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Casi al final del filme se dio cuenta de que Dionisio se había quedado dormido, y envidió su capacidad de olvido: los habían echado de una casa, debían dormir esa noche en un cuarto siniestro, el futuro se mostraba plagado de riesgos, y sin embargo el joven roncaba plácidamente, al son del piano y las ruidosas aspas.
Salieron del cine al anochecer, y a insistencia de Marcos fueron directamente al lugar donde vendían cerveza, dos kioscos de guano en medio de un solar. El alumbrado consistía en bombillos de pocas bujías que colgaban de una red de cables desnudos; pero la pobreza de la iluminación y el decorado no desanimaba a los bebedores, que acudían en bandadas. Cuando se abrió la venta, la multitud que formaba las colas pasaba del centenar. Los empujones y los altercados recorrían las filas como una corriente eléctrica, las conversaciones resonaban a voz en cuello, las risas se expresaban en grotescas carcajadas, y los abrazos y apretones de mano se materializaban en forma de embestidas.
Pero Marcos, después de tomarse de un tirón dos jarras del líquido amargo y espumeante, se había impregnado de la agresividad que campeaba en el sitio. Con ojos que la bebida había vuelto vidriosos, desafiaba en silencio a los desconocidos que inspeccionaban con mofa su pantalón ceñido, su camisa de colores y su melena despeinada.
Al poco rato, bajo la tutela prudente de Alejandro, los tres amigos se retiraron a una esquina del solar, sentándose a beber sobre unas piedras. Pronto se sumó al grupo un hombre al que Alejandro conocía de la cárcel, que tenía una habilidad peculiar para colarse en el tumulto y conseguir cerveza de gratis. Jaranero y audaz, se ganó la confianza de Dionisio: ambos tenían en común unos brazos marcados con tatuajes y el lenguaje peculiar del presidio. Las jarras se vaciaban de golpe y al instante aparecían repletas. El diálogo, empapado de alcohol, contaminado por el brutal paraje, tomó un sesgo sombrío: los ex recluses (porque también Alejandro era uno de ellos) se disputaban el derecho a relatar historias de chantajes, de violaciones, de asesinatos a sangre fría. Marcos escuchaba absorto, levemente atontado por la cerveza. En uno de sus frecuentes viajes a las letrinas al fondo del solar, perdió el equilibrio y resbaló en el fango.
En ese instante una contienda a machetazos frente a los kioscos dio lugar a un desplazamiento masivo, como si hubieran sacado de un corral a una manada de reses furibundas. Marcos se refugió tras las letrinas, donde el orine formaba surcos en el terreno blando. Pero la pelea, a la que se sumaban nuevos cuerpos y voces, se aproximaba cada vez más a su escondite, magnificada por atroces insultos. Imitando el ejemplo de otros bebedores, terminó por saltar una tapia que dividía el solar de la calle del fondo, y cayó de bruces en la acera. Al tratar de incorporarse se dio cuenta de que estaba ebrio. Con dificultad caminó media cuadra, se sentó en un contén, y apoyando la cabeza sobre las rodillas perdió el conocimiento.
Al volver en sí, calado por una llovizna que parecía descender de los árboles, se admiró del silencio. Tras la tapia de la cervecera la voces ya se habían apagado, y por un hueco abierto en la pared alcanzó a ver los locales vacíos, el suelo cubierto de jarras machacadas. Atravesó las calles perseguido por ladridos de perros, hasta llegar a una avenida donde las luces de mercurio pestañeaban, como un reflejo de su nublada visión de borracho. Su paso zigzagueante a veces escapaba a su control. Al rato se detuvo junto a un parque de diversiones cerrado, en el que los caballos del carrousel, herméticos y altivos, lo escrutaron con dura fijeza. Sí, las figuras inanimadas poseían una vida recóndita. Pero en ese instante él necesitaba la compañía de seres más expresivos. Tenía miedo.
Llegó tambaleándose a la terminal de ómnibus, atestada de viajeros frustrados, y se dejó caer en un asiento; la pesadez del alcohol lo vencía. Al amanecer lo despertaron una sacudida de hombros y una voz que le gritaba:
-¡El ángel de la guarda! ¡El ángel de la guarda!
Abrió los ojos, pero pensó que no había despertado: Eulogioy Elías lo zarandeaban, le alborotaban el pelo, trataban de cargarlo.
-¿Qué hacen ustedes aquí?
