OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
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La diáspora cubana desde una perspectiva transnacional

 

Jorge Duany

Página 1

En el prólogo al libro que inauguró el modelo dominante de la migración transnacional (Glick Schiller et al., 1992), Lambros Comitas señalaba los antecedentes teóricos de dicho paradigma en la obra del antropólogo cubano Fernando Ortiz. En particular, el concepto de transculturación anunciaba algunos elementos centrales para el análisis de las comunidades transnacionales. Entre ellos, Ortiz subrayaba el flujo de prácticas culturales de diverso origen a través de las fronteras y el surgimiento de culturas híbridas mediante sucesivas oleadas migratorias. Sin embargo, el resto del volumen editado por Nina Glick Schiller y sus colegas no explora sistemáticamente las convergencias y divergencias entre la transculturación y la transnacionalidad en el contexto de la migración actual hacia Estados Unidos. Más aún, ninguno de los trabajos reunidos en este libro aborda el caso cubano como un ejemplar del transnacionalismo, a pesar de que varios autores se enfocan en México, República Dominicana, Haití y otros países caribeños. Esta ausencia teórica y empírica de la diáspora cubana se repite en otros ensayos ya clásicos (véase Basch et al., 1994; Portes et al., 1999, 2002; Smith y Guarnizo, 1998), en que los cubanos aparecen como la excepción a la regla en los desplazamientos transnacionales contemporáneos.

El éxodo cubano postrevolucionario suele abordarse como una experiencia con pocos paralelos históricos o contemporáneos, incluso en el Caribe hispánico. La gran mayoría de los investigadores analiza al exilio cubano como un fenómeno insólito entre las minorías étnicas en Estados Unidos (véase, por ejemplo, García, 1996; González Pando, 1998; Masud-Piloto, 1996; Pedraza, 1996, 2007; Pérez, 2001).1 Un ejemplo reciente de esta tendencia es el excelente libro de Guillermo Grenier y Lisandro Pérez, The Legacy of Exile: Cubans in the United States (2003), que reitera varios temas dominantes en los estudios cubanoamericanos. Como muchos académicos, Grenier y Pérez ponen énfasis en la condición legal especial de los refugiados de la Revolución Cubana, así como en los programas inusuales de asistencia económica financiados por el gobierno de Estados Unidos. Más aún, argumentan que “incluso la emigración de Cuba está marcada por el excepcionalismo… La emigración ha mantenido un ethos del exilio, ha creado un poderoso enclave étnico y despliega niveles relativamente altos de influencia económica y política tanto en el plano local como el nacional” (Grenier y Pérez, 2003: 34; todas las traducciones del inglés son mías). Los autores también insisten en ciertos elementos “únicos” de la historia cubana, como la rápida reducción de la población indígena, la larga historia del colonialismo español y la posición estratégica de la Isla entre América y Europa. (Todos estos factores aplican en mayor o menor grado a Puerto Rico y República Dominicana.) Al reseñar el período republicano entre 1902 y 1958, Grenier y Pérez admiten que “los cubanos tenían buenas razones para creer que ocupaban una posición única y privilegiada en el orden mundial, la cual reforzaba un sentido de singularidad y presunción en relación con sus vecinos latinoamericanos y caribeños” (p. 33).2

El problema recurrente con el excepcionalismo cubano, tanto en los estudios de la migración como en otras áreas de especialidad, es que tiende a aislar el objeto de estudio de su contexto internacional. Sin embargo, la emigración cubana se inserta dentro de corrientes regionales y globales más amplias. Por ejemplo, las redes de parentesco entre Cuba y su diáspora se revitalizaron durante la década de 1990, según muestra el aumento vertiginoso del dinero enviado por los migrantes a la Isla. Este patrón de conducta refleja un tupido campo transnacional, más allá de las brechas ideológicas entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos. Del mismo modo, el embargo estadounidense de Cuba, vigente desde 1962, ha permitido algunos intercambios culturales, musicales y artísticos, que han facilitado el movimiento de personas, ideas, prácticas, dinero y mercancías entre La Habana y Miami. Otra situación que ilustra los vínculos políticos conflictivos entre la comunidad cubana de Miami y el gobierno de la Isla fue la controversia sobre el niño balsero Elián González en el año 2000, cuando muchas de las mismas imágenes y discursos se repetían a ambos lados del estrecho de la Florida. Varios trabajos etnográficos han detallado las conexiones transnacionales entre practicantes de la religión afrocubana en Estados Unidos y en Cuba (véase Burke, 2002; Knauer, 2001, 2003; Mahler y Hansing, 2005). Tales experiencias sugieren que la diáspora cubana de las últimas dos décadas merece repensarse a la luz del marco transnacional y, a la inversa, dicho marco puede enriquecerse tomando en cuenta a la migración cubana.

