OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Agosto 2009. Antilde;o tres. Número nueve

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Datos de la revista, agosto 2009, año 3, número 09
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La suerte es como el viento

 

Clave de sol (Cuentos, 1992)

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A Dora María Téllez

 

La raspadita fue como una tromba que entró en Ciudad Darío desordenando los vientos en las calles. Casi sentías que te levantaba la falda, te revolvía el pelo, soplaba en su tumulto y se te alborotaban en el alma unas ganas locas de comprarla empujándote a raspar y ganar mientras te cosquilleaba en el oído la cancioncita raspe y gane, raspe y gane, la suerte instantánea, raspe ya y no espere para mañana, si un símbolo aparece tres veces usted gana ese ansiado premio, un automóvil Daewoo Racer último modelo que te enseñaban a cada rato en la televisión, giraba frente a tus ojos y un coro cantaba un canto celestial, cuatro puertas, tocacintas estereofónico y radio FM, aire acondicionado, asientos reclinables y vidrios ahumados para que no te vieran si no querías que nadie te viera, un sueño inventado sólo para usted, una delicia suprema las manos en el timón.

¿Quién en este mundo iba a pensar que el premio viniera a caer en Ciudad Darío, donde nunca cae nada, ni siquiera la lluvia? ¿Y que le tocara a las dos hermanas, que ni sabían manejar? Un carro de película, así corno ése, jamás había entrado en Ciudad Darío.

Nosotras, que por miedo a las monjas nunca habíamos raspado, al fin nos decidimos a probar. Regresábamos las tres del colegio un martes de febrero y tras mucho discutir y dudar, empujándonos entre risas nerviosas, entramos en la pulpería de don Benedicto. Las monjas a cada rato nos advertían que tentar la suerte era un pecado contra la virtud.

—Que se arrechen las monjas, pero yo no me aguanto más —dijo la Mirta, que entró de primera.

Don Benedicto había sido toda su vida agente de la Lotería Nacional común y corriente, a la que nunca le hicimos caso, pero la raspadita era una cosa distinta, algo nuevo que soplaba y soplaba por el pueblo, el viento díscolo de la tentación, no había quien no raspara, las aceras llenas de boletos raspados, una mortandad de ilusiones pisoteadas ya inservibles porque el premio siempre caía lejos y en Ciudad Darío se negaba a salir.

Ya dentro de la pulpería nos tomamos una Pepsi para sosegarnos y nos quedamos dando vueltas cerca de la vitrina donde don Benedicto guardaba enllavados los boletos, dudando en atrevernos; por qué iba a ser prohibido, por qué iba a ser pecado, si era algo tan natural.

Se los dije, no compren el boleto entre las dos, ¿qué pasa si se ganan el carro? Allí van a ver la trifulca que van a armar, las conozco, ustedes no son hermanables; y ellas vienen y me dicen que no, que si compraban el boleto mitad y mitad era precisamente por ser hermanas, iban a manejar el carro un ratito cada una, riéndose porque no creían que fueran a ganarse nada, apenas era cosa de empezar a probar. ¿No había acaso tantos boletos muertos en las aceras?

Jamás pensaron que al raspar, iban a aparecer las tres figuritas del milagro, los tres carritos rojos de la ilusión. Compramos dos boletos, uno entre ellas dos, otro para mí. Ellas rasparon, fue Mirta la que raspó, ganaron, y después se envenenaron.

Nos quedamos admirando las figuras, como embrujadas, como que no era cierto, cada una disputándose el turno para examinarlas, y todavía la Ernestina le preguntó a don Benedicto si era verdad aquello, alcanzándole el boleto, la mano en un solo temblor.

Don Benedicto contó con el dedo los tres carritos. Los contó dos veces.

—Es verdad —nos dijo, sin salir de su asombro—. ¡Vean qué cosa! Tantos que han raspado, y nada; y ustedes, a la primera de bastos, se sacan el carro.

