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Cuando hablaba de Azurduy lo hacía con admiración, como si no pudiera creer que esa fuerza de la naturaleza, ese ciclón arrollador, se hubiera fijado en ella.
—Yo tan poca cosa soy. Y mis hijos bien diferentes a su papá han salido, pero ojalá el que viene sea como él.
Trataba de no pensar de manera prejuiciada, de olvidarme que en las ciudades había el concepto arraigado del "amor indio", que consistía en expresar el cariño y la ternura en una pareja en base a golpes, a violencia. También recordaba las veces en que, antes de venir al distrito, me habían dicho que si veía a un indio pegar a su mujer, no me metiera, porque la mujer saldría en ese instante en defensa de su hombre y gritaría que él tenía derecho a hacer lo que quisiera con ella. Te van a arañar la cara, compadre, cuidado. Quizás había algo de verdad en esos prejuicios, y ellos explicaban el silencio de Luisa cuando quería hablarle de las palizas de su socio. Me resistía a creerlo.
Había otra explicación, más acorde con el sentido común: Azurduy intimidaba a Luisa. Le tenía miedo y prefería callar. Yo mismo, ¿acaso no evitaba acercarme a la policía por ese miedo visceral que tenía a la furia desatada de ese hombrón? Tantos años de golpes habían acostumbrado a Luisa a creer que la realidad era así y no había escapatoria para ella. O quizás amaba tanto a Azurduy que estaba dispuesta a tolerar todo con tal de no perderlo. Lo cierto era que me iba de la casa con más preguntas que respuestas.
Las clases comenzaron. Yo era profesor de quinto básico. Entré entusiasmado al aula el primer día de clases, bien preparado para la clase de matemáticas, y me topé con quince chiquillos legañosos y de abarcas. Algunos carecían de cuadernos y lápices, de lo mínimo que se necesitaba como material educativo. Eran algo callados, y debía insistir para que hablaran; cuando lo hicieron, descubrí que apenas chapurreaban el castellano, que lo hablaban muy mezclado con el aymara. Y yo no entendía el aymara. Era una pena; los niños no llegarían muy lejos en el país sin el castellano.
En el transcurso de la mañana, con el escudo de Bolivia y los retratos de Bolívar y Sucre en la pared a mis espaldas, fui notando que algunos de mis alumnos se dormían. Pensé que era mi culpa: mi estilo de enseñanza los aburría. Días después, la directora me explicaría la razón: algunos chiquillos vivían muy lejos y habían caminado una hora para asistir a clases. La gran mayoría no desayunaba. Se dormían de cansancio, de falta de fuerzas.
Se me ocurrió llegar a clases con una bolsa de panes. Al menos eso, me dije, exultante al ver la alegría en el rostro de mis alumnos, las ganas con que devoraban el pan. Al menos eso.
En la superficie, sobre todo cuando hablaba por radio con papá, mi idealismo se resistía a morir. Pero era cierto que antes de cumplir un mes en la escuela, éste se había resquebrajado por dentro. Ya iba contando los días para que terminara mi año de provincia.
Azurduy jamás me llamaba por mi nombre. Yo era el "profesor" para él. Lo decía con respeto, incluso con admiración. Creía que yo sabía de todo excepto de cuestiones relacionadas con la mina, y me preguntaba desde las cosas más absurdas y triviales hasta las más trascendentales. Éramos dos hombres tan diferentes el uno del otro, tan opuestos, que quizás por eso nos llamábamos la atención. Él quería saber de mi vida, yo de la suya. Y nos contábamos historias de nuestra infancia y adolescencia tan disímil. A veces me preguntaba si se trataba de una broma o un desafío divinos el haber puesto a gente tan distinta para que se las arreglara para vivir en el mismo país, para desarrollar una comunidad. O quizás se trataba de una broma o un desafío del Tío.
Desde que comenzaron las clases que intentaba verme con Azurduy sólo los fines de semana. La primera semana de clases, me había dormido y había llegado tarde un par de veces. Me prometí no volver a hacerlo. Un jueves por la noche la puerta de mi casa se abrió. Era Azurduy.
—Profesor, no te hagas compromiso mañana por la tarde. Voy a pasar al mediodía por la escuela, a recogerte. Es algo bien importante.
Se lo veía feliz. No quiso decirme de qué se trataba. Le dije bueno, te espero, y se fue.
Al día siguiente apareció puntual. Me dijo que iríamos a la mina. Los mineros terminaban su trabajo los viernes más temprano que de costumbre y luego celebraban en la misma mina la llegada del fin de semana. Los había visto bajar alcoholizados y con dinamita en la mano por la cuesta que conducía de la mina al pueblo. Era peligroso, pero no pude decir no.
