OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Agosto 2009. Antilde;o tres. Número nueve

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Datos de la revista, agosto 2009, año 3, número 09
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Juego perfecto

 

Clave de sol (Cuentos, 1992)

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Siempre que subía tan apresurado por la boca de la gradería sólo tenía ojos para el bull-pen, ver si al muchacho se lo habían sacado a calentar, si al fin el manager se decidiría a ponerlo esa noche de abridor. Pero el bus se había descompuesto en la carretera sur y ahora venía con tanto retraso, el juego Bóer-San Fernando qué años comenzado. Desde la tiniebla del túnel impregnado de olor a orines había oído el largo pujido del umpire cantando un strike, y casi corriendo, con el portaviandas colgando de la mano, la botella bajo el brazo, emergió a la blanca claridad que parecía bajar como un vapor lechoso desde el mismo cielo estrellado.

Procuraba llegar temprano al estadio, cuando todavía el manager del San Fernando no había entregado el line-up al umpire principal y los pitcheres seguían calentando en el bull-pen A veces le sacaban a calentar al muchacho, y entonces se pegaba a la malla, con los dedos engarzados en el tejido de alambre para que lo viera, que ya estaba allí, que ya había llegado. El muchacho era tímido y se hacía el desentendido mientras seguía tirando silencioso y desgarbado, para volver siempre a la banca cuando comenzaba el juego. Nunca, desde el principio de la temporada cuando el San Fernando se lo firmó para la liga profesional, se lo habían sacado a abrir. Y a veces ni a calentar. Algunas noches le daba la respuesta con la cabeza desde las sombras del dog-out. no, esa vez tampoco.

Pero ahora que llegaba tan tarde al juego, tras otear en la verde distancia del campo iluminado, lo descubrió al instante en la lomita, flaco y medio conchudo como era, estudiando la señal del catcher. Y antes de que pudiera poner en el suelo el portaviandas para ajustarse mejor los anteojos, lo vio armarse y tirar.

¡Stríke!,oyó vibrar otra vez el sostenido pujido del umpireen la noche calurosa. Volvió a otear, ahora llevándose las manos al ala del sombrero: era él, el muchacho estaba tirando, se lo habían sacado a abrir. Lo vio recoger con desgano la bola que le devolvía el catcher, limpiarse el sudor de la frente con la mano del guante. Le falta un poquito de pulimento, le falta lija, pensó orgulloso.

Recogió el portaviandas y como si temiera hacer ruido, caminó con cuidado, casi de puntillas, hasta la frontera entre los palcos del home-plate y la gradería de sol, lo más cerca posible del dog-outdel San Fernando. Todavía no sabía qué estaba ocurriendo en el juego, a qué altura iba, sólo que el muchacho estaba allí, al fin en la lomita bajo la luz de las torres, mientras la noche se extendía más allá de la pizarra, más allá de las graderías.

Un batazo que ascendía inofensivo lo detuvo en su camino. El short-stop retrocedía unos pasos y abrió los brazos en señal de que era suyo. Lo cogió tranquilamente, tiró la bola al campo y todo el equipo corrió hacia el dog-out. Final de ínning, y el muchacho se vino caminando sin prisa, la cabeza gacha.

En realidad, el estadio estaba casi vacío. No se oían aplausos ni gritos y parecía más bien un día de práctica de esos que congregan a unos cuantos curiosos, los espectadores concentrados en pequeños grupos, como si tuvieran frío.

Aún de pie, estudió la pizarra que se alzaba a lo lejos detrás de la barda abigarrada de anuncios de colores, ya en la zona donde la luz de las torres no caía directamente y se comenzaba a crear una penumbra. La pizarra era como una casa con ventanas, dos ventanas para las anotaciones de cada ínningpor donde se veían las siluetas de los empleados encargados de colocar los números. La sombra de uno de los empleados cerraba la ventana de la parte baja del cuarto ínningcon un cero:

 

 

1

2

3

4

5

6

7

8

9

H

E

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SAN FERNANDO

 

0

0

0

0

 

 

 

 

 

0

0

BÓER

 

0

0

0

0

 

 

 

 

 

0

0

A su muchacho no le habían pegado ni un hit, ni el cuadro le había cometido error, por lo tanto iba pitcheando perfecto. Perfecto, volvió a limpiar los anteojos en la falda de la camisa, el portaviandas otra vez en el suelo, la botella prensada bajo el brazo, empañándolos con el aliento y volviéndolos a limpiar.

