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Otra vez el yanqui, cuarto bate del Bóer, plantado frente al plato blandía el bate con rabia, la pelota de tabaco tenso en el cachete.
Antes de que se diera cuenta, el muchacho le atravesó el segundo strike.
No trajo bolas malas el chavalo, las dejó todas en su casa. Allí va otro lanzamiento de humo: ¡strike, le cantan el tercero! ¡Se ha ponchado!
El yanqui tiró el bate furioso, tan duro que fue a rebotar cerca del dog—out del Bóer. El chintano lo silbó, llevándose los dedos a la boca.
— ¿Se da cuenta, amigo? —le tocó el brazo el gordo de las quinielas—. Cinco outs más, y usted también pasa a la inmortalidad, por ser su padre.
Sucre Frech estaba hablando ahora de la inmortalidad en el radito celeste que vibraba sobre la dura gradería de cemento, de los grandes inmortales del deporte rey, Managua entera debería estar ya aquí para presenciar la entrada de un muchacho humilde y desconocido en la inmortalidad. Y él asentía, aterido, todo Managua debería estar ya aquí a estas horas, la gente entrando apresurada por los túneles, emergiendo apiñada en las bocas de las graderías, repletando los palcos, en pijamas, en chinelas, en camisola, levantándose de sus camas, cogiendo taxis, viniéndose a pie a ver la gran hazaña, la hazaña única: línea dura, durísima, entre center y left.
Desde la nada el leftfielderapareció corriendo hacia adelante y extendiendo el brazo en la carrera engarzó como por magia la bola, que ahora devolvía tranquilamente al cuadro. ¡Segundo out del ínning!
Él se había querido poner de pie, pero no pudo. La mujer vio la jugada entre los dedos, cubriéndose los ojos con las manos.
El chintano le tocó el hombro.
—En cuanto acabe este ínning lo quieren entrevistar de Radio Mundial. Sucre Frech, en persona —le dijo, y chifló sin sacar ningún sonido de su boca desdentada.
— ¿Y cómo saben que él es el papá? —preguntó el gordo.
—Yo les fui a decir —contestó el chintano, la boca llena con su risa odiosa: roletazo por primera, entra el hombre de primera, captura, va a asistir el pitcher. ¡Un out fácil! i Outen primera!
— ¡Vamos todos! —ordenó el gordo.
El grupo entero se puso de pie. El gordo encabezaba la procesión que se dirigió hacia los palcos, para que él hablara desde la cabina de Radio Mundial. Subieron por entre las silletas vacías y desde la ventana de la cabina Sucre Frech le alcanzó el micrófono.
Cogió el micrófono con miedo. El chintano empujaba para acercarse, la mujer pelaba los dientes de oro con su cartera de los reales colgada del brazo, como si fueran a retratarla. El gordo ponía oído, circunspecto.
—Déle sin miedo, viejito —lo animó el chintano por lo bajo.
Ahora ya no se acuerda de las palabras que dijo, pero mandó un saludo a toda la fanaticada nacional, y en especial a la de Masatepe, a su señora esposa y madre del pitcher, a todo el barrio de Veracruz.
—Yo lo hice como pitcher, hubiera querido haber continuado, desde la edad de trece años le empecé a cultivar el brazo, a los quince abrió su primer juego con el "General Moncada", todos los días yo mismo lo llevaba por delante en la bicicleta a su práctica, yo le cosí su primer guante en la zapatería, los spikes que anda ahora puestos son hechos míos.
Pero ya le quitaban el micrófono porque Sucre Frech tenía que empezar a narrar, apertura del noveno ínningy el San Fernando en su último turno al bate, el juego una a cero. De lo que se están perdiendo los que no vinieron.
Y otra vez se fue en cero el San Fernando, en lo que volvieron a sus lugares en la gradería ya había un out, y los otros outs vinieron sin sorpresas. Y todo mundo lo que quería era entrar a la hora de la verdad, la última bateada del Bóer, el último desafío para el muchacho que tanto se había agigantado a lo largo de la jornada:
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Todo era cosa de un cero más en la pizarra, cerrar la última ventana abierta por la que se asomaba la cabeza distante del encargado. Ya ni pondrían la tabla, nunca la colocaban al final del juego.
