OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
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El legado del ingenio azucarero en Cuba

 

Narciso J. Hidalgo Ph.D

Página 1

“La parte más trascendental de la historia de Cuba se ha escrito en sus ingenios. De los cañaverales ha fluido, como guarapo, toda la vida del pueblo cubano; sus dulzores han sido como sabrosidad de azúcar, sus amarguras como acritud de cachazas, sus alegrías como llamaradas de alcohol, sus dolores como suplicio de humanidad herida a machete, torturada por ruedas, sorbida su sangre viva, muerta en vagazo”.

Enrico Mario Santí1

A finales del último lustro del siglo XVI, a decir de uno de los historiadores cubanos, “funcionaban en la isla los primeros ingenios y trapiches que producían no ya mieles y raspaduras sino también azúcar cristalizada con la que comenzaba la historia de la industria azucarera cubana” (Marrero, II. 311).  El ingenio, en sus formas más primitivas la cunyaya y el trapiche, o en su expresión más acabada, el central, ha sido la fábrica destinada a moler la caña de azúcar para convertirla en guarapo en melazas y azúcar; merced a la labor imprescindible del hombre.

Sin embargo, fue el boom azucarero que tiene lugar a finales del siglo XVIII, el responsable de transformar el ingenio en mucho más que un entramado de engranajes, calderas, hormas y centrífugas. A partir del siglo XIX el ingenio, por las riquezas que genera, produce repentinamente un cambio en las estructuras administrativas y jurídicas que afecta no sólo las instituciones económicas, sino también el desarrollo social y las ideas de la época.2 Así por ejemplo, el ingenio es el promotor de una clase de hacendados que se erige dentro de la sociedad cubana como el grupo de poder.  Hace posible un “diseño” social, donde los hacendados azucareros, autoritarios y racistas “marcan” con sus privilegios y desigualdades al resto de la población.  Contribuye también al establecimiento de un discurso en el cual la sacarocracia criolla “desde arriba” impone su plataforma sociopolítica como el discurso de la nación, sin tener en cuenta los intereses y motivaciones de otros sectores sociales. Se convierte en el coloso que infringe el monocultivo a la agricultura y rige los destinos económicos de la nación. Deviene subsidiario de la ideología anexionista, en momentos en los cuales los imperativos de la corona española obstruyen el auge de la esclavitud. Es también responsable -en última instancia— de la diáspora y la explotación de millones de esclavos negros. De la crueldad y los castigos; los abusos y la impunidad física y moral de que éstos son víctimas. El ingenio fue además el ámbito propicio para la lascivia y la relajación de las costumbres morales de un segmento de la sociedad colonial, casi siempre con la secreta concupiscencia de los representantes de la iglesia. El ingenio ha sido, por demás, cómplice de la aparición de una clase de políticos -sin ingenio— que han gobernado el país como si se tratara de la hacienda familiar. El ingenio cubano, -para bien o para mal— ha sido fuente de riquezas y páramo de males, motivo de celebración y origen de preocupaciones y quebrantos. Analicemos pues, en las páginas que siguen, las circunstancias y hechos que fundamentan estas afirmaciones.

La destrucción de la producción azucarera de Haití a finales del siglo XVIII tomó por sorpresa a los hacendados criollos, que dispuestos a llenar el vacío dejado por ese país en el mercado internacional, se lanzaron a la empresa de multiplicar la producción de azúcar. El boom azucarero fue el resultado, entre otras cosas, de la construcción de más de 100 ingenios en la región occidental de la isla, del aumento masivo del número de esclavos (278 expediciones llevaron a la isla 60,368 piezas de indias entre 1809 y 1817).3 Fue también consecuencia de la prolongación de las jornadas de trabajo -de mayor explotación--, las cuales llegaron a tener 14 y 16 horas diarias. Pero el boom azucarero fue además el momento en el cual la burguesía criolla cubana se manifiesta plenamente como grupo, en sus aspiraciones por regir sus destinos económicos y sociales. Se convierte, como ha señalado Manuel Moreno Fraginals, en un momento de afirmación como clase. A decir del crítico: “En cierta forma el azúcar -producida por el ingenio— separa al habanero de la metrópoli… El productor se va descubriendo así mismo como un hombre activo de raíz económica, que debe su ascensión al proceso productor de mercancías” (Moreno, I-127).

Esa conciencia y orgullo de clase plantea por una parte la necesidad económica de romper con las trabas comerciales impuestas por los comerciantes peninsulares tanto en el comercio del azúcar como en la trata de negros. Presupone también una concepción nueva del trabajo que engrandece al hombre que vive de su capacidad productiva y que niega el pasado espiritual de hidalguía y reminiscencias feudales.  Significa además una nueva era para la cual las ideas y conquistas espirituales de este grupo deberán ser escritas como <la historia>, sin que en ellas se tenga en cuenta el pasado, o aquellas manifestaciones ajenas a los intereses de dicho grupo. Es, además, un sentimiento que se manifiesta frente a las autoridades coloniales y el resto de la sociedad y que a finales del siglo llegará a ser predominante.

