OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Octubre 2009. Antilde;o tres. Número diez

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Datos de la revista, octubre 2009, año 3, número 10
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La ruta del mago

(Fragmento)

 

 

Página 1

Cinco

Rompió la lámpara de la mesa de la noche. Le cayó a puñetazos a la pared del cuarto. Zafó de un tirón el cordon de la radio y lanzó el aparato contra una butaca. Barrió de un manotazo los vasos y los platos amontonados sobre el fregadero. Se arrastró por el piso como una culebra. Sofía lo dejó hacer, colérica y perpleja; nunca pensó que le fuera a tocar vivir algo así. Era una bestia, un criminal, un loco; cualquier cosa menos un ser humano. Así le dijo:

-¡No eres un ser humano!

Y agarrando a David por una mano salió a la calle, a esa hora de la noche: eran más de las diez. ¿Adónde ir? Siempre quedaba la posibilidad de aparecerse en casa de su madre, de agachar la cabeza y decirle: «Me equivoqué. Tú tenías la razón». Y de oír a su abuela en la silla de ruedas, aferrada todavía a la vida, junto a la enredadera del portal, recriminarle con su voz cascada: «¡Te lo dije! ¡Te lo dije! ¡La negra que se casa con un blanco nunca es feliz!»

Pero admitir su error y su derrota ante el tribunal de su familia significaba renunciar para siempre a la esperanza de que algún día algo saldría mejor; significaba darse por vencida. Y pese al escozor y a los desasosiegos, el nudo duro de desatar que la unía a su marido resistía inmune, intacto.

¿Adónde iría? Esta noche de martes no se prestaba para visitas ni para caminatas; los pocos transeúntes eran sólo pepillos, borrachos, milicianos y mujeres que parecían buscar una aventura; una madre con su hijo de la mano desentonaba en este mundo ralo, sospechoso, vagamente turbio. Se encaminó hacia el centro de la ciudad, donde al menos sobrevivía la luz de los comercios.

Pero ella tampoco era una madre común, pensó mientras cruzaba bajo el toldo vistoso de un cabaret, donde un portero de sonrisa mordaz le hizo una reverencia susurrándole: «Mima, mima, mima». Ni su hijo, pensó después, era como otros hijos. La piel de ambos no era negra ni blanca, aunque la de David era más clara; además, era evidente que había algo lento en él, como un torpor, como una opacidad; y ella era una mulata que no había querido «darse su lugar», como decían con condescendencia los blancos de Camagüey, que juraban que no eran racistas.

La madre y el padre de Sofía sí se habían dado su lugar: habían subido con abnegación los peldaños de la escala social, una mulata maestra y un negro doctor, especialista en vías respiratorias, miembros honorarios de la sociedad de la gente de color, que se reunía en su club, donde había bailes, conciertos, actos políticos y culturales, sin jamás cruzar la invisible barrera.

Ella, Sofía, era la transgresora. Se casó con un blanco que luego resultó ser un desastre. Aun más: un loco. Esta noche, borracho, había amenazado con matarla y luego suicidarse, mientras rompía las cosas por puro ensañamiento.

Ahora, mientras cruzaba la calle República, Sofía se preguntaba cómo y por qué había caído en la trampa. Habían pasado más de doce años, a veces se olvidaba del principio. El la empezó a esperar a la hora de salida del colegio. Le escribía versos en el álbum de autógrafos, cercaba las palabras con dibujos de hojas, frutas y flores: era un joven sensible, un poeta. Caminaban de la mano por un frondoso parque. Atravesaban un puente de madera. Las hojas y las flores se mezclaban con la nata que flotaba en el río, fabricando una piel, una porosa alfombra sobre el agua. Era el tiempo de seca: la lluvia se encargaría más tarde de destruir esa falsa cubierta.

La tarde del domingo iban al cine, se acariciaban en la oscuridad, mientras en la pantalla la vida se desplegaba impúdica, feroz, esplendorosa, revelando sus raros vericuetos, sin nada que ocultar ni que temer. Sin embargo, no importaba mucho lo que ocurría en el mundo de figuras gigantes; en las lunetas, insignificantes, los novios susurraban, protagonistas de una pequeña escena incógnita y feliz. Tendrían tres hijos, o quién sabe, cuatro. Roberto era viajante de una famosa compañía farmacéutica; en el futuro tendría un alto puesto; tal vez sería además un célebre poeta, aunque los versos no dieran dinero; ella se ocuparía de la casa y los hijos. La película llegaba a su final, uno podía saberlo por la música; quedaba tiempo para un beso más.

