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A mi tío Ángel, nacido en 1921 y el menor de todos los Mercado, lo vi por primera vez la tarde de un verano de 1948 cuando llegó a visitarnos, y extendió sobre una de las vitrinas de la tienda las fotos que había tomado de las calles de León oscurecidas bajo la erupción del cerro Negro. Volvía de la mina La India, donde había sido contador jefe, la misma profesión de mi tío Teófilo, para quedarse a vivir al lado de mis abuelos, ya para entonces solos.
Junto con las fotos que enseñaba, recuerdo haberlo oído contar que en la mina, como era él empleado principal, el cocinero le llevaba a la mesa del comedor a la hora del desayuno las entrañas fritas del cerdo recién destazado, cuando tocaba destace. Su estómago, a la vista del animal colgado de un garfio a pocos pasos, no podía tolerar el manjar que los demás envidiaban. No lo rechazaba, pero tampoco lo comía.
Desgarbado para caminar, como mi hermano Rogelio, y muy dispuesto a la risa, en lo que contradecía a sus hermanos, durante su juventud tomó poco en serio la fe protestante que gobernaba a la familia, y a la muerte de mi abuelo dilapidó buena parte de la fortuna en fantasías empresariales y costosos obsequios a sus múltiples amantes y novias. Para él no era nada regalarles en un cumpleaños, o en Navidad, una radio consola Philips, de las que él mismo distribuía en la agencia de la Casa Sengelmann instalada en la antigua sala de la casa de mis abuelos.
Tenía una amante en León, a la que nunca conocí, pero si a su hija, Ana Elisa, que trabajaba de secretaria en la Universidad en mis tiempos de estudiante. De niña la llevaba de vacaciones a Masatepe, y vestida de organdí y grandes lazos en el cabello, como una muñeca recién desempacada, la paseaba por las calles enseñándola con alegría festiva a todo el mundo. Otra que sí llegué a conocer fue Chepita Gutiérrez, la madre de mi primo Eduardo, siempre acodada en las tardes en su ventana, las manos en la barbilla, el pelo rubio muy largo desbordado sobre el alféizar, como una estampa de Kokoshka.
De las que puedo llamar novias, porque si pasó a más con ellas se trató de un secreto, había dos en las que se alternaba y eran polos puestos. Las dos eran García. Lupita vivía a un costado de la iglesia con su madre, doña Ruperta, prima hermana de mi abuela Petrona, y su hermano Juan José, que era barbero e intermediario con los médicos invisibles, cuyas operaciones quirúrgicas facilitaba. Su talante de muchacha callada, triste y dulce, la hacía aparecer indefensa frente a un pretendiente que seguramente la tentaba con promesas de matrimonio. La dejaba, y recurrente, como todo vicioso de mujeres, cuando ella llegaba a comprar algo a la tienda de mi padre, y mi tío Ángel se hallaba presente, se ofrecía él mismo para despacharle la mercancía, y entonces, desde el otro lado del mostrador, la entretenía en coloquios durante los cuales ella dejaba patente su desamparo, más triste y callada que nunca.
La otra, Imelda, tenía un aire estudiado de vampiresa de pantalla de cine, y en su andar y en sus miradas de Greer Garson celebraba la conciencia de su propia belleza que se proponía utilizar como arma para conquistar un buen partido para el matrimonio. Una vampiresa recatada, de una coquetería muy medida, que cosía ella misma sus vestidos de altas hombreras copiados del figurín. Mi tío Ángel la visitaba en regla, pero ella no estaba para desperdiciarse en inconstancias. Se fue a los Estados Unidos, y encontró el partido que buscaba.
El cine fue el vínculo indisoluble entre mi tío Ángel y yo. El cine, que fulgura en mis primeros recuerdos. En un patio, quizás antes de los cinco años, estoy sentado en el suelo viendo una película que se proyecta en una sábana colgada entre los árboles. Es un cine ambulante. Un asesino de gabán negro y sombrero, quizás mejor un ladrón, el pañuelo cubriéndole medio rostro, se acerca entre las sombras con una lámpara sorda en la mano, para abrir una caja fuerte. O la película en que el personaje principal era una mano cortada, que andaba sola apoyándose en los dedos, y estrangulaba a sus víctimas.
