OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Octubre 2009. Antilde;o tres. Número diez

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Datos de la revista, octubre 2009, año 3, número 10
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La ruta del mago

(Fragmento)

 

 

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Sofía no se atrevió a mirarlo de frente: tenía miedo de que él descubriera en la mirada de ella su propia mentira. En voz baja preguntó:

-¿Le duele mucho?
-Un poco. Creo que ya no estoy echando sangre, ¿no? -dijo al quitarse con pudor el pañuelo, como una mujer se quita la blusa por primera vez delante de un hombre. Tenía una cortada en la ceja, el párpado inflamado; una mancha oscura bajaba desde lo alto del pómulo hasta la mejilla. A pesar de los golpes su cara era hermosísima; Sofía nunca había visto un hombre tan lindo. Lo miró de reojo con súbita lástima. Igual que ella, él también escondía una vergüenza.
-Ya no está echando sangre -confirmó Sofía-. Pero está un poco hinchado. Debe ponerse hielo.

David se había acercado y miraba fijamente al desconocido.

-¿Es hijo suyo, no? ¡Qué ojos tan bellos! ¿Qué edad tú tienes, niño? ¿Cómo tú te llamas? ¿Te comieron la lengua los ratones? -y volviéndose a Sofía preguntó- Es muy tímido, ¿no?

Ahora era el turno de ella. Bajando los ojos contestó:

-Sí, es tímido, todo le da pena.

Pero la mirada vacía de David no expresaba timidez ni bochorno: observaba la cara magullada como había observado la abertura redonda del tinajón. Luego se sentó entre el hombre y Sofía, rascándose los muslos, absorto en una franja de hierba junto al banco.

-¿Es hijo único?
-Sí, único.
-Debería tener otro. Ser hijo único es una desgracia. Lo digo por experiencia.
-No sé si tenga otro. Ni mi esposo ni yo queremos por ahora. A lo mejor después.

Sofía trató de imaginar el después, e instintivamente miró hacia arriba, hacia el campanario de la catedral; pero la masa de piedra gris con boquetes oscuros, sin ornamentos, rematada en cruz, sólo hablaba en pasado, negándose a ofrecer algún indicio de la vida futura. Encima de la mole, el cielo oscuro tampoco daba una señal concreta del porvenir desgraciado o dichoso. El después no existía.

-Mi padre fue el que no quiso tener más hijos, mi madre sí quería -dijo el joven-. Y mi madre, que siempre fue su esclava, no tuvo más. Así. Sin protestar, sin decir ni esta boca es mía. Nunca lo contradijo, nunca le peleó, nunca se le enfrentó, ni siquiera cuando se enteró de que tenía dos o tres querindangas. Todo lo aceptó siempre. Así que cuando él dijo, no hay más hijos, ella dijo, qué se le va a hacer. Y entonces yo, perdone la palabra, me tuve que joder y llevar la carga de ser el hijo único de ese hombre insoportable. ¿A ti no te gustaría tener una hermanita o un hermanito, niño?

Como respuesta, David se pegó al hombro de su madre y escondió la cara.

-Creo que le gustaría -dijo Sofía, después de una pausa-. Pero mi esposo ahora no tiene ni trabajo.
-¿Es un buen padre, él?
Sofía se sobresaltó.
-¿Mi marido?
-Sí, su marido, claro.

Ella nunca había tenido que contestarle a un desconocido una pregunta así, tan embarazosa como un piropo obsceno dicho a bocajarro. Pero no era posible sentirse ofendida ante este rostro hermoso y aporreado, y además sonriente.

-No es mal padre. Tampoco es un modelo. Toma mucho.

El joven suspiró y dijo en tono quejoso:

-¡Ay, los hombres!

Hubo un silencio. De repente los dos se echaron a reír. Se habían vuelto cómplices.

-Usted tiene unas cosas -dijo Sofía, tratando de dominar la risa-. No piense que me estoy burlando. ¿Su padre le pegaba cuando usted era chiquito?
-Casi todos los días. Mi padre cuando joven fue un atleta famoso. No tengo ganas de decirle su nombre, pero usted seguro que ha oído hablar de él. Mi padre fue una gloria. Pero a pesar de eso, o posiblemente por eso, yo desde que era un niño le cogí odio al deporte, a todos los deportes. Y él me empezó a coger odio a mí. Y yo a él.
-No hable así -dijo Sofía-. Uno no debe odiar a nadie, y menos a los padres. Aunque mi caso es distinto; ya usted ve, mi padre era el hombre más bueno del mundo. Se murió hace diez años y yo todavía no me acabo de acostumbrar. A veces cuando estoy en mi casa me parece que va a tocar la puerta, o que me va a llamar por la ventana. Usted me va a decir que es fácil querer cuando a uno lo han querido, y tiene razón. Pero el odio es malo. Es lo peor del mundo.
-Yo sé que el odio es malo. Este país está lleno de odio, de una punta a la otra. Por eso mismo, por ese mismo odio-
-No hablemos de política. A mí no me gusta la política.
-Ni a mí tampoco. Usted me cae muy bien, ¿sabe? Perdone la pregunta, ¿usted tiene algún problema? Es tan extraño ver a esta hora a una mujer como usted en el parque, con su hijo. ¿Usted espera a alguien?

