OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Octubre 2009. Antilde;o tres. Número diez

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Datos de la revista, octubre 2009, año 3, número 10
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Siesta

 

 

Página 1

a Humberto Castelló

 

Primero debo hablar del mediodía. Del resplandor. Las nubes se esfumaban y el cielo se extendía, brutal como una brasa. No había escondite en esta claridad, en esta luz caliente que escaldaba la piel y la cabeza.

Todos los días, de lunes a viernes, el camión del vivero me dejaba a las dos de la tarde en el centro de Camagüey; sofocado, tirante, pegajoso, con el sol hostigándome el cogote, caminaba con la boca reseca por la tórrida acera hasta la parada de ómnibus, para intentar coger la guagua hasta mi casa, que quedaba en el lindero de la ciudad y el campo, en las mismas quimbambas. La espesa multitud, malhumorada, aguardaba también el cacharrote que no llegaba nunca. Allí empezaba el desfallecimiento (no sé cómo nombrar la súbita impresión de desmayo inminente que sufría en esa época, cuando aún no había cumplido treinta años) que me obligaba a buscar un refugio en la sombra.

Había bebido la noche anterior, como hacía con irreprochable puntualidad cada noche, y me había levantado por la madrugada, con el tufo a licor que el cepillo de dientes jamás desvanecía, para ir a sembrar pinos; en total había dormido cuando más tres horas; la mañana metido en las hileras de árboles diminutos se me hacía tolerable, pero ahora, en medio del tumulto que esperaba iracundo la inexistente guagua, apenas podía tenerme en pie. La resaca, el sudor me avasallaban. Había llegado la hora de la siesta.

Durante más de un año, antes de conocer a esta mujer de la que quiero hablar, recalé en cuatro sitios para dormitar en pleno mediodía; de dos me echaron; de otro me fui por razones, si se quiere, morales; del último, por apabullamiento. Luego me encontré a Iris, o ella me encontró a mí, tirado largo a largo en las losas felizmente frías, acurrucado bajo la escalera que subía hasta su casa. La pobre se asustó, creyéndome la víctima de un abrupto soponcio; se agachó, me tocó el brazo enchumbado en sudor y me dijo:

-¿Te sientes mal?

Tuvo que repetirlo varias veces, porque yo dormía. Creo que soñaba que me iba deslizando por una áspera estera, mientras manos mimosas me sobaban; yo me dejaba hacer, completamente inerte, esperando en el sueño (así creo recordarlo) que al fin apareciera un aguatero; la sed no me dejaba saborear las caricias, pues de eso se trataba. De pronto desperté y en la penumbra adiviné este rostro, esta voz temblona:  "¿Te sientes mal?''

Mojándome los labios con la amarga saliva, contesté:

-Tenía mucho calor. Me hacía falta una siesta.

Cerré los ojos, sintiéndome por otros segundos el huésped de la estera, que contra mi voluntad no cesaba de llevarme hacia un sitio, o tal vez dimensión, de olvido y frescor, pero con un esfuerzo me incorporé y añadí:

-Estoy muerto de sed.

La mujer, que rondaba los cuarenta años, y debía haber visto mucha gente sedienta, no contestó enseguida. A pesar de que apenas podía distinguir sus facciones, desdibujadas por la sombra casi nocturna que nos envolvía, en contraste con la violenta luz de la que yo había huido, me di cuenta de que reflexionaba. Por fin dijo:

-Nunca dejo la puerta de la escalera abierta. Salí rápido porque un vecino me avisó que me llamaban por teléfono y se me olvidó cerrarla. Era mi madre, que me llamaba...

Su voz se descompuso. Se sentó en la escalera, de espaldas a mí, y comenzó a llorar. Delgada y frágil, con el rostro en las manos, empequeñecía. Me pegué a la pared, como un ladrón que en medio del atraco oye de pronto un ruido, y le pedí:

-No llores, por favor.

Con súbita obediencia se calló, se secó las mejillas, y poniéndose de pie se estiró la blusa de mangas largas, una prenda de vestir insólita para nuestro clima.

-Mi madre me llamó de Estados Unidos. Mi hermano se acaba de morir.

Lloró otra vez, apoyándose en la baranda recubierta de mármol. Me acerqué y le toqué una mano, sin poder hablar. Ella rehuyó el contacto y entre lágrimas dijo:

-Ven, para que tomes agua.

Y como si subir los escalones eliminara la angustia de la muerte, al llegar arriba dijo en tono afable, casi entusiasta, no a mí, sino a sí misma:

-Da igual que dejara la puerta abierta. No hay nada que robar.

