

Una vieja polémica intelectual no resuelta hasta hoy establece, por un lado, que de ningún modo deben crearse diferencias entre la literatura escrita por mujeres y la escrita por los hombres, entre la literatura escrita por homos y heterosexuales, entre la literatura escrita por negros y blancos; y en el otro lado, se asegura que es necesario diferenciar estas literaturas y sus mundos ficcionados: el ámbito de lo femenino, el universo gay y lésbico, los entornos raciales, etc. Lo que nadie ha podido negar es que existe una lucha de poderes en todo este asunto, subclasificaciones denigrantes, fobias promocionales y exclusorias, muros academicistas… de todo. ¿Cómo ves este panorama, específicamente en el caso del tema lésbico escrito por mujeres, tanto a nivel de tu país como continental?
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Mabel Cuesta: Efectivamente la polémica ha sido larga y como casi todas las interesantes, sigue aún sin resolver y hay poquísimas posibilidades de que las partes lleguen a un acuerdo. Siempre que regreso a este tema insisto en su historización. Creo que es la única manera de entender el fenómeno.
Resulta obvio que no ha sido hasta la segunda mitad del siglo XX que las minorías (todas) han comenzado a hacer uso de su voz. Una voz que muy rápidamente comenzó a ser sospechosa ya que venía articulada desde centros de poder. Es decir, no hablan los afroamericanos desde los guettos en los que viven, sino a través de los académicos que han conseguido justamente salir de esos guettos e instalarse en posiciones de legitimación social: ámbitos académicos o políticos. De aquí sale la fundamental pregunta que Gayatri Spivak se hiciera ya hace algunos años: ¿puede el subalterno hablar? Pregunta también sin contestar.
La literatura o el arte en general producido por minorías lleva entonces esta indeleble marca de sospecha y a la vez de exageración que no es más que un natural instinto de resistencia. Larguísimos siglos de marginación, exclusión y silencio no pueden más que ser reivindicados a través de la alharaca (y uso este sustantivo en todo su sema positivo). Un auto-reconocimiento como parte del mundo que solo la creación de una nueva identidad que aúne a individuos semejantes en su olvido puede resolver.
En el caso específico de la literatura de temática lésbica en mi país, el asunto se complica un grado más. La Revolución social que el mundo celebró 50 años atrás se afanó tanto en igualar a los sujetos a través de una estandarización del status social, que olvidó completamente destacarlo en sus singularidades. Este proceso en donde la única marca de diferencia anterior al triunfo revolucionario la constituía la clase, iba además en sintonía con la marginación histórica de las escrituras y experiencias homosexuales en el resto del mundo, al menos en los primeros años de la década de 1960.
Como bien se sabe, esta situación comenzó paulatinamente a cambiar después de la aclamada revolución sexual de la propia década en el resto del mundo occidental; pero para entonces ya Cuba estaba fuera de Occidente y se había convertido en un proyecto militarizado que esperaba parir a un hombre nuevo que funcionara según los esquemas de una doctrina prediseñada. En este contexto, hubo que esperar más de 30 años para que después de la caída de Europa del Este las primeras oleadas de turismo sexual arribaran a la isla y comenzaran los escritores a dar acuse de recibo de todas las sexualidades alternas que en el mundo son.
Curiosamente para las escritoras lesbianas o que producen personajes que responden a este prototipo, la primera aparición pública de estos personajes se dio en la colección de cuentos: Las historias prohibidas de Marta Veneranda (Casa de las Américas, 1997) de una autora cubana, pero residente en los Estados Unidos: Sonia Rivera-Valdés. Si bien para estas fechas habían caído no sólo el muro de Berlín sino otros muchos, no deja de ser sintomático que la puerta la haya dejado abierta una escritora cuya presencia intermitente en lo que podría llamarse la ciudad letrada habanera le confiriera esa libertad.
