OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Octubre 2009. Antilde;o tres. Número diez

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Datos de la revista, octubre 2009, año 3, número 10
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La travesía secreta

(Fragmento)

 

 

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XII

Los tres siguientes días apenas se diferenciaron entre sí: por la mañana, la tierra y las plantas despertaban impregnadas de una gruesa humedad, a causa de la lluvia nocturna; por el mediodía el sol inflamaba el aire exiguo; por la noche el calor, pegajoso y compacto, sólo concedía tregua cuando se desataba el aguacero. La lluvia comenzaba alrededor de la medianoche y concluía al amanecer.

Marcos se levantaba temprano, y aprovechando el frescor recorría a solas el camino de El Paso. Sentado bajo un árbol cerca de la poceta leía a saltos el Nuevo Testamento, sin poder concentrarse, como si las palabras hubieran sido dispuestas en las páginas por puro azar, sugiriendo al lector un orden caprichoso, un muestrario de frases que no implicaban una continuidad. Al regresar se encontraba a Alejandro y Dionisio viendo viejas películas argentinas en el televisor, y los acompañaba hasta el momento de cenar, inmerso en las secuencias de lágrimas y tangos. Luego participaban con el tío en la ronda de tabacos, vinos y dominó. Las madrugadas se volvían horas líquidas, un remolino de susurros y abrazos.

Al cuarto día, Marcos se levantó intranquilo: el silencio de Eulogio lo alarmaba, y desde el día anterior la madre y la tía de Alejandro se negaban a hablarle. Ahora, cuando él salió sigiloso del cuarto, una de ellas puso sobre la mesa del comedor el jarro con café y de inmediato se retiró al coto vedado de la cocina. Humillado, bebió el líquido de pie, y más tarde emprendió su recorrido diario sin llevar esta vez, como era su costumbre, el pequeño libro forrado en cuero azul que Alejandro, al otro día de la primera conversación en el portal, había colocado con su peculiar sutileza junto a la cama que compartían Marcos y Dionisio.

En el jardín sobrevivían retazos de neblina que no solo cubrían las plantas y el camino, sino también las siluetas distantes de las lomas. El cantío de los gallos, el mugido de las reses y el gorjeo de las aves indicaban que detrás de la blanca envoltura se efectuaba una preparación para una vida ansiosa, al descubierto; pero por el momento todo quedaba oculto por la gasa. La hirsute vegetación, pujando por brillar entre las falsas nubes, temblaba bajo el rocío. Marcos pasó frente a la choza, que a esta hora de la mañana lucía deshabitada, excepto por unas frágiles figuras de humo que se escapaban de la ventana enmarcada con pedazos de lata. El maizal empapado, el oscuro follaje, los yerbazales al lado del camino, se diluían tras la cortina acuosa, mientras el barro se incrustaba obstinado en las botas.

De pronto una carreta asomó entre la niebla, tirada por una caballo decrépito y jadeante. El animal bajaba impulsado por la pendiente, estremeciendo las ruedas y las tablas. Marcos se apartó para dejarlo cruzar. Un campesino de rostro ensombrecido manipulaba con destreza las riendas, mientras en la parte de atrás dos mujeres y un niño sujetaban una caja alargada de madera, cuya forma Marcos reconoció al instante. Instintivamente se persignó, siguiendo con la vista el carretón que desapareció dando tumbos entre los jirones de neblina y las curvas del sendero. Luego continuó con lentitud su ascenso, estupefacto tras este inesperado encuentro con la muerte a una hora tan temprana.

Sin embargo, en la poceta la claridad del día había impuesto su triunfo. Las aguas resplandecían bajo el sol que ya se levantaba sobre las montañas, y que limpiaba de niebla el aire. Marcos se sentó sobre las raíces del algarrobo, a la sombra del cual había leído fragmentos de los Evangelios en los últimos días, y le pesó ahora no tener el libro. La lectura en el lugar, aunque voluble, disminuía su culpabilidad, y a la vez le traía a la memoria una época remota en la que leía y creía al mismo tiempo.