En efecto, la gigantesca casa, que ocupaba toda la segunda planta, se encontraba vacía. Por los ventanales la claridad lampiña revelaba de sopetón la desnudez de las habitaciones, sin un mueble, ni un cuadro, ni un simple objeto como una repisa, o una lámpara, o un cenicero. Yo la seguía a través de los grandes espacios, iluminados por el mediodía, que se colaba hasta en el más mínimo recoveco sin revelar indicios de que en esa mansión (así me parecía, tal vez porque mi casa cabía en la sala y la saleta de ésta) vivía algún ser humano.

Sólo el último cuarto, justo antes de llegar al comedor, estaba resguardado por unas cortinas desflecadas, que detenían piadosamente la entrada de la luz. En su centro sobresalía un mueble solitario: una cama. Le eché un vistazo con alivio y deseo; mi siesta interrumpida reclamaba una continuación.

Esta cama no sólo lucía cómoda, mullida, hospitalaria: también tenía un carácter diferente a otras en las que me había desmadejado en los últimos meses. No quiero fanfarronear, pero me había vuelto un experto en camas. Quizás una palabra más exacta es lechos, por anticuada que suene. Carlos V., especialista en lechos. Uno se vuelve sabio cuando exige una siesta.

Los dos primeros en los que me tendí, casi a la brava, a sudar la modorra en estos mediodías atarantados, fueron lechos de amor, si así se puede llamar a las camas donde duerme enroscada una pareja que vive bajo un mismo techo y se ha jurado, con mayor o menor elocuencia, lealtad; el tercero, un burujón de sacos en el fondo de una panadería, fue al principio escondite para la pereza y más tarde aposento de lujuria; el cuarto, en el que se tumbaban a horas distintas dos o más cuerpos, no fue más que un corral cochambroso, tapado por retazos remendados que simulaban ser un edredón.

Pero esta cama de balaustres de hierro, austera y espaciosa, transpiraba por los cuatro costados soledad. Uno la imaginaba dentro de una celda, o abandonada en medio de un potrero, mojada de relente. Aislada. Quieta. Sola. Nunca me había topado con una cama así. Esta mujer, a la que ahora seguía a través de un amplio comedor sin sillas y sin mesa, había dejado una gran parte de ella en esta cama.

Yo había aprendido que la gente suele impregnar el lugar donde duerme de una presencia sutil pero patente, como los gatos marcan su territorio con señales que sólo ellos conocen.

La cama matrimonial de Ernesto, un amigo escritor, la primera en la que me acosté conminado por el patatús, tenía un aire intachable que me intimidaba. Las sábanas, que habían sido lavadas con diligencia y purgadas de los fermentos de la pasión nocturna, despedían una tersa frescura, un aroma impersonal, aséptico, al que yo agregaba mi rechinante olor. Mientras me adormecía escuchaba a mi amigo teclear en la sala las páginas de su segunda novela, un sonido que me hacía sentirme levemente culpable, porque yo aspiraba también a escribir libros. En la pared frente a mí, dominando mi siesta, un retrato al óleo de la mujer de Ernesto, hecho por él mismo, que pintaba y escribía con igual disciplina, parecía deliberadamente ignorar mi letargo. Ese rostro difuso, soñador, de un vago tinte místico, me recordaba la inquietante cara de un famoso cuadro de Odilon Redon. Pero en la cara real de la esposa de mi amigo no quedaba ni una traza de ensueño cuando casi al anochecer llegaba de su trabajo en la universidad y encontraba al intruso despatarrado que roncaba en el cuarto, con el pelo manchado de tierra roja, dejando imperdonables huellas en la funda, tal vez en la misma piel de la almohada. Después de tres semanas me dijo sin ambages:

-Esto no es una puñetera clínica para que los curdas se curen la resaca.

Supe que hablaba en serio, porque aparte del tono había olvidado su elegancia verbal. Yo violaba su altar, ponía patas arriba su comarca vedada, contaminaba su intimidad, hacía de su colchón un sudadero. Ernesto se había asilado en el baño, en el que se lavaba con aspaviento los dientes y la cara, hacía gárgaras, se frotaba el pelo; cualquier cosa menos encarar la escena entre su esposa y yo: ella gruñendo y estirando con furia los denigrantes pliegues de la sábana, y yo, con la cabeza gacha, poniéndome velozmente las botas, pensando que debía olvidar para siempre la lozanía de su ropa de cama; me estaba prohibido transgredir ese coto.