Ascendió unas cuantas gradas para entrar en el grupo de espectadores más próximo, y se sentó junto a un gordo manchado de bienteveo, vendedor de quinielas. El gordo tenía a su alrededor un halo de cáscaras de maní que escupía continua­mente mientras quebraba las cáscaras con los dientes y masticaba las semillas.

A su lado, en la grada, puso el portaviandas y la botella. En el portaviandas traía la cena que ella le preparaba al muchacho para que se la comiera al terminar cada juego. La botella era de café con leche.

—¿No ha habido carrera? —preguntó al grupo, para cerciorarse de que la pizarra no le mentía, volteándose peno­samente. Un mal aire en el cuello, viejo de tenerlo, no le permitía girar con libertad la cabeza.

El gordo lo miró con esa segura familiaridad de los espectadores de beisbol. Todos se conocen en las graderías aunque nunca se hayan visto en la vida.

—¿Carrera? —se sorprendió el gordo como frente a una gran herejía, sin dejar de meterse los maníes en la boca—. Al flaquito ese del San Fernando no le han tocado la primera base.

—Si es un muchachito —dijo una mujer que estaba en la fila de atrás, estirando la boca con la compasión con que se habla de los niños muy tiernos. La mujer tenía dientes de oro y usaba anteojos como de culo de botella. A sus pies custodiaba una gran cartera.

Otro de los espectadores que estaba sentado más arriba se rió, complaciente, con toda su boca chintana.

—¿De dónde habrán sacado a esa quirina?

Él se esforzó en voltear otra vez la cabeza para encontrar aquella boca grosera que había llamado quirina al muchacho. Se acomodó los anteojos para mirarlo mejor, con todo su reproche. A los anteojos les faltaba una pata, y en lugar de la pata se los amarraba a la oreja con un cordón de zapatos.

—Es mi hijo —les notificó a todos, recorriendo sus caras de manera desafiante, pese a la dificultad. El chintano seguía con la misma mueca de risa pero no dijo nada. El gordo le dio unas palmaditas afectuosas en la pierna, sin dejar de escupir las cáscaras.

Cero carrera, cero hit, cero error. Era su hijo, estaba pitcheando al fin, y estaba pitcheando sin mácula. Se sintió seguro allí en la gradería.

Y los altavoces roncos anunciaron que era precisamente el muchacho quien salía a batear ahora que le tocaba el turno al San Fernando.

Se lo poncharon rápido. Uno de los cargabates corrió a pasarle la chaqueta para que no se le enfriara el brazo.

—Buen bateador no es —explicó sin mirar a nadie.

—No se ha inventado todavía el pitcherque sepa batear —contestó la mujer.

La mujer no parecía andar con su marido y extrañaba verla en el grupo de hombres. Esta mujer, que debía ya estar acostada en su cama a semejantes horas, sabe de beisbol, pensó agradecido.

Ella, por el contrario, nunca había querido coger camino de noche para acompañarlo al estadio; le alistaba al muchacho el portaviandas con su cena y se quedaba oyendo la partida aunque no le entendiera, sentada junto al radio en el taller de zapatería que les servía de comedor y de cocina.

Ahora el San Fernando se tendía en el terreno después de batear sin pena ni gloria. El juego seguía cero a cero y el muchacho regresaba a la lomita. Cierre del quinto ínning.

—Vamos a ver cómo se porta —dijo el gordo cariñosamente—. Yo soy boerista a muerte, pero delante de un buen pitcher me quito el sombrero —y acto seguido se quitó la gorra amarilla con la insignia de Allys-Chalmer y la paseó alrededor de su cabeza, como en homenaje.

El cuarto bate del Bóer era el primero que salía a batear, un yankote chele, importado. Mascaba chicle, o tabaco. Debió haber sido tabaco porque la pelota le abultaba en el carrillo y escupía continuamente.

El muchacho le lanzó tres veces nada más. Tres strikesde filigrana, el último una curva que quebró perfecta, en la esquina de afuera del plato. El yanqui ni siquiera pasó el bate una sola vez, estaba como sorprendido.

—Pasó de noche —se rió la mujer—, el chavalo está crecido.

Después hubo un roletazo al cuadro, fácil. Por último un globito a las manos del tercera base. Estaban los tres outs en un abrir de ojos.

—Vaya, pues —exclamó el chintano— tiene caña esta quirina. Era como para que lo oyera todo el estadio, si el estadio hubiera estado lleno de gente. Pero más allá sólo se extendían las graderías vacías, y en los palcos, unas cuantas chispas de cigarrillo entre las ristras de sillas metálicas, debajo de las cabinas iluminadas de los narradores de radio.