Y cuando el muchacho partió hacia el centro del diamante, todos se quedaron en silencio respetuoso como despidiéndolo para un largo viaje. Desde la gradería lo vio voltear la cabeza un instante hacia él, quería cerciorarse quizás de que estaba allí, que no había dejado de llegar esa noche. "¿Es que lo he dejado solo?", empezó a reprocharse.
—¿Verdad, amigo, que es mejor que no me le haya acercado? —le preguntó de manera muy queda al gordo.
—Sí —sentenció el gordo—, será cuando acabe el juego perfecto que vamos a ir todos a abrazarlo.
Bola, alta, la primera.
El catcher tuvo que recibir de pie el lanzamiento. Comienzo del noveno ínning, una bola, cero strike.
—Yo no me atrevo ni a ver —dijo la mujer y se cubrió la cara con la cartera de los reales.
El negro que estaba bateando era cubano de los Sugar Kings, ya el muchacho se lo había ponchado una vez. Requeneto y musculoso, el uniforme le quedaba tilinte. Con impaciencia se daba con el bate en las suelas.
—Este negro se ve con ganas de romperle las costuras a la bola —proclamó el chintano.
El segundo lanzamiento pasó alto también. El umpire se volteó hacia un lado para marcar la bola, sin ningún aspaviento.
Dos bolas, cero strikes.
—No te me vayas a descontrolar a estas horas de la noche, papito lindo —volvió a hablar para todas las tribunas el chintano.
—Bola mala, la tercera —cantó Sucre Frech desde el radio con gran alarma.
—¿Qué ha pasado? —preguntó la mujer sin dar la cara.
—¡Qué barbaridad! —se lamentó el gordo, y lo miró a él, con lástima sincera. Él sólo sentía que el sudor le mojaba copiosamente la badana del sombrero.
El catcherpidió tiempo y fue trotando hasta la lomita a conferenciar con el muchacho. Escuchó muy atento lo que el catcher le decía, al mismo tiempo que rebotaba la bola contra el guante.
La conferencia en la lomita ya terminaba, el catcher se colocaba de nuevo la máscara y el bateador volvía al plate.El próximo lanzamiento una bola y el negro del uniforme tilinte tiraría burlón el bate para trotar hacia la primera base, contento de la desgracia ajena.
—¡Strike!—se oyó cantar en el gran silencio al umpire, el brazo en una manigueta violenta. Cuando el eco del pujido se apagó, parecía oírse el chisporrotear de los focos desde la altura de las torres.
—El automático —dijo el chintano.
—La cuenta es de tres bolas, un strike. No hay out. —Sucre Frech no dijo más. Por el radio sólo entraban ráfagas de estática.
Acurrucado y con los brazos pegados a las rodillas, se sentía como indefenso. Pero su ilusión lo hacía deshacerse en el mismo vapor iluminado que descendía de las torres, del cielo estrellado mismo. Era una ilusión que le dolía.
—¡Strike! —volvióa cantar el juez.
—Ese strike looyeron en todo Managua —se sonrió afable el gordo.
El negro le había tirado a la bola con toda el alma y después de girar en redondo quedó trastabillando, desbalanceado.
—Si llega a agarrar esa bola, no la vemos nunca más —dijo el chintano, que seguía predicando en el desierto.
Tres bolas, dos strikes. Los que padecen del corazón, mejor apaguen sus receptores y averigüen mañana en el periódico qué es lo que pasó aquí esta noche.
El muchacho cazó con desgano la bola que le devolvía el catcher; una bola nueva. La observó en su mano, como interrogándola.
La mujer seguía preguntando qué pasaba, oculta tras la cartera.
—Qué jodés —la regañó el gordo, nervioso.
El negro soltó un batazo altísimo que el viento trajo hasta el dog—out del San Fernando, cerca de donde ellos estaban sentados. El catchervino en su persecución, con cara desesperada, pero la bola fue a rebotar con golpes sordos en el techo de los palcos.
—La cuenta se mantiene en tres y dos —dijo el chintano, como si fuera el locutor.
— ¿Vos sos payaso, o qué? —el gordo ya estaba bravo: roletazo entre short y tercera, sale el short, recoge, tira a primera: ¡out en primera!