Al mediodía siguiente, en la parada, cuando el cuerpo se me desboronaba, decidí probar suerte con Amelia, una lesbiana con la que acostumbraba a juerguear, y a quien una mañana, al final de una noche de bestial borrachera, había hecho chapuceramente el amor.

Amelia, como yo, vivía una doble vida; la clandestinidad era nuestro respiro; gente así escogería, si le fuera posible, los sitios subterráneos y las grandes alturas, digamos un sótano o un campanario, ajenos a cualquier mirada inoportuna; pocos lo logran; pero Amelia se había acercado bastante a la realización de este instinto secreto. Su apartamento, herencia de sus abuelos que se habían marchado a toda carrera de Cuba en la década del sesenta, estaba en el último piso del edificio más alto de Camagüey, el único que podía competir con las torres de iglesias. Es decir, que la cama, al lado de una ventana abierta de par en par, sólo podía ser vista por las aves, o tal vez por un escalador de paredes, un audaz hombre-araña, un prodigio poco probable en nuestra mortecina ciudad.

Amelia, que trabajaba cerca en una tienda de ropa que nunca tenía ropa, me dio la llave al verme más pálido que los maniquíes que adornaban la vidriera yerma, pertinaces testigos de una debacle; subí mareado, a rastras, los doce pisos (el ascensor estaba casi siempre roto), pero al final tuve la recompensa de la cama. Acostado podía mirar el cielo, hundirme en el vacío hasta perder conciencia de mi indisposición; fue un momento feliz, esa primera siesta en la cima; desde allá arriba podía ignorar las calles y los techos ardientes, forrados de vapor; me sentía un atalaya que desdeña su oficio y prefiere dormir.

Pero tan pronto le cogí las vueltas a la cama, y encontré en medio de sus ondulaciones y accidentes (el rastro de una relación tempestuosa) el punto que mejor se ajustaba a mi cuerpo, la amante de Amelia, Sara, una joven negra de nalgas portentosas que habían contribuido a las desigualdades del colchón, comenzó a sentir celos.

La primera vez que apareció de repente, a eso de las cuatro de la tarde, pensé que se trataba de una prolongación de mi sueño: yo había estado soñando que la almohada se había vuelto un seno, y como con los ojos pegados (pues sabía que dormía) no apreciaba su color, sólo su forma, textura y consistencia, no podía asegurar si apoyaba mi cabeza en la teta de Amelia o la de Sara.

Pero en ese momento Amelia se encontraba en la tienda, asediada por la mirada fija de los maniquíes, ajena totalmente a mi delirio; mientras que la piel reluciente de Sara, su pelo que se había vuelto lacio a fuerza de peine caliente, sus nalgas pendencieras, no eran parte de un sueño, sino una realidad incontestable: su hermoso rostro, deformado por una agria mueca, me observaba a través del espejo del armario, a un costado de la cama. Comencé a estirarme, a bostezar, sin ocultar mi erección, que levantaba la tela raída del calzoncillo; supuse, equivocadamente, que mi excitación podía adularla. Echó un vistazo lleno de desprecio a mi bulto, como quien mira con ojeriza a un perro. Me puse de inmediato el pantalón, tartamudeando:

-Sara, no pensé que ya fuera tan tarde. ¿Qué hora es?
-Bastante tarde. ¿Tú vas a venir todos los días? ¿Es que todos los días te sientes mal?

Cualquier cosa que dijera era en vano; cuando uno estorba es mejor hacerse el loco. Me asomé a la ventana y miré los techos y las calles que reverberaban: en las aceras sin pizca de sombra, en las paradas donde se aglomeraban frustrados pasajeros, estaba mi lugar. Las camas donde suelen dormir dos, hombre y mujer, mujer y mujer, hombre y hombre, no aceptan el peso invasor de un tercero; el resabio de Sara se resistía a una petición de clemencia, o un engatusamiento, o un soborno; una vez más, en menos de un mes, alguien me condenaba a la intemperie; y en el centro de esta ciudad no existía un bosque, o un simple matorral donde pudiera recostarme hasta que el sol aflojara.

A la semana opté por una panadería. Allí por lo menos no vivían matrimonios, ni la inquina ni la posesión iban a dar al traste con mi siesta. Ajeno a los contratos afectivos, a la madeja enmarañada que se teje entre las personas que viven juntas, sobre todo si tienen un vínculo sexual, este local enorme, salpicado de sombras, donde se amontonaban sacos de harina y sal, podía acoger lo mismo a un vagabundo que a un capitán de barco. De noche el abejero de los panaderos, sudando ante la lumbre de los hornos, manipulando las gigantes palas para sacar las hogazas humeantes, hubiera malogrado mi descanso; pero ahora, a las tres de la tarde, la penumbra silenciosa impregnaba el lugar de un aire de caverna: exactamente lo que requería. Allí no mandaban la esposa de Ernesto ni la amante de Amelia; el amor entre dos no levantaba trabas para que un tercero echara un sueño durante un par de horas.