Subimos en un jeep hasta la bocamina. Tuve que comprar bolsas de cosa, botellas de quemapecho, dinamita y kuyunas para regalarlas a otro mineros y dejar una ofrenda a los pies del Tío. En una caseta me puse un guardatojo, una chaqueta de lona y botas. Le pagué unos pesos a un ingeniero que mascaba coca para que me dejara entrar. A lo lejos se oían celebratorias explosiones de dinamita.
Dos mineros bajitos se nos unieron. Ingresamos a la mina. Los primeros cincuenta metros, la galería era amplia y podía caminar sin agacharme. La luz del día todavía nos iluminaba. Luego se hizo la oscuridad: ingresábamos a los dominios del Tío. Encendí la lámpara de carburo enganchada a mi guardatojo. Me persigné.
La galería se fue angostando. Yo seguía a Azurduy, tratando de no perderle pisada. Me resbalé y me hice un raspón en la mejilla. Azurduy me levantó. A mis espaldas, los dos mineros se reían.
—Primera vez, se nota.
—Qué grave, el Tío te va a culear en el oscuro.
—¡Basta, gramputas! —gritó Azurduy. Los dos mineros volvieron a reírse.
Trataba de no escucharlos, de concentrarme en seguir a Azurduy. Ahora debía caminar agachado, y un polvillo molestoso se metía en mis ojos y en la boca. ¿Era ése el polvillo que luego se acumulaba en los pulmones y causaba la muerte por silicosis?
De rato en rato, Azurduy iluminaba la pared rocosa y me mostraba una veta. Su lámpara se movía para mostrarme las venas del mineral. Tanto trabajo, pensé, para una vida de perros y una muerte de perros. Había atisbos de tecnología y progreso en el exterior de la mina, pero en el interior el trabajo del minero era prácticamente el mismo que el de los mitayos hace cuatro siglos. Un esfuerzo brutal, horadando la piedra a golpes, los músculos y los pulmones consumiéndose con prisa.
— ¿Falta poco?
— ¿Ya llegamos?
Debimos arrastrarnos por la tierra para atravesar una zona angosta. Sentí el polvo mineral en mis labios, mi lengua, mi garganta reseca. Para eso se necesitaba el quemapecho: un veneno mataba a otro veneno.
Me vino un ataque de claustrofobia. Recordé una novela de Verne leída a mis quince. ¿Qué hacía allí, viajando al centro de la tierra con tres individuos cargados de alcohol y dinamita? Había venido a enseñar y sin darme cuenta había caído presa del campo de fuerza que mi vecino irradiaba a su paso. Me prometí remediar pronto la situación, pedir mi traslado. Eso, si salía con vida de esa cueva prehistórica.
—Ya llegamos —dijo Azurduy—. Bien qewa habías sido.
Azurduy alumbró la estatua de yeso del Tío a un recodo del camino. Estaba cubierta de serpentinas y tenía una kuyuna entre los labios. Su falo era inmenso y estaba pintado de rojo vivo. A los pies de la estatua había cartuchos de dinamita y hojas de coca.
Nos sentamos en torno a la estatua. Observé sus cuernos, su rostro de ojos hundidos y desorbitados. Conque ése era el famoso Tío. Azurduy sacó una botella de quemapecho, tomó un trago y me la pasó. Bebí un sorbo y casi escupí.
Los tres se pusieron a pijchar coca. Se les hinchaban los mofletes al unísono. Me invitaron y acepté, más que nada por no desairarlos: había intentado hacerlo en casa de Azurduy y no sentí nada. Había que saber pijchar para poder extraer la savia de la coca y sentir sus efectos adormecedores.
Mi claustrofobia parecía mantenerse a raya, pero uno de los mineros comenzó a relatar una historia que decía ser real de un minero ambicioso que había hecho fortuna jukeando. El minero había jukeado tanto que dejó trabajo y familia y se fue a vivir a Oruro. Con su fortuna instaló una compañía de transportes. Le iba muy bien hasta que una mañana le comunicaron que una de sus flotas se negaba a partir. Los mecánicos habían visto el motor y estaba en buen estado. Son unos inútiles, dijo el minero, yo mismo lo voy a arreglar. Se metió bajo la flota y ésta, de pronto, comenzó a moverse y lo atropelló. La flota se llamaba El Tío.
—Así es —dijo Azurduy mirando a la estatua—. Con el Tío no se juega. ¿No ve?