Precisamente ahora Sofía pasaba con su hijo frente al teatro Apolo, que en los últimos tiempos había caído en desgracia: solo se exhibían allí filmes obscenos, condenados por la iglesia católica (la guía moral que repartían los curas clasificaba todas las películas, y las que ponían en el Apolo aparecían siempre en la categoría de prohibidas). Pero a su vez la iglesia había caído en desgracia: muchos curas y monjas se habían visto forzados a marchar al exilio. La guía seguramente ya no se publicaba. Sofía, que no iba al cine desde hacía varios años, porque Roberto siempre estaba borracho y David no parecía entender la diferencia entre la realidad y el cine (es decir, se acoquinaba, se encogía ante ambos), ya no se interesaba por esos folletos. Sólo le preocupaba la posibilidad de que pudieran cerrar las iglesias, que la golpearan por asistir a misa, que le quitaran ese último refugio. Si hubiera sido de día, ahora hubiera corrido a los altares; pero a esta hora de la noche las puertas de los templos estaban cerradas.

Se detuvo ante la cartelera del teatro. Esta película, «Deseo bajo los olmos», ¿sería también obscena? Las fotos mostraban un viejo con un rifle, una mujer que atravesaba un campo, un hombre joven y la misma mujer besándose en lo que parecía ser un oscuro granero, rodeados por el trigo, o el heno, o la paja. Sofía no distinguía entre esas hierbas secas que abundaban por allá por el norte. Roberto había empezado a hablar en los últimos tiempos de salir de Cuba, pero ella nunca se iría de su país. No era sólo el amor a la patria. ¿Qué iba a hacer con un hijo anormal y un marido vicioso en otras tierras? A ella le había tocado vivir la vida de ellos, sin recibir respuesta, ni estímulo, ni apoyo, sólo una dependencia ciega y muda. Ahora miró de reojo a David, que dejaba resbalar la vista por las fotos en colores tras el panel de vidrio.

-¿Te gustaría ver una película?

El niño no habló ni movió la cabeza. A cada rato se rascaba la cara. Ni siquiera se mostraba inquieto por este insólito deambular nocturno por la ciudad: en su mente no parecía existir la idea del descalabro. Tal vez ver a su padre con los ojos rojos, en un estado de absoluta inconsciencia, gritando con la boca llena de saliva, trastabillando, rompiendo radios, lámparas y platos, amenazando con asesinar, con quitarse la vida, era para él lo mismo que caminar al lado de su madre casi a la media noche por las calles vacías, o que pararse bajo la marquesina con luces de colores de este cine barato y observar fotos de gentes extrañas, atrapadas en su propia aventura. Sofía le tocó el pelo. Debía llevarlo al barbero en estos días. Ella también debía ponerse en manos de la peluquera. Comprarse un vestido. Poner un poco de orden. Se sentía a punto de echarse a llorar.

En ese instante un ruido, unos insultos, un alboroto estallaron adentro del teatro. Sofía se asomó tímidamente a la media luna de cristal en el centro de la doble puerta, pero al momento tuvo que apartarse: un joven con el rostro ensangrentado salió violentamente, empujado por un hombre iracundo, que le gritaba:

-¡Maricón! ¡No quiero verte por aquí más nunca!

Otras voces en el vestíbulo chillaban:

-¡Descarao! ¡Maricón!

El joven se pasó la mano por el pelo, por la frente, por la nariz rota, se estiró la camisa estrujada y alzando la cabeza se alejó sin apuro, ignorando los gritos. Sofía agarró de la mano a David y siguió calle abajo, en un temblor, pensando que encontraba violencia en todas partes: no tenía adónde huir.

Los timbiriches donde vendían fritas y pan con lechón eran los únicos comercios abiertos, pequeñas islas rodeadas de humaredas, de olor penetrante a manteca y carne, donde albóndigas y masas de puerco crujían en charcos burbujeantes de grasa. Gatos callejeros acechaban en los alrededores, condescendían a devorar incluso migajas de pan.