La complejidad de los discursos que se manejan a lo largo del siglo XIX entre las autoridades coloniales, los dueños de haciendas, los ilustrados criollos, los comerciantes españoles, los negreros, etc., que pone de relieve el enfrentamiento de sus intereses, los lleva a transitar a través de posiciones reformistas, anexionistas y autonomistas que buscan conservar el crecimiento y desarrollo de sus riquezas.  Si por una parte la presencia negra se había convertido en un “peligro” para un sector de la sociedad colonial cubana, para los cuales mantener el régimen de esclavitud era inadmisible. Para otros, como los sacarócratas, la desaparición de la esclavitud representaría la ruina de sus fortunas. No obstante, en medio de las discusiones socioeconómicas que caracterizan el segundo tercio del siglo XIX, un sector de los criollos ilustrados abogan por la abolición de la trata y el establecimiento de la mano de obra asalariada. Es preciso notar que las tendencias del pensamiento de los hacendados criollos que han comenzado a diferenciarse del sentir español, demuestran igualmente un distanciamiento de las masas de esclavos y de otros sectores de la población como eran los blancos y mestizos pobres. Habría sólo que recordar que desde las páginas de la Revista Bimestre Cubana “José A. Saco (1765-1837) inicia en 1832 una campaña en contra de la trata y a favor de la inmigración blanca, convirtiéndose en un formidable polemista y defensor de la raza española como única posible de portar y desarrollar la cubanidad” (El énfasis es mío. Naranjo, 78). De este modo, la naciente burguesía cubana se erige sobre unos cimientos que impone al resto de la sociedad, sobre los cuales construye una nación cubana y racista, lo que contribuye a la marginalidad de la población negra y mestiza de la isla.

El ingenio como centro productor de la Plantación va configurando lo que Antonio Benítez Rojo denomina la CUBA GRANDE, representada por los intereses de los hacendados azucareros en las regiones donde se localizaban las fábricas de azúcar. En el marco socioeconómico de principios del siglo XIX, el poder que ha generado el proceso de enriquecimiento y afirmación de este grupo se manifiesta en una actitud con unas prioridades que explican: a) las contradicciones inherentes a la producción de azúcar, b) el comportamiento hacia los esclavos, c) las preocupaciones sociales en torno al color de la piel, el estatus social y el fomento de la población blanca y d) las expresiones literarias que abordan el tema negro. Esto es, los textos escritos por el grupo Delmontino.

La esclavitud, como mecanismo generador de riquezas, se convirtió en un obstáculo insalvable para las aspiraciones sociales y políticas de los ilustrados criollos. Ciertamente el régimen esclavista obstaculizaba el desarrollo burgués de la sacarocracia cubana, pero la ausencia de esclavos representaba la muerte del ingenio y si esto llegaba a ocurrir, con la ruina económica, desaparecía también la clase criolla dedicada a la producción de azúcar. Esta contradictoria ecuación contribuyó a que los hacendados criollos se enfrentaran a las autoridades coloniales que siguiendo los acuerdos con Inglaterra buscaban eliminar la trata. Hizo posible también, que cuando los negreros españoles y extranjeros temerosos de las sanciones impuestas por Inglaterra abandonaran el negocio de la  trata, los propios hacendados cubanos fueran los encargados de seguir traficando con las embarcaciones de negros. Motivó además, una enorme división en el grado de compromiso con las ideas sociales de su tiempo. Cuando en 1838 el parlamento inglés aprueba la abolición inmediata de la esclavitud en sus posiciones y las autoridades coloniales en Cuba parecen acceder a las presiones impuestas por Inglaterra para terminar la trata, se reafirma una corriente de pensamiento que tiene como plataforma y objetivo fundamental conseguir la anexión a las colonias esclavistas del sur de los Estados Unidos, con el fin de preservar la esclavitud.