Hubo un silencio, como si los tres hombres esperaran a que el Tío les contestara. Yo también me sorprendí esperando. Éramos cinco quienes estábamos ahí, brindando a la salud de uno de ellos, a su larga y eterna vida.
Debía abandonar pronto el distrito. Las supersticiones de mis vecinos comenzaban a hacerse de un espacio en mí.
—Profesor —dijo Azurduy de pronto—. Quiero que usted sea el padrino de mi hijo.
—Por supuesto —dije, conmovido—. Tamaño honor que me haces.
Eso era todo, me dije tranquilizándome. Luisa debía estar de unos siete meses. Sería el mejor padrino del mundo. Iría ese mismo fin de semana a Oruro, a comprar ropa para la wawa. Azul y rosada, por si acaso.
Nos abrazamos y bebimos en nombre del futuro hijo de Azurduy. ¿No sería una buena oportunidad para mencionar a Azurduy lo de las golpizas a Luisa? Había que pensar en la wawa. Quizás ese argumento lo convencería. No me animé. Azurduy podía tomar a mal mi intrusión.
Fue la primera vez que tomé quemapecho con ganas, a nombre de mi padrinazgo en ciernes. Apagué la lámpara y me divertí contándole chistes colorados al Tío. Me tuvieron que sacar a rastras.
Luego me enteraría que la estatua estaba a cincuenta metros de la entrada, apenas comenzaba la oscuridad. Azurduy había impedido que la viera al entrar. Y me había hecho dar una larga vuelta por las galerías de la mina.
Se acercaba el invierno. Si yo creía que antes había sufrido el frío, ahora descubría que me faltaba mucho para conocerlo. Cuando caminaba por las calles pedregosas del distrito, soplaba un viento que atenazaba mis manos y amenazaba con quebrar mis orejas congeladas. Mis papás me enviaron una estufa para sobrevivir la inclemencia de las noches. Papá había escrito una nota irónica en la encomienda: "Para el hacedor de la Patria, salud. Tomate un quemapecho a nombre de este viejo que sabe que todos nacemos al borde de la tumba y que durante su vida ha llegado a conocer bien las dos formas en que uno pierde las ilusiones: lentamente, y con rapidez".
Había mañanas en que mis alumnos no llegaban a diez; no culpaba a los desertores. Las abarcas de llanta no protegían sus pies; sus ropas de tocuyo servían de poco en esa escuelita en que el frío parecía condensarse por las noches para atacarnos a nuestra llegada. Llevé mi estufa al aula, pero no sirvió más que para calentar mis piernas y distraer a los chiquillos, que buscaban excusas para acercarse a ella. Contaba los días para que terminaran las clases; me iría a pasar las vacaciones de julio a Cochabamba.
Azurduy no cambió su rutina. Usaba unos guantes de cuero como única protección añadida. No necesito más, el quemapecho bien me calienta. Subía a la mina muy temprano todos los días, a veces en camión con otros mineros de rostros terrosos, otras en un jeep con los ingenieros, otras a pie. Luisa estaba de siete u ocho meses y seguía trabajando todo el día, a cargo de los hijos y de la casa. ¿Cómo hacía para no caer rendida? Al menos las palizas habían cesado hacía un mes. Acaso Azurduy se había conmovido por la forma que había tomado el vientre de su mujer, redondo, inmenso.
Un sábado por la noche, me fui a casa después de haber estado bebiendo con Azurduy. Logré dormir un par de horas. Soñaba que Azurduy y su mujer caían por un precipicio y mientras lo hacían lanzaban gritos desesperados, casi animales. Abrí los ojos: los gritos provenían de la casa de mis vecinos; su fuerza había taladrado la barrera entre la realidad y el sueño. Maldije a Azurduy. Gramputa, dije, que te las cobre el Tío.
Me senté sobre la cama, tardé un par de minutos en despabilarme. De pronto, mi puerta se abrió. Era Azurduy, el rostro desencajado.
— ¡Profesor, profesor! ¡Algo le pasa a mi socia!
Fui corriendo a la casa tras de él. Cuando llegamos a la habitación, encontramos a Luisa postrada en la cama. Gritaba y hacía muecas de dolor. Una comadrona estaba reclinada sobre su vientre, concentrada en su labor. Azurduy y sus hijos miraban azorados lo que ocurría desde el borde de la cama. Había sangre en las frazadas.
Pasaron los minutos. Luisa perdió el conocimiento. Azurduy caminaba de un lado a otro; uno de sus hijos, el más pequeño, lloraba olvidado sobre una manta.
La comadrona extrajo del vientre de Luisa una masa amorfa, sanguinolenta, y la tiró en un balde a un costado de la cama.
—Está muerto —sentenció—. Ella se salvará.