A veces he pensado que como me crié solo con mi madre (mi padre se esfumó antes que yo naciera y vino a aparecer cuando yo había cumplido los cuarenta años, y mi madre no quiso saber más de otro hombre, ni siquiera de él), nunca he aprendido a comportarme frente a una pareja, y mucho menos a formar una con otra persona; y la primera vez que esta limitación se me hizo obvia fue esa tarde que entré en la panadería, que cuidaba y limpiaba un muchacho que yo había conocido en un bar, y que me había dicho que cuando quisiera podía pasar a verlo en su trabajo. Aquí, entre quietos cilindros, tornos y amasadoras, frente a los hornos apagados como bocas desdentadas y oscuras, entre las paredes totalmente impersonales de un sitio que no servía de hogar a los seres humanos, me sentía tan seguro como un enfermo dentro de un hospital.

Pero en mi afán por dormir en paz y librarme de aquel malestar testarudo, que el sol y el calor recrudecían, olvidé que esta panadería no era una isla desierta. En el frente, alrededor del mostrador, desde las cinco de la mañana hasta las doce del día, se aglutinaba un montón de gente hambrienta que reclamaba su cuota de pan. Es cierto que cuando yo llegaba ya los panes habían desaparecido y con ellos la turba, pero quedaba el amigo que había conocido en el bar, que empezaba a esa hora a limpiar y poner todo en orden para cuando llegara el turno de la noche.

A este joven, simpático y buen mozo, pero con un ligero retraso mental, le gustaba beber más que a mí, lo que es mucho decir. A mí me caía bien, incluso me atraía, sobre todo cuando yo andaba por la quinta cerveza o el tercer trago de ron; nos habíamos besado un par de veces al coincidir en el baño tenebroso del bar, con esa impunidad que da el alcohol y que luego uno borra cuando se disipa la niebla de la curda; pero ahora, en pleno mediodía, maltrecho y contrariado, sufriendo el aguijón de la resaca, yo no estaba para concupiscencias ni arrumacos, y se lo di a entender desde el primer momento.

-Julio, estoy hecho leña. Acabo de llegar del vivero y a esta hora las guaguas están del carajo, y no me puedo ir para la casa. ¿Tú crees que me pueda tirar por aquí, arriba de unos sacos? Me siento mal, necesito dormir para recuperarme.
-A ti lo que te hace falta es un trago. Tengo algo reservado por ahí.

La sonrisa agraciaba más su rostro. En Julio, la pereza del pensamiento no estaba reñida con la belleza ni con cierta astucia. Sin camisa, con pantalón de yute y alpargatas, manoseaba la escoba sin quitarme la vista. Pero el sofoco y el dolor de cabeza me hacían invulnerable.

-Yo no tomo de día.
-¿Ni un traguito? Asere, esa es la mejor medicina.

Yo sabía que él tenía la razón. Pero había leído lo suficiente sobre borrachos célebres (Hemingway en el primer lugar de una notable lista) y evitaba el remedio.

-No, no voy a tomar tan temprano. Quiero dormir.

Los dos primeros días, acostado en el fondo de un cajón de pan donde sólo quedaban peregrinas migajas y mendrugos que crujían en mi espalda, dormí sin contratiempos, pero al tercero me dejé embaucar por las escaramuzas zalameras de Julio: nos tomamos a pico de botella un licor furrumalla en un cuarto detrás de la panadería, en el que se guardaban bajo llave los latones de aceite y la levadura; terminamos abrazados, en un sopor profundo, con el pelo empegotado de costras de harina, arriba de una cama improvisada con un montón de sacos; por suerte Julio había pasado el pestillo; Tito el hornero nos despertó, casi tumbando a golpes la maciza puerta. No olvidaré su sorna cuando después de habernos vestido a toda carrera, le abrimos; nos miró de arriba a abajo, echó una ojeada al cuarto, engurruñó la nariz y preguntó:

-¿Y qué, embuchándose el pan? Miren que el pan empacha.

A pesar de la insistencia de Julio, que me repetía que Tito era incapaz de matar una mosca, no volví a la panadería. Durante un mes, con jaqueca y entripado en sudor, aguanté estoicamente cada tarde la llegada del maldito ómnibus, pero al final toqué a la puerta de un viejo alcahuete con el que sostenía una relación comercial; desde el principio había pensado en su casa como un posible puerto, pero el pudor me había impedido pedirle refugio; asociaba su casa con la noche, con el sexo, con las borracheras; y de día, sin un trago en el cuerpo, yo no era la misma persona que a la una de la madrugada, cuando con la pareja de turno le alquilaba un camastro a diez pesos la hora.