Después de la aparición de este libro fundamental ya no resultaron tan extrañas (que no fundamentales) los cuentos y novelas de Ena Lucía Portela, Anna Lydia Vega Serova, Jacqueline Herránz-Brooks, Ana Luz García u Odette Alonso desde México, por solo referirme a las narradoras. En el caso de las poetas, habían comenzado tal vez desde la propia década de los ochenta; pero la naturaleza elíptica de la poesía les había permitido crear estrategias de representación con difícil decodificación. Y nunca se habló de antologías de poetas mujeres, menos aún poetas lesbianas.
Cómo el público lector cubano, la academia y hasta las propias autoras conciben y articulan sus propias posiciones dentro de esta polémica es tema extremadamente delicado. Algunas se resisten incluso a las categorías que brinda el feminismo. Una negación que tiene la misma dosis de ignorancia del discurso y la praxis feminista, como de incoherencia. Porque mientras se niegan feministas, acceden a participar en las antologías en las que son incluidas y por las que muchas veces reciben remuneraciones que les permiten sobrevivir en la Cuba post-soviética de triple moneda.
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Gisela Kozak: Hay que diferenciar entre la creación literaria y su proceso de recepción. No cabe duda, en el caso venezolano, acerca de la capital importancia de Teresa de la Parra como novelista. Fue una extraordinaria lectora plenamente impregnada de las nuevas corrientes literarias internacionales de las primeras décadas del siglo XX; tanto Ifigenia (1924) como Memorias de Mamá Blanca son obras que evidencian maestría, una ironía a toda prueba y conocimiento de la lengua castellana. No obstante, esta escritora fue vista como novelista para niños y señoritas, o, en el mejor de los casos, alabada por su belleza y su temática y perspectiva femeninas. Tenían que llegar los años setenta para que Teresa de la Parra fuera valorada en la justa medida del esplendor de su prosa. Sí, la escritura puede que sea parte de una “república mundial de las letras”, pero no hay literatura sin proceso de recepción y éste marca huellas y límites. Teresa de la Parra jamás se atrevió a escribir sobre su verdad más entrañable y silenciada: amaba a mujeres. No estaba obligada a hacerlo, nadie lo está, pero es evidente que no contaba con la libertad o el arrojo precisos. Fue Sylvia Molloy, la crítica argentina radicada en Estados Unidos, la que habló sobre el tema del lesbianismo de Teresa de la Parra y de lo que su terco silenciamiento significaba. En Venezuela, todavía se habla en voz baja sobre el asunto y no se reconoce abiertamente. En resumen, los poderes en juego si condicionan el lugar que se le asigna a cualquier escritor, y el género, la raza y la nacionalidad pesan mucho a la hora de abrirse paso en el mundo literario.
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Isabel Franc: Dice un viejo lema dice “Si te persiguen como judío, debes defenderte como judío“. El tema del lesbianismo ha sido silenciado a lo largo de la historia, las lesbianas hemos sido invisibles, por ello, es necesario remarcar el carácter lésbico de las historias que se narran. El problema, cara al gran público, es que la etiqueta “lésbica” anula todas las demás. La gente considera que si es lésbico ya no es de su incumbencia. Y ya no es nada más, ni humorístico ni de intriga, ni social… Ese es el problema con el que yo me encuentro. Y, francamente, te cierra muchas puertas.
Me gustaría que te refirieras, resumidamente o con la extensión que consideres necesaria, a la historia de la literatura de tema lésbico en tu país, desde las que podrían ser las primeras manifestaciones hasta el presente.
Mabel Cuesta: He contestado parcialmente esta pregunta en la anterior, pero quedaría anotar que con anterioridad a 1959, en la década de 1930, dos mujeres escribieron novelas en donde se insinuaban relaciones entre chicas que sobrepasaban la siempre flexible frontera de amistad entre mujeres. Reconocidas hoy como feministas, muy en consonancia con el espíritu de la Belle Epoque y las ansiedades de renovación republicana, Ofelia Rodríguez Acosta y Graziella Garbalosa no hubieran pasado en estos días sin su novela de abierto amor entre mujeres.
