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Ella se subió a la barca, él tomó desde el rellano detrás de la popa el arpón y se alejó nadando. También se alejó de la cueva. Pasando por el Gorro del obispo y detrás de la esquina, donde desapareció de la vista de Ivana, y la barca desapareció del alcance de la suya.
Al principio soñó un poco, después retornó despacio a su propia realidad, a la presencia del mar. Al cabo de un rato volvió a ver las placas y las grietas y el puente submarino y la cueva corta con dos salidas a través de la que podía nadar. Allí, en una de las entradas, lo esperaba, muy sorprendente para él, un sargo grande que pastaba en un agua de dos metros de profundidad, junto a la orilla, y no lo había visto porque Sebald se acercaba desde una parte tan insólita; las puntas lo atravesaron justo detrás de las branquias y Sebald penso: «Ahora tengo un corvallo y un sargo. Ahora tengo una cena de ley para dos. O tres. También incluyo a Tesa.»
Colgó el pez en un alambre que llevaba alrededor de la cintura, y él se dividió en dos: una mitad quería seguir los peces, la otra, volver adonde Ivana.
Se recompuso nadando aún cincuenta metros y tratando de encontrar otro pez, pero como no había encontrado ninguno hasta entonces, se dio la vuelta y volvió nadando tan rápido como pudo.
Ivana reposaba desnuda en el banco y se sobresaltó cuando su cabeza dentro de una capucha negra apareció sobresaliendo del borde. Se envolvió en seguida en su toalla grande en la que estaban impresos los delfines.
Después de colocar el alambre con el pescado en el banquillo, Sebald subió a la barca. El mar se escurría de él.
«No te pongas nerviosa —dijo él—. No eres la primera mujer que veo».
«Claro que no —dijo Ivana y aflojó la mano con la que sujetaba la toalla—, pero quizás lleves mucho tiempo sin ver a ninguna».
«No es cierto —dijo él—. En la casa donde vivo hay una planta llena de mujeres».
Ella soltó la toalla de manera que siguió tapándole sólo la cintura y las caderas, tensó la frente y entornó los ojos. Trataba de imaginarse su casa. Sabía que era una casa al lado de Fiameng, pero nunca había reparado en ella, de modo que no sabía cúantos pisos tenía.
«Nunca he visto mujeres por allí —dijo finalmente—, salvo a Nives y Odesa y algunas ancianas —pero ésas seguro que no las tienes en cuenta».
«A, sí, sí que las hay —dijo Sebald empezando a desnudarse, y cuando llegó a la altura del calconcillo, se dio otra vuelta y permaneció en esa posición hasta ponerse el calconcillo y el pantalón para tierra firme, ya que no disponía de un traje de baño—. «Un día las conocerás. En el fondo ya las conoces».
«¿Cómo podría conocerlas si no las he visto nunca?»
«Pero has estado entre ellas.»
«Ahora sé que eres una especie de poeta», dijo ella y dejó caer la toalla al suelo.
«Y como soy poeta, has decidido que puedo verte desnuda.»
«Porque ahora te conozco mejor», dijo ella.
Se movía desnuda por la barca, dejó las piernas colgando desde el borde, puso la cara al sol, sonrió con los ojos y con la boca y ondeaba el vientre bronceado en medio del que estaba el Ombligo del cuerpo como un pequeño volcán.
Tesa olfateaba el traje de neopreno en el suelo, agitando su cola. Ivana levantó el pantalón negro y lo rozó con la mano.
«Es verdad, es como la piel de una foca —dijo—. La próxima vez que venga a la isla, me traeré uno».
«Podría pasar más tiempo en el mar y no tendrías tanto miedo.»
«En el mar no tengo miedo —dijo ella—. Sólo en la cueva me sentí angustiosa. Ahora cuéntame la historia de la piel de foca».
La contaba mientras el diesel pedorreaba debajo de las paredes, de vuelta a Konfin.