-¿Qué haces tú aquí? ¡Mi madre, qué facha tan horrenda! Pareces una pesadilla de Hieronymus Bosch, o no, de Bosch no, del mismísimo Goya. ¿No es un prodigio, Elías? Ahora mismo estábamos hablando del niño, preocupados por él, santo inocente, y lo encontramos en la terminal, borracho y sucio, como un zarrapastroso. El ángel de la guarda convertido en diablo. A mí me encantan las transformaciones, querido, pero no me gusta que sucedan así, sin ton ni son, vertiginosamente. En la rapidez hay siempre una falta de elegancia. No, Marcos, no puedes perder el sentido de la distinción, ni siquiera a la hora de cambiar. Somos imagen, niño, por sobre todas las-
-¿Dónde están Dionisio y Alejandro? -preguntó Elías.
-No sé, nos emborrachamos, después se armó una bronca... Creo que me quedé dormido. Me imagino que me anduvieron buscando, y después se habrán ido a casa de Demetrio, un Viejo que canta, donde íbamos a pasar la noche.
-No creo que Alejandro los haya llevado para casa de Demetrio -dijo Eulogio, gozoso-. Alejandro es único, único. Me imagino la cara que tú-
-La madre de Alejandro nos botó, dijo que éramos un par de delincuentes.
-Perfecto, perfecto -dijo Eulogio-. Date cuenta que ella es una madre. La raza de las madres, tan concreta como la asiática, la negra, la aria o la caucasiana, sólo que más temible que todas esas juntas.
-La culpa es de ustedes -dijo Marcos-. Quedaron de llamar enseguida, y ya había pasado una semana.
-Amigo mío, en la cárcel de Guantánamo no hay teléfonos -dijo Elías-. Y por eso no pudimos llamar.
Marcos, despabilado, se puso de pie.
-No me digan que estaban presos. ¿Entonces los denunciaron?
-No, no tiene nada que ver con lo otro -dijo Elías-. Pero todo se jodió. Ya te contaremos después, vamos a salir de esta puñetera terminal.
-Si todo se jodió, nos vamos hoy mismo para La Habana. Las clases en la universidad empiezan el lunes, y yo no aguanto más este pueblo.
-Primero ve al baño y lávate la cara -dijo Elías-. Anda, coge este peine y pasátelo por la cabeza, estás que das grima.
-Se parece a mí en mis mejores momentos, ¿no es verdad, Elías? Pero te he traído un premio especial, niño, como recompensa a tu larga espera.
-Yo no quiero premios ni un carajo, lo que quiero es irme de este pueblo de mierda. Todo esto es por culpa tuya, Eulogio, por uno dejarse llevar por tus locuras.
-¡Dios mío, el capítulo de los reproches! Pero luego la reconciliación es dulce. Desahógate, querido, dime lo que te venga en gana; ya estoy acostumbrado a los vituperios. No te voy a contestar, no señor. Anda, insúltame. Soy la cabeza de Medusa, niño, el convidado de piedra. Pero eso sí, no me eches la culpa por tu borrachera, porque yo no andaba por todo esto. Llevo más de una semana sin tomarme un trago, y pago lo que sea hasta por un pomo de alcohol de farmacia. Yo espero que Demetrio tenga algo en su cuarto, él siempre guarda una reserva para su clientela, que aunque no lo creas, es variada y numerosa. Esta es la tierra del fuego, aquí cualquiera se quema -y mirando fijamente a Marcos, Eulogio añadió-. Me gustaría saber cómo se ha portado Dionisio. ¿Son ciertas mis sospechas? Pero no, no me digas que no, querido, esa cara lo dice todo. No te preocupes, yo te perdono, yo te lo perdono todo, querido Marcos. No sé si Elías te perdonará. El pobre Elías, la ha pasado tan mal en esa celda, y te ha recordado tanto. Y tú por acá, envuelto en otros menesteres, nada desagradables, ya lo sé. La tuya es la carrera de San Agustín, niño, sólo que al revés. De la santidad al pecado, barranca abajo y sin freno. ¡Qué privilegio!
-Eulogio, deja al muchacho tranquilo, déjalo que vaya al baño. Apúrate, Marcos, tenemos que desayunar. Con esa curda que pasaste, tienes que echarte algo en el estómago, aunque sea una taza de café.