Gisela Kozak: El lesbianismo en Venezuela no sería temática literaria, más allá de menciones referidas al deseo masculino de escenas lésbicas, hasta los años noventa del siglo pasado. La narradora y poeta Dina Piera Di Donato toca el tema en su libro de cuentos Noche de nieve y amantes y en poemas publicados en revistas virtuales. La narradora Ana Teresa Torres también lo hace en su novela erótica La favorita del señor. Dada la parquedad de este inventario, me veo obligada a incluir dos cuentos de mi libro Pecados de la capital y otras historias y otros trabajos todavía inéditos. Las poetas también se plantean el tema a partir de las últimas décadas del siglo XX. Es el caso de Verónica Jaffé con algunos textos de El arte de la pérdida y El largo viaje a casa. Una referencia insoslayable es el libro Olympia, de Manón Kubler que trata extensamente el tema. Vale la pena mencionar también los poemas “Sextina lésbica” y “Lesbos”, de Ana Nuño.
A la hora de proyectar la literatura de tema lésbico venezolana en el continente nos encontramos con la particular situación de que el activismo feminista-lésbico no tiene el desarrollo del argentino, mexicano, brasileño, mexicano o, incluso, el colombiano. Por lo tanto, escasean las publicaciones sobre el tema más allá del estricto circuito de la producción literaria considerada de calidad. En Venezuela es un tema muy poco favorecido por las editoriales pues se piensa que es una situación marginal de escaso interés para el público, lo cual no es muy distinto en otros países a colegir el alto número de creadoras lesbianas que no escriben sobre el tema. El lesbianismo parece no tener la gracia de la vertiente más humorística y burlona de la homosexualidad masculina, brillantemente utilizada por escritores como Manuel Puig y Pedro Lemebel. En todo caso, los nombres de la argentina Sylvia Molloy (En breve cárcel y de la uruguaya Cristina Peri-Rossi, particularmente en su poesía, son referencias insoslayables. Lamentablemente, y de nuevo el tema del poder sale a la luz, la única forma de conocer textos lésbicos del continente es yendo a Estados Unidos o solicitándolos vía “web”.
Isabel Franc: Tendría que hablar demasiado de mí y me da un poco de apuro.
Toda corriente o tendencia, toda zona temática, todo movimiento creacional, en materia literaria, es una contribución al pensamiento socio-cultural de la época en la cual se desarrolla, a veces de forma sutil, casi invisible, y a veces en forma de estallido, de alarido. ¿Qué aportaciones crees que ha dado, está dando o podría dar la ésbico al pensamiento social y cultural latinoamericano?
Mabel Cuesta: Las aportaciones son fruto que estamos recogiendo ya en este momento. El reconocimiento de una existencia paralela al pensamiento hegemónico heterosexual en donde haya un espacio de voz, representación y toma de decisiones para mujeres u hombres que no respondan al modelo pre-establecido por las religiones en donde solo hombre y mujer tienen derecho a constituir pareja y familia de descendientes es algo que está pasando ahora mismo en algunas ciudades latinoamericanas. No son todas, ni hay remotamente la igualdad de condiciones, deberes y derechos civiles y ciudadanos que ya han sido establecidos en muchos países europeos y algunos estados de América del Norte; pero mis visitas a México, República Dominicana, Guatemala, Honduras y 29 años de experiencia cubana, me han ido dando las claves para entender que Harvey Milk no murió en vano, aún cuando haya tantos lugares en donde no se le conoce ni al trabajo que realizó en San Francisco.
La literatura y el pensamiento, así en plan de editoriales, grandes nombres y congresos es todavía un producto para el consumo de las élites: la academia y sus desperdigados discípulos. Sin embargo, la existencia de Internet está cambiando a la propia noción de literatura como arte para elegidos (productores y consumidores) y el acceso paulatino, pero creciente de páginas web de autoras en donde pueden leerse sus historias, poemas u obras de arte visual en donde el amor entre mujeres no es un pecado capital, más los foros de discusión instantánea que allí se generan, no podrán pasar por alto en las nuevas sociedades latinoamericanas del siglo XXI. Esta revista con esta entrega específica ya es una gran aportación a ese cambio.