Al observar el radiante escenario, recordó el estribillo de un himno pentecostal: es como un río de agua viva. Era el favorito del pastor que oficiaba en los cultos de la ruinosa capilla del barrio. Entre secas palmadas y jubilosos golpes de pandereta, el canto cobraba una fuerza ritual atronadora. No sonaba en lo absoluto como el lamento de los espiritistas, ayerayei-ayerayá, seguido por los estertores del médium, ni tampoco como el coro armónico de la misa católica, que bajaba y subía tersamente, sin espasmos, sino que se trataba de un estallido rítmico que se iba enardeciendo hasta alcanzar un clímax: es como un río de agua viva, un río de agua viva en mi ser. Los pentecostales creían en la promesa del Espíritu Santo, en el hablar en otras lenguas. A veces en medio de la música se escuchaban alabanzas proferidas en un idioma inexistente, mientras que afuera, rodeando la capilla, los curiosos gritaban insolencias en un español sin equívocos. La mofa de los espectadores incitaba a los creyentes a cantar con más ardor: el barullo terminaba por fatigar a Marcos. El pastor alzaba las manos hacia el distante cielo y animaba a los fieles a seguir su ejemplo. Marcos también levantaba los brazos, pero no llegaba a cerrar los ojos del todo, sino que por un resquicio de los párpados miraba de soslayo a su madre, que con la vista fija en la pared permanecía silenciosa e inmóvil. Se hablaba de un río de agua viva, de un manantial de gozo, pero el joven de labios apretados sólo percibía una especie de llanura árida. Quizás desde entonces, se dijo ahora, la fe lo había dejado. Para creer se requería una entrega, un acto de sumisión, y él estaba demasiado absorto en sí mismo para rendirse a una fuerza ajena.

Ahora la lámina de la poceta permanecía impasible: sus aguas no corrían como un río. El haberse criado en una religion impetuosa, pensó mientras se acomodaba entre las raíces del algarrobo, lo había incapacitado para entender la quieta iluminación de que hablaban los budistas. Le habían enseñado que la revelación descendía en lenguas de fuego, y por lo tanto no podia concebir que ésta tomara la forma de un paisaje en calma.

Al poco rato un desfile de hormigas lo obligó a cambiar de sitio y de pensamientos. Se levantó entumecido y decidió regresar. Presentía que Eulogio iba a llamar antes del mediodía, y no deseaba obligar a Alejandro a subir hasta la poceta a buscarlo. Además, una melancolía, y la falta de un libro, habían tornado incómoda su postura entre las raíces, y también su soledad.

A la hora del almuerzo, mientras él y Dionisio enfriaban el potaje, soplándolo y agitándolo con cucharas de alpaca, tuvo lugar un estallido verbal en el patio. Las voces entraban por la ventana abierta del comedor, impúdicas.

-¡Ni un día más! -gritaba la madre de Alejandro-. ¡Ni un día más! ¡Ya aguanté todo lo que se puede aguantar!
-¡Esta también es mi casa! -decía Alejandro.
-¡Pero la comida no la buscas tú! ¡Desde que saliste de la cárcel no trabajas! ¡Ni las sábanas las lavas tú! Yo te mantengo y te sirvo de criada porque eres mi hijo, pero no tengo que hacerlo con ese par de delincuentes.
-¡Mamá, te van a oír!
-¿Y qué? Yo lo que quiero es que me oigan. Si no se van hoy mismo los boto. Así que vas y se lo dices ahora, porque si no se lo voy a decir yo. Tu tía y yo estamos muy viejas para estar trabajando para un par de zánganos, que no sabemos ni quiénes son.

En el interior de la casa todo se había aquietado; sólo el zumbido de las moscas trastornaba el aire. Los insectos se posaban en los objetos y la piel, y luego proseguían su vuelo errático. En la sala, la anciana tejedora había colocado las agujas y el estambre sobre su falda para observar atentamente el andar mesurado de un gato, mientras el tío de Alejandro, rígido en su sillón, se amparaba tras las hojas del periódico.

-Yo quisiera que mi padre te oyera -decía Alejandro-. Esta casa siempre estaba llena de amigos de ustedes, y aquí nunca se trató mal a nadie.
-¡Eso era hace veinte años, cuando en esta casa sobraban todos los días tres latas de sancocho para los puercos! ¡Ahora nos tenemos que quitar la comida para dársela a esos tipejos!

