mi lectura de La condesa Gamiani, que pasaba de mano en mano entre mis compañeros de la escuela, participó en  mi iniciación en el rito de la lectura, pero sobre todo en el de la sensualidad.

Trataba de una condesa pervertida, muy refinada en sus juegos sexuales, que solía solazarse no sólo con hombres de cualquier calaña, criados o nobles, y con otras mujeres: "morirás, pero de placer", le susurra la condesa a Fanny, la inocente y experta jovencita; sino también con animales, principalmente perros de caza. Sólo muchos años después, en mis correrías por tantas librerías, volví a encontrarme con La condesa Gamiani. El libro se llamaba, en realidad, Gamiani, dos noches de excesos, y descubrí que no había sido escrito por una mano anónima como siempre había creído, pues en ninguna parte del viejo cuaderno se mencionaba el nombre del autor. Era una obrita de Alfred de Musset, no por menor menos deliciosa para un adolescente ansioso de penetrar en los secretos de la carne, con todo lo que entonces tenía de mito y adivinación a ciegas.

La sensualidad de las lecturas ha permanecido intacta en mí desde entonces, y se ha trasladado al cuerpo mismo de los  libros. Siempre entro en ellos oliendo primero su perfume al abrirlos, y no dejo de recordar con inacabada nostalgia aquellos tomos en rústica de cuadernillos cerrados que era necesario romper con un abrecartas porque en la imprenta no los refilaban, una manera de ir penetrando poco a poco en los secretos de la lectura oculta en cada pliego sellado.<

Las lecturas primeras persisten siempre en la memoria, como las huellas de un camino que todavía no sabemos adónde habrá de llevarnos. Y volvemos a veces a andar sobre esas mismas huellas, volvemos a leer lo leído, volvemos a encantarnos, o nos desencantamos. Recuerdo por ejemplo El Infierno (1906) de Henry Barbousse, al que regresé años después, encandilado aún por los fulgores que me dejó su lectura cuando adolescente. Mejor no hubiera regresado. Sentí el libro pobre, lleno de lugares comunes, y sería seguramente porque cada lectura en cada momento está teñida por un aura particular, y por el estado de ánimo que nos domina en ese momento, y que tiene que ver con las carencias, o con los que excesos de la edad. Así me ocurrió otra vez hace poco, al leer de nuevo La Madre (1906)de Gorki. Sentí una inmensa aflicción, como si hubiera querido entrar de nuevo en mi adolescencia por una puerta equivocada.

También están los libros desaparecidos, extraviados o robados, que echaremos siempre en falta, como aquel pequeño tomo de la editorial Aguilar con las poesías completas de Rubén Darío, empastado en cuero e impreso en papel biblia, como un misal, que me regalaron las autoridades del Ministerio de Educación Pública cuando participé en el concurso de declamación. Gracias a  ese obsequio fue que gané a Darío en mi memoria, pues pude seguir aprendiendo sus poemas con toda constancia, suficiente para lucirme en justas de cantina o en tertulias hasta el amanecer, y para contradecir en esas mismas justas a otros que se precian de conocerlos tan bien como yo.

A la par de las historietas, entre en el mundo de las radionovelas. Primero, una adaptación de Sandokán, el tigre de la Malasia, con lo que Salgari llegó a mí por el oído, y luego El derecho de nacer, del prolífico escritor cubano Félix B. Caignet. Lo que más me fascinaba de las radionovelas era el poder soberano de las voces, que se convertían en personajes por sí mismas, con autonomía de los rostros y figuras de los actores dueños de esas voces.

Al principio eran grabadas en Cuba, y venían en unos discos de acetato del tamaño de una rueda de bicicleta. Después pasaron a ser interpretadas por el Cuadro Dramático de Radio Mundial, que tenía como actores estelares a José Dib McConell, Sidar Cisneros, Rodolfo Arana Sándigo, Esperanza Román, Marta Cansino, Zela Lacayo. Su primer director fue Mamerto Martínez, un viejo actor español que se había quedado perdido en Managua al disolverse la compañía teatral de la que formaba parte, en gira por Centroamérica, igual que quedaban sueltos los animales de los circos cuando quebraban, según habían ocurrido casos en el país.