La Mirta le arrebató el boleto a don Benedicto, tiraron los libros en media calle, y corrieron, de vuelta a su casa, yo tras ellas arrastrada por aquel ventarrón que ahora era de alegría, la mamá, doña Ermelinda, ocupada en sus oficios en la cocina, costó que les entendiera lo que le anunciaban entre brincos y gritos y llantos. Ella las regañó, pidiéndoles sosiego, se secó las manos en el delantal, solicitó que le prestaran el boleto para revisarlo, la Mirta se lo dio; buscó en la gaveta de la máquina de coser sus anteojos, salió a la calle para comprobar a la luz del sol si era cierto, preguntando cómo era la cosa, ¿los tres carritos rojos valían, era suficiente? Y ellas que sí, brincando, y yo que sí, envidiosa, con sólo escoger ese boleto de primera la agraciada hubiera sido yo, pero me entretuve buscando el billete de cinco córdobas entre las páginas del libro, y el billete bendito tanto que tardó en aparecer.

Al principio fue la discusión del viaje a Managua, ir a buscar a Alberto para pedirle que las llevara en su jeep a cobrar el premio, que yo me fuera también con ellas. La mamá las sofrenaba, que se esperaran, no iban a coger solas el camino y con un hombre, ella tenía que acompañarlas, que aguardaran hasta el día siguiente, ¿dónde iban a dormir en Managua? ¿Acaso conocían Managua? Jamás habían estado en Managua, ¿cuánto tiempo iban a tardar en los trámites hasta que les entregaran el carro? Ella no tenía confianza en ese Alberto. ¿Y si Alberto se les emborrachaba? Por borracho, mujeriego y aventurero es que lo conocía ella.

No hubo caso, ellas querían irse ya, pero la mamá diciéndoles que nada, había que esperar, nada de Alberto, buscar un chofer serio, ellas no sabían manejar, ¿quién se iba a traer manejando el carro? Alberto, volvían las dos. Y la señora, que ni le mentaran al tal Alberto, bonito estaría coger el camino con un hombre irresponsable que a su edad ya debería estar casado y de puro casquivano que era mantenía queridas hasta en Sébaco, las queridas y las cantinas eran su diversión.

Dale de argumentar y discutir, y la casa ya llena de gente, el gentío venía a saber cómo era eso del carro, felicitando a doña Ermelinda que ordenaba y disponía como si el carro fuera su propiedad, enseñándole el boleto a todo el mundo, sin aflojarlo, señalando con el dedo tiznado los tres carritos rojos.

A ninguna de las dos les gustó que doña Ermelinda se empezara a hacer la gata brava con el boleto, se los leí en las caras. Tampoco les caía en gracia que siguiera despotricando contra Alberto, poniéndolo a cada rato por los suelos, lampaceando el piso con él, se había robado unas vacas de un potrero ajeno, el banco lo perseguía por estafa, un marido engañado lo quería matar.

Fue la Ernestina la que dio comienzo al descalabro. Aprovechó un momento de descuido de la mamá y le arrancó el boleto de las manos en presencia de la multitud de curiosos, que ella iba a guardarlo; pero la Mirta, que ya andaba al acecho de las intenciones de la hermana, se le abalanzó encima, de ninguna manera, a ella le tocaba tenerlo porque era ella la que había raspado, y se dieron delante de toda la concurrencia la primera moqueteada; la Ernestina es la menor de las dos, pero la más fuerte y la más gorda, se defendió como un tigre y a la brava se quedó con el boleto mientras la Mirta lloraba, la mamá consolándola, que no importaba, si al fin y al cabo el carro les pertenecía mitad y mitad.

Pero la Mirta no se conformó, era la más débil pero la más altanera, de ninguna manera el carro iba a ser de las dos, nada de mitad y mitad, era sólo de ella y nada más de ella, que la Ernestina le devolviera ya mismo el boleto.

—Ah, ¿con que así es la cosa? —dijo entonces la Ernestina—. Pues ahora el carro es sólo mío. Y si querés más trifulca, trifulca vas a tener.

Entonces, sucedió lo que yo estaba temiendo. La Mirta, sin dejar de llorar, amenazó a la Ernestina que si no le entregaba inmediatamente el boleto iba a contarle a la mamá algo tremendo. Se puso en medio de la salita de la casa y apretó los puños, temblando de rabia:

—Voy a decir ahorita mismo lo que vos ya sabés, aquello muy feo que hiciste con aquél —le dijo a la Ernestina.