La complicidad aún no era suficiente. Sofía acarició la cabeza de su hijo, para ocupar en algo sus manos intranquilas.

-No espero a nadie. No me podía dormir, salí con el niño a coger fresco.

En ese instante un adolescente cabizbajo cruzó por el centro del parque. David, zafándose de los brazos de su madre, se levantó con rapidez, corrió hacia él y con inusitada decisión lo alcanzó y le interrumpió el paso. Sofía miró con sorpresa el abrazo al pie de la estatua. Luego David hizo un gesto, señalando el banco. El niño y el jovencito, agarrados de la mano, se aproximaron sorteando el tinajón y los arbustos.

-¡Sofía, Arturo! -gritó Abel- ¿Ustedes se conocen? Arturo, ¿qué te pasó en la cara?
-¡Abel!
-¿Qué te pasó?
-Nada, me pegaron.
-¿Te pegaron? ¿Quién te pegó?

Arturo calló, mirando a Abel como a una aparición. Un fantasma de encanto, como decía el verso de un poeta inglés que él una vez había memorizado.

-Fue el padre -dijo Sofía.
-Pero tú me dijiste que tu padre estaba en Estados Unidos, ¿no?
-No fue mi padre -dijo Arturo, sin mirar a la mujer a su lado.
-Yo sabía que no había sido tu padre -dijo al fin Sofía, tuteando sin darse cuenta a Arturo-. No te preocupes, todos decimos mentiras. Yo tampoco estoy aquí cogiendo fresco. Mi esposo se emborrachó esta noche, me amenazó con matarme, yo tuve miedo y salí con el niño.
-Roberto te amenazó con matarte -repitió Abel, y su rostro se contrajo-. No lo puedo creer.
-¿Y tú, qué haces tú aquí, Abel, mi cielo? ¿Qué traes en ese cartucho? -pre-guntó Arturo. Su rostro amoratado había cobrado vida. Sus brazos se agitaban como aspas.

Abel se sentó en el banco, entre los dos, y le hizo un sitio a David junto a Sofía.

-¿Esto? Una botella de vino. Parece que hoy es la noche de las broncas y las borracheras. La viuda se fajó con Sebastián, el administrador, pero después se arreglaron. Estaban tomando vino, se acabó, y él me mandó a comprar otra botella. ¡Yo no sabía que ustedes se conocían! ¿De dónde se conocen, de la tienda?
-Nos acabamos de conocer -dijo Sofía.
-No se preocupen, esta noche no les voy a cobrar a ninguno de los dos -dijo Abel sonriendo-. Yo soy cobrador solamente de día.
-¡Ay, hija! -gritó Arturo- ¿Tú también eres una de las víctimas de la viuda Alicia? ¿Igual que mi mamá? ¿Vendedora de vales? ¿Hostigada por este muchacho cruel, porque no le has podido pagar a tiempo a esa mujer que se chupa el dinero como los vampiros chupan sangre? Dios mío, no me puedo ni reír, me duele toda la cara.
-Entonces, ¿quién fue que te pegó? -preguntó Abel.
-Prefiero no hablar de eso. ¡Cómo me alegra verte, Abel, muchacho! Acuérdate de que tienes que ir por casa a buscar la pecera y los pájaros. Y al gato también. No podemos dejar solo al pobre Minino.
-No tengo dónde meterlos. La viuda no los quiere, mis abuelos tampoco -Abel hizo una pausa y enseguida añadió-. No es que no los quieran, es que yo, yo no tengo... Pero mira, mira, David puede tenerlos, estoy seguro que le van a encantar. ¿No, David? ¿No, Sofía? ¿Una pecera preciosa con peces de colores, y unas jaulas con sinsontes y canarios? ¿Y un gato inteligente? David se entretendría con ellos, ¿no, Sofía?
-No sé, ahora no puedo pensar en eso -dijo Sofía-. A lo mejor después.

Volvió a mirar el alto campanario.

-Arturo, ve a al hospital para que te den puntos en esas heridas -dijo Abel-. Tienes eso muy feo.
-Ya se me está pasando. Ya casi ni estoy echando sangre. ¡Qué extraño, ahora me acabo de acordar de que anoche yo soñé que veía un río muy rojo, y en el sueño pensaba que era sangre! Así y todo metía los pies en él. ¡Una premonición!
-Yo soñé que comía carne cruda -dijo Abel-. Me daba asco.
-Yo nunca me acuerdo de lo que sueño -mintió Sofía. Sus sueños, al igual que sus súbitos escalofríos, eran inconfesables.
-¿Y tú, David, no sueñas? -preguntó Abel- Me gustaría saber que tú sueñas.

Los tres observaron al niño, que sujetaba a Abel por una manga de la camisa, sin sentirse aludido.

-En vez de hablar de sueños, creo que él quiere irse a dormir -dijo Arturo-. ¿Qué será ese escándalo?