Marcos dejó caer la cuchara en el plato.

-Dionisio, hazme el favor de dejar de comer.

En ese instante Alejandro entró en el comedor, con el rostro descompuesto.

-Perdónenme, yo nunca pensé que m i madre se pusiera así.
-Ella tiene toda la razón -dijo Marcos, levantándose de la mesa-. Ahora mismo estamos recogiendo las cosas. Si esta gente llama de Guantánamo, tú le dices que nos fuimos para La Habana.
-No, eso sí que no, ustedes tienen que esperar esa llamada aquí en Santiago. Vamos a casa de un amigo, a ver si se pueden quedar allí. Qué pena me da con ustedes, la cara se me cae de vergüenza.
-Alejandro, no te preocupes, no es culpa tuya -dijo

Dionisio, atragantándose con el potaje. Y añadió con la boca llena-. Ahora mismo nos vamos.

A las dos de la tarde Santiago reverberaba. Los omnibus atestados subían con esfuerzo por las calles casi verticales, y en las aceras los cuerpos sudorosos tropezaban en un atropellado ir y venir. Donde se esperaban palabras de excusa, sólo se escuchaban maldiciones masculladas. Las colas se multiplicaban en el centro de la ciudad: colas para comer una croqueta frita en manteca rancia, para comprar ropa interior, o chancletas, o vasos plásticos; colas para comprar un pasaje para viajar a otro pueblo, o para cambiar la dirección de la libreta de racionamiento; colas de cuerpos mestizos, de axilas mojadas, de narices grasientas, de bocas resecas, de exclamaciones roncas; colas de gente agriada por el calor, enardecida por el humo de las colillas y por el roce de muslos contra muslos, de brazos contra brazos.

Marcos conocía el verano hostil de Camagüey, el verano igualmente hostil de La Habana; y aunque Santiago era parte del mismo trópico, el clima en este pueblo exasperaba. Los mediodías a lo largo y ancho de la isla oprimían durante casi todo el transcurso del año, pero aquí resultaban un aliento de brasas, una tórrida desembocadura.

Ahora, con la mochila al hombro, al lado de un Dionisio que hablaba sin cesar y de un Alejandro taciturno, cruzando entre la multitud que se apiñaba en la calle Enramada, a Marcos le parecía haber llegado al término de un viaje: había tratado de moverse de un sitio a otro, engañado por la falsa sensación de amplitud que brindan a veces las islas -y que en el caso de Cuba había engañado incluso a sus descubridores, que la tomaron por un continente- para al final llegar a este hueco de fuego, a este pozo de sudor, pegado a un parche de mar que ni siquiera ofrecía el alivio somero de la brisa.

Atravesaron de mal humor un parque, donde unos muchachos que holgazaneaban frente a la glorieta los insultaron a causa de la melena y la ropa. Dionisio quiso armar pelea con ellos; Marcos y Alejandro tuvieron que llevárselo a rastras, en medio de los gritos y chiflidos. Bajaron por una calle empinada, que terminaba más adelante en los muelles. A medida que se acercaban a la bahía, el gentío iba disminuyendo. De pronto Marcos dejó caer la mochila en la acera y se sentó en un quicio.

-No doy un paso más, me falta el aire.
-Tienes un sexto sentido, o algo de médium -dijo Alejandro con una sonrisa opaca-. Es allí enfrente -y señaló un desvencijado edificio de dos plantas, con un balcón corrido que amenazaba con desplomarse.

Subieron por una escalera de peldaños flojos, cuya Madera se lamentaba como un ser vivo al sostener sus cuerpos. Alejandro explicó:

-Esto era antes un hotel.
-¿Y ahora qué es? -preguntó Dionisio-. Aquí no puede vivir nadie.
-Pues sí, aquí vive gente -se rió Alejandro-. ¡Y qué gente!

Luego tocó con fuerza en uno de los cuartos. Algunas caras se asomaron en el pasillo en sombras; pasos apresurados recorrieron el interior de las habitaciones; un cuchicheo avivó la penumbra. Al fin la puerta se abrió con sigilo: un viejo mulato, con la cabeza cubierta por una boina de la que sobresalían unos mechones de cabellos castaños, a todas luces una peluca, enseñó su sonrisa desdentada.