Él ya no se molestó en voltear a ver al chabacano. Quince outs colgados. ¿Estaría ella pegada al radio allá en el taller? Algo estaría entendiendo, el nombre del muchacho ya lo habría oído.

Salió el San Fernando otra vez a batear, apertura del sexto inning. Un hombre llegó a primera con un toque sorpresivo y el catcher, que era el quinto bate, pegó un doble. Con un corringtremendo el embasado de primera llegó a home. Y aquello fue todo; el ínningcayó con una carrera anotada.

—Bueno, —dijo el gordo boerista con cierta tristeza ahora su muchacho entra con una carrera de ventaja.

Era la primera vez que le decían "su muchacho". Y su muchacho se alejaba otra vez hacia la lomita, encorvado, frágil, la cara afilada bajo la sombra de la visera de la gorra.

—Un niño —había comentado antes la mujer.

—En junio me cumple los dieciocho años —te confió al gordo.

Pero el gordo se estaba levantando entusiasmado porque de entrada sonaba un batazo largo, por el centerfield.El se consternó cuando vio la bola alejarse hacia semejantes profundidades, pero allá, junto a la cerca esmaltada con sus letras brillantes que parecía recién humedecida de lluvia, el centerfielderfue retrocediendo hasta agarrar el batazo. Se oyó el crujido de la cerca cuando chocó con ella.

El gordo volvió a sentarse, desilusionado.

—Buen cachimbazo —dijo nada más.

Después hubo un roletazo largo, por la tercera. El hombre de tercera recogió detrás de la almohadilla, engarzó bien y tiró con todo el brazo. Out en primera.

—Le está jugando bonito el cuadro a su muchacho —dijo la mujer.

—¿Y usted con quién va ahora, doña Teresa? —le preguntó el gordo, un tanto ofendido.

—Yo nunca voy con nadie, yo sólo vengo a apostar, pero hoy no hay con quién —contestó ella, tranquila.

Ella llegaba con reales en la cartera, a apostar por todo: bola o strike,se embasa o no se embasa, carrera o no hay carrera. Y el gordo a vender sus quinielas en los sobrecitos.

Ahora el tercer hombre al bate producía un machucón frente al plate, que el catcher recogía rápidamente para matar en primera. El bateador ni siquiera se molestó en correr, lo que ofendió al gordo.

—¿Y a este huevón para qué le pagan? ¡Huevón! —gritó, haciendo bocina con las manos.

Desde la lejanía de las graderías desiertas alguien se acercaba con un radio al oído. Un pequeño transmisor celeste, de plástico, El gordo llamó al dueño del radio por su nombre, para que se acercara.

—¿Qué está diciendo, Sucre? —le preguntó.

—Que aquí puede haber juego perfecto.

El dueño del radio hablaba con la entonación de Sucre Frech.

—¿Eso dice? —preguntó él, enronquecido por la emoción. Se amarró mejor a la oreja el cordón de zapatos de los anteojos, como sí necesitara ver bien lo que le estaban contando.

—Subile el volumen —pidió el gordo. El dueño del radio lo puso sobre la grada y le subió el volumen. El gordo hizo el ademán de tirarse a la boca un maní invisible, y masticó: los que se quedaron tranquilos en su casa esta noche están despreciando este regalo de la suerte, la posibilidad de ver pitchear por primera vez en la historia patria un juego perfecto. No saben de lo que se están perdiendo.

Y la apertura del séptimo ínning, el ínningde la suerte. El San Fernando al bate: un hombre recibió una base por bolas, pero no logró pasar de primera, lo agarraron movido; después un hit más, pero no hubo nada, una línea de aire a las manos del pitcher, un ponchado, el juego iba rápido.

Otra vez el Bóer iba a batear y en el lucky-seven, al muchacho le tocaba enfrentar la batería gruesa, una carga pesada aquí en el cierre del séptimo ínning, el ínningde las cábalas, las sorpresas y los sustos. A temblar todo el mundo.

Él estaba temblando, como si le fuera a entrar fiebre, a pesar del calor. Miró penosamente hacia atrás para ver qué cara estaba poniendo el chintano. Pero el chintano se había quedado abstraído y silencioso, pegado al radio azul. El viento tibio parecía alejar la voz de Sucre Frech, sumergida en la estática.

El pujido del umpire era real, se podía tocar.

¡Strike three! El muchacho se había ponchado al primero.

