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Él me miró, y se volvió a poner la gorra.
—Subite, pues, al jeep —me dijo.
Volvimos a la casa, Alberto atravesó la puerta sin mirar a la Mirta, que seguía parada en el dintel, entró directo al aposento, levantó a la Ernestina de la cama y la cargó en sus brazos para montarla en el jeep. La Mirta lo miraba furiosa.
Doña Ermelinda se había desgajado en una silla, a llorar, olvidándose de que tenía la tajona siempre en la mano, enrollada por el cabo.
Cuando Alberto atravesaba la puerta, cargando a la envenenada, la Mirta lo detuvo.
—Alberto —le dijo muy sonriente—. ¿Ya sabés que me saqué el carro en la raspadita?
Alberto la miró, confundido.
—Sí, ya sé que se sacaron el carro entre las dos —le dijo, y quiso seguir adelante—.
La Mirta se le interpuso.
—Entre las dos, no, Yo me lo saqué sola —respondió ella, empurrada.
Él se quedó callado, sin atreverse a seguir avanzando, mientras buscaba cómo acomodarse mejor el cuerpo de la Ernestina; su sueño era tan profundo, que roncaba de una manera extraña.
—Bueno, lo que sea —dijo al fin Alberto, ya impaciente—. Déjame pasar, que no hay tiempo que perder.
—Lo que sea no —le respondió la Mirta—. Ya te dije que fui yo la que me saqué el carro. Es un carro nuevecito. ¿Me querés llevar a Managua a cobrar el premio, o no?
—Despuecito. Ahora tengo que llevar a tu hermana al hospital —le dijo él, como quien le habla a un niño díscolo.
—Ah, bueno —se encrestó la Mirta—. Te la llevás porque es tu mujer. ¿Acaso no vivís con ella? Llevátela, pues, de una vez.
Alberto, que es tan cabal, porque no es cierto que ande en las cantinas ni tenga queridas, ni haya estafado al banco, se puso rojo de lo furioso que estaba.
—Estás celosa porque nunca te hice caso a vos —le dijo—. Y olvídate de que te voy a llevar a Managua a traer ese carro. Andate a pie, si querés.
Doña Ermelinda, que mientras lloraba estaba oyéndolo todo, se vino hecha una furia, pero no contra Alberto, sino contra la Mirta.
—¿Qué es lo que estás díciendo?— la enfrentó, revoleando la tajona.
—La verdad —dijo la Mirta—. La Ernestina es la querida de este señor. No es la primera vez que la tiene entre sus brazos, como ahora. Otra más de sus queridas, si querés saber.
—¡Sos una degenerada! —gritó la señora, y le cruzó la cara con la tajona.
El tajonazo le cortó la mejilla a la Mirta, muy cerca del ojo, y le sacó la sangre. Cuando se tocó la cara y se vio la mano ensangrentada, para qué quiso más. Se puso histérica.
—¡La degenerada es ella, y a mí me pegás! —gritó, entre sollozos horribles.
—¡Me vas a entregar ahora mismo ese boleto! —le exigió la señora, levantando otra vez la tajona.
La Mirta dejó de sollozar y se rió, con risa como del otro mundo. Se le empezaba a inflamar el ojo, la sangre le bajaba hasta la boca. Burlándose de su mamá, se sacó el boleto del brassier, y se lo enseñó.
—Aquí está —le dijo—. Para que lo veás de lejos, porque no se lo estoy entregando a nadie. El carro es mío.
Doña Ermelinda le dejó ir otro tajonazo, que por casualidad le dio en la mano, y el boleto cayó al suelo. Las dos, madre e hija, se abalanzaron a recogerlo, pero doña Ermelinda, sacando energías quién sabe de dónde, llegó primero y lo agarró. Y antes de que la Mirta alcanzara a reaccionar, la señora corrió con el boleto a la cocina.
Alberto, desconcertado, corrió detrás de ella, siempre cargando a la Ernestina, corrió la Mirta, enfurecida, y corrí yo. La señora había apartado a un lado la porra de frijoles que se estaba cociendo en el fogón, y todavía alcanzamos a ver cuando lanzaba el boleto entre las llamas.
El pedacito de cartulina se encogía, se achicharraba sin remedio. Una nada, un simple papel; los tres carritos rojos se pusieron de color café, después se volvieron negros, y desaparecieron para siempre hechos ceniza. Finalmente, doña Ermelinda agarró una astilla de leña y revolvió las brasas, con impulsos de cólera.
La Mirta dejó oír un alarido espantoso, como un animal al que le han atravesado un cuchillo en el galillo. En una repisa de la cocina había una botella de herbicida Malathion, ella lo buscó con la vista en medio de su desvarío, agarró la botella y se la empinó, sin que nadie tuviera tiempo de arrebatársela. Fueron tres grandes tragos los que dio.
Ahora sus alaridos eran de dolor. Se retorcía, se doblaba apretándose el estómago, y cayó de rodillas.
El pobre Alberto. Corrió a dejar a la Ernestina en el jeep, y volvió, siempre en carrera, para cargar a la Mirta, que ya estaba echando espuma por la boca.
—Venite conmigo, para que me ayudés —me dijo, mientras pasaba a mi lado con la otra envenenada en sus brazos.
—¡Yo me voy a volver loca! —aulló la señora, y empezó a dar topetazos contra el tabique de la cocina—.