También estaban abiertos los bares, aunque Sofía se negaba a ver como comercios esos sitios oscuros, en que sólo titilaban las luces de los vociferantes traga-níckels, con sus rancheras y boleros cargados de amargura, pasiones y reproches, y en la penumbra de la larga barra hombres como Roberto acariciaban las copas y los vasos como si manosearan la piel de una mujer, mientras el humo espeso de cigarros formaba nubes sobre sus cabezas. Al pasar frente a uno de esos antros dos o tres voces roncas desde adentro le gritaron: «Mulata, qué rica tú estás», «Sabrosona», «Por ti doy la vida», «Mulatona, soy tuyo». Sin importarles que ella iba con su hijo. Que tampoco podía relacionar esas frases con su madre. Sofía apretó el paso.

Mulata, mulatona: Roberto nunca la había llamado así. Antes de darse al licor era un viajante que hablaba con palabras selectas, que leía libros, que escribía poemas. Y más tarde, cuando el vicio se desencadenó, ni siquiera borracho gritaba groserías. Sólo en la intimidad decía malas palabras, cuando gozaban bajo el mosquitero, entregados totalmente los dos a la febril tarea de volverse uno solo. Pero esta noche por primera vez había jurado que la mataría, y que luego se mataría él. Al cabo de los años, el amor y el deseo, en medio de estertores, reclamaban una renovadora transfusión de sangre.

La semana anterior ella lo había sorprendido escribiendo, algo que él había dejado de hacer desde hacía años. Cuando él dormía ella registró la libreta llena de tachaduras: recuerdos incoherentes de su infancia, una carta inconclusa a una tía que vivía en California. Y el comienzo de un poema, titulado A Sofía:

Yo usé tu juventud

hasta que la gasté,

hasta que la hice nada.

Ella lloró al leerlo.

Pero ahora no se trataba solamente de versos, de palabras crueles y verdaderas, pero a la larga palabras nada más, signos inofensivos sobre un papel a rayas: ahora se trataba de acción y de exterminio. Que él hubiera hecho nada su juventud no era el fin: la muerte era el próximo paso. Esta noche la había emprendido contra la pared, contra la lámpara, contra los vasos; era sólo el comienzo.

Estaban además las revistas y los periódicos que él repasaba continuamente, y que se habían publicado en los primeros meses después del triunfo de la revolución. Sofía sabía que él no hojeaba esas páginas, sentado en el balance, con un trago en la mano, para distraerse o pasar el tiempo, ahora que había perdido el empleo; sabía también que él no leía ni artículos ni editoriales: su atención se concentraba en las fotos. No en todas, en algunas. Ella las había visto de pasada, sin querer fijarse demasiado. Cadáveres. Rostros y cuerpos hinchados y rotos. Ojos abiertos de mirada hueca. Ropa empapada en líquido retinto. Hombres que daban la impresión de muñecos, apilados en una bocacalle, o en un patio, o pegados a un muro. Varios en el mismo momento de caer, bajo el impacto de ráfagas de balas. En las concisas líneas bajo las imágenes, la palabra más frecuente era la de chivato.

A medida que pasaban los días las viejas publicaciones se amontonaban en torno a Roberto levantando una cerca de cartón y papel.

-¡Las voy a quemar! -gritaba Sofía.

Pero él, sin contestar, continuaba hojeando las páginas de trazos amarillos, bebiendo a sorbos el vino o el ron. Las vecinas que cruzaban despacio frente a la ventana y miraban disimuladamente le daban luego sus calificativos al supuesto lector de cara abotagada: «pelele», «vividor». Pero se equivocaban. Era un hombre esperando una sentencia que él mismo se había impuesto, pero que sólo podía legitimarse si otros la confirmaban. Y los otros, por alguna razón, no acababan de tocar a la puerta y decir: «Es verdad». Aunque ésta era solamente una de tantas posibilidades, pensaba Sofía: quién sabía en realidad lo que pasaba por esa cabeza. Las cejas se habían vuelto más fruncidas; el pelo rubio, que una vez fue tupido, empezaba a clarear; la frente se había dividido en surcos. Estas eran las señas visibles; el interior se había vuelto un misterio.

Ahora Sofía se persignó ante el macizo portón de una iglesia, en el que habían pegado un cartel: Los curas son esbirros. En esa misma iglesia de Nuestra Señora de la Soledad ella se había casado. El nombre de la Virgen a la larga se volvió profecía. Allí también había bautizado a David, porque los niños que tenían la desgracia de morirse sin haber recibido el bautismo terminaban en un lugar enmarañado al que llamaban limbo. David fue bautizado y no murió, y sin embargo su vida transcurría en un sitio semejante, que no era cielo ni infierno, sino espacio vacío, cubierto de neblina.