-¡Mijito, dichosos los ojos! -le dijo a Alejandro con voz de sonsonete. Y examinando de arriba a abajo a Marcos y a Dionisio, añadió-. ¡Uy, pero qué compañía tan honorable! Pasen, pasen, y no miren el reguero: ahora mismo iba a empezar a recoger. Ale, viejo, tú no avisas cuando vienes, y le haces pasar a uno cada vergüenza... Mira cómo está este cuarto.

Muebles y cachivaches sobrecargaban la habitación sin ventanas, iluminada a medias por una lámpara de pantalla rojiza.

-Acomódense como puedan, que aquí están en su casa. No se fijen en cómo tengo esto, en este mismísimo momento yo iba a empezar a-
-No te preocupes, Demetrio, estos muchachos son de confianza. ¿Tú sabes de quién son amigos? De Eulogio. Estaban parando en mi casa, pero mi madre se puso muy impertinente, y necesito que tú me hagas el favor de dejarlos dormir aquí esta noche. Son gente buena, te lo garantizo.
-Ay, hijo, no faltaba más, con lo solo que yo me siento. Y luego este calor. Soledad y calor, es demasiado -dijo Demetrio, arreglándose los mechones postizos, y observando con ojos brillosos a los dos jóvenes, en especial a Dionisio, que lo miraba entre incrédulo y divertido-. Así que son amigos de Eulogio Cabada. ¡Qué falso ese Eulogio, qué sinvergüenza! La Marrulu me dijo que lo había visto la semana pasada aquí en Santiago. Y a ese sinvergüenza no le pasó por la cabeza hacerme una visita. Con el hambre que le maté en la cárcel de Boniato. Pero con la gloria se olvidan las memorias... Pero siéntense, siéntense adonde quieran, déjenme quitar los andrajos de esta silla estilo Luis Catorce. ¿Cómo se llaman ustedes, niños? Ay, Alejandro, pero si son un par de criaturas. ¿Qué edad tú tienes, mi vida? -le preguntó a Dionisio-. Porque si eres menor de edad lo siento mucho, pero aquí no te vas a poder quedar. Ya una vez tuve problemas con la policía por eso. Y mira lo que le pasó a Eulogio por andar con recién nacidos: tres años en la cárcel, y salió bien porque la Virgen de la Caridad es muy grande-
-Ya yo cumplí los diecinueve -dijo Dionisio, enrojeciendo.
-¡Diecinueve, dice él! ¡Ay, pero qué lindo, Ale, dice que ya cumplió los diecinueve! ¡Y hasta se pone colorado! ¿O será la luz de la lámpara? Al otro sí se lo creo, pero lo que eres tú, mijito, acabas de salir de casa de la comadrona.
-Es una noche nada más, Demetrio.
-Está bien, Ale, yo no sirvo para dejar en la calle a nadie, y menos a un par de bombones. Yo no creo que me vaya a poner tan fatal que esta noche la policía me venga a hacer la visita. Porque la policía me hace a veces la visita, ¿saben? Mis amigos no vienen a verme, pero la policía no se olvida de mí. Y la culpa la tienen los piojosos del cuarto de enfrente, que lo que me tienen es envidia. Dicen que yo vendo cosas de contrabando, que meto machos en el cuarto... Calumnias. Calumnias por envidia, hijo, porque saben que yo soy artista.
-¿Usted es artista? -preguntó Marcos, fascinado.
-Sí, hijo, yo soy cantante. Pero no cantante pesetero, sino cantante de zarzuelas, de ópera. En otro tiempo yo fui la gloria del teatro lírico de Santiago. ¿Quieren que les haga una demostración? -y poniéndose de pie, cantó con voz estruendosa-. «María la O, bella como flor»-
-Nos basta con eso, Demetrio -dijo Alejandro, ahogado por la risa-. No vayas a alborotar ahora a los vecinos.