A él la ilusión se le subió a la garganta, estalló allí triunfalmente y el estallido lo inundó por completo. ¿Volvería con él a Masatepe esa misma noche? Cohetes, el gentío en la calle, habría que cerrar la puerta de la zapatería, no fueran a robarle todo.
El ojo rojo de la pizarra estaba marcando el primer out.
—Ya va llegando, va llegando —suspiró la mujer, con esfuerzo.
Sintió que el gordo le echaba afectuosamente el brazo, el chintano le palmeaba la espalda chabacanamente, el dueño del radio le subía más el volumen, en señal de alegría.
—No me feliciten todavía —pidió él, deteniéndolos con un gesto de las dos manos, pero más bien les quería decir: felicítenme, abrácenme todos y todos distraídos, riéndose, comentando.
El sorpresivo sonido del bate los hizo volver de inmediato vista al cuadro.
Vio la bola blanca, nítida, rebotar en el engramado en viaje hacia la segunda base y detrás de la almohadilla el hombre de segunda ya estaba allí, venía al encuentro de la bola y le llegaba de costado, la recogía, recoge, la saca del guante, va a tirar a primera, pierde entre las manos, un malabar que no acaba nunca, recupera, tira a primera, viene el tiro, el tiro es abierto.
El corredor pasaba raudo sobre la almohadilla de primera con su misma sonrisa de un momento antes pidiéndoles que no lo felicitaran, él tornaba a mirarlos, todo aquello era mentira y era locura. Pero el juez de primera vestido de negro seguía allí, casi en cuclillas, los brazos abiertos barriendo una y otra vez el suelo, mientras el corredor se afirmaba desafiante sobre la almohadilla lanzaba a lo lejos el casco protector.
El dueño del radio le quitó el volumen. La voz de Sucre Frech sonaba, pero ya no se entendía lo que seguía diciendo desde la cabina.
—Detrás del error, viene el hit —dijo el chintano, implacable. Los dos o tres fotógrafos que andaban por el campo, se congregaron junto al home-plate.
El sonido claro y sólido del bate lo llamó otra vez desde las profundidades donde andaba perdido y desconsolado. La bola picaba en el fondo del center-field,rebotaba contra la cerca y el hombre de primera estaba llegando cómodamente a la tercera base, venía el tiro de vuelta al cuadro, en relevo hacia el catcher para contener al corredor en tercera, un tiro malísimo y la bola casi la metían en el dog—out, los flashes de los fotógrafos denunciaban que estaban entrando a la carrera del empate y el segundo corredor ya doblando por tercera, la bola no llegaba nunca y el hombre se barría en homeen medio de una gran polvareda y más flashes de los fotógrafos.
—¡Allí está el Bóer, pendejos! —gritó el gordo, feliz.
Él miró desconsolado a los del grupo.
— ¿Y ahora? —les preguntó, casi sin darse a oír.
—La bola es redonda —declaró desde atrás el chintano, ya de pie para irse.
La poca gente comenzó a salir, despreocupada, apresurada. El gordo se alisó el pantalón por las nalgas, buscando el viaje. El San Fernando ya había desaparecido del cuadro. El gordo y la mujer se alejaron, platicando.
Entonces él recogió el portaviandas y la botella de café con leche ya fría. Empujó la puertecita de cedazo y entró al terreno. En el dog—out losjugadores andaban perdidos en la penumbra, vistiéndose para irse.
Se sentó en la banca junto al muchacho y desamarró el trapito que cubría el portaviandas. El muchacho, el uniforme traspasado de sudor, los zapatos llenos de tierra, comenzó a comer en silencio. A cada bocado que daba lo miraba a él. Masticaba, daba un trago de la botella, y lo miraba a él.
Mientras comía se quitó la gorra para secarse el sudor del pelo y una ráfaga de viento que arrastraba polvo desde el diamante, se le llevó la gorra. Él se levantó presuroso para ir tras la gorra del muchacho, y logró recogerla más allá del home plate.
Del lado del rightfield comenzaron a apagar las torres. Sólo quedaban los dos en el estadio, rodeados por las graderías silenciosas que empezaban a ser invadidas por la oscuridad.
Volvió con la gorra y se la puso cuidadosamente en la cabeza al muchacho que seguía comiendo.
Managua, febrero/marzo de 1984