Este anciano, de apellido Bossuet, paranoico, mitómano y afeminado, que aseguraba haber nacido en Francia y ser familia del obispo del siglo XVII, había hecho de su casa minúscula y ruinosa una secreta posada. En el mismo centro de la ciudad. A una cuadra de una estación de la policía. Si es cierto que la Divinidad protege a los locos, no cabía duda que René Bossuet tenía el respaldo de esa insondable figura celestial. Sin embargo, una de mis amantes, una pepilla rockera y montaraz que no creía ni en su propia madre, me dijo después de haberse acostado conmigo en la pocilga, cuando le comenté la audacia y la suerte del viejo:

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Carlos Victoria

Foto: Pedro Portal

Sumario

Este Lunes

En Argentina, la crisis de 2001 no ha refrenado la creatividad

Eloïse Cohen-De Timary

Gloria Lorenzo: la magia de las pulsaciones imprevistas

Antonio Orlando RodrÍguez

El visionario Phillip K. Dick

Blanca Anderson

Crítica de la Razón Crítica

Ignacio T. Granados Herrera

Malara: la reconquista de un reino

Pedro A. Assef

Redescubriendo a Teresa Wills Montt

Laura García

De la luz y sus contrastes. El aura de la soledad

Rosa Marina González Y Manuel Gayol Mecías

La ley de Herodes: ¿retórica del poder o dialéctica cinematográfica?

Alfredo Antonio Fernández

Unos escriben

Carlos Victoria

Otros miran

Ariel Arias

OtroLunes conversa

con Gustavo Faverón

“Prefiero las novelas que colocan al lector en una encrucijada moral”

con Mari Pau Domínguez

“La novela histórica ha sido un grandísimo descubrimiento”

con Dora Varona

“Soy tremendamente cubana”

con Ronell González

“Confesiones de un grafómano”

con Emerio Medina

“Ser escritor era algo muy poco común en mi barrio”

con Luis García Jambrina

“El libro digital es el futuro que no aguarda a la vuelta de la esquina”

Punto de mira

Contar es un placer. Antología del cuento latinoamericano

Una antología singular

Prólogo

Botón de muestra

César Verduguez

Marco García Falcón

Carlos Oriel Wynter

Cuarto de visita

con el escritor chicano Rolando Hinojosa-Smith

Biografía

Capturados vivos. Entrevista

El mundo enterrado en el sur de Texas. Entrevista

Por esas cosas que pasan (fragmentos)

En la misma orilla

El Diván, de Narrativa

El martillo y la hoz

Emerio Medina

Relato

Historia de Juandormido

Luis Felipe Rojas Rosabal

Relato

Instrucciones para desobedecer al padre

Osvaldo Antonio Ramírez

Fragmento de Novela

Aún hay jueces en Berlín

Ricardo Bada

Waltz with Bashir

Laura García

La marmita, de Poesía

Marmita de octubre

Alberto García-Teresa

Final

Antonio Méndez Rubio

Poemas

Rafael Vilches

Poemas

Belén Artuñedo

Poemas

Ronell González

Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

Carlos Montenegro. Un escritor hijo del presidio

Junot Díaz y las rebeldías cotidianas

Eliseo Alberto y la espiral devoradora de la palabra

Rosa Montero y las leyendas esenciales

Recycle

La futura esclavitud

José Martí

El socialismo y el Estado

León Trotsky

De lunes a lunes

El venezolano Rafael Cadenas obtiene el premio FIL de Literatura 2009

Inicia editorial Iduna homenaje por el centenario del natalicio de José Lezama Lima (1910-2010)

Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo 2008 a la cubana Yamilet García Zamora

Iduna en la Feria Internacional del Libro Miami, 2009

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Última rumba en La Habana

Fernando Velázquez Medina

España, aparta de mí estos premios

Fernando Iwasaki

El único hombre

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La inutilidad de un beso

Javier Puebla

¿Qué les digo?

Varios Autores

Bajo un millón de sombras

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Deseo de ser punk

Belén Gopegui

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No duerme el animal

Ada Salas

Animales animales

Xoán Abeleira

Cerval

Daniel Bellón

La aldea de sal

Lêdo Ivo

Vía Láctea

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A cargo de Lorenzo Rodríguez

Los libros y los días

 

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