Desde hace algún tiempo, la diáspora cubana no es tan extraordinaria como lo han planteado muchos estudiosos. La ola migratoria iniciada en 1989 (a partir de la crisis económica conocida oficialmente como Período Especial en Tiempos de Paz) se asemeja a otros desplazamientos poblacionales caribeños, incluyendo su condición legal (en gran medida indocumentada), motivación (cada vez más económica) y composición social (mayormente de clase trabajadora), así como el uso de la migración como válvula de escape por el gobierno cubano. Esta última ola encaja con un perfil regional bien establecido que se nutre principalmente de sectores relativamente jóvenes y urbanos de la clase trabajadora, de escolaridad intermedia, incentivados por la búsqueda de mejores salarios y empleos en el exterior y dispuestos a salir del país por medios legales o ilegales (Aja Díaz, 1999; Castro, 2002; Duany, 2005a; Martín et al., 2001; Pedraza, 2007; Rodríguez Chávez, 1997). Las dificultades materiales de la vida cotidiana han llevado a muchos cubanos a considerar la emigración como la única vía para la movilidad social. Durante la crisis de los balseros de 1994, la Guardia Costera de Estados Unidos comenzó a devolver a los inmigrantes indocumentados a Cuba, así como ha repatriado a haitianos y dominicanos por décadas. Más aún, durante la década de 1990, los emigrados cubanos enviaron millones de dólares a sus parientes y miles de ellos viajaron a la Isla, igual que lo han hecho los puertorriqueños y dominicanos con sus países de origen (Barberia, 2004; Eckstein, 2003; Eckstein y Barberia, 2002, 2004). Como señala Lisa Maya Knauer (2001: 22), la diáspora no ha roto totalmente los enlaces familiares y personales con Cuba.

No niego que el caso cubano difiera de otras instancias de la migración transnacional contemporánea. En particular, la mayoría de los demás migrantes no ha desarrollado una relación tan antagónica con sus Estados emisores como los cubanos residentes en el exterior. Contrario al gobierno dominicano o el mexicano, el cubano puede considerarse como un “Estado desinteresado y denunciante” que trata a sus emigrados como si no pertenecieran a la nación (Levitt y Glick Schiller, 2004). Incluso la autoclasificación de muchos cubanos como exiliados es rara entre las comunidades transnacionales. El pujante enclave económico cubano en Miami y su tenaz ideología anticomunista también son poco comunes en la historia estadounidense. Adicionalmente, los cubanos indocumentados que llegan a territorio estadounidense no son deportados como otros grupos, sino que son acogidos bajo la Ley de Ajuste Cubano de 1966.

No obstante, los cubanos en Estados Unidos –y en otros países– se entienden mejor desde una perspectiva transnacional que reconozca sus semejanzas básicas con otros inmigrantes. De lo contrario, se corre el riesgo de reproducir el mito de la “posición única y privilegiada” de Cuba en el mundo y de la inmigración cubana en Estados Unidos. Un marco de referencia más amplio ayudaría a explicar las raíces históricas del éxodo cubano, sus modos de incorporación a la sociedad estadounidense, la transformación de sus identidades culturales y sus múltiples efectos, tanto en el país de origen como el receptor. Como escribe María de los Ángeles Torres (1999: 20), “La carga del ‘excepcionalismo cubano’ disminuye de alguna manera al entender que hay situaciones comparables confrontadas por todos los grupos latinos –incluyendo su relación ambivalente con la patria”.

En el resto de este ensayo, destacaré la circulación de personas, bienes materiales y simbólicos entre Cuba y Estados Unidos, particularmente durante el Período Especial. En primer lugar, reseñaré el marco teórico transnacional y determinaré su pertinencia para el éxodo cubano. En segundo lugar, documentaré la persistencia de los lazos de parentesco entre la Isla y el exterior. En tercer lugar, señalaré la importancia de los envíos de dinero y los viajes de los migrantes como fuentes de divisas en Cuba. En cuarto lugar, analizaré los nexos socioeconómicos entre los cubanos en y fuera de la Isla desde una óptica transnacional. Finalmente, identificaré algunas actitudes y prácticas culturales transnacionales de los cubanos en Estados Unidos.

Básicamente, mi tesis es que la diáspora cubana constituye un caso especial (pero no único) de transnacionalismo. Durante las últimas dos décadas, la Isla ha experimentado muchas de las mismas fuerzas económicas y sociales que otros países caribeños como resultado de un éxodo masivo e incesante. En el año 2007, la población de ascendencia cubana en Estados Unidos (1.6 millones) representaba el 14.3% de la población de Cuba (11.2 millones) (Oficina Nacional de Estadísticas, 2008; U.S. Census Bureau, 2008). Al igual que los migrantes dominicanos o puertorriqueños, los cubanos han ensanchado los límites fronteras territoriales y culturales de la nación. Por ende, el enfoque transnacional puede ayudar a reconceptualizar el flujo de personas y recursos entre Cuba y Estados Unidos.

