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La obligación de los vivos era ajustar su conducta a la de los muertos, recordar que estábamos en el poder porque ellos se habían sacrificado, porque habían asumido la muerte como una tarea. Había que recordarlo siempre, como lo escribió Ernesto Cardenal en un poema:
…Cuando te aplauden al subir a la tribuna,
pensá en los que murieron
Cuando te llegan a encontrar al aeropuerto en la gran ciudad,
pensá en los que murieron.
Cuando te toca a vos el micrófono, te enfoca la televisión,
pensá en los que murieron…
Miralos sin camisa, arrastrados,
echando sangre, con capucha, reventados,
refundidos en las pilas, con la picana, el ojo sacado,
degollados, acribillados,
botados al borde de la carretera,
en hoyos que ellos cavaron,
en fosas comunes,
o simplemente sobre la tierra abono de plantas de monte:
Vos los representás a ellos,
Ellos delegaron en vos,
Los que murieron.
La juntura que se da en la lucha sandinista entre marxismo y cristianismo se explica mejor por sus raíces en la historia, y por la práctica, que por cualquier propuesta teórica. Leonel Rugama, que quiso ser cura desde niño, venía de abajo, como venía de abajo Francisco Rivera, (El Zorro), hijo de un zapatero y de una lavandera, que influenciado por el ejemplo de Filemón Rivera, su hermano mayor caído en la montaña, quiso ser guerrillero desde niño; e influenciado por los dirigentes sindicales de los talleres de zapatería, irreverentes y enemigos de los curas, era más bien ateo. Pero ninguno de los dos, seminarista o ateo, se apartaba de la conducta de humildad, entrega, y disposición al sacrificio.
Y cuando en las filas clandestinas empezaron a entrar los hijos de las familias muy ricas, educados en los colegios católicos y en las universidades norteamericanas, fue porque habían pasado una especie de noviciado que los acercaba a las condiciones de vida más duras de los pobres, y los introducía, igualmente, en la idea de la provisionalidad frente a la muerte. El Zorro no tenía que bajarse de su cama mullida para asumir la lucha de clases. Pero los que venían de arriba, sí.
Para el tiempo en que Edgard Lang, hijo de uno de los empresarios más prósperos de Managua, empezó su noviciado en las comunidades eclesiales de base dirigidos por el sacerdote franciscano Uriel Molina, y que fueron una escuela de compromiso revolucionario desde principios de los años setenta, lo primero que hizo, para alarma de sus padres, fue dejar su cama y pasarse a dormir al suelo, probar todas las noches su dureza. Cama dura, almohada de piedra, silicio, ayuno. Después, dejaría su hogar. En la carta de despedida a sus padres, cuando se va a la clandestinidad, les dice: "Sé que en los últimos tiempos habrán notado en mí una conducta un tanto extraña”.
Era, de verdad, una conducta extraña, un cambio radical de costumbres, de hábitos, de comodidades, de estilos de vida, de sentimientos y de percepción del mundo. Antes que aprender a disparar un arma, se aprendía una conducta ética, que partía del amor por los que no tenían nada, en términos cristianos, y se aceptaba el compromiso de renunciar a todo para entregarse a una lucha a muerte destinada a sustituir el poder de los de arriba por el poder de los de abajo, en términos marxistas. Desde una perspectiva marxista, se trataba de la lucha de clases, y de asumir una nueva identidad de clase; desde una perspectiva cristiana, se trataba de poner en práctica la solidaridad hasta las últimas consecuencias, que era el sacrificio. Edgard Lang, que no volvió nunca más a la mansión de sus padres, murió en León en abril de 1979, junto con todos sus demás compañeros, en la masacre de Lomas de Veracruz.
Desprendimiento de la vida, de los bienes. Estaba el ejemplo de los que habían muerto solitarios, enfrentándose a todo un ejército, y el de quienes jamás habían tocado un centavo ajeno, a la usanza de los franciscanos pobres del siglo XII, como Jorge Navarro, mi compañero de aula en la universidad, que se fue luego a la guerrilla de Raití y Bocay, donde lo mataron en 1963, pero que antes, durante su vida clandestina, no olvidó nunca su voto de pobreza, y de castidad con el dinero. Llevando una vez un saco de billetes producto del asalto a un banco ejecutado por una escuadra del FSLN, que debía poner a resguardo, no quiso sacar los dos córdobas que le costaba el viaje en taxi, y prefirió seguir a pie todo el largo trayecto que le tocaba.
