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Al abrir el periódico aquel domingo, me encontré con el cuento publicado en gran despliegue, con títulos a colores y una ilustración. Mi nombre estaba allí, y no se por qué me llene de horror, y de vergüenza, como si se tratara de un pecado capital que había sido revelado a todos para mi desgracia. Y ya me decidía a esconder el periódico, o a huir, cuando una empleada de mi abuela Petrona llegó de parte suya a proclamar la noticia, como si se tratara de una alegre catástrofe. Ya tenía en sus manos el periódico y quería que fuera a su casa a leerle en voz alta el cuento.
Para el quinto grado de primaria me matricularon por fin en la Escuela Superior de Varones. Y aunque el rígido concepto de m madre sobre el buen comportamiento no dejara de perseguirme, ganaba en libertad por el simple hecho de la nueva compañía, muchachos de mi mismo sexo, por muy desmedrada que esa libertad fuera. Las transgresiones ocultas, a las que ella tanto temía, tenían en la escuela su fábrica.
La más estricta prohibición suya era escaparse a la laguna de Masaya, por el peligro de morir ahogado. Pero la trasgresión iba aún más allá, porque bajábamos al cráter agarrados al tubo de agua potable, que descendía casi perpendicular entre las rocas, y en otras ocasiones subíamos al volcán Santiago, vecino a la laguna, atravesando el páramo de lava dejado por las coladas de las erupciones, hasta llegar a la ladera que derramaba su cascada de arena negra, difícil de ascender.
Pero desde antes del traslado a la escuela de varones, esas amistades que mi madre más temía, las malas juntas, yo las tenía a espaldas suyas, y me atraía como un vértigo el riesgo de tenerlas. Algo de esa experiencia he dejado en un cuento de mis primeros años de escritor, Bendito Escondido, que es el nombre de un juego infantil en el que todos corren a esconderse mientras el designado para buscarlos debe cerrar ojos, hasta la cuenta de diez. En el cuento, el protagonista va a la policía a recuperar los objetos robados en su casa, y resulta que cuando la muestran al ladrón reconoce a Gacelita, su amigo de jugar bendito escondido en la infancia. Se buscan, y se hallan.
El telegrafista del pueblo, don Vicente Noguera, tenía un hijo mayor que yo, pero mi amigo entrañable, y prohibido. Se llamaba Róger, y le decíamos Róger de la oficina. Si alguien encarnaba para mi madre lo que ella consideraba una mala junta, era él, y siempre lo ponía de ejemplo como alguien con quien nunca me debía relacionar. Róger de la oficina era el jefe de la hermandad del trono de la calavera que se reunía en la ronda del pueblo, en una especie de gruta formada por árboles intrincados, en un predio de la quebrada que bajaba hacia el arroyo. El me enseñaba a elevar barriletes de pesada armazón de cañas y cuerda de manila que yo robaba en la tienda. Me enseñaba a teclear en clave Morse con la llave de práctica, que era como de juguete, con la que su padre lo entrenaba a él en la telegrafía.
Todo se perdió la vez que para construir un proyector de cine para ver trozos sobrantes de película, más completo que el que yo solía lograr con una lámpara de mano y un lente de anteojos, nos pidió dinero a los miembros de la hermandad, que yo tuve que robar de la gaveta de la tienda. Otro de los padres se dio cuenta del robo del que también había sido víctima, vino la investigación, y mi madre se aterró al conocer mi parte en aquella recolecta clandestina, imaginando que yo había entrado a alguna banda de malhechores. Róger de la oficina fue a partir de entonces, más que nunca, el delincuente en ciernes del que debía apartarme para siempre. Como así fue. Yo me aparté de él por fuerza, dolido, y Róger de la oficina se hizo ladrón de la crónica roja, como lo recordé en mi cuento.