—Traétela también a ella —me ordenó Alberto.
Yo obedecí y me le acerqué. En su desesperación, la señora no cesaba de azotar la cabeza contra el tabique.
—Tenemos que irnos al hospital —le dije.
Se resistía, no porque no quisiera acompañar a sus dos hijas moribundas, no era eso; era que estaba trastornada. Tuve que arrastrarla a la fuerza.
Las puertas de la casa quedaron en pampas, mientras Alberto arrancaba el jeep y agarraba la carretera a Matagalpa a toda velocidad, ahuyentando a las gallinas y los chanchos que se le cruzaban en el camino. Una gallina voló sobre el vehículo y fue a estrellarse contra el parabrisas. Yo iba en el asiento delantero, a su lado. Ya en la carretera, pasado Sébaco, me rozó la mano, y como yo dejé la mano donde estaba, me la acarició.
Les lavaron el estómago en el hospital. Les pusieron suero, las tuvieron en observación, se salvaron. La Ernestina se despertó preguntando por el boleto de la raspadita. En la cama de al lado, la Mirta guardaba silencio, emperrada. Es hoy todavia y no se hablan, andan por la casa como si no se conocieran, se van al colegio cada una por su lado.
Las últimas veces que me aparecí por la casa, la mamá me salía a recibir con los ojos enrojecidos de tanto llorar:
—¿Qué hago, qué hago? —me decía—. Esto es un infierno.
Ya no regresé más. Ahora ninguna de las dos hermanas puede verme ni en pintura. Hasta doña Ermelinda me cogió ojeriza y ya ni por la calle puedo pasar, porque se sale a la puerta a lanzarme chifletas desconsideradas. La muy bruta, como si no supiera que de no ser por mí, se le mueren las dos hijas ambiciosas.
Y no es sólo eso. Le cogen el centavo que pueden, y se van a la pulpería de don Benedicto a comprar boletos de la raspadita. Han vendido lo que han podido, hasta el televisor, para seguir jugando. Raspan, raspan, y raspan, y nada. Las tres figuritas con los carritos rojos, nunca les han vuelto a salir.
Cuando ocurrió el suceso, La Prensa lo sacó en grandes titulares en primera página, el miércoles 12 de febrero de 1992, al lado de una foto de la comandante Dora María Téllez, que daba su opinión, hablando de las ilusiones peligrosas que provocan los juegos de azar en una situación de empobrecimiento y miseria como la que vive el pueblo de Nicaragua, algo así. La noticia del periódico decía:
Dos hermanas, ganadoras de un carro en el sorteo de La raspadita, decidieron envenenarse tras una agria disputa por la posesión del premio que finalmente, y pese a que fueron salvadas, no pudieron cobrar, porque la madre de ambas lanzó al fogón de la cocina el billete premiado donde se achicharró.
El singular hecho se dio el fin de semana en Ciudad Darío, donde dos hermanas compraron el boleto a medias, poniendo 2.50 cada una, rasparon y ganaron el premio de la lotería instantánea. Desde ese momento se inició el pleito por quién manejaría el carro y quién tomaría posesión del mismo. El caso es que las dos querían conducir el auto. Una de las muchachas, al ver que no se ponían de acuerdo, decidió tomarse una puñada de pastillas tranquilizantes para quitarse la vida.
La otra pensó que podía quedarse con el premio, pero no contó con la furia de la madre, que al ver que la ambición personal de cada una había causado semejante tragedia, tomó el boleto con los tres carritos pintados y lo tiró de una vez por todas al fuego. La otra hermana, al ver que sus ilusiones eran consumidas sin remedio por las llamas, se tomó un potente herbicida.
Raspe y gane es el lema de la lotería instantánea que ha logrado gran preferencia entre el público ávido de obtener un premio. La modalidad anterior otorgaba un premio mayor de cincuenta mil córdobas, que nunca causó disputas como la relatada, porque el dinero es fácil de dividir. Pero en el caso de raspe y gane un carro el asunto se complicó, porque, ¿cómo partir un carro en dos?
La tragedia ha conmovido a toda la población, antes llamada Metapa, después Chocoyos y hoy Ciudad Darío, cuna del más excelso poeta de la lengua castellana.
Una amiga íntima de las dos hermanas fue entrevistada en Ciudad Darío por nuestro enviado especial, y accedió a darnos los detalles que anteceden, aunque se negó a proporcionar el nombre de las hermanas, y el suyo propio.
Sí. La amiga soy yo, y es cierto que no quise dar mi nombre, ni el nombre de las dos desgraciadas, por consejo de Alberto. A nadie más entrevistaron. Todo está correcto, sólo que no fue un fin de semana el suceso trágico, sino que empezó un martes, cuando las tres volvíamos del colegio y entramos a la pulpería de don Benedicto, empujadas por las ganas locas de probar fortuna, unas ganas que eran como un viento arremolinado. El viento fatal de la suerte, porque la suerte es como el viento.
Una noche de éstas soñé que me sacaba la raspadita, que me salían tres figuritas, tres caras de Alberto. Alberto tres veces con la gorra puesta. Se lo conté a él, un domingo que regresábamos del motel en su jeep, y se rió.
—Es cierto. A vos te tocó la verdadera suerte —me dijo, y me acarició la mano.
Managua, mayo de 1992