El comportamiento dentro de las catacumbas era, además, en el escenario de Nicaragua en esos años, todo lo contrario del modo de vida somocista, corrupto, y obsceno en su despliegue de lujos y riqueza. De este contraste radical nacía un valor ético incomparable, pero que muy pocos percibían. La gente común respetaba con tristeza a aquellos muchachos cuando morían peleando solitarios, sin que eso significara ninguna adhesión a sus ideas. En Novedades, el diario de Somoza, y aún en La Prensa, el diario de oposición a Somoza, los llamaban extremistas; para los grandes empresarios y los políticos conservadores, eran desadaptados y resentidos sociales; a los ojos de sus propias familias eran vagos, y descarriados, peligrosos como ejemplo para los demás de su edad; y para los viejos jerarcas del partido comunista, aventureros pequeño burgueses.
Bastaban para medir los excesos impúdicos del sistema somocista las fiestas de cumpleaños de la amante de Somoza, Dinorah Sampson, amenizadas con mariachis traídos de México, ella en la puerta de su mansión recibiendo los besamanos adornada con un peinado de tres pisos, como un queque de bodas; o las fiestas de un kitsch más refinado de la Primera Dama oficial, Hope Portocarrero, flaca como una modelo envejecida de Vogue, que para la inauguración de la terminal del aeropuerto internacional mandó a traer a Miami en avión expreso hasta los tomates, las lechugas y el apio del bufet de gala servido en las salas de espera a los invitados vestidos de rigurosa etiqueta, una fiesta deslucida por su propio marido cuando ordenó arrancar, lleno de furia, y de vodka, el reloj que, entre otros, marcaba la hora de la Unión Soviética.
Las familias de los altos estratos copiaban estos estilos, aunque con más cautela, pero lo suficiente para que fueran el blanco de las censuras de sus propios hijos, que al rechazar el sistema, rechazaban también el mundo donde se habían criado, y partían hacia las catacumbas habiendo hecho primero su acto de contrición. El padre Uriel Molina cuenta que uno de esos padres de familia pidió verlo, ya cuando su hijo se había trasladado a vivir entre los pobres de la parroquia del barrio Riguero. Uriel lo recibió en la casa cural, y le ofreció una copa de cognac, como una lisonja a los gustos de su visitante.
-No padre -le dijo-; no voy a beber con usted. No nos equivoquemos. Usted y yo somos enemigos de clase. Lo que usted quiere es que mi hijo destruya a su propia clase.
Al triunfar la revolución, ser un buen militante significó estar dispuesto a acatar el código de conducta establecido por los muertos; pero desde la jerarquía del partido, ese código pasó a ser interpretado por los vivos. Fue cuando comenzó a burocratizarse la santidad.
Eran los primeros ensayos para convertir al movimiento guerrillero en un partido revolucionario, bajo normas de conducta estrictas, e inflexibles, que pronto probaron ser ineficaces. Los valores que existieron en todo su esplendor cuando se luchaba por ellos, y mediante ellos, en el proceso mismo de vivirlos, y hacerlos, se dispersaban en el tumulto de la vida, en la búsqueda individual de felicidad, en la necesidad de libertad después de los largos años de catacumbas, en la risa y en la irreverencia que reinaba tras bambalinas, en las debilidades mundanas, en el abrupto cambio de costumbres sexuales, y sobre todo, en las luchas de poder con sus reglas milenarias. Y algunos, a imagen y semejanza de Tartufo, supieron convertir en un arte el aparentar la santidad.
Pero, muy al principio, la filosofía de las catacumbas alcanzó su mejor esplendor con la Cruzada Nacional de Alfabetización, que actuó como instrumento para transmitir aquel código de conducta de una generación a otra. Bajarse de la cama para dormir en el suelo se volvió una forma de identificarse con los demás, y tomar sustancia en los demás, que la cruzada multiplicó; vivir como los campesinos fue una experiencia formidable para sesenta mil jóvenes y adolescentes, muchos de ellos casi niños, que partieron a enseñar a los lugares más remotos, donde nunca habían soñado estar, a compartir el país ajeno, el otro país, al que entraron en tumulto, el país extraño, el país rural que la revolución buscaba redimir, bajo una inspiración humanista, espontánea, explosiva, contagiosa, que tuvo muy poco de color ideológico.
Nunca antes, ni tampoco después, esa energía ética que se había venido acumulando en el alma de unos pocos en los años más duros de la soledad clandestina, se encarnó como entonces en un nuevo espíritu transformador, una energía que era también un vínculo de unión más allá de cualquier propuesta teórica de clases, o lucha de clases. Fue como un fruto que maduraba en toda su gloria, y del que todos podían comer.
Y fueron aquellos alfabetizadores los que después se alistaron de primeros en la guerra que siguió al surgir los contras, como defensores de una causa que aún podía recibir energía del pasado heróico. Pero, paradójicamente, una filosofía que obtenía su energía de la muerte, empezó a perderla por exceso de muerte, y la posibilidad de defensa de la revolución se agotó, al final, cuando no había ya más jóvenes disponibles para la guerra, ni para el sacrificio.
