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Esto ocurrió hace varias décadas, cuando, ya terminada la Normal, fui a hacer mi año de provincia a un distrito minero en Oruro. No había cumplido los veinticinco años y tenía toda la energía que se necesitaba —que creía que se necesitaba— para afrontar semejante compromiso. Era idealista, lo probaba el hecho de que había querido estudiar para profesor de escuela primaria. Todavía el mundo no me había decepcionado y creía que no había mejor forma de hacer patria que conocer de veras el país profundo. Y se lo conocía de la única manera posible, yendo a vivir en él. Papá me dijo que la ignorancia no sólo era atrevida sino estúpida; hacer patria, las pelotas. La patria está deshecha para siempre y mejor curarse de espanto y asumir ese estado de destrucción. Ya verás lo que es vivir en el altiplano y sentir el frío colándose por todas las hendijas de la casa. Por todas las hendijas de tu cuerpo, afirmó, enfático, en ese su estilo de variación en la repetición. ¿Y ducharse sin agua caliente? Mamá hubiera intentado disuadirme de no ser porque ya había fracasado cuando trató de que no siguiera una carrera tan peculiar dadas las oportunidades que mi condición social me permitía. Fue tu culpa, le dije aquella vez, lo heredé de ti, recordándole que ella había ido a la Normal y había sido profesora de música hasta que se casó con papá. Lo hice porque en ese entonces si vivías en Sucre y eras mujer y te querías salir de tu casa no te quedaba otra, me contestó. Ahora es diferente. Y nada. Yo había heredado la terquedad de papá.
Un día de febrero la flota me dejó en una desierta calle de tierra del distrito. El encargado de la venta de pasajes me dijo cómo llegar a la casa que el Magisterio me había asignado. Caminé unos quinientos metros baje la tenue luz de la madrugada, arrastrando mi maleta con los dedos ateridos. Llegué a una calle de casas diminutas a las faldas de un cerro; todas iguales, de un piso, una al lado de la otra. Casas construidas en serie por un gran magnate minero antes de la Revolución y la nacionalización. Se habían equivocado: no era un minero, no me tocaba vivir allí. Y sin embargo la dirección era la correcta.
Metí la llave en la cerradura de la puerta y ésta se abrió. Encendí la luz. Un camastro en una esquina, al lado una caja vacía de manzanas argentinas, una mesa desvencijada y un anafe. El suelo era de tierra y había olor a bosta de vaca. ¿Y dónde estaba el baño?
El cansancio me vencía y me dije que no era tiempo para hacer averiguaciones. Había traído una frazada y me tiré al camastro vestido como estaba. Me cubrí con la frazada y, pese a que el soporte metálico sobre el que estaba echado me laceraba la espalda, no tardé en dormirme.
Media hora después me despertó un vozarrón. Era tan fuerte que parecía provenir del mismo recinto en el que me encontraba. Escuché cosas de metal que golpeaban el suelo y las paredes, los gritos desesperados de una mujer, el llanto de unos niños. Me tapé los oídos con mi chamarra, en vano. Los ruidos habían ganado en intensidad. Su origen era la casa contigua a la mía.
Me levanté y fui a ver qué pasaba.
Golpeé a la puerta de mis vecinos. De inmediato, se hizo el silencio. Al rato se abrió la puerta y me encontré con un hombrón. Era fuerte y musculoso, nada que ver con la imagen del minero sufrido y esmirriado que circulaba en las ciudades; y era alto, muy alto, yo apenas le llegaba al pecho. Sus manazas bien podían estrujar gallinas con facilidad.
— ¿Se puede saber quién gramputas molesta tan temprano? —la voz era ronca, intimidatoria.
—Soy su nuevo vecino, disculpe —lo dije con sinceridad: quería que lo hiciera—. Los ruidos no me dejaban dormir. Por lo visto no es nada, disculpe.
—No me pida disculpas dos veces pues. ¿Y de dondecitos ha salido usted?
—Soy el nuevo profesor para la escuelita.
— ¿Conque el nuevo profesor? ¡Socia!
Era como si hubiera pronunciado una frase talismánica. El rostro del hombrón se relajó hasta armar una sonrisa de dientes tomados por el escorbuto. La mujer apareció a su lado. Era diminuta, tenía los ojos enrojecidos y el pelo desgreñado, como si se acabara de despertar de un mal sueño. Tres niños se aferraban a sus piernas. El mayor no debía tener más de seis años.