Frente al parque y a media cuadra de mi casa estaba el Cine Darío, propiedad de Edmundo Sánchez, el padre de Lolita. Era un cine en toda la regla, con boletería de rejilla, balcón y platea, y un escenario armado de tramoya, ideal para las veladas de beneficencia que organizaba mi madre. Los muchachos indómitos, tomando provecho de la oscuridad, solían orinar desde el balcón a los espectadores de platea, y una noche mi primo Melico Ramírez acertó a dirigir el chorro sobre la cabeza del teniente Alberto Gutiérrez, comandante de la plaza, con lo que la proyección se detuvo, las luces fueron encendidas, y el hechor fue sacado preso entre dos soldados.
Fastidiaba a los proyeccionistas para que me regalaran cuadros sobrantes de película, fascinado por las imágenes fijas que podían verse a trasluz, y también proyectarse con una lámpara de mano y un lente de anteojos. Y en ese cine empecé a fascinarme con los seriales de gángsteres que nunca botaban el sombrero por muy rudas que fueran las peleas, libradas en bodegas sórdidas y estaciones abandonadas de ferrocarril. Una temprana escuela de suspense para un niño que sería escritor. Siempre quedaba pendiente la suerte del héroe al final de cada rollo, amarrado entre cajones de explosivos prontos a explotar, o inerme sobre los rieles mientras un tren se acercaba trepidante, escena que se repetía entera al comienzo del rollo siguiente para mostrar como el héroe se salvaba al último momento. Había uno de esos seriales que era mexicano, con Crox Alvarado, Las calaveras de las catacumbas, y que inspiraba los juegos infantiles en pandilla.
Debe haber sido tras el exilio a Managua de su dueño que se cerró el Cine Darío. Tras su regreso de la mina La India, mi tío Ángel adquirió el único cine que para entonces funcionaba en Masatepe. Este otro quedaba también a media cuadra de mi casa, y era un cine al aire libre. Don Juan Sánchez, el dueño, vivía con su familia en el cuerpo principal de la casa, y de la cumbrera surgía la caseta de proyección. El corredor de mediagua era el palco, y el inmenso patio, donde había un corral, la luneta. Se llamaba Cine Triunfo, y al comprarlo mi tío Ángel lo bautizó Cine Club, e hizo embaldosar el patio.
Lo compró tras la muerte del dueño. Alguien llegó una mañana a la tienda de mi padre con la noticia de que don Juan había muerto mientras ordeñaba una vaca, y me escapé a la carrera para ir a verlo. Debió ser antes de entrar al Kindergarten de las monjas. Estaba todavía tendido al pie del animal, la leche derramada revuelta con la boñiga. Al fondo se alzaba la pantalla de tablas encalada. Aún antes de que recogieran el cadáver su viuda, a la que llamaban la María Negra, iba de un lado a otro, entre gritos, poniendo de revés los cuadros en las paredes y cubriendo con toallas los espejos.
El fulgor de la proyección iluminaba las palmeras reales, y sus penachos parecían arder en el temblor del reflejo de las imágenes. Las constelaciones brillaban, arriba, en el espacio sereno, y las voces cavernosas saltaban desde los parlantes ocultos tras la pantalla de madera, voces de gigantes sobrenaturales a los que se oía hablar y llorar aún en los linderos del pueblo. El aire de la noche dispersaba por los aposentos el arpegio que anunciaba un beso, y en la lejanía podía entenderse el llanto de una mujer, su voz doliente que reclamaba entre lágrimas, los pasos de alguien alejándose con premura por la oscuridad de una calle, un tropel de caballos, el rumor de una lluvia extranjera cayendo sobre los techos.