Pero al rato la insolente temperatura de la habitación comenzó a restarle fluidez y simpatía al diálogo; los tres visitants se despidieron de Demetrio prometiendo regresar antes de la medianoche. Ya en la calle Alejandro dijo:

-El pobre está loco, pero es la única persona que puede alojarlos sin hacer preguntas. El lugar es espantoso, pero una noche se pasa como quiera. Eulogio tiene que llamar hoy, o a más tardar mañana.
-Hace cinco días que estás diciendo lo mismo -dijo Marcos.
-Tienes que tener paciencia -dijo Alejandro.
-¡Eso mismo le digo yo! -gritó Dionisio.
-Si Eulogio no llama hoy, yo me voy mañana por la mañana. Si Dionisio quiere quedarse, que se quede, pero yo me voy. En la universidad pospusieron la salida para el campo, y el Lunes empiezan las clases.
-¿Tú todavía estás pensando en la universidad? -preguntó Dionisio, colérico.
-¿Y en qué quieres que piense? ¿En las playas de Miami?
-Vamos, Marcos, tranquilízate. Debería haberte dado una pastilla para los nervios antes de salir de la casa.
-Tú lo resuelves todo con pastillas. Yo lo que necesito es emborracharme.
-Pues vas a tener que esperar hasta por la noche, en este pueblo ahora no venden bebida por el día. Cerraron los bares para ver si la gente trabaja más. Lo peor que hicieron. Los santiagueros perdonan la falta de comida, de ropa, de transporte, de lo que sea; lo que no perdonan es la falta de tragos. Por suerte hay unos kioscos en la calle Trocha en los que venden cerveza cruda por la noche. Aquello se pone del carajo, pero si quieren, después podemos darnos una vuelta por allá.
-¿Por qué no vamos al cine ahora? -dijo Dionisio-. Vamos a ver aunque sea una película rusa. Este calor en la calle no hay quien lo aguante.

En la oscuridad del teatro, unos ventiladores colosales levantaban un ventarrón sobre las lunetas; el ruido de las aspas opacaba el sonido del filme. A Marcos le costaba trabajo concentrarse en la vida artificial que se desarrollaba en la pantalla: una historia de amor en plena guerra. La pareja caminaba, tomada del brazo, por un pálido parque. Era otoño; las ramas desnudas formaban un techo escuálido bajo el cielo encapotado; las hojas se amontonaban sobre los bancos y las piedras; la llovizna lustraba el pavimento. El hombre llevaba un chaleco y una bufanda; la mujer, un sobretodo de cuello ancho. En el país donde vivían, pensó Marcos, no tenían que sentarse al lado de un ventilador para secarse el sudor de la ropa, ni tampoco refugiarse en un cine para escapar del sol. Se apoyaban en la baranda de un puente a observar el paso del agua grisácea, que arrastraba impurezas, desperdicios. Una música de piano ponía un contrapunto melancólico al diálogo entre ambos. Los toscos subtítulos en español revelaban promesas, dudas, dificultades; el peligroso lenguaje del amor temblaba en letras gigantescas que cubrían buena parte del celuloide, diseñadas para un público miope, o poco habituado a la lectura. Luego el hombre y la mujer entraron al cuarto de un hotel, donde después de discutir se desnudaron; en ese instante Dionisio pegó su rodilla a la de Marcos. Pero no todo era placer en la historia. De repente unos tanques de guerra irrumpieron en un campo fangoso, y los cañones retumbaron en el cine amortiguando el traqueteo de los ventiladores. Alejandro salió a llamar por teléfono a su tía, y al sentarse de nuevo dijo:

-Nada.

Después de atravesar pueblos asolados por el hambre y la muerte, y de sobrevivir a las complicaciones en un sótano, ahora la pareja recorría en bicicleta una avenida de árboles frondosos. La acción se había trasladado a una espléndida primavera. Pero un segundo más tarde llegaba el invierno: la nieve refulgía sobre las calles de una ciudad desierta, en cuyos edificios se percibía la marca de la destrucción. Marcos trataba de reconocer la melodía en el piano; sonaba como un tema de Chopin. En casa de Alejandro había escuchado la noche anterior una versión a piano de la Quinta Sinfonía de Beethoven, en un arreglo de Liszt que no conocía, y se había sorprendido al comprobar que un tema conocido puede variar al punto de volverse casi irreconocible al ser ejecutado por otro instrumento diferente al que estamos habituados a escuchar, y sin embargo mantener su fuerza.