La otra gran herencia ética de las catacumbas a la revolución triunfante fue la regla del no tener, que se convirtió también en una forma justa de no agregar diferencias, y ayudó a mantener los equilibrios de poder. Muchos de los que habían heredado algo, o eran dueños de algo, debieron entregarlo al Estado, como en las órdenes religiosas. Mi hermano Rogelio y yo convencimos a mi madre que traspasara a una cooperativa campesina de Masatepe la finca “San Luis”, herencia de mi abuelo, Teófilo Mercado; ella sólo pidió que el viejo mandador fuera puesto entre los beneficiarios.
Todo lo que estaba en manos de los dirigentes era del Estado. Residencias, casas de recreo, vehículos, muebles; y los gastos de servicios, las fiestas domésticas, las vacaciones, con salarios nominales que no alcanzaban para nada, eran por cuenta del Estado. Pero, precisamente, amparándose en esta forma ladina de no tener, la dirigencia empezó a quebrantar el código de Jorge Navarro, que estaba basada en la renuncia, y en la modestia de vida. El poder fue el enemigo de aquella regla, y creó contrastes ofensivos en un país inmensamente pobre, y donde aún la clase media se veía golpeada por los rigores de la guerra, con ingresos disminuidos por la inflación, salarios inestables, colas, y desabastecimiento.
Las casas de los dirigentes debían ser amplias, porque también allí se trabajaba, y se recibían visitantes oficiales; se rodeaban de muros por razones de seguridad, y no pocas tenían piscinas, saunas, salas de billar, gimnasios, canchas deportivas, porque los dirigentes no podían asistir a los lugares públicos como los demás; el tamaño de la escolta militar, que demandaba instalaciones y vehículos, era parte del prestigio, y los propios vehículos de los dirigente debían ser nuevos, y de una buena marca, por seguridad en los desplazamientos, y también por prestigio. Después se inventaron las tiendas diplomáticas, donde sólo se podía comprar en dólares, y a las que tenía acceso la alta jerarquía del partido y del gobierno; como paliativo, para la Navidad se les entregaba un bono de compra a los funcionarios menores.
Olof Palme visitó la única vez Nicaragua en 1983, poco antes de su muerte, y lo agasajamos con todos los honores. Al bajar del avión, vestido con un traje de cáñamo color marfil, muy martajado por las largas horas de viaje, pasó revista al lado de Daniel a la tropa de ceremonias, manteniendo debajo del brazo el periódico que seguramente venía leyendo; y siempre me pareció que se escondía del protocolo como de algo molesto, y banal. De vuelta en Estocolmo, después de tres días entre nosotros, nos envió un mensaje muy breve: “cuídense, se están alejando del pueblo”.
No alejarse del pueblo, mantenerse en la ética. Bruno Kreisky, que como Canciller Federal de Austria hubiera querido seguramente brindarnos más apoyo del que le era posible, me contó en 1983, mientras firmaba en su austero despacho de la Wallhausplatz, en Viena, un crédito de 3 millones de dólares para Nicaragua, que Lawrence Eagleburger, el Subsecretario de Estado, enviado especial de Reagan, había estado hacía pocos días a verlo, ansioso de mostrarle un legajo de documentos secretos donde se probaba nuestro alineamiento con los soviéticos.
¾Yo le contesté que no soy curioso para leer papeles ajenos, que podía llevárselos ¾me dijo, y alzó la cabeza para mirarme¾. Estén seguros que mientras mantengan sus principios morales, estaré con ustedes.
Me recibió la última vez en su apartamento de Grinzing, más austero que su despacho, y no sé porque ahora tengo la sensación de que había poca luz, o esa sensación viene de que él se estaba quedando ciego, o porque fue atardeciendo sin darnos cuenta mientras me contaba las historias del fin de la guerra mundial, y lo que para Austria había significado la neutralidad, un regalo del cielo en un infierno de conflictos hegemónicos. Y oí su voz, ya antes de su muerte, cuando me llamó desde Mallorca, a la casa de nuestro Embajador Iván Mejía, para felicitarme por el Premio Kreisky a los Derechos Humanos que yo acababa de recibir en Viena.
¾Qué difícil debe resultar para ustedes ser la esperanza de los demás ¾me dijo, como despedida.
Cuando Daniel reconoció la madrugada del 26 de febrero la derrota electoral, en el discurso más memorable de su vida, dijo que habíamos nacido pobres, y volvíamos a la calle pobres. Todos lloraban al final de ese discurso, hasta los camarógrafos de las cadenas norteamericanas de televisión. Era Jorge Navarro el que volvía a la calle, sin un peso en la bolsa para coger un taxi.
