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-No hay tal Dios que lo proteja ni cosa que se parezca. Tú siempre con tus boberías. Ese carcamal tiene que ser chivato.
-¿René, agente de la seguridad? Chica, no jodas. ¿No ves que es un infeliz muerto de hambre?
-Esos son los peores.
A la larga comencé a dudar. Los cubanos somos muy susceptibles a las insinuaciones de ese tipo, una flaqueza que nos ha minado y desmoralizado en las últimas décadas; pero después de varios vasos de ron, con la urgencia sexual que el alcohol desata, me daba igual que Bossuet fuera o no un informante. Y seguí durante mucho tiempo pagando los diez pesos cuatro o cinco madrugadas al mes para poder fornicar a mi gusto. Luego del toque convenido (dos suaves golpes; pausa; tres suaves golpes más) su voz carrasposa musitaba detrás de la ventana:<
-¿Sí?
-Es Carlos, René.
-¿Con quién vienes, con hombre o con mujer?
Después de un momento de vacilación, yo precisaba el género. Nunca entendí ese afán de exactitud del viejo. Luego abría con lentitud y entrábamos sigilosamente.
-Esperen aquí, en el boudoir -decía examinando de pies a cabeza a mi acompañante- Tengo que preparar la chambre d'ami.
Y ahora, achicharrado por el sol, sin un solo hueco en que meterme, esta chambre d'ami, que apenas consistía en una esquina de la sala convertida en cuarto gracias a unas cortinas de tela de mosquitero teñidas de rojo, que rodeaban una cama con un colchón raquítico, cobijado por una especie de edredón, se había vuelto mi única esperanza.
En vista de la hora (los clientes siempre eran nocturnos) y de que yo estaba solo y nada más quería tirarme un rato, Bossuet accedió, después de regateos de parte y parte, a cobrarme un lacónico peso por cada siesta.
Pronto se me hizo evidente que a este precio, bastante razonable, se sumaban otros: Bossuet, amante de la música clásica, fiel a la imagen de los homosexuales que daban las películas antiguas, en las que siempre aparecían ensimismados con Mahler o Wagner, como si el gusto de un hombre por otros cultivara el oído, tenía una colección de discos viejos, gastados por el uso, repletos de chirridos, que me ponían los nervios de punta. Su compositor predilecto, como era de esperar, era Rameau, en especial una hermosísima pieza para clavicémbalo, Gavotte et Doubles, que hoy todavía puedo tararear a pesar de que han transcurrido veinticuatro años desde que la escuché un montón de veces acostado en aquel cuchitril. Pero las rayaduras acababan por convertir la música en suplicio.
Luego estaba el calor (la magra cuota de un peso no me daba derecho a disfrutar del ventilador, que Bossuet reservaba para los huéspedes de la noche) del rincón por el que no corría ni una gota de aire; pero tal vez lo más insoportable era el olor que emanaba del colchón, y que yo, con el olfato amortiguado por el alcohol, nunca había percibido por las madrugadas cuando me revolcaba con otro cuerpo en esa misma cama.
Para colmo, Bossuet me espiaba. Yo era un tipo enjuto, de rostro atormentado, y mi único atributo visible consistía en una espesa melena despeinada, que acentuaba más mi delgadez, por lo que no entendía qué placer podía darle al anciano maniático vigilar mi siesta escondido detrás de un parabán, mientras Rameau resonaba una y otra vez, imperturbable, intentando ganarles la batalla a las estrías arañadas del disco; hoy pienso que Bossuet no veía mi fealdad, sino mi juventud. Pero a mí me estorbaba su mirada.
Además, mientras trataba de dormir me trastornaba la imagen de esos cuerpos que habían hecho el amor en esa cama; involuntariamente veía sus contorsiones, oía en sordina sus susurros obscenos; cada quejido del bastidor cuando me removía me parecía provocado por ellos, por esos muslos y pechos invisibles, que habían dado lo mejor de sí tras la tela roja del mosquitero; el hediondo edredón se me antojaba empapado todavía de jugos vaginales, semen y saliva. El colchón, que en vez de guata parecía estar relleno de pedruscos, había cedido al violento ritmo de centenares de eyaculaciones, entre las que se hallaban las mías y las de mis parejas; pero eran las otras, las que no conocía, las que me perturbaban; este ejército de copuladores ajenos a mí me asediaba a lo largo de la duermevela.
Así y todo, pagué mi peso diario de lunes a viernes durante meses. Luego me hastié de la cochambre y volví a la tortura de la parada de ómnibus. Hasta que un día vi por casualidad una puerta que daba a una escalera; la oscuridad me atrajo; probé suerte, me acurruqué en las baldosas frías bajo los escalones, dormí profundamente, soñé con una estera y desperté con sed cuando Iris me llamó. Ahora bebía desesperadamente el vaso de agua que ella llenaba y volvía a llenar metiéndolo dentro de una tinaja, uno de los pocos objetos que quedaban en la cocina desolada.
