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Es sureño, pelirrojo, y habla de una forma tan arrastrada, tan forastera, que la gente de por aquí se echa a reír sólo con oírlo. Me escondo en la maleza cada vez que veo su coche por la carretera. Últimamente noto que se me hielan las tripas, se me sueltan, y me entran ganas de largarme de aquí. No tendría que enseñarme su Águila del Desierto, ni tampoco tendría que dejarme echar un vistazo a las fotos con las flacas filipinas comiéndose una polla. Le bastaría con sonreír y con nombrar los lugares de que se trate, que yo lo escucharía.
Cuando llego al apartamento me apoyo contra la puerta y espero a que se me calme el corazón y se me pase un poco el dolor. Oigo la voz de mi madre, un susurro que viene de la cocina. Parece dolida, nerviosa o puede que las dos cosas a la vez. Al principio me acojona que Beto esté con ella, pero echo un vistazo y veo que el cable del teléfono se balancea levemente. Está hablando con mi padre, cosa que ella sabe que a mí no me gusta nada. Ahora vive en Florida; es un tío patético, que la llama y le pide dinero. Le jura que si se va allá con él dejará a la mujer con la que vive ahora. No son más que mentiras, ya se lo he dicho, a pesar de lo cual ella sigue llamándolo. Todo lo que él le dice se le enrosca a ella dentro, y pasa varias noches sin dormir. Abre un poco la puerta de la nevera, para que el ruido del compresor disimule la conversación que mantienen. Entro por sorpresa y cuelgo el teléfono. Ya está bien, digo.
Se sobresalta. Con una mano se aprieta los pliegues del cuello. Era él, dice en voz baja.
Los días en que teníamos clase, Beto y yo íbamos juntos a la parada del autobús. En cuanto aparecía el autobús por la cuesta de Parkwood, yo me ponía a pensar que iba de cráneo en gimnasia y que se me había puesto muy crudo aprobar matemáticas. Odiaba a todos los profesores del planeta.
Nos vemos después de comer, le decía yo. El ya estaba en la cola. Yo me quedaba atrás y sonreía sin sacar las manos de los bolsillos. Con aquellos conductores de autobús no era necesario esconderse. A dos les importaba todo un huevo, y el tercero, que era un predicador brasileño, estaba tan ocupado hablando de la Biblia con todo el que se le pusiera a tiro que sólo tenía ojos para mirar la carretera.
Hacer novillos sin tener coche no era cosa fácil, pero más o menos me las apañaba. Veía televisión por un tubo; cuando me aburría, bajaba a dar una vuelta por el centro comercial o me iba a la biblioteca de Sayreville, donde se podían ver viejos documentales por la cara. Siempre regresaba tarde al barrio, para que no me adelantara el autobús de la escuela por Ernston y nadie pudiera gritarme ¡so bobo! por la ventanilla. Beto casi siempre estaba en casa, o había salido a los columpios, pero otras veces no estaba por ninguna parte. Habría salido a visitar otros barrios. Conocía a un montón de gente que a mí no me sonaba de nada: un negrito de Madison Park que estaba hecho un lío, dos hermanos que se movían en el ambiente de los clubes neoyorquinos y se gastaban una buena plata en zapatos de plataforma y en mochilas de cuero. Yo dejaba recado en casa de sus padres y volvía a ver más televisión. Al día siguiente me lo encontraba de nuevo en la parada del autobús; estaba tan ocupado en fumarse un cigarrillo que no me contaba nada del día anterior.
Tienes que aprender a moverte por el mundo, me dijo. Ahí fuera pasan cantidad de cosas.
Algunas noches iba en coche, con toda la pandilla, hasta New Brunswick. Es una bonita localidad, donde el Raritan corre con tanta lentitud, con tanto légamo que no hace falta ser Jesucristo para atravesarlo a pie. Íbamos al Melody y al Roxy, a ver a las universitarias. Bebíamos un montón y luego salíamos a la pista de baile. Ninguna de las chicas bailaba nunca con nosotros, aunque una mirada o un roce nos daban tema de conversación para varias horas.