El ingreso masivo de esclavos para mantener la producción del ingenio fue también motivo de preocupaciones y debates en la sociedad colonial. Las ideas independentistas en 1830 representaban para la sacarocracia, según Francisco de Arango y Parreño (1765-1837), la destrucción de sus haciendas e incluso la pérdida de sus vidas y la de sus familias en mano de los esclavos una vez iniciada una revolución.4  El temor a una revolución y el miedo al negro como había sucedido en Haití enfrentó a la CUBA GRANDE -al ingenio, la producción de azúcar y los intereses esclavistas-- con la CUBA CHIQUITA de intereses cafetaleros y tabacaleros, quienes apostaban por la diversificación de cultivos y la mano de obra libre asalariada. Esto podría explicar el arraigo de las ideas independentistas en la región oriental de la isla, a diferencia del occidente. Así por ejemplo, cuando en la región oriental de Cuba se hablaba de independencia y Carlos M. de Céspedes iniciaba en Bayamo la guerra de 1868, en La Habana se celebraban los carnavales con una producción azucarera que ese año sobrepasaría las 720 mil toneladas métricas.6

Para los hacendados criollos prevenir el “peligro negro” supuso también, contrarrestar el posible impacto de la población negra en la sociedad blanca criolla. Estas preocupaciones toman cuerpo legal en 1812 cuando se crea la Junta de Población Blanca, que velaría por el desequilibrio de estos, en relación al número de esclavos.  Como sugiere Naranjo y García en 1820 “entraron en la isla unos diez mil colonos blancos, procedentes de diversas regiones de la Península y Canarias” (78).  No obstante, el incremento de la “política de blanqueamiento” es evidente después de los juicios sumarios que se llevan a cabo a los supuestos integrantes de la Conspiración de la Escalera (1844). No parece fortuito que dos años después entren al país 43,000 peninsulares blancos y católicos.

Habría que añadir que la barrera de la pigmentocracia impuesta por la sacarocracia criolla, que tiene sus antecedentes en la división de castas que estratificaba a la sociedad colonial y mucho antes a la península ibérica, aquí tuvo numerosos ingredientes que complicaron aún más las divisiones sociales. La condición social asociada al color de la piel establecía categorías que funcionaban como un “termómetro” capacitado para medir el nivel de aceptación por parte del resto de la sociedad. En la medida que una persona lograba que el color de su piel se acercara al “blanco” podía tener “mayor aceptación” y viceversa. A esas diferenciaciones se sumaron aquellas que se referían al color real y al color legal de la persona. Como sugiere Verena Stolke:

Indudablemente, la diferencia entre ser tenido por blanco y ser verdaderamente blanco no era una diferencia de color físico… El color legal constituía una forma alternativa de determinar la condición racial de una persona cuando su apariencia física no era un indicador sin ningún tipo de ambigüedad… La apariencia física y el pedigrí familiar no son ni uno ni otro más que un medio de reconocer la misma cosa, es decir, la condición social del individuo. (Stolke, 118-22)

 

Ciertamente si desde el punto de vista legal, a finales del siglo XIX, desaparecen estas clasificaciones no es menos cierto que en el subconsciente de la población, en las tradiciones populares, y sobre todo en la literatura colonial, la republicana, e incluso en los textos escritos después de 1959, han quedado reminiscencias de ellas.  Sin mencionar los textos antiesclavistas del siglo XIX a los cuales me refiero más adelante, habría que recordar novelas como Mersé, de Félix Soloni que publicada en 1926 revela las relaciones sociales y raciales en un solar habanero, donde Mersé, por su condición de mulata, deviene víctima del conglomerado que conforma el solar.6  De igual modo, la novela Cuando la sangre se parece al fuego de Manuel Cofiño López, publicada en 1977 en el marco del “decenio gris”, no puede evitar los visos de racismo que expresa la población en relación con su protagonista Cristino Mora, ejemplo del “hombre nuevo” que la revolución cubana ha creado.  Llama la atención asimismo el estudio publicado por Armando Pereira en 1995 sobre la Novela de la Revolución Cubana, que abarca un período de treinta años (1960-1990), donde no se menciona el nombre de un solo escritor negro en Cuba.

El ingenio propició también el escenario laboral y de convivencia donde tienen lugar las relaciones esclavos vs. esclavistas, este último representado por el Mayoral. No es cierto que el esclavista de origen español fuera mejor que sus homólogos ingleses o franceses. El esclavo en las colonias hispanas del Caribe fue tratado siempre como el “engranaje” esencial para mover el ingenio y en última instancia para servir a la sacarocracia en los quehaceres domésticos. La importancia del esclavo en cualquier circunstancia estuvo determinada por su valor de uso y su valor de cambio. Esto es, por su capacidad para producir bienes materiales y por su valor intrínseco como “herramienta productiva”.  Esta realidad -escamoteada en ocasiones— no ha podido ser ocultada ni siquiera por la literatura escrita a partir de 1830, que busca mostrar las atrocidades de la esclavitud. Es preciso subrayar, sin embargo, que el trato hacia el esclavo no fue homogéneo en lo que se refiere a nivel de exigencias. La economía Plantacional que tiene lugar a partir de finales del siglo XVIII impuso -como se ha dicho— un régimen de explotación más cruento. El interés por producir más azúcar, en momentos en que se temía por la desaparición de la trata, e incluso de la esclavitud, fueron motivos suficientes para que los mayorales “exprimieran” al máximo la fuerza de trabajo del esclavo. “azúcar producida con sangre” si el caso lo requería.  Esa actitud de los hacendados queda reflejada -como he sugerido— en la literatura escrita por los contertulios de Domingo del Monte (1804-1853). Recuérdese el final del relato Petrona y Rosalía de Félix Tanco y Bosmeniel (1797-1871), en la cual ambas mujeres -madre e hija— después de ser abusadas sexualmente por sus dueños mueren en el ingenio y cuando el mayoral comunica la noticia a Doña Concepción y a su hijo Fernando estos exclaman: “--¡Paciencia -dijeron los dos--, se han perdido mil pesos!” (48).