Gisela Kozak: El solo hecho de hacer visible el lesbianismo en sociedades como las nuestras es una verdadera hazaña democrática que ayuda a entender la enorme diversidad humana que contienen las naciones del continente más allá de sus condiciones conflictivas o de los problemas de la pobreza. La crueldad, la violencia y la desigualdad no vienen dadas solamente por factores económicos sino también por condiciones individuales o colectivas que son discriminadas dentro de contextos que favorecen la maternidad como la condición por excelencia de la mujer. Mo hay mujer sino mujeres y esto es vital desde una aspiración de profundización de la democracia y de fortalecimiento de los derechos humanos.
Isabel Franc: Toda la literatura tiene un aporte social. En el caso de un terreno marginado, perseguido, silenciado, incluso penalizado como es el lesbianismo, conocerlo va a dar riqueza a cualquier cultura.
En una época en la cual asistimos a una dura y amplísima lucha, a todos los niveles de la sociedad moderna, por el respeto a la diversidad sexual y la igualdad de derechos sociales, sin exclusiones ni limitaciones, para homosexuales, lesbianas, transexuales, etc., resulta una enorme contradicción que en el ámbito de la cultura sigan existiendo barreras, en muchos casos más altas e infranqueables, para la publicación, promoción y estudio de todo lo que, creativamente, puede derivarse de esa orientación sexual individual y de esas luchas. ¿A qué crees que se deba esta contradicción?
Mabel Cuesta: No estoy de acuerdo totalmente con el axioma del que parte esta pregunta. Si lo estuviera, estaría contradiciendo lo que he venido comentando hasta ahora. No creo que las barreras sean tan altas. O puede que mi inmersión en la academia norteamericana, específicamente en el área de Nueva York, me haya hecho perder perspectiva en este sentido, ya que acá hasta en centros universitarios pequeños y proyectos editoriales insignificantes no se le niega a nadie su participación o inclusión por su conducta o elección sexual o tipo de texto que produzca. Para lo primero hay una ley que castiga y para lo segundo es mi opinión que prima la calidad literaria, lo cual es una máxima venerable.
Creo, de todas maneras, que intervienen en el caso de esas barreras, allí donde las hayan, factores de otro tipo; intereses comerciales, por ejemplo: ¿a qué público voy a vender yo este libro, antología, revista o lo que sea que se esté poniendo en el mercado?, ¿estará realmente interesado en estas temáticas? O especificidades muy complejas, como la orientación política o religiosa que tengan las instituciones, a veces solapadas; pero efectivamente vivas.
De cualquier manera, parto de un principio democrático y plural en donde no me atormentan mucho estas barreras, porque si así fuera, estaría formando parte de su propio bando, aún cuando mi acera sea la opuesta. Es decir, no quiero estar en ese supuesto bando en el que yo aspirara a que mi literatura fuera consumida por todos y cada uno. Hacer de mi producción un proyecto hegemónico que han de aprobar todos porque sí. No, no me atormentan las barreras. Tengo mi propio círculo de discusión, desaprobación, celebración y planes para llevar adelante, los que quieran sumarse a él serán siempre bienvenidos, los que no; espero siempre que propongan otras alternativas que nos hagan reciclar y repensar nuestra realidad.
Gisela Kozak: La tiranía del público y del éxito, por una parte, y la universalización del amor heterosexual como patrón, por otra, lleva a que las representaciones de la condición lésbica se reduzcan a circuitos generalmente selectos o marginales. El mundo académico se ha ido abriendo paulatinamente a la diversidad sexual y la industria cultural estadounidense también pero en América Latina todavía estamos en pañales en este sentido. En Venezuela nunca ha aparecido una lesbiana en una telenovela, por ejemplo. Y la única escritora que ha asumido públicamente su condición y ha hecho activismo he sido yo. Se piensa que lo personal no es político, en suma, y que la homosexualidad es una condición más bien masculina.