«Una noche, un muchaco oriundo de la isla andaba por la costa recogiendo caracoles que sirven de cebo para pescar. Se había desviado lejos del pueblo, y justo cuando se dio la vuelta para volver, ya que la noche había caído sobre el mar y, sobre la noche, se había tendido la luna, divisó los hombres de mar y las sirenas que en la línea entre la tierra y el már danzaban a la luz de luna. Estaban desnudos, habían dejado sus pieles de foca, sin las que no pueden sumergirse en el agua, tendidas en las rocas. El muchacho se ocultó en la sombra de los arbustos y observó encantado su danza, pero aunuqe apenas se movía y no emitía ningún sonido, la gente marina lo sintió, agarró cada cual su piel de foca, se las puso y se zambulló al mar. En el apuro, sólo una de las sirenas se olvidó de tomarla y saltó desnuda al mar, pero no pudo sumergirse y desaparecer en la profundidad, tal como lo habían hecho los demás; tuvo que volver a la orilla. Entretanto, el muchacho tomó su piel de foca y la escondió en el corral de las ovejas, muy lejos de la orilla del mar. Al volver allí, vio a la muchacha de una belleza sobrenatural que lloraba sentada en una roca. Ni siquiera en los sueños había visto a una muchacha tan hermosa, y como era soltero y ninguna de las mujeres de la isla podía compararse con ella, se enamoró en el acto y quería hacerla su esposa.
"Vente conmigo a mi casa, sé mi mujer y dame hijos —le dijo—. Te amaré y te cuidaré y pronto te olvidarás de tu casa oscura y mojada".
«Mi casa es en el mar y al mar quiero volver, por lo que te pido que me devuelvas mi piel de foca y déjame ir», le contestó ella llorando. Pero el muchacho estaba poseido por el amor repentino, y aunque antes fuera bueno, ahora no le importaba más que cumplir su propio deseo. Al final, ella no tuvo otro remedio que irse con él a su casa, casarse y tener hijos, pero nunca sintió el amor por él. Siempre quería volver a casa, al fondo del mar, porque el que tiene su casa allí, no puede tenerla en ningún otro sitio. Por la noche se acercaba a la orilla y a veces veía justo debajo de la superficie a sus amigos y amigas que la miraban invitándola con la mano. Pero sin su piel de foca eso no era posible. Los vio también el muchacho cuando pescaba con su barca, a veces los veía llorar, a veces apretar los puños amenazando desde debajo de la superficie del mar. Siguió siendo inexorable. Así pasaron los años y los niños crecieron, y aunque ella los quería deseaba volver a casa con la misma fuerza que el primer día.
Un día, su hijo mayor encontró por casualidad la piel de foca escondida y la trajo a casa. El deseo de volver al mar era más fuerte que el amor por los niños; un beso de despedida y ya corría pasando por delante de los corrales y establos de las ovejas hasta la playa de arena, agarrando la piel de foca, hasta el lugar donde antaño bailaba con sus amigos marinos en el claro de luna. Su marido la vio de lejos y corrió detrás de ella, pero era tarde; la sirena, su mujer, adquirió la forma de una foca, se zambulló en el mar y desapareció en la profundidad.»
Ivana, que se había puesto el pantalón y la camiseta antes de salir de vuelta, lo miraba a los ojos.
«Supongo —dijo—, que la historia tendrá algo que ver contigo. ¿A lo mejor alguna de tus amantes se ahogó, perdona que te lo pregunte?».
«No —rió Sebald—, no se ahogó. Salió volando».
Recordó que no había tirado ninguna botella al mar desde que Ivana estaba en la isla.
Es uno de los más prolíficos narradores eslovenos contemporáneos. Su obra publicada consta de novelas, relatos, libros infantiles, libros de viaje y artículos. Sus historias suelen ser autobiográficas e integran una buena porción de humor e ironía. La prosa de Dolenc se caracteriza sobre todo por la presencia del Mar Adriático y por sus misteriosas islas. El autor se dedica realmente a la pesca submarina y la mayoría de sus novelas y relatos llevan este sello de su experiencia. Se le considera uno de las máximas autoridades de todo relativo al mundo marino. Así que en sus obras, el mar y la pesca acaban por convertirse en metáforas universales de amor y muerte. La narrativa de Mate Dolenc alcanzó uno de los puntos culminantes precisamente con la novela El mar a la hora del eclipse.
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