Azurduy estuvo a punto de golpear a la comadrona. Apretó los puños, luego se agachó y sacó al feto del balde; lo envolvió en una manta y me buscó con la mirada.
—Profesor, acompáñeme.
Me dijo que alzara una pala y una picota apoyadas en una pared y salimos de la casa. El frío me cortó el rostro. Azurduy caminaba a paso firme y apresurado. Era alrededor de las dos de la mañana.
Caminamos un buen rato sin hablar; tan sólo nuestro ansioso resuello y el golpeteo de las botas de Azurduy visitaban el silencio de esas calles vacías. Pensaba en mis papás, en lo que dirían cuando se los contara. Me dirían te lo advertimos, y quizás papá se acordaría de que alguna vez fue capaz de expresar ternura y evitaría un comentario sarcástico.
Era hora de enamorarme de alguien; así me sentiría menos solo.
Entramos por una calle hacia la derecha, subimos por una colina e ingresamos al cementerio. Azurduy caminó entre las cruces de madera que salpicaban el lugar sin orden alguno y se detuvo bajo un gran molle. Yo lo seguía, guiado apenas por su movediza silueta en la noche intacta.
Me pidió la picota y se puso a cavar. Yo sostuve entre mis manos la manta con el feto adentro. Me dieron ganas de abrirla, de ver si era cierto que entre sus pliegues de tocuyo se encontraba alguien que pudo haber sido algún día un niño inquieto correteando con las ovejas, un adolescente de ojos enormes buscando la forma de escapar al destino que había atenazado a sus papás en torno a la mina, un hombre entregado a su socia y sus hijos y debilitado por su afición al alcohol. Un estremecimiento me remeció.
Azurduy terminó de cavar el hueco.
—Dámelo a mi hijo —gritó.
Fue abriendo la manta hasta encontrarse con el feto. Le dio un beso en la masa sanguinolenta que parecía ser el rostro. Lo volvió a envolver en la manta y lo depositó con cuidado en el hueco. Luego se persignó y tapó el hueco con paladas rápidas.
Me pregunté si estábamos cometiendo un sacrilegio. Lo que hacíamos, ¿no debía ser una ceremonia presidida por un cura? ¿Se enterraba a los fetos, había un lugar en el cielo o en el purgatorio para ellos? ¿O se los envolvía en una manta y se los tiraba al basurero?
Era tarde, en todo caso.
Azurduy me dio la pala y se sentó junto al hueco que acababa de tapar. Extrajo una botella de quemapecho de uno de los bolsillos interiores de su chaqueta de lona. Cuando me la pasó, bebí sin quejarme.
Azurduy se puso a hablar con el Tío. Le hablaba en un tono informal, y despacio, como si el Tío se encontrara junto a la tumba de su hijo que no había sido.
—Acepto tu voluntad, pero por favor, no me vuelvas a castigar de esta manera.
Silencio. Azurduy movió la cabeza como si hubiera escuchado una respuesta.
—Soy un cahuete gramputa, pero también un buen hombre. Bien trabajador. Querendón de mi socia, de mis hijos.
Volvió a mover la cabeza, asintiendo. Hice lo mismo.
—Gracias por salvarla a mi socia. Porque vas a salvarla, ¿no?
Azurduy se quedó en silencio esperando la respuesta del Tío. No sé si la oyó, pero yo sí la oí. Pudo haber sido el silbido del viento, o quizás el efecto del alcohol, pero lo cierto es que creí haber escuchado una voz muy clara y poderosa en su concisión: Sí compañero. Hubo en ese momento terror y temblor en mi corazón.
—Gracias, gracias —dije, de improviso—. Qué bueno que lo entiendas así, no estaba hablando en serio. Ya se la has cobrado bien cobrada, ya no más por favor.
—Ya, ya, ya, qué te pa…
—Callate gramputa.
Azurduy me miró sorprendido. Me hinqué sobre la tierra recién excavada y encomendé su wawa al Tío, y le pedí por Luisa, por él y por sus hijos.
Azurduy seguía con los ojos bien abiertos y yo no podía callarme. Junté mis manos y miré al cielo, como me habían enseñado a rezar los curas salesianos en Cochabamba, y le pedí al Tío que nos permitiera terminar el año en paz. Era cierto que nacíamos al borde de la tumba. No era menos cierto que había múltiples destinos posibles y en uno de ello uno no moría antes de nacer, no moría niño, no moría joven con cara de viejo, moría de causas naturales, en la paz del sueño, entregado a uno de esos otros mundos que habitan en nuestro interior. Le pedí al Tío que nos concediera ese destino.
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