OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Agosto 2009. Antilde;o tres. Número nueve

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Datos de la revista, agosto 2009, año 3, número 09
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Vivir como los santos

 

Adiós Muchachos (1999)

Página 1

Ernesto Castillo, a quien todos hemos llamado siempre Tito, iba unos años adelante que yo en la Facultad de Derecho en León, y cuando se graduó, su posición familiar, que le daba entronques en el mundo financiero y de los negocios inmobiliarios, en auge en Managua, le auguraba una clientela envidiable.

Tito venía de las familias oligárquicas de Granada, nieto del afamado médico Juan José Martínez que se había graduado en La Sorbona a los veinte años, el primero en traer un microscopio a Nicaragua, y bisnieto de un judío alemán llamado Jacobo Teufel, también bisabuelo de Ernesto Cardenal. En 1857, viendo que iban a fusilarlo tras ser capturado en combate, porque pertenecía a la falange de filibusteros de William Walker, este Jacobo Teufel no sólo pidió clemencia al Capitán General Tomás Martínez, sino que también lo solicitó como padrino de bautismo, porque quería convertirse a la fe católica, gracias que le fueron concedidas; y por gratitud a su benefactor, adoptó el apellido Martínez.

Tito era socio de la firma de abogados más importante de Managua, Castillo, Carrión, Cruz, Hueck & Manzanares, cuando a final de los sesenta la abandonó, consecuente con su conversión a un cristianismo de compromiso con los pobres, y a partir de entonces trabajó en los bufetes populares de la Universidad Centroamericana de los jesuitas, él y su numerosa familia comprometidos a una vida austera de la que nunca se han apartado. Fue Procurador General de Justicia al triunfo de la revolución, y le tocó expropiar todas las riquezas de la familia Somoza, y de sus allegados, y quitar de muchas otras manos bienes de origen indebido, con decisión imperturbable de la que no se escaparon ni miembros de su propia familia. Por lo bajo, había quienes lo llamaban no Tito Castillo, sino Quito Castillo.

La Cuta Castillo, su mujer, que verdaderamente se llama Rosa, debe haber tenido catorce años para el tiempo que se casó con él, porque la recuerdo casi como una niña de calcetines cuando llegó a acompañarlo en papel de esposa a su graduación en León. Los dos se copian en discreción, y en los silencios, pero más retraído Tito, casi hasta la mudez absoluta que ha heredado por igual a todos sus hijos.

Abrieron a finales de los sesenta en Managua la librería Club de Lectores, creo que con verdadero ánimo subversivo, pero hostilizados por las autoridades de aduana que le retenían los embarques de libros,  terminaron cerrándola, y al fin se exiliaron en San José, donde abrieron otra. Allí vivían cuando Tito se incorporó al Grupo de los Doce, y en su casa de San Rafael de Escazú, una vieja casa de madera que tenía corredores de barandales adornados con macetas de geranios, salas sombrías con pisos de linóleo y aposentos húmedos, no sólo se almacenaban armas, sino que en los predios arbolados se hacían prácticas militares durante las noches, y en una bodega anexa se instalaron, ya para los meses finales de la lucha, los estudios de Radio Sandino, que transmitía en onda corta a Nicaragua.

Su hijo mayor se llamaba Ernesto, como el padre, y lo recuerdo sentado en un sofá en la casa de San Rafael de Escazú, siempre llena de exiliados bulliciosos, y de combatientes en ciernes, aterrado de timidez. Recibió entrenamiento en Cuba, y a mediados de 1978 partió por rutas clandestinas a incorporarse a la filas sandinistas en León, casi al mismo tiempo que los miembros del Grupo de los Doce regresamos a Managua. Tito, su padre, recibió de él en aquellos días no recuerdo si uno, o varios mensajes en casete, como se acostumbraba entonces, tiempos muy confusos y de carreras en que debíamos cambiar a menudo de un escondite a otro, y en que era más fácil grabar; y recuerdo a Tito, de lejos, sentado en la cama del dormitorio prestado, grabando una repuesta para el hijo, en otro casete que a lo mejor ya no llegó a sus manos porque en la ofensiva de septiembre de 1978 lo mataron de un balazo en la cabeza. Se puso a descubierto durante un combate callejero, entusiasmado porque el disparo de su lanzacohete había alcanzado una tanqueta, y un francotirador lo cazó desde un techo.