La mañana, fresca y brillante, los decidió a bajar a pie hasta el centro de la ciudad. Las calles empinadas, los tejados marrones se recortaban con vívidos matices contra el febril azul del mar y el cielo. Demetrio no se encontraba en su cuarto; un niño que jugaba en la derruida escalera les informó que el viejo había salido con otros dos hombres desde temprano.
-Seguramente te andan buscando por todo Santiago -dijo Eulogio-. ¡Qué trío! Demetrio, Alejandro y Dionisio: tres personajes en busca de un autor. ¡Y qué clase de autor necesitan esos personajillos! Un verdadero creador de ficciones.
-Para mí, la ficción ya es cosa muerta -dijo Marcos.
-Como de costumbre, te equivocas -dijo Eulogio-. Todo lo que no sea el instante inmediato es ficción. El pasado, el futuro, todo es ficción, querido, ficción viva. Vamos a la avenida que hay al lado del puerto, y allí te contaremos nuestra ficción en Guantánamo. Necesito estar un rato al lado del mar, para recuperar mi melancolía. Ya que no estoy destinado a cruzarlo, por lo menos quiero verlo de cerca, como hace el enamorado sin esperanzas con el objeto de sus deseos. ¡Ah, los enigmas del corazón humano!
Con el paso furtivo de merodeadores, circundaron la orilla de la bahía, y por último se sentaron en un banco frente a los muelles, donde el agua aceitosa golpeaba blandamente el malecón, y un carguero de proa oxidada y nombre griego estremecía con su bramido el aire cristalino. Eulogio comenzó a resumir la historia:
-Nada, el tipo que esperábamos nunca apareció. Cabe la posibilidad de que a última hora se arrepintiera, o de que nosotros llegáramos tarde. Nos hospedamos en el hotel que él me recomendó cuando lo vi en La Habana, y nos cansamos de dar vueltas por el pueblo. La gente nos comía con la vista, pensando que éramos extranjeros. Imagínate, nosotros con camaritas y todo, tratando de pasar por turistas. Yo con mis jeans y mi camisa americana que ya cumplió doce años, y Elías con sus ojos azules y su afro. En el hotel dijimos que estábamos de paso para Baracoa, donde íbamos a hacer un documental sobre la recogida de café. Por la noche nos quedamos en el hotel, esperando al individuo. Yo me sentía como en un filme de los años cuarenta, una de esas aberraciones de Ingrid Bergman o Joan Crawford. Elías modelaba en el lobby, tratando de conquistar a una mulatica que limpiaba unas manchas invisibles en el piso, como Lady Macbeth. Y yo muerto del aburrimiento, ignorando a un vejestorio que me estaba sacando fiesta desde por la tarde, y que tenía aspecto de Responsable de Zona del Partido Regional. Imagínate, un hombre cincuentón, posiblemente con nietos pioneros. ¡Qué horror! A eso de las diez de la noche, cuando ya estaba convencido de que mi destino era morir de hastío, siento un escándalo por un altoparlante, el altoparlante más alto que he oído en mi vida. Yo pienso que es un discurso, o una asamblea de trabajo, o una convocatoria de los CDR para redoblar la vigilancia o ir al trabajo voluntario, pero no, niño, era un juicio, un juicio popular, en vivo, querido, a todo métele, porque allí los juicios se celebran con amplificadores, para que todo el mundo los oiga, al parecer para que la gente aprenda su lección, al estilo de Robespierre y compañía. ¿Te das cuenta? ¿Te imaginas que el de nosotros en Camagüey hubiera sido así? ¿Te imaginas que el juez me hubiera preguntado por un micrófono: Diga si usted le pasaba el pene por los muslos a este otro acusado, o si se lo introducía en el recto, y que tu mamá meciéndose en un balance en su portal (es un ejemplo, Marcos, no lo digo por molestarte) hubiera tenido que escuchar esas barbaridades? Pero este juicio también era digno de atención. Los acusados eran un hombre y una mujer que habían acabado de divorciarse, y habían tenido que dividir la casa con una pared de cartón. La mujer, como es de esperar, se echo un marido nuevo, y una noche, cuando estaban en plena función, el ex rompió la pared y les desbarató la cama. Entonces la mujer, en traje de Eva, mientras los hombres se enredaban a golpes, cruzó al otro