Ahora la música de la película le evocaba también una melodía familiar, pero no podía asegurar que conocía la pieza; quizás, se dijo, lo familiar era la persistencia en pasearse por parques, atravesar por pueblos, detenerse en puentes, hacer el amor en camas ajenas, formar parte de los cambios de las estaciones, mientras meses y aun años se desplazaban con la velocidad de minutos, como ocurría a veces en la propia vida.

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Carlos Victoria

Foto: Pedro Portal

Sumario

Este Lunes

En Argentina, la crisis de 2001 no ha refrenado la creatividad

Eloïse Cohen-De Timary

Gloria Lorenzo: la magia de las pulsaciones imprevistas

Antonio Orlando RodrÍguez

El visionario Phillip K. Dick

Blanca Anderson

Crítica de la Razón Crítica

Ignacio T. Granados Herrera

Malara: la reconquista de un reino

Pedro A. Assef

Redescubriendo a Teresa Wills Montt

Laura García

De la luz y sus contrastes. El aura de la soledad

Rosa Marina González Y Manuel Gayol Mecías

La ley de Herodes: ¿retórica del poder o dialéctica cinematográfica?

Alfredo Antonio Fernández

Unos escriben

Carlos Victoria

Otros miran

Ariel Arias

OtroLunes conversa

con Gustavo Faverón

“Prefiero las novelas que colocan al lector en una encrucijada moral”

con Mari Pau Domínguez

“La novela histórica ha sido un grandísimo descubrimiento”

con Dora Varona

“Soy tremendamente cubana”

con Ronell González

“Confesiones de un grafómano”

con Emerio Medina

“Ser escritor era algo muy poco común en mi barrio”

con Luis García Jambrina

“El libro digital es el futuro que no aguarda a la vuelta de la esquina”

Punto de mira

Contar es un placer. Antología del cuento latinoamericano

Una antología singular

Prólogo

Botón de muestra

César Verduguez

Marco García Falcón

Carlos Oriel Wynter

Cuarto de visita

con el escritor chicano Rolando Hinojosa-Smith

Biografía

Capturados vivos. Entrevista

El mundo enterrado en el sur de Texas. Entrevista

Por esas cosas que pasan (fragmentos)

En la misma orilla

El Diván, de Narrativa

El martillo y la hoz

Emerio Medina

Relato

Historia de Juandormido

Luis Felipe Rojas Rosabal

Relato

Instrucciones para desobedecer al padre

Osvaldo Antonio Ramírez

Fragmento de Novela

Aún hay jueces en Berlín

Ricardo Bada

Waltz with Bashir

Laura García

La marmita, de Poesía

Marmita de octubre

Alberto García-Teresa

Final

Antonio Méndez Rubio

Poemas

Rafael Vilches

Poemas

Belén Artuñedo

Poemas

Ronell González

Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

Carlos Montenegro. Un escritor hijo del presidio

Junot Díaz y las rebeldías cotidianas

Eliseo Alberto y la espiral devoradora de la palabra

Rosa Montero y las leyendas esenciales

Recycle

La futura esclavitud

José Martí

El socialismo y el Estado

León Trotsky

De lunes a lunes

El venezolano Rafael Cadenas obtiene el premio FIL de Literatura 2009

Inicia editorial Iduna homenaje por el centenario del natalicio de José Lezama Lima (1910-2010)

Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo 2008 a la cubana Yamilet García Zamora

Iduna en la Feria Internacional del Libro Miami, 2009

Biblioteca de OtroLunes

Librario

A cargo de Recaredo Veredas

Última rumba en La Habana

Fernando Velázquez Medina

España, aparta de mí estos premios

Fernando Iwasaki

El único hombre

Rafael Vilches Proenza

La inutilidad de un beso

Javier Puebla

¿Qué les digo?

Varios Autores

Bajo un millón de sombras

Andrea Busfield

Deseo de ser punk

Belén Gopegui

A cargo de Alberto García-Teresa

No duerme el animal

Ada Salas

Animales animales

Xoán Abeleira

Cerval

Daniel Bellón

La aldea de sal

Lêdo Ivo

Vía Láctea

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A cargo de Lorenzo Rodríguez

Los libros y los días

 

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