Cuando cierran los clubes vamos al Franklin Diner y nos ponemos hasta las orejas de panqueques. Después de habernos fumado todo lo fumable volvemos a casa. Danny se queda traspuesto en el asiento de atrás y Alex baja del todo la ventanilla para que le dé el aire en la cara. Ya se ha dormido alguna que otra vez, ha destrozado dos coches antes de tener éste. Las calles están limpias de universitarios y de lugareños, así que nos saltamos todos los semáforos. En el viejo puente de peaje pasamos por delante del antiguo bar de los maricones, que al parecer no cierra nunca. Hay patos que beben y charlan por todo el aparcamiento.
A veces Alex para en el arcén y dice perdonadme. Cuando sale del bar uno de los tíos, lo encañona con su pistola de juguete y espera a ver si echa a correr o si se caga en los pantalones. Hoy en cambio se limita a asomar la cabeza por la ventanilla y a gritarles ¡a tomar por culo! Luego se mete dentro muerto de la risa.
Qué original, le digo.
Vuelve a sacar la cabeza por la ventanilla. ¡Pues cómeme la polla!, grita.
Eso, musita Danny en el asiento de atrás. Cómemela.
Dos veces. Así de claro.
La primera fue a final de aquel verano. Acabábamos de volver de la piscina y estábamos viendo un vídeo pomo en casa de sus padres. Su padre era un venado de esos vídeos, y los pedía por correo a los mayoristas de California y de Grand Rapids. Beto me contaba a veces que su viejo se ponía a ver vídeos pomo incluso en pleno día, pasándose por el forro de los cojones a su vieja, que se pasaba todo el tiempo en la cocina, tomándose un montón de horas para preparar una simple cacerola de arroz con gandules. Beto se sentaba con su viejo y ninguno de los dos decía ni pío, salvo para reírse a carcajadas cuando alguien se llevaba una eyaculación en toda la jeta.
Llevábamos una hora viendo aquella nueva película, una vaina que parecía rodada en el apartamento de al lado, cuando me metió mano bajo el pantalón corto. ¿Qué ostias haces?, le dije, pero él no paró. Tenía la mano seca. Yo no perdí de vista el televisor, estaba demasiado aterrado para mirar. Me corrí enseguida, ensucié los cobertores de plástico del sofá. Me empezaron a temblar las piernas y de pronto tuve ganas de largarme. El no me dijo nada cuando me fui. Siguió allí quieto, delante del televisor.
Al día siguiente llamó, y al oír su voz me sentí en calma, pero no quise saber nada de ir al centro comercial ni de nada parecido. Mi madre notó que algo fallaba y me dio la lata para saber de qué se trataba, pero yo le dije que me dejara en paz, qué cojones, y mi padre, que estaba en casa de visita, se desperezó en el sofá con la intención de soltarme una bofetada. Me limité a quedarme sobre todo en el sótano, aterrorizado por la idea de que quizá terminase siendo anormal, un pato de chichinabo, pero él era mi mejor amigo, y por entonces aquello importaba más que ninguna otra cosa. Sólo por eso logré salir del apartamento y acercarme a la piscina aquella misma noche. El ya estaba allí, con su cuerpo pálido y ondulante bajo el agua. Eh, ¿qué pasa?, me dijo. Empezaba a preocuparme por ti.
No hay por qué preocuparse, dije.
Nadamos un rato, no hablamos mucho, y después vimos a una pandilla de Skytop que le quitó el sostén del biquini a una chica tan boba como para salir ella sola. Dádmelo, decía ella a la vez que se tapaba, pero los chavales gritaban, sostenían la prenda por encinta de la cabeza, y los tirantes brillaban fuera de su alcance. Cuando empezaron a pellizcarle los brazos ella se largó, sin importarle que empezaran a probarse el sostén sobre sus pechos planos.
Me puso la mano en el hombro; mi pulso era como un código bajo la palma de su mano. Vámonos, dijo.
Bueno, a menos que no te sientas bien.
Me siento muy bien, dije.