Unas voces, una algarabía retumbaban cada vez más cercanas, como si estuvieran a punto de irrumpir en el parque. En pocos minutos apareció el tumulto, con banderas, carteles, gritando consignas, vivas y abajos, pidiendo muerte para los enemigos, entonando estribillos, desgañitándose, chiflando, agitando las manos y los brazos. Hombres, mujeres, niños, copaban las aceras, marchaban apiñados, hombro con hombro, sin siquiera mirar hacia el banco donde Arturo, Sofía, Abel y David se habían quedado inmóviles como la estatua, el farol, los arbustos. Los que pasaban portaban la energía, alteraban el ritmo; mientras los que estaban sentados en el banco venían a ser lo mismo que el paisaje, sin otra alternativa que dejarse invadir.

Al frente de la multitud una mujer de nalgas y senos prominentes cantaba a toda voz el himno nacional; su uniforme viril de miliciana resaltaba su espléndida figura; iba del brazo de un militar de barba; su pelo negro suelto le llegaba a las amplias caderas. Abel clavó los ojos en su cuerpo y su cara: por primera vez veía a Leonor desde la tarde en que fue desvirgado. Arturo se colocó el pañuelo encima del rostro, dejando apenas libre el ojo sano para ver el desfile. Sofía tragó saliva. David, al parecer, miraba sin mirar.

La turba subió por la calle Cisneros y con ella se alejó la bullanga, que poco a poco se convirtió en eco, en remoto sonido; en el parque el silencio se impregnó de relente; la noche pareció profundizarse. Un camión lleno de milicianos pasó por una calle con rechinante estruendo; luego un jeep sin capota, con hombres que llevaban armas largas, dio varias vueltas alrededor del parque.

-Tengo que irme, ya es tarde. La viuda y Sebastián me están esperando, a mí y al vino. ¿Qué van a hacer ustedes?
-No sé qué hacer. Mi esposo está borracho, loco. Le tengo miedo.
-Yo no puedo llevarte para la casa, porque mi madre es muy majadera y desconfiada -dijo Arturo-. Pero no te vas a quedar en la calle con el niño. Yo tengo algún dinero, te puedo pagar un cuarto en un hotel. No en el Gran Hotel, porque es muy caro, pero sí por ejemplo en el Plaza, que es bastante decente.
-Pero es que no puedo aceptar-
-Sofía, Arturo es buena gente -dijo Abel.
-Vamos caminando -dijo Arturo, poniéndose de pie y agarrando por el brazo a Sofía-. Acompañamos a Abel, vamos al hotel, alquilamos la habitación, te dejo con el niño y me voy para la casa. ¿No vas a pensar que tengo alguna mala intención contigo? ¿Tú no tienes ojos, hija?

Sofía no sabía si reía o lloraba.

-No es eso, es que yo... -comenzó a decir, y de un manotazo se secó las lágrimas- Está bien, te lo acepto. Algún día te lo voy a pagar. Que piense él esta noche lo que quiera, que se quede esperando. Mañana hablaré con él, cuando se le haya pasado la borrachera. Que se quede esperando esta noche. Que se quede esperando. La culpa es de él, la culpa es solamente de él.
-Claro que la culpa es de él -dijo Abel.
-Por supuesto -dijo Arturo-. En el Plaza vas a dormir tranquila. Y tu hijo también.

David seguía agarrado a Abel, como si se tratara de un objeto que pudiera de pronto irse volando. Los cuatro atravesaron el parque con desgano, se internaron en el laberinto de calles torcidas, que terminaban abruptamente en plazas, o en cinco esquinas mudas, con caserones con altos puntales y ventanales de madera o hierro, vacíos, oscurecidos; a esa hora la ciudad se volvía un escenario tirado al abandono, como si al extinguirse las voces y la gente sólo quedara una armazón sin vida.

A lo lejos, los cantos de la turba, cada vez más distantes, no perturbaban este entramado austero, estas casas vetustas barnizadas de muerte.

-Vamos por el callejón de atrás de la tienda, yo dejé entreabierta la puerta de la cochera -dijo Abel-. O si quieren me dejan aquí mismo en esta esquina. No, no, mejor me acompañan hasta allí, quiero enseñarles una cosa.

Un farol polvoriento, cercado por mosquitos, apenas alumbraba las fachadas y las ramas del flamboyán que daban sobre la estrecha calle.

-Esa ventana con rejas es mi cuarto -dijo Abel-. Siempre la tengo abierta. Si alguna noche me necesitan, me llaman, mi cama está debajo de la ventana. Me llaman bajito, yo me despierto fácil, a veces me desvelo. Así que ya lo saben.

Besó a Sofía, abrazó a David y le estrechó la mano a Arturo. Luego empujó el portón. Los tres se quedaron mirando la ventana de barrotes de hierro, donde en unos minutos se encendió la luz.

-Andando -dijo Arturo-. Yo conozco al carpeta del hotel y seguro que me hace una rebaja.

 

COLECCIÓN CANIQUÍ EDICIONES UNIVERSAL, Miami, Florida, 1997

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