Tengo a la vista una carta de Tulita, mi mujer, que me envió a Managua en esos días, dedicada por entero a la Cuta Castillo; “una lágrima dice ella no puede haber en esta casa, ahorita no caben las lágrimas, ella dice que llorará a su hijo el día que Nicaragua sea libre”. Y el mejor escudo de la Cuta era la última grabación que le había enviado el hijo el 3O de agosto, día de Santa Rosa y de su cumpleaños, una voz tranquila y llena de alegría, como desde el internado de un colegio, feliz de estar entregado a una causa justa, y decidido a dar la vida por esa causa justa, pero consciente de su destino: “No tengo miedo, sé que voy a rozarme con la muerte, y no tengo miedo. Ustedes, y todo un pueblo me acompañan…”

Ernesto, el hijo, que también era poeta, me evoca en sus poemas de las catacumbas el tono elegíaco que pone Ronsard en su soneto a Helena, sólo que, rozándose con la muerte, ya no puede pedirle a la novia que corten juntos las rosas de la vida. Antes le había dicho en un epigrama:

                                Porque vivo
                                             cuando te veo
                                   Por favor
                                             No me dejes morir

Ahora sólo puede advertirle ya:

                                El tiempo hará polvo mis huesos,
                                   Todos me olvidarán, pero tú
                                   A veces sentirás deseos de llorar;
                                   Un velo de tristeza caerá sobre ti
                                   Y mi recuerdo asomará a tus ojos.

Ernesto, caído a los veintiún años, había vivido como los santos, según la regla de Leonel Rugama. Quedó enterrado en una fosa común del patio trasero del Hospital San Vicente de León, con otros combatientes anónimos, y cuando después del triunfo se planteó trasladar sus huesos al panteón familiar en Granada, la Cuta Castillo se negó. Mejor se quedaba junto a sus compañeros.

Leonel Rugama, el de la regla de vivir como los santos, fue un poeta místico, y un poeta guerrillero, el poeta de las catacumbas. Había nacido en una comarca de Estelí, hijo de un jornalero y de una maestra rural; entró al Seminario Nacional a los once años decidido a hacerse sacerdote, lo abandonó poco antes de recibir la tonsura, y llegó a León a matricularse en la universidad en 1969, ya con un pie en las catacumbas. Además de ajedrecista dedicado, y serio profesor de matemáticas, era un lector empedernido de todo lo que caía en sus manos, desde Los caminos de la libertad de Sartre, Sísifo de Camus, Gog de Papini, El hombre que ríe de Victor Hugo, El ocaso de la edad moderna de Romano Guardini, a Filatelia para todos, El arte de vender puerta en puerta, El ajedrez en diez lecciones, y Cómo construir un cuerpo atlético. En uno de sus cuadernos hay una lista de ciento ochenta libros que apunta como leídos ya en 1967, para el tiempo en que abandonó el Seminario, y leía siempre, mientras se vestía, en una mano el libro frente a los ojos y con la otra abotonándose la sotana, mientras se dirigía en formación a la capilla, cuando iba al aula, al comedor, en el excusado.

