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Se volvió lo que nunca había sido, un feligrés disciplinado de la Iglesia Bautista. Su hijo mayor, Teófilo, empezó a ser víctima de trastornos epilépticos, y al regreso de una de mis vacaciones los llevé a ambos a Costa Rica para que un especialista pudiera ver al muchacho. Sobraron entonces las oportunidades para hablar, pero ya no quedaba mucho que decirnos. Varias veces intentó empezar un discurso de agradecimiento, como si me debiera formalidades, resumiendo nuestras afinidades de los viejos tiempos, pero sólo conseguía cohibirme, y se cohibía él. Yo sentía que nos encontrábamos en un campo desolado. Ya no se reía con su risa fácil de antes. Y entremetía, además, el tema religioso, con esa persistencia a muerte de los conversos.
Se trasladó luego a vivir a Managua, y retomó su profesión de contador. Para el triunfo de la revolución trabajaba en una de las empresas agropecuarias de la familia Somoza, que fue confiscada, y allí siguió. Un domingo que yo visitaba a mis padres en Masatepe, mi madre me dijo que mi tío Ángel estaba en el pueblo y necesitaba hablarme. Llegó. La diabetes había minado su vista, y se esforzaba en mirar tras los lentes gruesos. Me quería pedir un favor. Que llamara por teléfono desde la Casa de Gobierno al nuevo gerente de la empresa, Luis Rivas Leal. Le dije que si tenía algún problema, y me contestó que no. Simplemente que llamara al gerente con algún pretexto y entonces mencionara a Ángel Mercado, que trabaja allí; sólo quería que el gerente supiera que el sobrino preguntaba por su tío Ángel.
Después, lo perdí de vista y fueron los recuerdos dichosos de aquellos años de aventura que vivimos juntos, los que me detuvieron las veces que pensé ir a visitarlo a su cama de enfermo en el barrio Ducualí en Managua, largo tiempo postrado, y minado ahora por el mal de Parkinson. Me llenaba de angustia la sola idea de verlo. La enfermedad había descompuesto su carácter, y se había vuelto lo que nunca se imaginó ser, un anciano iracundo.
Murió a los setenta años, el 2O de julio de 1991, cuando celebrábamos el Primer Congreso del Frente Sandinista. Mi hermano Rogelio y yo nos salimos de la sesión a la medianoche para asistir a la vela. Había muy poca gente a esa hora en la casa, y otra vez me negué a verlo. Sabía que detrás del vidrio de la ventanilla del ataúd iba a encontrar a un desconocido.
Prefería al otro. Al hombre alegre y desgarbado, desprendido de todo, que hacía sonar el claxon de su jeep en la puerta de mi casa para llamarme a una nueva aventura, o mostrarme alguna novedad. Las ristras de anteojos de mica, rojo y verde, necesarios para presenciar la película en tercera dimensión que íbamos a estrenar esa noche. Las violetas compradas en los jardines recién llovidos para repartirlas en manojitos a la puerta del cine, con sonrisa galante, a cada muchacha que había pagado su boleto para ver a Luis Mariano y Carmen Sevilla en Violetas Imperiales.