— ¡Es el nuevo profe, Luisa! Pase, pase… A ver, socia, prepárale algo.
—No se moleste —dije, mientras la mano del hombre se posaba con fuerza en mis espaldas y me hacía entrar a la casa de un empellón —. Será mejor…
—No nos va a rechazar nuestro cariño. ¿Cómo dijo denantes que se llamaba?
—Gustavo Deza.
—Yo soy Azurduy. Todo el mundo me conoce como Azurduy aquí. Siéntese, por favor, qué alegría.
Me estrechó la mano, sentí que su presión pulverizaba uno de mis metatarsos.
Cuando la mujer se dirigió a la cocina a encender el anafe y poner una caldera llena de agua al fuego, la observé de perfil y descubrí que estaba embarazada. Pronto serían seis. ¿Cómo harían para caber en una casa que a mí solo me quedaba chica?
Así fue como conocí a Azurduy y su familia, y comenzó una etapa breve de mi vida, un período que no duraría ni diez meses pero que sin embargo sería suficiente para dejarme con recuerdos para el resto de mis días, para ensombrecer también ese resto con la fuerza avasalladora de su luz crepuscular. No sé si me gustaría volver a vivir esos meses. Pero a la vez sé que sin ellos mi vida hubiera sido harto más rutinaria de lo que ha sido. De lo que es.
Las clases comenzaban a principios de marzo. Tres días después de mi llegada al distrito visité la escuelita "Nueve de abril". Era un edificio esmirriado con paredes de adobe y ventanas rotas. A la entrada de la oficina de la directora había una bandera nacional, un trapo sucio, de colores deslavados. La directora, una mujer morena de ojos movedizos y mejillas picadas por la viruela, me dio la bienvenida y me invitó una taza de café aguado. De su rostro no se le borraba la sorpresa: le costaba creer que el nuevo maestro que había pedido al Magisterio le había sido concedido. Me explicó que había cursos sólo hasta quinto básico; los niños que querían continuar después el colegio debían irse a Oruro. Nadie lo hacía. Todos se dedicaban a ayudar a sus papás en la mina o a sembrar papas o cuidar ovejas.
No había sido un amor a primera vista. La escuelita no daba para mucho.
En el canchón donde imaginé que los niños jugaban al fútbol en los recreos, podía ver, a través de la ventana, a las vacas comiéndose el poco pasto que había.
Tardé un par de semanas en instalarme en la casa. Azurduy me ayudó bastante, aunque él no hiciera más que dar órdenes que se cumplían con rapidez. Luisa vino a barrer el piso, a limpiar el cuarto. Gente del barrio donó sillas, una cómoda desvencijada, un espejo roto, utensilios de cocina. La letrina, que se encontraba detrás de la casa, fue limpiada de malezas y telarañas. Muchas veces, cuando debía salir al frío de la noche para orinar, hacía un esfuerzo por aguantarme lo más que podía. Me acostumbré a la precariedad de mi nueva vivienda, pero no al baño que me había tocado en suerte. Conseguí un bacín de aluminio para mis noches más desesperadas; usarlo me hizo recordar los días de mi infancia, cuando me quedaba a dormir en la finca de mis abuelos en Chiquicollo y ellos me dejaban una bacinica de plástico bajo la cama.
Azurduy me preguntaba todos los días si había algo más en que podía ayudarme. Era, para mí, un grandote bonachón, capaz de ser gentil a pesar del susto que provocaban el trueno de su voz y la violencia de sus gestos. Me invitaba todas las noches a su casa, cuando llegaba del trabajo, y no me dejaba lugar a la negativa. Me gustaba su compañía, pero también me preguntaba cómo lo habría tomado si rechazaba sus invitaciones. Se sentaba en la mesa con la misma ropa con que había llegado del trabajo —un guardatojo oxidado, botas llenas de barro, camisa y pantalones de lona— y me invitaba a sentarme mientras Luisa preparaba algo para comer y sus hijos jugaban en una esquina de la habitación oscura.
La primera vez que Azurduy me sirvió un vaso de un líquido transparente, éste me quemó tanto la garganta que debí esforzarme para no devolverlo.
—Parece alcohol de quemar —dije.
—Es alcohol de quemar —sonrió—. Un quemapecho. A ver, a ver, de nuevo, como hombre pues.