—¿Qué? —contestó la otra, fingiéndose la valiente, pero con la voz ya apagada por el miedo—. ¿Qué es lo que yo ya sé? Vos no sabés nada.

—Lo que vos bien sabés, no te me hagás la mosquita muerta. Voy a contar hasta cinco...

Y la Ernestina, como una mansa palomita, fue y le entregó el boleto.

—Bueno —le dijo—, pero quedamos en que el carro es de las dos.

—Si acaso te invito algún día a montarte para que des una vueltecita hasta la carretera, sentite bien pagada —le respondió la Mirta, metiéndose el boleto lo más hondo que pudo en el brassier.

Doña Ermelinda miró a los presentes con sonrisa forzada, como pidiéndoles excusas por todas aquellas groserías, mientras la Ernestina, derrotada, se apartaba a llorar en un rincón de la salita, sentada a plan en el suelo.

La Mirta me llamó entonces y me propuso que buscáramos a Alberto para irnos de inmediato a Managua.

—Aquí estamos perdiendo, el tiempo —me dijo—. Si nos apuramos, antes de la noche estamos de vuelta con el carro.

Pero rnientras la oía, yo no le quitaba el ojo de encima a doña Ermelinda; aquella su sonrisa pública repartida a los presentes, por dentro lo que avisaba era tempestad. No se iba a tragar, así nomás, las insinuaciones que la Mirta había lanzado sobre su hermana.

Ni que hubiera sido yo adivina. Sin importarle que la casa rebosaba de gente, doña Ermelinda, agenciada ya de una tajona que descolgó de un clavo en la pared, se fue acercando, muy calladita, midiendo sus pasos, al rincón donde la Ernestina se había sentado a llorar en el suelo.

Se enrolló el cabo de la tajona en el puño y empezó a interrogarla, en sus cuentas, en secreto; pero el murmullo de su voz era tan sonoro y el silencio que se hizo tan profundo, que nadie se perdió palabra.

—¿Qué es lo que no querés confesar? ¿Qué es eso que hiciste que yo no sé? —le decía, alzando la tajona—. ¡A mí, que soy tu madre, no me vas a andar con engaños ni carambadas! ¿Quién es ése con el que hiciste lo que hiciste?

—La va a tajonear por tu culpa —le dije yo a la Mirta, muy asustada.

—¿Y qué? —se encogió ella de hombros—. Que pague su mal gobierno. Dichosa debería sentirse que no la han panzoneado.

Silbó el primer tajonazo, y a mí se me erizó la espalda. Pero la Ernestina, en lugar de responder a las preguntas que seguían llovíéndole junto con los chilillazos, más bien pareció sacar fuerzas del castigo. Se vino desde el rincón, otra vez enfurecida, perseguida por la mamá, y se le encaró a la Mirta, sin preocuparse en lo más mínimo de los tajonazos que no cesaban de cruzarle el lomo.

—Dame ese boleto ahora mismo —le exigió.

Las greñas del pelo se le habían pegado sobre la cara bañada en lágrimas. Daba miedo su aspecto.

La Mirta la miró con desprecio.

—Ni lo soñés —le respondió. Y sin retroceder, le lanzó en la cara una risotada de loca—.

—¡Qué me lo des, te digo! —gritó la Ernestina y se le fue encima.

La Mirta se le zafó, y corrió hasta la mediacalle, sus carcajadas cada vez más audaces. La gente que llenaba la casa se desbordó por 14 puerta, a encontronazos, para buscar sitio en la acera. En todas las puertas del vecindario aparecieron racimos de cabezas.

—¡Mamá! —llamó la Mirta desde la calle, burlona—. ¡Te voy a decir lo que vos querés saber! ¡Te voy a decir con quién vive la Ernestina!

La señora, afligida, con razón, porque el bochinche iba a ser ahora en plena calle, se olvidó de la Ernestina; y esforzándose por apartar a los curiosos que no la dejaban pasar, se salió, con la intención de obligar a la Mirta a meterse. Ya estaba en la acera, con la tajona en la mano, dispuesta a bajarse, pero de pronto se detuvo, encabritada contra los mirones.