lado y le prendió candela al cuarto del que fue su marido. Una guantanamera con todas las de la ley. Y yo, por supuesto, embullé a Elías para que fuéramos a ver aquello. Y de comemierda me cuelgo la cámara del cuello, para epatar, naturalmente, y cuando la cosa estaba de los más sabrosa, con la mujer declarando y todo, vienen unos policías y nos llevan presos. Nos acusaron de querer tomar fotos del juicio para después mandarlas al extranjero. Por suerte la cámara no tenía ni rollo. Pero así y todo nos pasamos una semana en la cárcel de Guantánamo, que es casi peor que la de Camagüey, ¿no es verdad, Elías? Allá adentro me encontré con un delincuente que conocí en la prisión de Boniato, que nos hizo el favor de darnos protección, como hacen los embajadores con los refugiados. Si no hubiera sido por él, a nuestro Elías le hubieran cogido las nalgas. Y de qué manera. Había un negro gigante que se entusiasmó con nuestro amigo, un negro con una escopeta que daba espanto. Niño, si vieras cómo la meneaba cuando se paseaba desnudo de un lado a otro de la celda, para demostrar que la igualdad no existe en el mundo. Pero mi amigo intercedió por nuestro Elías, y la sangre no llegó al río. Por fin ayer nos dieron la libertad. La policía nos dio dos horas para salir del pueblo, advirtiéndonos que no podíamos regresar allí jamás. Lo mismo que nos dijo mi mama que en paz descanse a mi papá que en paz descanse y a mí cuando nos botó del Vedado. Y a nadie se le ocurre botarme de Cuba y decirme que no puedo regresar más nunca. Pero eso sería esperar un milagro, y yo no tengo paciencia para tanto. Quiero que las cosas me ocurran ahora, ahora mismo, mientras ese barco griego va saliendo del puerto. ¡Dios mío, y yo que tanto he admirado la cultura griega, y que soy la única persona en Cuba capaz de comprender el significado de la palabra paideia! -y sacando un cartucho del bolsillo, Eulogio añadió-. Este es mi regalo, Marcos. Ahora espero que lo compartas conmigo. Me lo dio otro socio de presidio que me encontré en la terminal de Guantánamo.
-Eulogio, no lo saques aquí -dijo Elías.
-¿Qué es? -preguntó Marcos.
Eulogio le dijo al oído:
-Mariguana.
-Eulogio, hazme el favor, por lo que tú más quieras, guarda eso -dijo Elías-. Lo único que falta es que ahora nos cojan presos por esa porquería.
-No seas tan pendejo, Elías. Pero bueno, sí, a lo major tienes razón. Oigamos por una vez la densa voz del raciocinio. Pero me muero por tomarme un trago, o fumarme un pito de mariguana, o lo que sea. Los días en esa pocilga me han sacado de quicio. Yo que juré no volver a pisar una cárcel cuando salí de Boniato, después de haber recorrido las mejores prisiones de la isla. No sabes, niño, lo que sentí al verme otra vez entre esas cuatro paredes. Porque a la larga todas son iguales. ¡Ah, y el hambre que pasamos! Una noche soñé que unas palomas me traían comida, como a la reina Semiramis. Y otra noche (pero esto no fue un sueño) una rata me mordió el pulgar. Aquí tienes la marca, no creas que estoy inventando. Pero en fin, no quiero seguir con este tono quejumbroso, parezco una poetisa del siglo diecinueve. De ese siglo, Marcos, del que tú saliste para caer acá, como si te hubiera traído la máquina del tiempo. Pero yo lo que quiero, anhelo, necesito, es agarrar una nota que me traslade al siglo veintitrés. En casa de Demetrio podremos fumarnos la mariguana en paz. Si es que se puede hacer algo en paz en alguna parte de este inferno. No te preocupes, Marcos, esta noche nos vamos para La Habana. Apenas lleguemos vamos a empezar con el montaje de La Gaviota. Después de Chejov voy a montar a O'Neill, y después a ese dramaturgo valioso y olvidado, Jean Giraudoux. Rusia, Estados Unidos y Francia. Viajaremos a través de la imaginación. Terminaré mi recorrido con un entremés de Cervantes. ¡Qué fantástico, proyectar el futuro en una mañana como ésta, frente a este mar que no sabemos (ni podremos saber) a dónde nos puede llevar! Que no se nos olvide, que no se nos olvide: tenemos el teatro.
COLECCIÓN CANIQUÍ EDICIONES UNIVERSAL, Miami, Florida, 1994