Me habían dicho que en los distritos mineros la vida era tan dura y el frío tan cortante que se tomaba alcohol puro. Lo había escuchado muchas veces, pero mi cerebro no había procesado del todo esa información. Supongo que pensaba que me hablaban en hipérbole. Azurduy tomaba ese líquido venenoso de lo más tranquilo. ¿Cómo debía tener la garganta? Una ampolla. O quizás no. Parecía tener alrededor de cincuenta años, pero seguro rondaba los treinta y cinco: la mina estrujaba las facciones, tornaba rugosa la piel, encallecía las manos. Y si Azurduy había bebido alcohol puro durante al menos dos décadas, entonces su garganta debía ser ya una costra escamosa, una suerte de tubo de metal que la tornaba insensible al discurrir de ese líquido inflamable por la garganta. Un eructo suyo podía incendiar su casa.
Mientras comíamos un guiso de fideos, Azurduy me contaba de la vida en la mina. De la vez en que un accidente con dinamita había despedazado a su hermano mayor en una de las galerías. De cuando uno de sus mejores amigos había sido enterrado por un derrumbe.
—Si el Tío lo quiere, así será —decía, brindando.
Tío por aquí, Tío por allá: cada rato mencionaba al legendario custodio de las minas. Hablaba de él como si fuera un ser real. Quizás lo fuera para Azurduy. Me contaba de lo que había charlado con el Tío por la tarde, de cómo éste había cumplido con sus deseos de hacer que uno de los capataces más odiados por los mineros fuera destinado a Oruro. De cómo lo protegía de los accidentes. Y de cómo estaba seguro que algún día lo haría rico. Mientras me hablaba del Tío, yo me preguntaba en qué momento de la historia había ocurrido ese fascinante sincretismo capaz de transformar una versión popular del Diablo de los cristianos en un objeto de culto y reverencia. Podía entender que el territorio de la luz, de la superficie, perteneciera a Dios; también que el de la oscuridad, de las profundidades, fuera del Diablo. Lo que me costaba entender era que esos mineros se dijeran católicos pero, en la práctica, adoraran al Diablo y no a Dios. O acaso no era tan difícil de entender: la vida en un distrito minero, con un promedio de edad que no llegaba a los cuarenta gracias a los estragos de la silicosis, parecía tan abandonada de la mano de Dios que los mineros preferían adorar a su enemigo principal. O acaso todo se debía a la familiaridad que traía consigo el pasar buena parte del día en las penumbrosas galerías de la mina. Si Azurduy trabajaba en territorio del Tío, quizás era inevitable que le rezara para pedirle permiso por horadar sus vastas posesiones. Y esos rezos o charlas cotidianas convertían al demonio en un miembro de la familia, Un Tío.
El quemapecho me hizo vomitar muchas veces. Volví a casa borracho en varias ocasiones, a tumbarme en el camastro. Durante mis veladas con Azurduy, veía como él se transformaba, cómo les iba alzando la voz a su mujer y a sus hijos. Pero eso no era nada comparado con la metamorfosis que ocurría apenas yo abandonaba la casa. Al poco rato, se oía el quebrarse de objetos, el golpeteo de utensilios de metal en las paredes. Y los gritos de Luisa, como si la estuvieran despellejando viva. Y el llanto de los niños. Era un ritual de todas las noches, que amainaba sólo cuando el estupor alcohólico de Azurduy lo dejaba inconsciente en el piso. Un par de veces los gritos de Luisa me alarmaron tanto que me levanté y fui dando tumbos a tocar la puerta de la casa. Azurduy me abría, y era otro: parecía no reconocerme, y cuando le preguntaba, tartamudeando, ¿está todo bien, puedo ayudarlos en algo?, me gritaba no te metas donde no te llaman, cahuete, gramputa, y me tiraba la puerta en mis narices. No me animaba a llamar a la policía por miedo a que luego Azurduy me quebrara los huesos.
Al día siguiente, cuando Azurduy no estaba, yo lidiaba con mi chaqui con Alkaseltzers e iba a visitar a Luisa. Charlaba con ella mientras iba de un lado a otro en la casa que apestaba a alcohol. Veía moretes en sus mejillas y procuraba encarrilar la conversación hacia lo sucedido la noche anterior.
—Un ambiente de gritos y golpes no es bueno para los niños. Y menos para ti, con una wawa en camino.
Me escuchaba en silencio y luego me cambiaba el tema. ¿Quería una jakalawa para el lonche? ¿Se lo veía al Manuelito?
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