El Derecho de Nacer era pasado al mediodía, y si mi padre me enviaba a hacer algún mandado a esas horas posteriores al almuerzo, un cobro a alguno de sus clientes rezagados, o llevar a remendar unos zapatos, temía al principio perderme la trama al dejar de oír el capítulo. Pero pronto llegué a perder ese temor, porque los radios estaban sintonizados a todo volumen en todas las casas en Radio Mundial, y podía ir oyendo la radionovela mientras iba por la calle, sin perderme nada. Dejaba las voces y los arpegios atrás, me encontraba con ellos, y me esperaban adelante, nítidos porque no había ningún otro ruido en el pueblo.

Radio Mundial tenía otros programas populares, además de las radionovelas, los Catedráticos Novelti Sello de Oro, por ejemplo. Los concursantes enviaban cartas planteando preguntas inverosímiles para la retentiva de cualquier sabio, ya fuera sobre las pirámides de Egipto, la propiedad de los metales, o las batallas de Napoleón. Pero los catedráticos, que eran el profesor Carlos A. Bravo, don Sofonías Salvatierra y el ex-presidente de Costa Rica Teodoro Picado, exiliado en Nicaragua al triunfar el alzamiento de José Figueres en 1948, se exponían a contestarlas a todas, y cuando fallaban,  sonaba una registradora, y el concursante recibía su premio en metálico.

También era popular un programa de sketchs cómicos, representados por los actores del mismo cuadro dramático. Tenía por personajes a don Cándido Suave y doña Robustiana Roncafuerte, la clásica pareja del marido oprimido y la esposa mandamás. Los oyentes eran invitados a enviar argumentos por correo, y si alguno era escogido, su autor se ganaba un premio.  Envié uno, y gané, frente al alborozo familiar, sobre todo a la hora en que mi argumento, cuya trama no recuerdo, fue dramatizado por aquellas voces famosas.

Mi padre, envanecido por mi triunfo, financió mi viaje en bus a Managua para que fuera a recibir el premio, y pude penetrar entonces al santuario mítico de Radio Mundial en el barrio San Sebastián, para entrevistarme con Armando Soto Montoya, entonces director del Cuadro Dramático.  Él y su esposa, la actriz Isabel Quirós, exiliados costarricenses igual que Teodoro Picado, llevaban los papeles principales del programa cómico. Cuando el viejo Somoza facilitó en 1952 la invasión de los partidarios de Calderón Guardia a Costa Rica, para derrocar a Figueres, las voces en la radio clandestina, que funcionaba seguramente en Managua, arengando a las tropas rebeldes, eran las de ellos dos. La invasión fracasó, y el exilio de ellos se prolongó. Y volví a oír la voz de Isabel Quirós en mis años de Costa Rica, en el mismo programa cómico que se pasaba en la Radio Columbia.

Soto Montoya me acogió con elevados elogios. A los oyentes se les pedía un argumento, y yo había enviado un guión radiofónico completo. Luego tecleó en su máquina una orden para que retirara en las oficinas de Licores Bell, patrocinador del programa, dos botellas de ron Cañita, el más popular entonces en las cantinas de Nicaragua. Mi padre no ocultó su decepción, pero fue el primer premio literario que recibí en mi vida.

La primera prosa que escribí de la mano de mi madre, a los once años, fue la crónica Mis vacaciones en el mar, que se publicó en Poliedro. Y en 1956, sin que nadie se enterara, mandé un cuento a La Prensa Literaria, que dirigía Pablo Antonio Cuadra, recreando la leyenda de La Carreta Nagua, animado porque cada domingo aparecían en sus páginas narraciones vernáculas, entre ellas cuentos de aparecidos, como era el tema del mío.