Yo pasaba mi vida dentro de la caseta del cine de mío Ángel, a la que se subía por una escalera vertical. Perseguía al proyeccionista, Rudy Jiménez primero, Alberto Sandi después, para que me permitiera estar presente a la hora temprana de devanar los rollos, porque siempre llegaban corridos de Managua; ayudaba a abrir los cajoncitos de palo donde viajaban acomodados en sus latas; y después, a la hora de la función, a instalarlos en los aparatos. Cuando el celuloide tostado de las viejas películas se trababa entre los dientes de la polea y el cuadro se quemaba en la pantalla, calcinado desde el centro como si le hubiera caído una gota de lava, los silbidos se transforman en el corral insurreccionado en una lluvia de piedras disparadas contra la caseta. Me entrené entonces en el arte de desmontar el rollo, llevarlo a la devanadora, cortar el cuadro quemado, pegar la película con acetato, instalar de nuevo el rollo metiendo en la oscuridad la película entre los dientes de la polea, ajustar los carbones y echar a andar el motor, todo en menos de un minuto.
Aprendí a pintar los carteles que se colocaban en el parque central y en la estación del ferrocarril, con letras gordas art-deco, en colores ciclamen, azul de prusia, verde vegetal y rojo sangre, cuando la película no traía su afiche, uno de esos afiches de colores pastel, desvaídos como si desde entonces empezaran a apagarse en la memoria. Y aprendí también a confeccionar los slides de propaganda comercial que se pasaban en una linterna de doble bastidor, dibujando en láminas de vidrio con tinta china los letreros, y mecanografiando los textos en papel celofán.
Por unos parlantes, instalados en lo alto del techo, se hacía la propaganda de la película del día, se anunciaban duelos, y se difundía música antes de cada función. Hubo veces en que al filo de la medianoche mi tío Ángel subía a la caseta acompañado de Sandi, el proyeccionista, los dos borrachos, y se les oí cantar tangos, aunque el Sandi, temeroso del escándalo, tenía que ser presionado para empezar sus interpretaciones.
—Cantá, o te corro— le ordenaba.
Terminaba por ceder, y aferrados al micrófono, lloriqueaban los dos las letras a capela desvelando a todo el mundo.
El aviso de que la función ya iba a comenzar se daba tocando un porro, El alacrán. Cuando el disco se rayó de tanto uso, fue sustituido por la marcha Zacatecas. También terminó por rayarse, y se pasó al simple expediente de poner la grabación del reverso. Doña Carmina, la esposa mexicana del Doctor Benicio Gutiérrez, se presentó delante de mi tío a protestar, muy airada. Lo que se estaba utilizando para llamar a la función de cine, era el Himno Nacional de México.
Recién comprado el cine decidió anunciar las funciones de manera ambulante, y a falta de un vehículo adecuado no vaciló en alquilar un bus entero, al que montaba un motor de gasolina para alimentar los altoparlantes de cajón amarrados al techo. El ruido del motor competía con la potencia de los altoparlantes, y aquel bus vacío iba alzando polvo por las calles del pueblo, llevándolo a él como único pasajero, micrófono en mano, y a veces a mí. Una de esas veces subí en pijama, porque convalecía de sarampión.
Luego compró un jeep verde de capota metálica, al que llamaban en el pueblo El chocoyo, en el que ahora hacía la propaganda, con dos modernos altoparlantes de bocina instalados en la capota. Se detenía a platicar desde el volante, con algún amigo o alguna muchacha, con lo que podían escucharse por las bocinas retazos de la conversación, y las risas cómplices.
Tenía doce años cuando mi tío Ángel se presentó a mi casa a proponer a mis padres que me dejaran asumir el puesto de proyeccionista, porque había terminado por despedir a Sandi, tras un pleito amargo entre los dos. Mi padre se negó. Ya me veía abandonando los estudios de secundaria que apenas empezaba. Pero al fin los argumentos de mi tío Ángel lo persuadieron: podía estudiar, y trabajar, así me haría responsable desde niño; además, iba a ser como una distracción, si de todos modos yo vivía metido en la caseta. Y la extraña condición de mi padre, al aceptar, fue que no recibir ningún sueldo.