Tenía, además, una memoria descompuesta que le permitía recordar los números de las placas de todos los vehículos que pasaban, y la manía de los juegos de palabras que vivía continuamente inventando, como aquellas de corruptor de pruebas, y lentes de contacto sexual. Mi hermano Rogelio, muerto en 1992, con quien Leonel se entregaba a competencias viciosas de esos juegos de palabras, y compartía en veladas de amanecer bebiendo ron su sentido del humor, y sus constantes ironías, me entregó una tarde en que yo visitaba la Universidad, ya viviendo yo en Costa Rica, un legajo de sus poemas, que entonces me parecieron desaliñados, como si aún se tratara de borradores que faltaba trabajar, y no les di gran importancia. Sólo me parecieron bellos hasta que lo habían matado, y entonces entendí que el sentido que la vida adquiere después de la muerte, agrega mucho al esplendor de las palabras.

Aquel seminarista pobretón, de lentes que parecían demasiado grandes en su rostro moreno, vestido siempre con la misma camisa de tejido sintético cuando de vacaciones en Estelí dejaba la sotana y se dedicaba a largas tertulias en las bancas del parque central, o a enseñar matemáticas a los estudiantes aplazados, frente a un pizarrón en el corredor de su casa, no tenía la estampa del guerrillero heroico de los cromos. Pero en enero de 1970, a los veinte años, murió peleando al lado de otros dos muchachos de edades parecidas contra centenares de soldados de la Guardia Nacional que asaltaron la casa de seguridad del FSLN en el barrio El Edén, vecina al cementerio oriental de Managua, donde se refugiaban, una humilde casa de una planta pintada de color celeste que había sido una vez pensión, todavía en la pared el rótulo desleído “Hospedaje Marriott”, como si la mano de Leonel se hubiera mostrado otra vez irónica.

Al empezar el tiroteo a las doce del día la casa fue cercada por el primer contingente de agentes de seguridad, y luego empezaron a llegar los soldados al trote, en columnas de cuatro en fondo, las tanquetas Sherman delante de las columnas, se estacionaban los camiones en las bocacalles con rechinar de llantas y bajaban más soldados, y arriba las avionetas artilladas haciendo giros para caer en picada ametrallando el techo hasta hacer volar por los aires las láminas de zinc, apareció luego un helicóptero, los cañones de las tanquetas abrían boquetes en las paredes con retumbos que se oían desde lejos, mientras los disparos que venían de las ventanas de la casa sitiada eran pobres, espaciados; y tras horas de ataque sostenido hubo un breve silencio, los llamaron desde un megáfono a rendirse, y la voz de Leonel respondió con un grito que se volvería legendario ¡Que se rinda tu madre! Entonces resonaron otra vez los fusiles, más disparos de las ametralladoras de trípode sembradas en el pavimento que tronaban con cadencia furiosa, más cañonazos, hasta que ya cerca de las cuatro de la tarde no hubo más respuesta, y cuando sacaron los cadáveres de la casa en escombros envuelta en humo, la gente que había vigilado el ataque desde lejos, asomada a las puertas de las pulperías, las cantinas y los billares, fue acercándose, perpleja, y vio que subían los cadáveres de aquellos tres muchachos, como fardos, a la plataforma de un camión.

Seis meses atrás, el 15 de julio de 1969, en el barrio Las Delicias del Volga, al otro lado de Managua, la Guardia Nacional había asaltado otra casa de seguridad donde se refugiaba  el jefe de la naciente resistencia urbana del FSLN, Julio Buitrago, otro muchacho, y también entonces hubo un despliegue de centenares de soldados, y disparos de tanquetas, y avionetas artilladas, y la gente había podido ver el ataque desde sus casas, porque Somoza ordenó filmarlo, y su canal de televisión lo pasó en las horas estelares. Fue una torpeza que se cuidó de no repetir, y ahora, cuando las radios habían empezado a transmitir en vivo este otro combate tan desigual, mandó a silenciarlas.

Leonel habría de acercarse días más tarde a los escombros de la casa donde había muerto peleando Julio Buitrago, y en su poema Las casas quedaron llenas de humo describe los huecos de los disparos de las tanquetas Sherman en las paredes, la huella de los balazos de las ametralladoras Mazden, y Browning, y de los fusiles Garand, y el humo y el silencio cuando todo había terminado, como si estuviera viendo la película de su propia muerte.

