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NIEVE
Sebald caminaba por un sendero entre los vallados de piedras amontonadas por la loma de la isla hacia el pueblo situado en la colina. Aunque solía quedarse junto al mar, a veces tenía que atravesar la isla para verla desde arriba, por si todas las orillas seguían en su sitio. Los vallados, detrás de los que se extendían los viñedos, abandonados en su mayoría y atestados de zarzamoras, flanqueaban el camino esctrechándolo, de manera que apenas quedaba sitio para que se encontraran dos personas; si una iba montada en asno, la otra tenía que apartarse si querían pasar. En algunos trechos se dilataba para hacer lugar a los charcos de sulfato de cobre con el que antiguamente pulverizaban las vides. Pero ahora tenían diferentes pulverizantes que cargaban en la espalda dentro de cisternas de hierro con tubos a presión y con los que los hombres parecían extraterrestres llevando unos dispositivos de cohetes para volar por el espacio sin aire. Pulverizaban sólo durante los días lluviosos para que las uvas no se pudrieran —pero no había llovido en tres meses. Las uvas crecían con lentitud, y si bien eran dulces, las bayas eran pequeñas y atróficas. Pasase lo que pasase con ellas, vino sí que habría; los sacos de azucar estaban ya bien guardados en las tabernas y en los almacenes. El sol se encargará de una parte de la tarea, aquellos sacos del resto. Y tal vez lloviese a finales de verano. Antes o después, pasada la calma, vendrá la tempestad.
Cuando, ante sus ojos, apareció el pueblo con la iglesia, en lo alto de la colina, vio al mismo tiempo a una muchacha. Estaba sentada en el borde del charco con sulfato de cobre y sostenía un amplio bloc de dibujo en sus rodillas dobladas. La perra estaba sentada a sus pies mirando con atención en la misma dirección que su dueña.
Le daban la espalda, miraban hacia el pueblo. La primera en advertirlo era la perra, volvió la cabeza con sus orejas dobladas y lo miró con cariño. Su cola se movió varias veces a la izquierda y a la derecha por el suelo, pero se tranquilizó en seguida.
Como la muchcha notó el movimiento de la cabeza perruna, se volvió ella también. Llevaba el pelo recogido a modo de cola de caballo que oscilaba cuando ella volvía la cabeza, como si quisiera saludar. Sebald clavó la mirada en sus ojos marrones que eran tan cálidos como los de un perro.
«Buen día, tío», dijo ella.
Después del saludo de Ivana, la perra se levantó, se dirigió a Sebald y olfateó sus pies.
«¿Cómo se llama?», dijo Sebald.
«Tesa.»
«Tessa d’Uberville», dijo Sebald.
«Thomas Hardy», dijo Ivana.
«Veo que sabes más de lo que cuentas», le dijo Sebald, que ahora ya estaba a su lado y fijó la mirada en su bloc de dibujo. Con sorpresa.
«No sé nada de esta isla —dijo ella—. Es la primera vez que estoy aquí».
«Y, sin embargo, ya lo estás cambiando», le dijo Sebald sin apartar la vista del dibujo sobre el papel.
La imagen representaba las pendientes con vides y el pueblo cubierto de nieve.
«Las mujeres lo cambiamos todo —dijo ella—, después de nuestro toque, nada queda como estaba».
«Quién lo diría», dijo Sebald con impotencia.
«Nunca veré esta isla cubierta de nieve —continuó—, por eso la he pintado así».
Tenía pinturas de pastel en una caja grande, colocada sobre el bolso junto a sus pies.
«Si alguien puede pintar el mar con el mar, entonces el otro también puede pintar la isla cubierta de nieve —dijo Sebald—. Todo es posible».
Dejó de extrañarse en seguida.
«¿Has hecho más?»
Ella levantó la hoja superior y debajo de ella apareció el pueblo en la bahía, con la casa de Odesa y Fiameng, con el muelle y la palmera y con los barcos — todo cubierto de nieve.
«¿Habías estado en algún lugar donde hay nieve?», le preguntó Sebald.
«Sí. He pintado las montañas con palmeras en lugar de abetos.»
«¿Cómo sabes que provengo de zona montañosa?»
«Porque tienes la nieve en el cabello», dijo ella. Y esparció la risa por las huellas de estas palabras.
«Es la nieve que también tiene Fiamengo y otras muchas personas de la isla», dijo Sebald.
«Y ahora la tiene la isla también», rió ella para no tener que contar cómo sabía de dónde provenía él.