Qué chasco de hijo, qué chasco de esposo. Los dos habían bajado por esos escalones: la primera vez, uno, del brazo de ella, recién casado, trajeado, perfumado; la segunda, el otro iba en sus brazos, en pañales, arropado en un minúsculo edredón, con la cabeza húmeda por el agua bendita. Qué chasco.

Se persignó otra vez y pidió perdón. Esta noche Satanás llevaba la voz cantante, se entrometía hasta en los pensamientos, e incluso se materializaba en injurias escritas: Los curas son esbirros.

Tuvo el impulso de arrancar el cartel, pero se contuvo: los milicianos aparecían cuando uno menos lo esperaba, y ella no debía provocar otra calamidad. Además, qué ganaba con quitar un cartel: Cuba entera se había vuelto un letrero. Cruzó la calle y siguió de largo.

Esta vidriera con trajes de baño, faldas de campana, blusas provocativas y carteras de vistoso charol le resultaba familiar; esos caminos alfombrados adentro de la tienda, entre las filas de vestidos, ella los había visto varias veces, ¿cuándo? Por supuesto, recordó al fin, cómo era posible que no se diera cuenta; en este estado miraba y no veía. Estaba frente a La Ilusión. Focos rojizos alumbraban los cuerpos de los maniquíes, esclavos de su rígida pose, indiferentes a la madre y al hijo que deambulaban por el ancho portal. Los precios eran bajos; este vestido azul en cinco pesos era una ganga. Letras aspavientosas anunciaban: Gran Liquidación.

-Allá adentro vive Abel -dijo Sofía, pasándole la mano por el hombro a su hijo.
-¡Abel! ¡Abel! -el niño salió de su letargo.

El interior de la tienda, abarrotado de chucherías y ropas, casi ocultaba la puerta del fondo, detrás de la imponente caja contadora, a la que habían ido a parar tantas veces los vales firmados por Sofía. Ahora la puerta se abrió y un hombre en calzoncillos, alto, trigueño, de cuerpo velludo, pareció agarrar algo que estaba encima de la registradora: un cigarro, un papel. Tenía hombros anchos y piernas musculosas. Verlo casi desnudo entre hileras de ropa, percheros y estantes, contradecía cualquier razonamiento. Sofía se preguntó cómo la viuda Alicia podia permitirlo.

-Vamos al parque -le dijo a David, que había pegado su rostro al cristal.
-Abel -murmuró David.
-Ese no es Abel. Abel está durmiendo. Mañana él va a la casa y va a jugar contigo.

Mañana. Palabra desabrida. Frente al Gran Hotel, en cuyo lobby tres extranjeros rubios hablaban en voz alta en un idioma de sonido inaudito, posiblemente ruso, Sofía recordó que mañana (es decir, dentro de media hora, precisó mirando el reloj de pared en el hotel) ella cumplía veintinueve años. «Yo usé tu juventud». Trazos gruesos sobre un papel a rayas. En la esquina una mancha de vino. Sí, por lo menos él era sincero. Y observador: el rostro de ella, ahora implacablemente reflejado en el espejo de una joyería, mostraba un cutis, unos ojos ajados. Se quedó atarantada ante esa cara, que ensombrecía los destellos de anillos, aretes y pulseras colocados con gracia en estuches de fieltro; de repente sintió el escalofrío.

El corrientazo le bajó por el cuello, por el pecho y el vientre hasta los mismos pies. Muchas veces le había ocurrido delante de un espejo, pero nunca en la calle; el espíritu, o lo que fuera, prefería perturbarla en el marco secreto de su casa. Pero esta noche era un punto y aparte. Se sentía transcurrir entre las horas como si fuera bordeando una frontera. Sin embargo, el rostro envejecido no daba indicaciones de qué rumbo coger. Continuó con el brazo encima de su hijo hacia el parque Agramonte.