“La muerte no es nada menos que la vida” había escrito a su madre en una carta de sus últimos meses. Y es en otro de sus poemas coloquiales donde declara que en la lucha clandestina era necesario vivir como los santos, una vida como la de los primeros cristianos. Esa vida de las catacumbas era un ejercicio permanente de purificación; significaba una renuncia total no sólo de la familia, de los estudios, de los noviazgos, sino a todos los bienes materiales y a la ambición misma de tenerlos, por muy pocos que fueran. Vivir en pobreza, en humildad, compartiéndolo todo, y vivir, sobre todo, en riesgo, vivir con la muerte.

Sobrevivir hasta el final de la lucha era una recompensa no merecida, y la muerte sólo una manera de dar el ejemplo para quienes alguna vez cosecharían el triunfo en una fecha del futuro muy improbable, el triunfo que no podría conseguirse sin la constancia de los ejemplos repetidos, una cadena de conductas puras, y de sacrificios, que no tenía un fin visible. La muerte como un procedimiento, un trámite, una tarea a cumplir, como también el mismo Leonel explicaba.

Sandino le había dicho en 1933 al periodista vasco Ramón de Belausteguigoitia, ya muy cerca de su propio fin, que la vida no es un momento pasajero, sino la eternidad a través de las múltiples facetas de lo transitorio; y que había enseñado a sus hombres que también es sólo un ligero dolor, un tránsito. Y Leonel escribe en su cuaderno de notas una cita de Saint-Exupéry: “ya no hay muerte cuando uno la encuentra”; y copia también a Ortega y Gasset: “la vida es el hecho cósmico del altruismo y existe sólo como perpetua emigración del yo hacia el otro”.

La entrada a las catacumbas nacía de una escogencia voluntaria respecto a la vida, y a la muerte. Era una mística sin fisuras. Se entraba bajo el juramento de Patria libre o morir con un sentido de tránsito, de provisionalidad respecto a la propia vida, y para eso se requería una convicción casi religiosa. El sacrificio hacía posible abrir las puertas del paraíso, pero un paraíso para otros, en la tierra. No se llegaría a divisar, ni de lejos, la tierra prometida. Pero había que vivir como los santos.

En su poema Como los santos, Leonel llama a todos los peones, campistos, arrieros, jornaleros, carretoneros, zapateros, barberos, vivanderas, cocineras, verduleras, cocheros, matarifes, ciegos, mudos, tísicos, tullidos, maromeros, mandaderos, mendigos, desocupados, rateros, vagos, lustradores, presidiarios, putas, borrachines, a que escuchen su plática:

                                en las catacumbas
                                   ya en la tarde cuando hay poco trabajo
                                   pinto en las paredes
                                    en las paredes de las catacumbas
                                   las imágenes de los santos
                                   de los santos que han muerto matando el hambre
                                   y en la mañana imito a los santos
                                   ahora quiero hablarles de los santos.

Entre esos santos está Sandino, y está el Ché. Es un nuevo santoral. Sandino fue uno de los forjadores de esa tradición del sacrificio, y su mejor puntal de referencia; a la hora de organizar la resistencia contra la ocupación extranjera en 1927, en defensa de la soberanía, puso estos valores de renuncia, y entrega, por encima de todo, y aún más por encima de todo, la convicción de que la muerte era un premio, y no un castigo, el todo o el nada, como se expresa en su frase definitiva, yo quiero patria libre o morir, y como queda expresado siempre a lo largo de todos sus escritos, bajo la convicción de que no sobreviviría: y si morimos, no importa, nuestra causa seguirá viviendo, otros nos seguirán. Después de su muerte en Bolivia en 1967, la efigie del Ché quedaría en las paredes de las catacumbas al lado de la efigie de Sandino. Y en adelante, al ingresar a las filas clandestinas del FSLN, se juraría el compromiso a muerte por la causa de los oprimidos en nombre de los dos.