-Gracias, muchísimas gracias -le dije cuando al fin maté la sed. Y luego, sin mirarla a los ojos, no pude evitar preguntarle- ¿Qué pasó aquí? Perdona, no quiero ser indiscreto. Pero es que ver una casa así, tan linda pero tan vacía, me da grima. ¿Tú acabas de mudarte?
-Estoy esperando la salida del país desde hace años, y he tenido que venderlo todo para comer. Ya me llegó, me voy mañana. Y ahora mi hermano... -se tapó el rostro y dijo- Dios no existe.
Trastabillé ante esta afirmación.
-Me siento mal -sólo atiné a decir- Creo que tengo fiebre. ¿No te importa que me tire un rato en el piso, en cualquiera de estos cuartos vacíos? No voy a molestarte.
-Acuéstate en mi cama. De todas formas, ya casi no es mi cama. En pocas horas no será mía más. Ni esta casa tampoco será mía. Me siento como si nunca hubiera tenido nada, como si más nunca fuera a tener nada.
De repente me sentí obligado a hacer algo por ella. Siempre, desde muchacho, me ha venido ese impulso, como el que ve a alguien que se ahoga y se lanza sin pensarlo al agua. Un acto edificante y generoso, sin duda. Sólo que el supuesto salvador no sabe ni nadar, y termina arriesgándose por gusto sin conseguir sacar a flote a la víctima, que a la larga se hunde. Esa ha sido más o menos mi vida. Además, ¿qué podía hacer en este mediodía, con este malestar que el insolente calor magnificaba? ¿Invitarla a compartir mi siesta? Mirándola con simpatía le extendí la mano y le dije:
-Me llamo Carlos. ¿Cómo tú te llamas?
Ella me dio la suya y con voz apagada contestó:
-Iris.
-¿No tienes hijos?
-No. Cuando estuve casada quise tenerlos, pero no los tuve. Sufrí mucho por eso. Pero ahora sé que fue mejor así.
-Iris, me muero del calor. ¿No tienes calor con esa blusa de mangas largas?
Se apartó y fue hasta una ventana, por donde relumbraba un implacable azul, sin asomo de nubes.
-Tengo los brazos, los hombros y la espalda llenos de quemaduras. Me quemé hace tres años. Estuve meses en el hospital entre la vida y la muerte, pero como puedes ver no me morí. Y no me gusta que nadie vea cómo quedé. Por eso aguanto el calor.
Me acerqué y le acaricié el rostro.
-¿Por qué no nos acostamos un rato en tu cama? Te juro que no te voy a tocar si tú no quieres.
Nos tendimos, totalmente vestidos, uno al lado del otro. Ni siquiera me quité las botas. Me viré hacia ella y observé su perfil. Hasta entonces nunca me había acostado con alguien a quien realmente amara, con la excepción quizás de un antiguo compañero de escuela. Pero esa vez, que no se repitió, los dos estábamos demasiado borrachos, y todo terminó en una niebla furiosa e incoherente de la que apenas me quedó memoria. Sin embargo, inexplicablemente, al mirar de perfil a esta mujer y rodear con mi brazo sus caderas, sentí una súbita oleada de afecto. Nos unimos con la ropa puesta, poniendo al descubierto sólo lo imprescindible; su cuerpo frágil redobló mi vigor.
Más tarde me relató pasajes de su vida que le prometí no repetir a nadie. Para no traicionarla, sólo diré que Iris, desde su juventud, se movió en varios círculos concéntricos, hasta que un día se envalentonó y saltó por encima de las circunferencias. No puedo añadir más. Y ahora se iba de Cuba para siempre, en un nuevo salto. La escuché pasándole la mano por el pelo, que llevaba muy corto; cuando lo tuvo largo, me contó, la mayor parte se deshizo en las llamas. Por último me quedé dormido.
Leí una vez, ya no recuerdo dónde, que la piel quemada no envejece. No sé si será cierto. Me pregunto si la piel de Iris, la que me ocultó, se ha mantenido intacta.
Esa siesta resultó la única en que me desperté cuando era de noche. Estaba solo en la cama extraña y familiar; no había luz en la casa. Iris me había advertido que no quería ninguna despedida. Anduve a tientas por cuartos y pasillos, bajé sigiloso por la negra escalera y eché a correr cuando salí a la calle; quién podía imaginar, con el aire nocturno, que esta ciudad me hostigara horas antes; yo me sentía repleto de fuerza y regocijo, como un hombre que a partir de ese instante jamás iba a tener que dormitar de día.