Escogió para sentarse un banco cerca de la puerta de la catedral, entre una palma y un farol, frente a la estatua ecuestre del hombre más famoso de toda la ciudad, el mártir que había muerto hacía noventa años, y del que ella oyó hablar desde que era una niña, en la escuela, en la casa, en este mismo parque. Una vez, ya casi adolescente, trepó muerta de risa el pedestal y acarició los belfos de bronce del caballo, manchándose de polvo el monograma cosido a la blusa escolar. Luego bajó y le reclamó a la prima, de la misma edad de ella, que le pagara una copa de helado. Había ganado limpiamente la apuesta.

Sí, fue una niña, una joven feliz. Sabía que su piel presentaba un obstáculo, pero sus padres, o más bien su padre, (la madre era otra historia) la consentía, la hacía sentirse fuerte, protegida. ¿Era David feliz? Miró a su hijo que se había acercado a un tinajón, puesto de adorno bajo unos arbustos. Pero él jamás se metería dentro de la vasija, como ella hizo tres o cuatro veces, por hacer maldades. Era viva y bellaca; su madre se quejaba de que ni un instante se podía estar quieta. David, en cambio, parecía dominado por el azoro, por el estupor; al verlo era imposible determinar si estaba alegre o triste; al parecer en su estrecho universo no había cabida para la anchura de un estado de ánimo.

En un banco cercano, un hombre que se tapaba parte de la cara con un pañuelo le dijo con voz aguda:

-Perdone, ¿no le molesta si me siento allí, con usted?

Y sin esperar la respuesta se levantó y caminó hacia ella, con un paso ondulante. Sofía lo reconoció de inmediato: era el joven que había salido del cine, entre golpes e insultos. El pañuelo que cubría el ojo y el pómulo derechos estaba empapado de sangre; el ojo sano miraba febrilmente; la boca sonreía. Sofía dijo nerviosa:

-Puede sentarse. ¿Qué le pasó en la cara?
-Me fajé en la casa con mi padre -dijo el hombre, sin dejar de sonreír, sentándose en la punta del banco-. Es un Viejo neurasténico, chocho, y se pone peor cuando le da el padrejón. Me agarró desprevenido.

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Foto: Pedro Portal

Sumario

Este Lunes

En Argentina, la crisis de 2001 no ha refrenado la creatividad

Eloïse Cohen-De Timary

Gloria Lorenzo: la magia de las pulsaciones imprevistas

Antonio Orlando RodrÍguez

El visionario Phillip K. Dick

Blanca Anderson

Crítica de la Razón Crítica

Ignacio T. Granados Herrera

Malara: la reconquista de un reino

Pedro A. Assef

Redescubriendo a Teresa Wills Montt

Laura García

De la luz y sus contrastes. El aura de la soledad

Rosa Marina González Y Manuel Gayol Mecías

La ley de Herodes: ¿retórica del poder o dialéctica cinematográfica?

Alfredo Antonio Fernández

Unos escriben

Carlos Victoria

Otros miran

Ariel Arias

OtroLunes conversa

con Gustavo Faverón

“Prefiero las novelas que colocan al lector en una encrucijada moral”

con Mari Pau Domínguez

“La novela histórica ha sido un grandísimo descubrimiento”

con Dora Varona

“Soy tremendamente cubana”

con Ronell González

“Confesiones de un grafómano”

con Emerio Medina

“Ser escritor era algo muy poco común en mi barrio”

con Luis García Jambrina

“El libro digital es el futuro que no aguarda a la vuelta de la esquina”

Punto de mira

Contar es un placer. Antología del cuento latinoamericano

Una antología singular

Prólogo

Botón de muestra

César Verduguez

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Carlos Oriel Wynter

Cuarto de visita

con el escritor chicano Rolando Hinojosa-Smith

Biografía

Capturados vivos. Entrevista

El mundo enterrado en el sur de Texas. Entrevista

Por esas cosas que pasan (fragmentos)

En la misma orilla

El Diván, de Narrativa

El martillo y la hoz

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Instrucciones para desobedecer al padre

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Final

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Poemas

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Poemas

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Otras voces hispanas

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La futura esclavitud

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El socialismo y el Estado

León Trotsky

De lunes a lunes

El venezolano Rafael Cadenas obtiene el premio FIL de Literatura 2009

Inicia editorial Iduna homenaje por el centenario del natalicio de José Lezama Lima (1910-2010)

Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo 2008 a la cubana Yamilet García Zamora

Iduna en la Feria Internacional del Libro Miami, 2009

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España, aparta de mí estos premios

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