—¡Se me van todos de aquí! ¡Nadie tiene por qué estar oyendo lo que no debe! —le gritó furiosa al gentío de la acera, amenazando con la tajona—. ¿Y ustedes? —les gritó, todavía más alto, a los vecinos—. ¿Acaso les debo algo? ¡Métanse a sus casas!

La concurrencia se desbandó, arnuinada. Los vecinos cerraron sus puertas como ante el aviso de que anda suelto un perro con rabia. Sólo yo quedaba, la única extraña, y decidí que era hora de irme también.

La Ernestina corrió a alcanzarme.

—No, no te vayás —me dijo, sujetándome por la manga de la blusa—. Tenés que acompañarme a Managua. En cuanto me devuelva el boleto esta loca, nos vamos a buscar a Alberto. Él nos lleva.

—¡Voy a empezar otra vez a contar hasta cinco ... ! —gritó la Mirta, otra vez, desde media calle.

La Ernestina, como si la hubiera picado un alacrán, se bajó a la calle.

—¡Hacé lo que querás, no me importa! —le dijo a la Mirta—. Pero ahora mismo me vas a entregar ese boleto.

Le temblaba la quijada, la cara pálida. Yo sentía que iba a ser capaz de cualquier cosa.

Doña Ermelinda sintió lo mismo que yo, y se asustó.

—Vengan, métanse a su casa —les ordenó, con mucha cautela.

—Yo entro hasta que me dejen en paz. Decile a esta perdida que el boleto es mío y entro —respondió la Mirta.

—Dame el boleto a mí, yo lo voy a guardar —le suplicó la mamá.

—¿Y a cuenta de qué? —le dijo la Mirta, desafiante y altanera—. ¿Ya no querés oír de qué se trata el secreto? Una vez... —empezó.

La Ernestina siguió avanzando.

—¿No me vas a dar el boleto? —le dijo a la Mirta, casi ahogándose.

—No —se cruzó de brazos la Mirta—. El carro es mio y sólo mío. De nadie más.

—Entonces, quedate con él, pero te vas a arrepentir —estalló en llanto la Ernestina y entró corriendo a la casa, se metió al aposento donde dormían las dos, y trancó la puerta.

La señora corrió tras ella y empezó a golpearle la puerta, exigiéndole que saliera.

La Mirta entró también.

—No le va a sacar nada —me dijo—. Allí dejémosla, ya le va a pasar. Busquemos a Alberto y vámonos para Managua.

—Ese carro es de las dos —le dije yo.

—Sólo vos sabés —me dijo ella—. Mío y de nadie más.

—No seás así —le dije yo—. Puede pasar una desgracia.

—Qué desgracia va a pasar —me dijo ella—. Si sigue jodiendo, se lo cuento todo a mí mamá. Eso es lo que va a pasar.

La señora, al ver que la Ernestina no le abría la puerta, dio la vuelta por el patio y fue a llamarla por la ventana.

—¡Se tomó todas las pastillas! ¡Se envenenó! —oímos gritar a doña Ermelinda.

La Mirta se quedó clavada en el mismo lugar, y lo que hizo fue palparse el brassier. Yo corrí y llegué cuando la señora se estaba queriendo meter por la ventana, pero no podía, porque era muy enclenque para semejante esfuerzo. La aparté, y fui yo la que se metió.

La Ernestina estaba desvanecida, boca abajo sobre la cama, como un saco de trapo. El vasito de pastillas, vacío, a su lado. Destranqué la puerta, entró la señora, y yo corrí a buscar a la Mirta, que seguía en el mismo lugar.

—Hay que ir a llamar a Alberto, que preste el jeep para llevarla al hospital de Matagalpa —le dije—. Se tomó todo el vaso de pastillas para los nervios.

—No, Alberto me tiene que llevar a mí a Managua —me contestó ella, como si nada estuviera pasando—. A mí no me va a negar ese favor. Yo sé por qué te lo digo.

Hablaba de Alberto con gran soltura y seguridad, como si fuera propiedad particular de ella.

—No seás bárbara —le dije—. Se puede morir tu hermana.

—Es culpa de ella —me dijo, y volvió a palparse el brassier, como queriendo asegurarse de que el boleto seguía allí.