Esa misma noche me instalé en la caseta, dueño del reino que estaba para mí. Y luego, cuando mi tío Ángel se ausentaba en paseos a los balnearios, en su jeep que cargaba de provisiones, acompañado de alguna damisela, como solía llamar mi madre a aquella clase de compañías de su hermano, me dejaba a cargo de la administración del cine, con lo que pasé a llamarme yo mismo, con toda pompa, gerente general; y como mi padre se seguía oponiendo a que me pagara ningún sueldo, al regreso de sus giras, cada vez más prolongadas, me recompensaba con regalos. El me obsequió el primer reloj que tuve, un Novelti Sello de Oro, el más popular de Nicaragua porque el distribuidor, e inventor de la marca, don Julio Vigil Pevedilla, que los daba a hacer en Suiza por encargo, solía aparecer en fotos de propaganda en los periódicos entregando relojes de regalo al mejor maestro, al mejor policía, al mejor beisbolero.
En aquella caseta de tablas, con sus ventanillas que se cerraban con postigos movibles clavados a un fiel para que el haz de luz de un aparato no estorbara al que lo reponía, yo tuve mi escuela de cine, y de escritor, porque la forma de narrar se emparentó desde entonces en mí con los encadenamientos, las disolvencias, los fundidos, los planos, los retrocesos en el tiempo, los diálogos. El postgrado lo hice en el Cine Arsenal, en Berlín, veinte años después, viendo por meses dos películas diarias. Cuando repaso en la televisión los canales de películas del cable, me encuentro de pronto con escenas y rostros de viejas películas y puedo identificarlos al instante. Vi esos rostros y escenas innumerables veces, vigilando desde la ventanilla de la caseta la corrección de la proyección, listo a cambiar de aparato al final del rollo sin sobresaltos de la imagen. Y nunca han dejado de seducirme aquellas artimañas usadas para indicar el retroceso en el tiempo, con una lluvia de hojas de otoño, por ejemplo, o el vuelo apresurado de las páginas del calendario; o los titulares de los periódicos que saltan al primer plano, alternando con la imagen de un tren en marcha para ilustrar una gira artística triunfal.
Mi tío Ángel escogía las películas en las agencias distribuidoras de Managua, y las anotaba en una agenda de tapas negras, según las fechas de presentación. En el rango más amplio estaban las mexicanas, y hago mi cuenta con los ojos cerrados. Dramas de charros, El Peñón de las Ánimas, con Jorge Negrete y María Félix, más el eterno malo de la pantalla, Carlos López Moctezuma; y comedias de charros, Allá en el rancho grande, con Tito Guízar y Esther Fernández, con ferias, palenques de gallos, montados, mariachis, y corridos y guapangos en las voces de Jorge Negrete, Pedro Infante, Luis Aguilar, que fueron puntales de la influencia de la cultura vernácula mexicana que se extendió por Centroamérica.
Películas de sórdidos patios de vecindad, Nosotros los pobres, con Pedro Infante y Blanca Estela Pavón, seguida por Ustedes los ricos, con la misma pareja, Retorno al quinto patio, con Emilio Tuero y Chula Prieto, El bruto, con Pedro Armendáriz y Katy Jurado, puestos bajo el ojo de Luis Buñuel. De cabareteras, hampones y niños expósitos, dramones que a veces se elevaban en manos de directores como el Indio Fernández, Víctima del Pecado, con Ninón Sevilla y Tito Junco, Humo en los ojos, de Tito Gout, con David Silva y María Luisa Zea; y otras, también de cabaret, pero que sólo eran un pretexto para las revistas musicales, en tiempos sin videoclips, y en las que desfilaban Agustín Lara, Pedro Vargas, Toña la Negra, el trío Los Panchos, la orquesta de Pérez Prado, el maestro Chucho Zarzosa en el piano, y los bailes candentes de Ninón Sevilla, Tongolele, Rosa Carmina y María Antonieta Pons, en suntuosos escenarios tropicales. Y las de Cantinflas, por supuesto, A volar joven, acompañado de Ángel Garaza, Malasuerte, Allí está el detalle, al lado de Joaquín Pardavé, y otros cómicos como Tin Tán y su carnal Marcelo.