De dónde provenía.
«En mi cabeza no hay nieve, sino sal», dijo Sebald.
«Entonces cambiaste la nieve por la sal», dijo Ivana.
«Prefiero la sal», dijo Sebald.
«En vuestro país usan la sal para echarla sobre la nieve, para que se funda», dijo Ivana.
«¿Lo ves? —dijo Sebald—. ¿Ves que la sal es más fuerte?»
«Porque el mar es más fuerte que la montaña», dijo Ivana.
No habría podido decir nada más adecuado para el alma de Sebald.
Y así ella se había adentrado aún más en su alma. Y él cerró la puerta detrás de ella.
Recogió el bloc y las pinturas en una bolsa, se la colgó en un hombro y los tres se dirigieron por el camino al pueblo.
En el pueblo, en una casa rodeada de plantas, vivían Miloš y Dina.
Como una verdadera metáfora de la belleza estaban sentados en el banco delante del muro, muy juntitos, él al que la sal le había poblado el pelo hacía poco, y ella, aún toda negra, salvaje y bella, ambos más bellos que la propia belleza, más reales que la realidad y más ficticios que la ficción.
Les ofrecieron un vino de verdad que calentó la piel vieja de Sebald y oscureció aún más la piel joven y morena ya de por sí de Ivana. A Tesa le dieron una taza de agua.
Estaban sentados entre las plantas en lo alto de la isla, observando el sol que bajaba hacia el Ombligo del mar. Desde su banco, el Ombligo del Mar se veía mejor, y detrás de él, dentro del resplandor del sol, la Isla de Teuta, en el que por la noche, en lugar de faro, había una sola lámpara de petróleo de una sola mujer que había quedado sola en la isla y vivía sola allí, en la soledad de la isla más solitaria del solitario mar.
La llamaron Teuta, por el nombre de la isla.
REZO
Sobre la barca se tendía una pared, se inclinaba por encima de él como tratando de cubrirlo, en ese mismo momento, con su pesada masa de piedra, de aferrarlo al suelo y convertirlo en un fósil.
Pero Sebald se fiaba de la isla. La isla no se lo tomaría contra él. Hasta que yo esté aquí, estará la isla también. Aún no comenzará a derrumbarse y tampoco me derrumbará a mí. Sólo cuando ya no esté, tampoco estará la isla. Sólo en el momento en el que me extinga yo, se extinguirá la isla también. Entonces lo hará sin piedad. Pero, por ahora, ambos aún ardemos y resplandecemos entre el cielo y el mar, y aunque cambiemos de día en día, de momento en momento, todo esto transcurre tan despacio que apenas lo percibimos. Yo en ella, ella en mí. Por medio de la cadena del ancla nos cogemos de la mano. Estamos atados uno al otro, como el perro y el amo. La isla es el amo, yo soy su perro.
La perra estaba tumbada en el suelo del puente de mando. Junto a su hocico había una cazuela llena de agua. A pesar de ello, tenía calor, había sacado la lengua de la boca y jadeaba. A veces, sus ojos oscuros y cálidos se encontraron con los de él a modo de un suave reproche —¿es necesario que estemos aquí tirados?, ¿no sería mejor estar a la sombra de la casa y de la pérgola? Tal vez, le contestaba Sebald en silencio, pero ahora nos toca hacer esto. Ten paciencia. Tu ama me ha pedido que la lleve al mar.
Ivana nadaba alrededor de la barca. Se había acercado también a la entrada de la cueva, pero no se atrevía entrar. Al cabo de un rato subió a la popa y, por encima del borde, al puente de mando.
De repente, Ivana estaba sentada en la popa de la barca, con la perra a sus pies. Salpicada de gotitas que se deslizaban por su piel y se extenuaban en el calor del aire. El cabello se le había pegado a la frente y su sonrisa era ancha y feliz. ¿De dónde había traido la felicidad? ¿De la tierra firme, de su juventud, o la había cautivado aquí? Frazy Grant, pensó él. No —Ivana.
«Ahora, lo único que falta es que pintes las placas de hielo sobre el mar», dijo él.
«Puede que lo haga —dijo ella—, pero no necesariamente».
«Aquí está la Cueva del Oso —dijo Sebald—. Aquí dentro vivía una foca».
«Querría entrar, pero tengo miedo», dijo ella.
«Yo te llevaré —dijo Sebald—, pero antes me pondré algo porque soy muy friolero».