Yo ya no le hice caso, cogí la calle y me fui a buscar a Alberto. Lo encontré, por dichas, en el momento en que encendía el jeep para irse a su finca.

—¡Alberto! ¡La Ernestina se tomó un vaso de pastillas! ¡Se puede morir! ¡Tenés que llevarla al hospital de Matagalpa! —le grité.

Él me miró, asustado. De lejos se notaba que su viaje a la finca era un pretexto, iba huyendo. Se quitó la gorra, y se rascó la cabeza.

—¿Se envenenó por lo que yo tuve con ella? —me preguntó.

—No, se envenenó por el carro que se sacaron en la raspadita —le contesté yo.

Él siguió vacilando.

—Yo voy con mucho gusto —me dijo—. ¿Pero no ves que la Mirta me denunció con su mamá, que yo vivo con la Ernestina? Ya me lo vinieron a decir. ¿Cómo voy a entrar en esa casa?

—Tu nombre no ha salido para nada —lo urgí yo.

—Bueno —dijo él—, pero en cuanto la Mirta me vea, me denuncia. ¿Y si me obligan a casarme?

—¿Y si te pido que lo hagás por mí? —le dije.

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Sumario

Este Lunes

El revolucionario del siglo XXI

Jorge Eduardo Benavides

El cine cubano sale de viaje

Alfredo Antonio Fernández

El tango y Gardel en la obra de Gabriel García Márquez

Luciano Londoño

La imago

Manuel Gayol Mecías

La palabra del silencio. Notas sobre la escritura de los límites

Arturo González Dorado

«Mariconerías» de Estado: Mariela Castro, los homosexuales y la política cubana

Frances Negrón-Muntaner

Gastón Baquero: un recuerdo familiar

Remigio Ricardo Pavón

1967 y la infancia peligrosa

Patricia Suárez

Unos escriben

Sergio Ramírez

Otros miran

Daniel Mordzinski

OtroLunes conversa

con Antonio Álvarez Gil

“No escribo contra nada ni contra nadie”

con Jorge Majfud

“Calataid es el ejemplo descarnado del patriotismo…”

con Mariela Varona

“Soy una mujer que no acepta la realidad”

con Javier Sáez de Ibarra

“No sé si tengo un estilo, pero sí una intención”

con Ramón Cote Baraibar

“La memoria es como otro brazo, como otra pierna”

con Jon Lee Anderson

“No quiero, simplemente informar y/o entretener...”

con Ana María Shua y Teresa Andruetto

Escribir para comprender

Punto de mira

Cuba per se. Cartas de la diáspora

La isla y su cultura observada desde el exilio

Botón de muestra

Abilio Estévez, Carlos Victoria, Carlos Espinosa Domínguez, José Kozer, Eduardo Manet, Manuel Díaz Martínez, Nivaria Tejera, Pío Serrano, Uva De Aragón y Zoé Valdés

Cuarto de visita

Con la escritora hindú Sujata Bhatt

En la misma orilla

Hombre de negro

Carlos Manuel Torres Guerrero

El muchacho inglés

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Brindis (Fragmento)

León Viera

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La marmita, de Poesía

La marmita. De poesía y poetas

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Tres poemas inéditos

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Kora, de Rogelio Guedea (reseña)

Ernesto García López

Noches de blanco papel, de Roger Wolfe (reseña)

Arturo Parrondo

De tu olor y mis miedos, de Mara Romero (reseña)

Alberto García-Teresa

Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

Guillermo Cabrera Infante. Un clásico de la literatura hispanoamericana

Rita Indiana Hernández y la alucinación de la modernidad

Roberto Fernández Retamar y su Caliban

Espido Freire y la rebeldía contra el silencio

Recycle

Cartas de Mijail Bulgakov a I. V Stalin

La generación extraviada

Ángel Santiesteban

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Premio Novelpol al prolífico escritor argentino Carlos Salem

La Academia Norteamericana de la Lengua España convoca al Premio 2010 de Novela

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Berlín es un cuento

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El canalla sentimental

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Heinz Luning and Nazi Espionage in Latin America: Hitler’s Man in Havana

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Poeficcionario. Antología

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Elementos de Teoría Constitucional. Una propuesta para Cuba

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