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Sumario

Este Lunes

El revolucionario del siglo XXI

Jorge Eduardo Benavides

El cine cubano sale de viaje

Alfredo Antonio Fernández

El tango y Gardel en la obra de Gabriel García Márquez

Luciano Londoño

La imago

Manuel Gayol Mecías

La palabra del silencio. Notas sobre la escritura de los límites

Arturo González Dorado

«Mariconerías» de Estado: Mariela Castro, los homosexuales y la política cubana

Frances Negrón-Muntaner

Gastón Baquero: un recuerdo familiar

Remigio Ricardo Pavón

1967 y la infancia peligrosa

Patricia Suárez

Unos escriben

Sergio Ramírez

Otros miran

Daniel Mordzinski

OtroLunes conversa

con Antonio Álvarez Gil

“No escribo contra nada ni contra nadie”

con Jorge Majfud

“Calataid es el ejemplo descarnado del patriotismo…”

con Mariela Varona

“Soy una mujer que no acepta la realidad”

con Javier Sáez de Ibarra

“No sé si tengo un estilo, pero sí una intención”

con Ramón Cote Baraibar

“La memoria es como otro brazo, como otra pierna”

con Jon Lee Anderson

“No quiero, simplemente informar y/o entretener...”

con Ana María Shua y Teresa Andruetto

Escribir para comprender

Punto de mira

Cuba per se. Cartas de la diáspora

La isla y su cultura observada desde el exilio

Botón de muestra

Abilio Estévez, Carlos Victoria, Carlos Espinosa Domínguez, José Kozer, Eduardo Manet, Manuel Díaz Martínez, Nivaria Tejera, Pío Serrano, Uva De Aragón y Zoé Valdés

Cuarto de visita

Con la escritora hindú Sujata Bhatt

En la misma orilla

Hombre de negro

Carlos Manuel Torres Guerrero

El muchacho inglés

José Luis Muñoz

Brindis (Fragmento)

León Viera

Expreso Habana-Amstelven

Yoss

La marmita, de Poesía

La marmita. De poesía y poetas

Alberto García-Teresa

Poemas

Antonio Martínez I Ferrer

Poemas

Juana Vázquez Marín

Tres poemas inéditos

Dolan Mor

Kora, de Rogelio Guedea (reseña)

Ernesto García López

Noches de blanco papel, de Roger Wolfe (reseña)

Arturo Parrondo

De tu olor y mis miedos, de Mara Romero (reseña)

Alberto García-Teresa

Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

Guillermo Cabrera Infante. Un clásico de la literatura hispanoamericana

Rita Indiana Hernández y la alucinación de la modernidad

Roberto Fernández Retamar y su Caliban

Espido Freire y la rebeldía contra el silencio

Recycle

Cartas de Mijail Bulgakov a I. V Stalin

La generación extraviada

Ángel Santiesteban

De lunes a lunes

Premios de la XXII Semana Negra de Gijón, 2009

Premio Novelpol al prolífico escritor argentino Carlos Salem

La Academia Norteamericana de la Lengua España convoca al Premio 2010 de Novela

Biblioteca de OtroLunes

Librario

A cargo de Recaredo Veredas

Berlín es un cuento

Esther Andradi

El vendedor de pasados

José Eduardo Agualusa

Mirar el agua

Javier Sáez de Ibarra

Espejo de tres cuerpos

Odette Alonso Yodú

El canalla sentimental

Jaime Bayly

Heinz Luning and Nazi Espionage in Latin America: Hitler’s Man in Havana

Thomas D. Schoonover

Poeficcionario. Antología

Edgar Allan Poe

Elementos de Teoría Constitucional. Una propuesta para Cuba

Ricardo Manuel Rojas

Cristo del alma

Alfredo Pérez Alencar

Stradivarius Rex

Román Piña

El jardín de ajenjo

Francisco Balbuena

Ensayos

Natalia Ginzburg

Qué bueno baila usted

Faisel Iglesias

Ojos de agua

Domingo Villar

A cargo de Lorenzo Rodríguez

Los libros y los días

 

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