Ya tenía su equipo de buceo esparcido por el suelo. Se quitó el pantalón, la camisa y el calconcillo —en ese momento se puso de espadas, o sea de culo, hacia Ivana— y empezó a ponerse el traje de neopreno.
«El mar está caliente», dijo Ivana.
«Puede ser —dijo Sebald—, pero hay placas de hielo flotando en él».
«No me he traido el bloc de dibujo —dijo ella—, así que no hace falta que tengas miedo».
«Si no tengo miedo, pero cuando volvamos de la cueva trataré de pescar algo. Y para eso necesito el traje. El mar es más frío en el fondo que en la superficie. Y más duro. El traje me protege contra los golpes y los cortes.»
«Me gustaría tener un traje así», dijo ella.
«Se llama piel de foca —dijo él—. Después te contaré una historia sobre ello».
Uno trás otro saltaron al mar. Sebald nadó hacia la cueva, Ivana lo siguió, con las aletas que se las habían dejado prestadas en el pueblo, con la máscara y el tubo que le había dado Sebald, pues tenía varios.
Detrás de la entrada, la cueva se dilató al principio y su techo se elevó formando una pequeña sala, y unos diez metros más adelante, las paredes empezaron a estrecharse y el techo bajó a unos dos metros por encima de sus cabezas. Sebald encendió una linterna y, con ella, dibujó un círculo por el techo y, luego, por el fondo.
Detrás de ellos quedaba el contorno triangular de la fuerte luz de fuera que les cegaba si se daban la vuelta; ante ellos se concentraba la oscuridad, quebrada por el haz de la linterna.
Sebald se dio la vuelta y vio a Ivana justo detrás. Debajo la máscara, sus ojos eran como platos, respiraba con impulsos cortos y acelerados. Sus manos trataban de agarrarse de sus aletas.
«Sin pánico —dijo él desde detrás del tubo—. Mira allí donde da la luz».
Detrás de la curva, la linterna de buceo llegó a ser la única fuente de luz. Todo lo demás era la oscuridad de las entrañas de la isla. La cueva se prolongaba. Por un estrecho entre las dos rocas, lisas como vidrio y blancas como hueso. Detrás de ellas se desviaba. Y allí se dilataba otra vez terminando en una playa corta de piedras lisas, redondas y blancas.
«Aquí vivía la foca», dijo Sebald al sacarse el tubo y quitarse la máscara, alumbarndo la playa y las paredes circundantes.
Con la mano entera, con sus dedos, se aferró al hombro de Sebald.
«Es terrible», dijo ella.
«No es terrible —objetó Sebald—. Es bello».
«A lo mejor para la foca —dijo ella—, para mí es terrible».
«No es nada terrible —dijo él—, sólo que estamos en una cueva, a sesenta metros en el interior de la isla. No hay monstruos, ni siquiera hay peces, sólo una especie de quisquillas translúcidas. Es tan oscuro porque no hay luz. La luz está detrás de la esquina. Pues en la oscuridad, uno siempre está a oscuras. Ésta era la casa de la foca».
«¿Y dónde está la foca ahora?»
«No está. Hace ya décadas desde que mataron la última.»
«Uf. Esto es una tumba, entonces.»
«No las mataron aquí, sino fuera.»
«Igual, es como una tumba. Vamos a salir.»
Tiene razón, pensó Sebald para sí, esto debe de ser una verdadera tumba. No de cadáveres, sino del tiempo. Como una casa vacía en la que todos han muerto y nadie ha nacido.
Pero en esa tumba, en las entrañas de la isla, Ivana se agarraba a los hombros de Sebald con las dos manos mirándole a los ojos. Entre sus caras sólo había luz de la linterna de buceo.
Cincuenta y un año entre ellos.
Estaban de pie en el agua que les llegaba hasta la cintura, desde la cintura arriba en el aire.
Los momentos que se batían contra las piedras blancas en el confín de la cueva.
De la cueva dentro de la isla.
Empezó a ponerse de rodillas. Sus manos siguieron sus movimientos puestos en sus hombros, él bajaba hasta que el agua alcanzaba su cuello. Durante un rato permaneció arrodillado delante de ella.
Como si estuviera rezando.
Rezando a ella.
Allí, ella le soltó. Él dirigió la linterna hacia la salida, se estiró en la superficie y nadó. Ella a su lado. Varias veces se chocaron con las manos, se tocaron con las caderas, se rozaron con las aletas. Después apareció el triángulo luminoso y cegador de la entrada y, dentro de él, la barca amarrada al brillante pedazo del cielo.
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