Ese compromiso definitivo, se asumía primero en el propio corazón del iniciado. “Hay que ejercer fuerza desde adentro hacia afuera para romper el recipiente que lo contiene a uno y poder liberarse. Esa es la revolución primaria”, diría Leonel en un escrito de esos tiempos, “El estudiante y la revolución”. Y  el único futuro, el futuro aceptado junto con el compromiso, sólo podían verlo los iniciados en las páginas de Novedades, cuando publicaba las fotos de los compañeros acribillados, tendidos en charcos de sangre en el lugar donde habían caído, o en las gavetas de la morgue. Un compromiso tan natural, que me recuerda la historia de los dos muchachos que ya viviendo clandestinos, caminaban a lo largo de la carrilera, comiendo naranjas.

¾Si la guardia apareciera ahora, y nos matara ¾dijo uno¾ cuando nos hagan la autopsia dirán: “estos iban comiendo naranjas”.

Tampoco se buscaba la posteridad como una recompensa. Leonel sobrevivió, hoy que los parámetros éticos de la revolución no existen más, porque era un poeta, y su vida, y su entrega, se recuerdan ligadas a su poesía. Los dos muchachos de su edad que murieron peleando con él al extremo del heroísmo, Mauricio Hernández Baldizón y Róger Nuñez Dávila, han sido olvidados, y ya habían empezado a ser olvidados desde antes, sumados en el olvido a la inmensa lista de héroes, mártires y caídos con que se abonó la lucha a lo largo de dos décadas, y a la lista de los miles de caídos en la guerra de agresión que sobrevino después de la toma del poder, reclutas del servicio militar, milicianos, brigadistas, reservistas, campesinos de las cooperativas.

Y los nombres de todos esos muchachos de distintas épocas y etapas de la lucha, han ido siendo borrados del lugar que tenían en los frontispicios de las escuelas, de los edificios públicos, hospitales, clínicas, mercados, y quitados de los barrios, parques y calles, porque los olvidos del tiempo y las flaquezas de la memoria, y el desamparo ético, han dejado libre hoy día a la mano oficial, y vengativa, que queriendo restaurar los valores del pasado se ensaña en los muertos que quisieron cambiar ese mismo pasado.

Y mientras escribo estos recuerdos me pregunto: ¿Quién fue Armando Joya, cuyo nombre llevó hasta hace poco la Biblioteca del Banco Central? ¿Quién César Augusto Silva, que así se llamó un día el antiguo Country Club, convertido después en el centro ceremonial del gobierno revolucionario, y ahora en ruinas? ¿Y Lenín Fonseca, como se bautizó un hospital de Managua? ¿Y Cristian Pérez? La Colonia Cristian Pérez se llamaba antes Colonia Salvadorita, por la esposa del viejo Somoza, y a lo mejor ha vuelto ya a su antiguo nombre. Cristian fue asesinado en mayo de 1979 en un asalto feroz de la Guardia Nacional a la casa del empresario Alfonso González Pasos, en Jiloá, al que mataron también junto con quienes encontraron allí, su hijo, un sobrino, y la empleada doméstica y su hijo, porque para entonces Somoza quería sembrar el terror entre todos los que daban refugio a los guerrilleros.

Andando por los barrios de Managua, en León, en Matagalpa, en Estelí, todavía se ven en alguna esquina túmulos con una placa que recuerda uno de esos nombres de los combatientes de la insurrección, o en un parque una humilde estatua de cemento, un busto tosco, una foto que se apaga tras un vidrio entre guirnaldas secas en la lápida de un cementerio. De haber sobrevivido se acercarían ahora a la edad de los cuarenta años; y aquellos que empezaron la lucha, y murieron disparando solos en las casas de seguridad, tendrían cincuenta, o más de cincuenta. Una historia vieja.