Nunca faltaba público a las películas de Hollywood a pesar de que se presentaban con subtítulos, difíciles de seguir al tiempo que las imágenes, y cuando buena parte del público que sentaba al descampado en la luneta era analfabeto. Esas películas tenían tiempos de andar por los circuitos de pueblo, y las copias llegaban a mis manos deterioradas. Otra cuenta infinita con los ojos cerrados. Las campanas de Santa María, con Bing Crosby e Ingrid Bergman. Mujercitas, con June Allyson y Elizabeth Taylor. La canción de Bernardette, con Jennifer Jones. Qué verde era mi valle, con Walter Pidgeon y Maureen O´Hara, de John Ford. La llamada fatal, de Alfred Hitchcock. Marte invade la tierra, con sus terroríficas criaturas extraterrestres de color verde, que hoy serían motivo de risa, y por supuesto las de vaqueros, que eran las más populares, Tim Holt, John Wayne, Glenn Ford… Y trozos de la memoria, Judy Garland cantando en uno de aquellos musicales de vistosas utilerías y colores falsos, una tonada que terminaba muy alto, en la palabra Idaho.
Pero también por mis manos pasaron las latas de Arroz amargo, Milagro en Milán, Roma ciudad abierta, Las fresas salvajes, Rashomon, La balada del soldado, Cuando pasan las grullas, El cuarenta y uno que mi tío Ángel seleccionaba por gusto propio, así como compraba discos de Debussy y Berlioz en formato de 45 revoluciones, para la música que se ponía en los parlantes antes de las funciones, al lado de mambos, porros y guarachas. Esas películas no iban seguramente a ningún otro pueblo como Masatepe, porque ningún otro dueño de cine se preocuparía en seleccionarlas.
Lo que usted debe saber era una película de instrucción sexual que tocaba el aborto, las enfermedades venéreas, la prostitución y las infidelidades conyugales. Mi tío Ángel inventó que debía verse por separado, una tanda sólo para mujeres, otra sólo para hombres. La sensación fue inmensa, y el cine se llenó en los dos turnos. Los comentarios en corrillos en voz baja, a la salida, entretenían al público segregado. A mí me sacó de la caseta, y él mismo proyectó la película en las dos tandas, pero yo busqué a trasluz, antes de despachar al día siguiente los rollos, las escenas prohibidas que nunca encontré; sólo mujeres en traje sastre y una pluma en el sombrero frente a un médico de gabán en su consultorio, señalando el aparato genitourinario con un puntero.
A comienzos de los años cincuenta se abrió en Managua el Teatro Salazar, el primer cine dotado de aire acondicionado, donde se vendían como gran novedad hot-dogs y pop-corns. Se estrenó con la película El Halcón y La Flecha, protagonizada por Burt Lancaster y Virginia Mayo, y él la llevó de inmediato a Masatepe; y al anunciarla por las calles en su jeep, agregaba, con solemnidad, que por convenio especial, todas las películas del Salazar serían presentadas enseguida en el Cine Club, no sé si un embuste suyo. El Teatro Salazar era propiedad de don Leo Salazar, que había visto caer el avión de mi tío Teófilo.
Su ambición era convertir el Cine Club en una sala de primera clase para dos mil espectadores, suficiente para acomodar a todo los habitantes del pueblo, sin faltar los niños de pecho, y así cayó en manos de un usurero, hermano suyo en la fe protestante. Empezó a levantar a los lados del patio los muros de piedra cantera que sostendrían el techo, y a medida que los muros subían de altura, subía la deuda que las propiedades de mi abuela Luisa garantizaban.
Cuando llegó a Nicaragua el cinemascope, que sólo tenían los tres cines de lujo en Managua, el Salazar, el Margot y el González, no demoró en instalarlo. Dirigió él mismo la construcción de la armazón de acero de la inmensa pantalla panorámica al aire libre, que luego vino a cubrir un fino lienzo de nylon; adquirió los parlantes que producían el sonido estereofónico, y los lentes anamórficos que expandían al ancho de la pantalla las imágenes de los cuadros de la cinta, alargadas como figuras de El Greco. Sólo el juego de lentes costaba cinco mil dólares de entonces.