Como sus padres trabajaban por la noche, éramos prácticamente dueños de su apartamento hasta las seis de la madrugada. Nos sentamos delante del televisor, con las toallas enrolladas a la cintura, y noté que sus manos me presionaban en el abdomen y en los muslos. Si quieres, paro, me dijo, y yo no contesté. Cuando hube terminado, me apoyó la cabeza en el regazo. Yo no estaba ni despierto ni dormido, sino a mitad de camino, balanceándome tan despacio como los despojos que las olas empujan cerca de la orilla, para acá y para allá, sin cesar. El se marchaba al cabo de tres semanas. A mí no me toca nadie; nadie me puede parar, decía cada dos por tres. Habíamos visitado la universidad y yo había visto qué bonito era el campus cuando todos los estudiantes iban de los colegios mayores a las clases. Pensé que en nuestro instituto a los profesores les encantaba encerrarnos a todos en el salón de actos cada vez que una cápsula espacial despegaba en Florida. Un profesor cuya familia era dueña de dos escuelas privadas que llevaban su apellido solían compararnos con las cápsulas. De todos vosotros, habrá unos que lo consigan. Son los que se pondrán en órbita. En cambio, la mayoría os vais a quemar. No iréis a ninguna parte. Dejó caer la mano sobre la mesa. Yo ya me vi perdiendo altitud a la vez que la tierra se extendía allá abajo, dura y brillante.
Tenía los ojos cerrados y la televisión estaba encendida cuando se abrió de golpe el portal, él dio un salto y yo por poco me corté la polla al pelearme con los pantalones. No es más que el vecino, dijo riéndose. El se reía, pero yo dije que a la mierda todo aquello.
Creo que lo veo en el destartalado Cadillac de su padre dirigiéndose al puente de peaje, pero no estoy seguro. Lo más probable es que ya haya regresado a la universidad. Yo trapicheo cerca de casa, me instalo siempre en el mismo callejón sin salida en donde beben y fuman los chavales. Son unos punkis que bromean conmigo, me dan palmadas con toda su camaradería, a veces demasiado fuerte. Ahora que hay centros comerciales a patadas en la Ruta 9, muchos tíos tienen trabajos a tiempo parcial. Los chicos fuman con los delantales puestos, con los rótulos que llevan inscritos sus nombres colgados del bolsillo del pecho.
Cuando llego a casa tengo las deportivas sucias, así que saco un viejo cepillo de dientes para limpiar las suelas y tiro el barro reseco a la bañera. Mi madre ha abierto del todo las ventanas y también sostiene la puerta abierta. Para que entre el fresco y ventilar, explica. Ha preparado la cena: arroz con judías, queso frito, tostones. Mira qué he comprado, dice a la vez que me enseña dos camisetas azules. Daban dos por el precio de una, así que te compré una. Pruébatela.
Me queda ceñida, pero me da igual. Sube el volumen del televisor. Es una película doblada al español, un clásico de los que todo el mundo conoce. Los actores se desgañifan de pasión, pero hablan con torpeza y sin relieve. Cuesta trabajo imaginar que nadie pueda ir por la vida de esa manera. Saco el fajo de billetes del bolsillo. Ella lo toma de mis manos y alisa las arrugas. Un hombre que trate así la plata es que no se merece gastarla, dice.
Vemos la película: pasar dos horas juntos nos vuelve amistosos. Ella me coge de la mano. Ya casi al final de la película, cuando nuestros héroes están a punto de despedirse para siempre bajo una andanada de disparos, se quita las gafas y se da un masaje en las sienes; la luz de la televisión le parpadea en la cara. Aún mira otro minuto, pero deja caer el mentón y lo apoya contra el pecho. Casi de inmediato empiezan a temblarle las pestañas, un semáforo en calma. Está soñando, sueña con Boca Ratón, con pasear bajo los Jacarandas en compañía de mi padre. No se puede estar para siempre en el mismo sitio, como decía Beto: me lo dijo el día en que fui a despedirle. Me dio un regalo, un libro, y en cuanto se marchó lo tiré a la basura sin abrirlo, sin tomarme la molestia de leer qué dedicatoria me había escrito.
La dejo dormir hasta que termina la película; cuando la despierto, sacude la cabeza y hace muecas. Más vale que compruebes las ventanas, dice. Le prometo que lo haré ahora mismo.
Nota de los editores
La traducción del cuento anterior, escrito originalmente en inglés, fue enviada a nuestro director Amir Valle por Junot Díaz, con vistas a integrar la antología Inocencias prohibidas. El cuento latinoamericano actual, todavía inédita.