Pero la operación que habría de demoler todo aquel código de reglas estrictas, empezó poco después, bajo el amparo de una justificación estrictamente política, que fue la primera carga explosiva colocada en la base del muro de contención: el sandinismo no podía irse del gobierno sin medios materiales, porque significaba su aniquilamiento. El FSLN necesitaba bienes, rentas, y había que tomarlos del Estado antes de que se cumplieran los tres meses de la transición.
Se dio entonces una transferencia apresurada, y caótica, de edificios, empresas, haciendas, participación de acciones, a manos de terceros que quedaban en custodia de esos bienes para pasarlos luego al FSLN, que terminó recibiendo casi nada. Muchas nuevas, y grandes fortunas, muchas de ellas tan odiosas como las que por rechazo inspiraron el código de conducta de las catacumbas, nacieron de todo lo que se quedó en el camino. Y cuando se firmaron los acuerdos de Concertación Económica con el nuevo gobierno, en agosto de 1991, a cambio de consentir el plan de ajuste monetario, y la privatización de las empresas del Estado, el FSLN obtuvo que una cuarta parte de esas empresas pasara a ser propiedad de los sindicatos sandinistas. Pero fueron los dirigentes de esos sindicatos los que vinieron a quedarse con todo, y entraron también a la lista de los nuevos ricos.
Todo esto fue la piñata, un término que matriculamos en el mundo, para desgracia nuestra, junto al término contra, los dos que mejor han sobrevivido al sandinismo. Los términos muchachos, y compañero, compa, compita, se perdieron. La piñata no fue la transferencia justa de miles de viviendas y terrenos del Estado, mediante las Leyes 85 y 86, a las familias que las habían habitado por años como inquilinos, y de fincas a beneficiarios de la reforma agraria que aún no tenían sus títulos en regla; unas leyes tan justas, que aún para los antiguos dueños expropiados se establecía una indemnización.
En una tarde de soledad en la Casa de Gobierno en el mes de marzo de 1990, cuando estábamos ocupados en la transición, Daniel entró a mi oficina del cuarto piso, como tantas veces a lo largo de esos diez años, y empezamos una larga plática sobre la propiedad. En el borrador de la Ley 85 que yo tenía sobre mi escritorio, se establecía que las viviendas mayores de cien metros también serían transferidas a sus ocupantes. Eran las nuestras. El ex- Presidente Carter, que actuaba como mediador con el gobierno entrante de Violeta Chamorro, había propuesto que esas viviendas nos fueran vendidas mediante un pago módico, y así había quedado en el borrador.
Aquella tarde los dos estuvimos de acuerdo en que lo mejor era dejar esas residencias fuera de la ley. Era mejor irse sin nada, era lo más puro. Pero en una reunión de la Dirección Nacional del FSLN, poco después, la propuesta fue derrotada. No se trataba sólo de nosotros, fue el alegato, sino de decenas de cuadros principales que se irían a la calle sin ni siquiera un techo. Tampoco era conveniente, en términos políticos, crearles inseguridad cuando entrábamos en una nueva situación respecto al poder. Y al quedar la transferencia en la ley, todos, sin excepción, debíamos acatarla.
A Daniel nunca le conocí ninguna preocupación por los bienes materiales. Y si aceptó la decisión, y la puso en práctica, fue, sobre todo, porque lo convenció el argumento de la inseguridad de los cuadros. Todo lo que contribuyera a debilitar la adhesión de los militantes al FSLN en la nueva situación, debía, en efecto, ser desechado.
Esa tarde también hablamos del sentido filosófico que la propiedad siempre había tenido para el sandinismo. Sandino le había dicho a Belausteguigoitia en la conversación de 1933: “!Creen por ahí que me voy a convertir en un latifundista! No, nada de eso; yo no tendré nunca propiedades. No tengo nada. Esta casa donde vivo es de mi mujer. Algunos dicen que eso es ser necio, pero no tengo por qué hacer otra cosa”. Y compartimos entonces una idea que se convirtió en una profecía: establecer el tener y el no tener dentro del sandinismo, iba a ser como colocar al pie de sus muros una carga de dinamita. Porque el presupuesto ético había sido siempre el no tener, ése era el verdadero vínculo de seguridad, el que nos había dado cohesión a pesar del cerco implacable de los Estados Unidos, de todo el desgaste de la guerra de agresión, las luchas de poder, y los cambios que en el camino había sufrido el proyecto de revolución.
Mil veces peor que la derrota electoral, fue la piñata. Esa operación de demolición que hundió, antes que nada, una opción de conducta frente a la vida, aún no ha terminado. Porque quienes lejos de las catacumbas defienden ahora una cuota de poder político dentro del sistema que de nuevo se reconstituye como fue antes, cada vez encuentran más difícil renunciar al poder económico, o dejar de multiplicarlo. Ésa ha sido la verdadera pérdida de la santidad.