El cinemascope sí era la torre Eiffel transplantada al parque de Masatepe, en lugar del humilde kiosco de cemento levantado por mi padre, como quería mi tío Gustavo. Ahora los caballos de las carreras imperiales de Ben-Hur retumbaban dentro de todas las casas en sonido estereofónico, como si fueran a derribarlas entre sus cascos.
Puso después una heladería en el cuerpo de la casa, que servía de sala de espera al cine, capaz de abastecer cinco veces a todo Masatepe, igual que la fábrica de embutidos de mi tío Gustavo, y luego, en el traspatio del mismo cine, instaló la maquinaria para una mueblería, igualmente desproporcionada. La exageración, como una enfermedad maligna, lo minaba.
Un día, mientras recorríamos las calles del pueblo en su jeep, anunciando la película de esa noche, se me ocurrió proponerle que instalara una radio, que los estudios podrían acondicionarse en el cine. No estaba proponiéndole nada que él no hubiera ya imaginado.
-La antena la vamos a levantar en El Recreo ¾me dijo de inmediato, como si se tratara de una plática vieja.
Para ese tiempo se pasaba al comienzo de cada función El Noticiero Nacional que dirigía un mercenario argentino al servicio del viejo Somoza, Leo Aníbal Rubens, (Leo Caníbal, le decía la gente). En el noticiero sólo se reseñaban los actos y fiestas a los que asistía Somoza y su corte; y en uno de ellos apareció una vez el diputado Remigio Sánchez, marido de mi prima María Josefa Ramírez y hermano de Paco, el burlador de mi tía Ángela.
Remigio creía ciegamente en todas sus fantasías, la primera de ellas que era consejero íntimo de Somoza, que al filo de la medianoche suspendía las reuniones políticas en la Casa Presidencial, despedía a todos y lo retenía a él. Se iban a la cocina, a buscar algo de comer en la refrigeradora y entonces, entre los dos, resolvían los más delicados asuntos de estado, ya lejos de la molestia de los ministros, que según Somoza no servían para nada. Así lo contaba en los velorios y ocasiones semejantes.
En uno de los agasajos filmados en el palacio presidencial, y que traía el último noticiero, aparecía Remigio. La cámara lo había enfocado en un grupo que rodeaba a Somoza. Cuando el noticiero llegó a Masatepe, se aseguró del día en que iba a ser proyectado, y compró docenas de boletos que regaló a sus amigos para que lo acompañaran a verse en pantalla.
Esa tarde, mi tío Angel pasó buscándome por el instituto a la salida de clase para que lo acompañara al cine. Subimos a la caseta y me pidió que revisara el rollo a contraluz, hasta encontrar los cuadros en que aparecía Remigio. Marcó el pedazo de película, lo cortó, y volvió a pegar el rollo con acetato.
A la hora de la función, Remigio estaba instalado en la primera fila de palco con todos sus invitados en un ambiente de fiesta. Empecé a proyectar el noticiero, mi tío Angel al lado mío en la caseta, aguantando la risa. Terminó el rollo, y encendí las luces antes de comenzar con la película, como se hacía siempre. Abajo había un silencio mortal. No tardó Remigio en subir a la caseta, y amenazó con denunciar la conspiración ante la casa distribuidora. Para eso mi tío Ángel estaba ya preparado. Volvió a pegar el tramo de película, y el rollo fue devuelto completo. Cuando, efectivamente, Remigio se presentó a reclamar en Managua, le hicieron una proyección especial de la copia que había llegado de vuelta de Masatepe, y allí pudo verse otra vez, feliz y sonriente, tal como aparecía al lado de Somoza.
Perdió el cine, todavía sin techo, que quedó en manos del usurero protestante junto con otras propiedades de mi abuela Luisa. Malvendió los lentes anamórficos, la fábrica de helados, la carpintería. Ya nunca instalamos la radio. Tarde sentó cabeza, y se casó por fin, vestido formalmente de novio. La desposada era una morena muy guapa, Lolita, hermana protestante también, que vivía en casa de mi tía Rosita y había tenido por pretendiente a Bert Bradford, un beisbolero costeño que llegaba a visitarla los domingos, después de los juegos en el estadio.