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| Ángela Toro (fotografía de Germán Huertas) |
Desde la legendaria Tina Modotti, quien además de ser una excepcional fotógrafa protagonizó una intensa vida política que acrecentó su fama, son muchas las mujeres que han merecido renombre mirando desde detrás de una cámara para documentar, aun a riesgo de sus vidas, acontecimientos históricos imprescindibles para la posteridad, entre ellas Jodi Cobb y Karen Kasmauski. Otras, han recogido en el lente las angustias de nuestros días: así, la norteamericana Lara Jo Regan ha recibido premios por sus fotos sobre la vida de los inmigrantes en los Estados Unidos, mientras que Eric Refner, de Dinamarca, y Eileen Murray, de Canadá, también artistas con gran sensibilidad social, fueron seleccionadas como las mejores fotógrafas del año, en 2002 y 2008, respectivamente.
La renombrada fotógrafa colombiana Ángela Toro es una artista de esa misma estirpe.
“Yo nací –nos dice- en una pequeña ciudad llamada Ibagué, a cuatro horas por carretera de la capital de Colombia, un pueblo que es un centro ganadero y arrocero, con grandes haciendas pero con mucho desempleo también”. Y ese Ibagué, que para Ángela Toro es el corazón de su país, nutrió desde niña su imaginación y ahora es una imagen recurrente en todas sus fotos: Ibagué con sus bailes típicos, sus vestidos, las botas de sus vaqueros, su flora y sus aves de corral: un pueblo cercado a veces por la violencia y que, sin embargo, como todos los remotos pueblos de las novelas de García Márquez nos sorprende con su insólita placidez.
“Desde niña mi alimento ha sido la observación”, comenta Ángela Toro con una sonrisa. “Hay imágenes de Ibagué que no se separan de mi memoria. Todavía me parece ver en la calle principal a los hombres sentados en los portales con las piernas cruzadas, tomando tinto, todavía recuerdo como si el tiempo no hubiera transcurrido a las mujeres que pasaban con unas tinteras grandes que llevaban en carritos, los recuerdo a todos tomando tinto a lo largo del día. Cerca de Ibagué, mi pueblo natal, hay otro pueblo llamado Alvarado, que yo visitaba con alguna frecuencia. En Alvarado yo prefería visitar la hacienda Doyare, propiedad de una familia amiga, pero en lugar de quedarme en la casa tomando limonada y conversando con mis amigos, me iba con los veterinarios campo adentro, ayudaba a parir a las yeguas, atenta a cuanto sucedía a mi alrededor. Por eso antes de tener en mis manos una cámara fotográfica atesoraba millones de imágenes en mi cabeza que después comenzaron a tomar de nuevo vida en mi trabajo fotográfico”.
¿Heredaste de algún familiar tu pasión por la fotografía?
Debo decir que yo procedo de una familia dividida: tengo padrastro y tengo madrastra, pero en mi corazón todos están muy unidos. Mi padre vende seguros de vida y pinta imágenes con canciones. Mi padrastro fue político, ha sido alcalde, gobernador y parlamentario. Ahora, después de pensionado es mi compañero de correrías fotográficas. El apunta hacia sus mujeres bellas y yo hacia mis personajes. Mi mamá es ama de casa pero también escritora, analista, romántica, soñadora y, lo más importante, la mejor fotógrafo de todos en la casa. No tiene la técnica que puede exigírsele pero la intención y el significado que ella le pone a cada una de sus fotos han contribuido notablemente a mi formación profesional. Así que alentado por ella estudié en mi país dirección de cine y fotografía, estudios que más tarde he completado en los Estados Unidos, donde resido actualmente.
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| El baile del 8 |
Tú has tenido exposiciones muy exitosas en los Estados Unidos. ¿Cómo aprecias el enfrentamiento con el público?
Yo soy muy tímida y por tanto mis temas son muy personales. Sin embargo, me doy cuenta que la gente cuando asiste a las exposiciones de mis fotos comparte mis sentimientos más íntimos aunque no hayan tenido las mismas experiencias visuales que yo. Así ocurre por ejemplo con la serie de Los Vaqueros, que recoge momentos importantes para los que conocemos las zonas rurales de Colombia, momentos ajenos a la experiencia del público en los Estados Unidos, y que para mi mayor sorpresa consiguen conmover a ese público, porque el esfuerzo de los vaqueros de mi país en su quehacer diario es el mismo esfuerzo que en todos los idiomas y en los más diversos países realizan los hombres para ganarse el sustento. Es lo mismo que ocurre con mi foto donde aparecen unas gallinas entrando por la puerta de una casa de Ibagué. Cuando la ve un cubano dice: ay, eso es Cuba, y cuando es un ecuatoriano el que la ve dice: Uy, eso es Ecuador, en tanto que un español puede decir: esta foto ha sido tomada en un pequeño pueblo de Andalucía.
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| El último ruego (Autorretrato) |
La famosa fotógrafa alemana Ursula Schulz-Dornburg acaba de declarar en Madrid, donde ha expuesto parte de su obra, que ella es “militante del blanco y negro”. ¿Lo prefieres tú también en lugar de las fotos a color? ¿Cuál prefieres: la luz solar o la artificial?
Prefiero el blanco y negro porque el color distrae el ojo y se pierde mucho la lectura de las entrelíneas emocionales. Sin embargo, respeto y aprecio el color, esperanzada en que el observador vea más allá de la primera capa de pintura. Uso los dos tipos de luces. Si el sol y las rendijas de las ventanas, puertas y paredes me permiten una imagen es mágica la experiencia. Si necesito luz artificial no me privo de usarla. Eso sí el flash, aunque a veces es necesario, no lo soporto.
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| Mis gallinas |
Entre todas tus fotos, ¿cuál es la que más te complace?
Podría decir que la de las gallinas. También entre las que más han satisfecho mis expectativas están las fotos que he tomado desde dentro de las casas, a través de ventanas y puertas, porque cada mundo es diferente, porque lo que ocurre allá afuera nada tiene que ver con lo que ocurre acá adentro, donde alguien, en este caso yo, con una cámara en la mano pretende atrapar la imagen de lo que sucede en otras dimensiones, donde alguien puede atravesar una calle ignorando que agazapada en la salade una casa hay otra persona tratando de inmortalizarlo en una foto.