Y a otros, los mató el triunfo de la revolución, héroes que sobrevivieron a la vida de las catacumbas, genios militares improvisados en las trincheras de la insurrección. No tuvieron oficio útil en el poder que ayudaron a conquistar, y la mayoría se vieron relegados, otros fueron nombrados en puestos decorativos, y no pocos cayeron en el alcoholismo, como el Comandante Francisco Rivera, El Zorro, que a la cabeza de sus columnas guerrilleras, cada vez más numerosas, se tomó tres veces la ciudad de Estelí, hasta su liberación definitiva.

Durante la etapa final de la lucha contra la dictadura, se vivía en familiaridad con los muertos, había que abrirles a fuerza un espacio en la vida cotidiana. Cada vez que me enteraba de la caída de algún compañero, muerto en combate, asesinado en la cárcel, me invadía una sensación de angustia temerosa, desmoralizado en lugar de sentirme impulsado a seguir adelante por el ejemplo del que caía, como si fuera yo quien le quitaba a otro el derecho de vivir. Había un olor a formol en el aire. La muerte tenía no solo de mito, sino de rito, de compañía, de advertencia, una atmósfera irreal a la que podía entrarse en cualquier momento, un sueño interrumpido por un timbrazo, un sollozo al otro lado de la línea del teléfono, como la madrugada de noviembre de 1976 cuando me despertó la llamada de Gioconda Belli, para entonces ya exiliada en San José, diciéndome, sin poder contener las lágrimas, que habían matado a Eduardo Contreras, cuyo rostro ensangrentado yo estaba viendo precisamente en mi sueño.

El culto a los muertos no fue una orden que nadie dio nunca desde la jerarquía revolucionaria, sino la consecuencia de una convicción íntima alimentada en el ejemplo, con raíces en la tradición católica y a la vez indígena, que los rigores de la lucha clandestina llegaron a exaltar. Cristo que llama al sacrificio, a comer su cuerpo, y Mixtanteot, el dios nahualt de los muertos que reclama sacrificios vivos. Nunca dejaba la muerte de ser el camino de la purificación absoluta, la expiación de toda mancha, sobre todo porque representaba el sacrificio deliberado, querido, buscado, chivo expiatorio y cordero degollado, y es por eso mismo que la revolución la puso en la cumbre de sus fastos, la conmemoración de la muerte como festividad propiciatoria. Y los muertos, transfigurados por el sacrificio, pasaron a integrar el santoral, cada santo, cada mártir celebrado en la fecha de su muerte, de su caída. Y en los actos en la plaza, alguna vez empezó a aparecer una silla vacía, la de respaldo más alto en el sitial de honor, que era la silla de Carlos Fonseca, el jefe ausente de la revolución, pero siempre presente.

El que ningún mérito pudiera compararse entre los vivos con el mérito mismo de la muerte, fue toda una filosofía que al momento del triunfo de la revolución asumió un peso ético aplastante. Los únicos héroes eran los muertos, los caídos, a ellos se lo debíamos todo, ellos habían sido los mejores, y todo lo demás, referente a los vivos, debía ser reprimido como vanidad mundana. El grito de ¡presente, presente, presente! se refería a los muertos, al recuerdo de su entrega, pero era también un grito de compromiso, y de victoria. La tumba era el altar. Las madres enlutadas ocupaban la primera fila en cualquier acto público cargando en el regazo las fotos ampliadas de sus hijos sacrificados, las fotos de bachillerato, o las de sus carnets de trabajo, o recortadas de un grupo en una fiesta, en un paseo, todos jóvenes, muertos en la plenitud de la existencia para ser héroes que nunca más iban a envejecer.