Isabel Franc: Al desinterés general del tema. Quién lucha por los derechos LGBT son las Lesbianas, Gays, etc… Llevar los estudios LGBT a las Universidades es una de las metas más importantes a conseguir, por ejemplo, en mi país donde el tema legal, en cuanto a derechos, está ahora a la cabeza a nivel internacional, sin embargo, en el terreno académico apenas aparece.
¿Qué nombres o qué obras específicas consideras que debe leer quien decida estudiar, promover o simplemente conocer esta fenoménica?
Mabel Cuesta: Antes mencioné algunas de las autoras cubanas del siglo XX y XXI, narradoras en su mayoría. Para seguir con las poetas cubanas, creo que no pueden faltar Damaris Calderón, Achy Obejas, otra vez Odette Alonso, Laura Ruiz, Alina Galliano, Mae Roque y Maya Islas.
En general, autoras de todas las épocas y países: Safo, Virginia Woolf, Margarite Yourcenar, Margarite Duras, Djuna Barnes, Silvia Molloy y Cristina Peri Rossi. Habrá muchas más, pero aún no las leí y no me atrevo a asegurar que debamos leerlas.
Gisela Kozak: Judit Butler, Teresa de Lauretis, Sylvia Molloy, Beatriz Gimeno, Gloria Careaga, Norma Mogrovejo, Monique Witting.
Isabel Franc: Aunque parezca mentira, la lista es larga. Yo empezaría por las clásicas: Djuna Barnes (El bosque de la noche y Ladies Almanach, recientemente publicado en castellano por Egales), Radclyffe Hall (El pozo de la soledad), Liane de Pougy (Idilio Sáfico). Más modernas, Patricia Higsmith (Carol), Sara Waters y Jeannette Winterson. En castellano y sin falsas modestias, Isabel Franc (Entre todas las mujeres, Las razones de Jo, No me llames cariño, Cuentos y fábulas y la trilogía de Lola Van Guardia. También está toda la saga detectivesca y el cómic o novela gráfica; una imprescindible es Fun Home de Alison Bechdel.
(Cuba, 1976). Narradora y crítica literaria. Licenciada en Letras por la Universidad de La Habana, Cuba, en 1999. Ha publicado los cuadernos de narraciones breves Confesiones on line (2003) y Cuaderno de la fiancée (2005) En la actualidad es estudiante de doctorado en el programa Hispanic and Luso-Brazilian languages and literatures de City University of New York. Y enseña en Baruch y Hunter College y también en Columbia University.
(Caracas, 1963) es narradora, ensayista y profesora agregada de la Universidad Central de Venezuela. Es magíster en Literatura Latinoamericana y doctora en Letras de la Universidad Simón Bolívar. Ha publicado los ensayos: Rebelión en el Caribe Hispánico. Urbes e historias más allá del "boom" y la postmodernidad (ensayo. 1993); La catástrofe imaginaria (Cultura, saber, tecnología, instituciones) (1998). Su trabajo narrativo incluye Pecados de la capital y otras historias (Monte Ávila, 2005) con el que ganó el premio de narrativa Alfredo Armas Alfonzo en 1997 y Latidos de Caracas, publicada por Alfaguara después de ser primera finalista del Premio de Novela Miguel Otero Silva, en 1999, con el título Rapsodia.
Nacida en Barcelona, se dio a conocer para la literatura con su primera novela Entre todas las mujeres (Tusquets 1992), una obra insólita que mereció ser finalista del Premio La Sonrisa Vertical. Es la autora de la celebrada Trilogía de Lola Van Guardia, editada por Egales, que incluye los títulos: Con Pedigree (1997) Plumas de Doble Filo (1999) y La mansión de las Tríbadas (2002), las tres traducidas al francés publicadas en Odin y las dos primeras al italiano en Il dito e la luna. Es colaboradora habitual en la revista Sales. En noviembre de 2004 publica No me llames cariño, novela que recibió el Premio Shangay al mejor libro del año.