—Lo que esta quirina está tirando son pedradas —musitó el chintano como rezando, las manos pegadas a la barbilla.

Vio levantarse serenísima la bola en la blanca claridad, un globo que pegado a la raya viene buscando el leftfielder: se coloca lentamente, espera, ¡captura la bola! para el segundo out del ínning.

La mujer se golpeó entusiasmadamente las rodillas.

—¡Eso, eso! —dijo. En sus anteojos de culo de botella el mundo parecía al revés—.

El gordo masticaba aire en silencio.

Bola alta, la primera. El chintano se paró como para desentumirse, pero era pura muina. Foul, hacia atrás. Primer strike.

Uno y uno la cuenta para el bateador. Foul, de machucón. Lo pone en dos y una.

Y el campo calmo, silencioso, los outfieldersjugando a media distancia, inmóviles. Un camión pasando lejano hacia la carretera sur.

Foul, hacia atrás, tres foules seguidos. El hombre no quería rendirse.

¡Strike!

La bola pasó como un bólido por el centro del plate, el bateador ni siquiera la vio y se quedó con la carabina al hombro.

¡Final del séptimo ínning!.

Y se oyeron aplausos desperdigados, como hojas secas. Los aplausos tardaban en llegar a sus oídos en aquellas soledades. Y antes de poder girar la cabeza se rió. Sabía que todos los del grupo, el chintano, incluso el gordo, estaban contentos.

—Esto es grande, aunque me duela —dijo el gordo con gravedad.

Ahora Sucre Frech estaba hablando de Don Larsen, que hacía sólo dos años había pitcheado en una serie mundial el único juego perfecto en la historia de las grandes ligas, la hazaña a la cual este pitcher desconocido de Nicaragua parece acercarse ahora paso a paso, lanzamiento por lanzamiento.

Estaban comparando con Don Larsen al muchacho que había regresado al dog—out para sentarse tranquilo en el extremo de la banca, callado allí en su rincón, como si nada. Sus compañeros de equipo hablando de otras cosas como si nada, el manager como si nada. Managua en la oscuridad, dormida, como si nada. Y él mismo allí como si nada, ni siquiera se había acercado a la malla como siempre, para dejarse ver, que supiera que ya estaba allí.

Un muchacho desconocido y novato, que me dicen es de Masatepe, ha firmado este mismo año por el San Fernando. Su primera experiencia de abridor en la liga profesional, su primera oportunidad, y aquí está: lanzando un juego perfecto. ¡Quién lo iba a decir!

—Juego perfecto significa la gloria —asintió el gordo, que estaba poniendo atención religiosa al radio.

—Eso es asunto de pasar ya a las grandes ligas. Ya, mañana mismo, y agarrar la marmaja—afirmó la mujer, haciendo un gesto como de enseñar los billetes.

Él se sintió emocionado y envalentonado. Burlón, miró casi de reojo al chintano: "aquí está tu quirina", quería decirle. Pero el chintano, lejos de querer desafiarlo, meneó la cabeza con respeto.

Los altavoces repitieron dos veces el nombre del primer bateador del San Fernando. Llegó a primera con un infield hity el siguiente bateó para doble-play, un roletazo al short. Al muchacho que cerraba la tanda se lo volvieron a ponchar, y cayó el ínning.

—¡Apúrense que quiero ver pitchear a la quirina! —gritó el chintano cuando el Bóer salía del terreno, pero a nadie le cayó en gracia.

El gordo lo calló: ¡ssshhh!

Y allí se apagaban otra vez las luces rojas de los strikes y de los outsen la pizarra lejana, y ahora al cierre del octavo. Todo mundo, a amarrarse los cinturones.

El muchacho volvió a la lomita. Allí estaba ya otra vez, sudoroso, estudiando la señal del catcher. Todo lo que le había sacado al brazo esa noche no era juguete, haciendo historia con el brazo. ¿Se estarían dando cuenta en Masatepe? ¿Estaría la gente despierta en el barrio? La noticia ya debía haber corrido a esas horas, estarían abriendo las puertas, encendiendo las luces, congregándose en las esquinas, porque el hijo del pueblo estaba pitcheando un juego perfecto.

¡Strike, tirándole al primero!

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Gastón Baquero: un recuerdo familiar

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1967 y la infancia peligrosa

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con Jorge Majfud

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“Soy una mujer que no acepta la realidad”

con Javier Sáez de Ibarra

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“No quiero, simplemente informar y/o entretener...”

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