Cierto es que los intelectuales que se reúnen alrededor de la figura de Domingo del Monte deciden hablar del negro y de los castigos que éste recibe. El ingenio, es el escenario donde se cometen las mayores crueldades. Y la peña formada por Ramón de Palma (1812-1860), Félix Tanco, Anselmo Suárez y Romero (1818-1878), José Jacinto Milanés (1814-1863) y Cirilo Villaverde (1812-1894) entre otros, expresa sus puntos de vista, coaligados a una corriente de ideas conocida como el discurso antiesclavista. Al grupo Delmontino se debe que, por vez primera, el elemento negro sea tratado -aunque filantrópicamente— como un fenómeno social. Sus alegatos, crean un “espacio” sociocultural en el cual surge el primer texto antiesclavista de este continente, La autobiografía de un esclavo, de Juan Francisco Manzano (1797-1853) escrita alrededor de 1835, al menos lo que hasta hoy conocemos.7  El primer boceto de Cecilia Valdés, publicado en 1839 en la revista La siemprevivaPetrona y Rosalía, relato escrito en 1838, que permanece inédito hasta 1925, cuando se da a conocer en la revista Cuba Contemporánea y los primeros capítulos de Francisco de Anselmo Suárez y Romero. La crítica que al respecto ha polemizado en relación con las intenciones del grupo Delmontino, ha sugerido que sus textos responden a un proyecto de reforma y modernización de la sociedad colonial, tal vez alentado por las ideas de Richard Madden (1798-1886) y David Turnbull (1801-1864), representantes de los acuerdos bilaterales entre Inglaterra y España para el cumplimiento de la abolición de la trata.8

En este sentido, mis consideraciones se inclinan a evaluar no sólo el contenido per se de cada texto, sino también a subrayar las ideas expresadas en relación con la esclavitud en la correspondencia sostenida por Domingo del Monte, sus contertulios y amigos. Esta perspectiva, me permite decir que estos criollos ilustrados, no obstante y pese a sus inquietudes literarias y sus intereses “antiesclavistas”, estaban inmersos en las contradicciones de la sociedad de su tiempo y veían también con temor y recelos el incremento del número de esclavos. Si sus textos reflejan un tanto esquemáticamente y con toda la carga de prejuicios éticos y raciales de la época la penosa existencia y los castigos de esclavos tales como Petrona, Manzano, Rosalía, Francisco y Dorotea, la correspondencia que sostiene Domingo del Monte con algunos de sus amigos es aún más reveladora de su condición clasista y sus miras como criollo ilustrado. Recuérdese que después de abandonar la isla, por temor a que las autoridades coloniales lo involucraran en los eventos relacionados con la Conspiración de la Escalera, se ve obligado a explicar en un documento con fecha 7 de septiembre de 1843 las razones de su auto exilio.  En él le confiesa a Alexander Hill Everett (1792-1847), diplomático norteamericano:9

Yo no he salido desterrado de mi patria, ni es cierto que viniese Real Orden para ello;... pero los traficantes de negros de La Habana, gente soez y ruin, que no tienen más Dios que el dinero, ya hace tiempo que me tenía marcado por abolicionista, porque yo, como el Sr. Luz, y el Sr. Saco, y todo el que piensa en la isla de Cuba, y no quiere verla convertida en república de africanos, sino en nación de blancos civilizados, escapándola del funesto vaticinio del Barón de Humboldt, siempre he hablado y, en lo que he podido, he escrito contra la trata, y he hecho, además todo lo que he podido por acabarla. (Martínez 348, el énfasis es mío)

 

Esto es, contrario a la tesis sostenida por William Luis, me inclino a pensar que el grupo Delmontino vio la presencia negra con los mismos recelos que el resto de la sociedad blanca y aún, en el caso de que no se produjera una revolución como la de Haití, para ellos el aumento de la población negra frenaría el desarrollo burgués e impediría la prosperidad alcanzada por Inglaterra y otras naciones europeas. Prosperidad a la que aspiraban estos criollos e intelectuales habaneros, y a la cual no estaban dispuestos a renunciar.

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