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Sumario

Este Lunes

El revolucionario del siglo XXI

Jorge Eduardo Benavides

El cine cubano sale de viaje

Alfredo Antonio Fernández

El tango y Gardel en la obra de Gabriel García Márquez

Luciano Londoño

La imago

Manuel Gayol Mecías

La palabra del silencio. Notas sobre la escritura de los límites

Arturo González Dorado

«Mariconerías» de Estado: Mariela Castro, los homosexuales y la política cubana

Frances Negrón-Muntaner

Gastón Baquero: un recuerdo familiar

Remigio Ricardo Pavón

1967 y la infancia peligrosa

Patricia Suárez

Unos escriben

Sergio Ramírez

Otros miran

Daniel Mordzinski

OtroLunes conversa

con Antonio Álvarez Gil

“No escribo contra nada ni contra nadie”

con Jorge Majfud

“Calataid es el ejemplo descarnado del patriotismo…”

con Mariela Varona

“Soy una mujer que no acepta la realidad”

con Javier Sáez de Ibarra

“No sé si tengo un estilo, pero sí una intención”

con Ramón Cote Baraibar

“La memoria es como otro brazo, como otra pierna”

con Jon Lee Anderson

“No quiero, simplemente informar y/o entretener...”

con Ana María Shua y Teresa Andruetto

Escribir para comprender

Punto de mira

Cuba per se. Cartas de la diáspora

La isla y su cultura observada desde el exilio

Botón de muestra

Abilio Estévez, Carlos Victoria, Carlos Espinosa Domínguez, José Kozer, Eduardo Manet, Manuel Díaz Martínez, Nivaria Tejera, Pío Serrano, Uva De Aragón y Zoé Valdés

Cuarto de visita

Con la escritora hindú Sujata Bhatt

En la misma orilla

Hombre de negro

Carlos Manuel Torres Guerrero

El muchacho inglés

José Luis Muñoz

Brindis (Fragmento)

León Viera

Expreso Habana-Amstelven

Yoss

La marmita, de Poesía

La marmita. De poesía y poetas

Alberto García-Teresa

Poemas

Antonio Martínez I Ferrer

Poemas

Juana Vázquez Marín

Tres poemas inéditos

Dolan Mor

Kora, de Rogelio Guedea (reseña)

Ernesto García López

Noches de blanco papel, de Roger Wolfe (reseña)

Arturo Parrondo

De tu olor y mis miedos, de Mara Romero (reseña)

Alberto García-Teresa

Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

Guillermo Cabrera Infante. Un clásico de la literatura hispanoamericana

Rita Indiana Hernández y la alucinación de la modernidad

Roberto Fernández Retamar y su Caliban

Espido Freire y la rebeldía contra el silencio

Recycle

Cartas de Mijail Bulgakov a I. V Stalin

La generación extraviada

Ángel Santiesteban

De lunes a lunes

Premios de la XXII Semana Negra de Gijón, 2009

Premio Novelpol al prolífico escritor argentino Carlos Salem

La Academia Norteamericana de la Lengua España convoca al Premio 2010 de Novela

Biblioteca de OtroLunes

Librario

A cargo de Recaredo Veredas

Berlín es un cuento

Esther Andradi

El vendedor de pasados

José Eduardo Agualusa

Mirar el agua

Javier Sáez de Ibarra

Espejo de tres cuerpos

Odette Alonso Yodú

El canalla sentimental

Jaime Bayly

Heinz Luning and Nazi Espionage in Latin America: Hitler’s Man in Havana

Thomas D. Schoonover

Poeficcionario. Antología

Edgar Allan Poe

Elementos de Teoría Constitucional. Una propuesta para Cuba

Ricardo Manuel Rojas

Cristo del alma

Alfredo Pérez Alencar

Stradivarius Rex

Román Piña

El jardín de ajenjo

Francisco Balbuena

Ensayos

Natalia Ginzburg

Qué bueno baila usted

Faisel Iglesias

Ojos de agua

Domingo Villar

A cargo de Lorenzo Rodríguez

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