 

Repensar el transnacionalismo

Uno de los marcos teóricos más productivos para el estudio de la migración surgió durante la década de 1990 bajo el término de “transnacionalismo”. La formulación más temprana e influyente del nuevo paradigma fue el volumen editado por Nina Glick Schiller, Linda Basch y Cristina Blanc-Szanton (1992). A este libro le sucedió en breve la obra escrita en colaboración por las mismas autoras, Nations Unbound (Basch et al.,1994), que elaboraba más sistemáticamente las implicaciones conceptuales y metodológicas del modelo. Numerosos estudiosos han refinado el enfoque transnacional sobre la migración desde diversas posturas (véase Levitt y Glick Schiller, 2004; Levitt y Nyberg-Sørensen, 2004; Levitt y Waters, 2002; Mahler y Pessar, 2003; Portes et al., 1999, 2002; Smith y Guarnizo, 1998; Vertovec, 2004). Sin embargo, la mayoría de los autores coincide en que se requieren nuevas aproximaciones a la migración en la fase contemporánea de la economía capitalista mundial. Todos concuerdan en que las categorías convencionales del análisis social –tales como nación, Estado, ciudadanía, raza, etnicidad, clase, género e identidad– deben revisarse a la luz de las tendencias actuales. El problema básico es cómo definir, describir y explicar las conexiones transnacionales en diversos asentamientos migratorios.

Glick Schiller y sus colegas (1992: 1) han ofrecido una visión panorámica del transnacionalismo como “los procesos mediante los cuales los migrantes construyen campos sociales que vinculan a su país de origen y su país de asentamiento”. Posteriormente, Alejandro Portes y sus colegas (1999: 219) restringieron su definición al ejercicio de “ocupaciones y actividades que requieren contactos habituales y sostenidos a través de las fronteras nacionales”. Por mi parte, prefiero una postura intermedia hacia el transnacionalismo como la construcción de campos sociales a través de fronteras nacionales como resultado de la circulación de personas, ideas, dinero, bienes e información. Dicha definición incluye numerosas prácticas materiales y simbólicas que enlazan a los migrantes con sus países de origen.

Por ejemplo, muchos migrantes caribeños y latinoamericanos participan simultáneamente en dos o más sistemas políticos, ostentan una doble ciudadanía, envían dinero a sus familiares y definen sus identidades culturales en términos híbridos, tales como cubanoamericanos y domínicoamericanos. Dichas conexiones transnacionales frecuentemente (pero no siempre) vienen acompañadas de un constante vaivén de personas, facilitado por los sistemas de transportación y comunicación más modernos. Los viajes aéreos, las llamadas telefónicas, las grabaciones en vídeo, las comunicaciones por fax y el correo electrónico han reducido grandemente el tiempo y el costo de mover gente, imágenes, ideas y objetos entre las islas caribeñas y el continente norteamericano. La mayoría de los estudiosos coincide en que la globalización del capitalismo, que ha estimulado tales avances tecnológicos, es la causa primordial del transnacionalismo contemporáneo. En este sentido, el movimiento transnacional de personas es sólo un aspecto –aunque crucial– del intercambio desigual de capital, mercancías, tecnología, información, ideología y cultura (véase Basch et al., 1994; Smith y Guarnizo, 1998). Para algunos estudiosos, los términos globalización y transnacionalización son prácticamente sinónimos.

No obstante, el transnacionalismo contemporáneo es un fenómeno político tanto como económico. El transnacionalismo se ha nutrido de esfuerzos estatales por expandir el alcance territorial de los derechos y obligaciones de los ciudadanos; el auge de instituciones sociales que conectan a varios países (tales como confederaciones de partidos políticos, iglesias, movimientos comunitarios y otras organizaciones no gubernamentales) y el debilitamiento del Estado-nación frente a fuerzas globales y regionales. Durante la década de 1990, se revisaron las constituciones de Colombia, República Dominicana, Ecuador y México para reconocer la doble ciudadanía y el voto ausente. En muchos países, las políticas públicas se caracterizan por un “transnacionalismo de facto”, al superar los enfoques estrictamente nacionales hacia asuntos como el movimiento de capital, mano de obra e incluso sustancias controladas (Sassen, 1999). Sin embargo, tales tendencias globalizantes no contradicen sino que complementan las locales. Por ejemplo, los inmigrantes dominicanos ampliaron su participación política en la ciudad de Nueva York así como en la República Dominicana durante la década de 1990 (Graham, 2001). En otras palabras, el transnacionalismo impulsa la incorporación de los inmigrantes a la sociedad receptora simultáneamente con la reincorporación a la sociedad emisora.

 

El transnacionalismo cubano

Aquí me propongo reinterpretar la diáspora cubana como una variante peculiar de la migración transnacional. Como han apuntado varios estudiosos, los lazos transnacionales entre Cuba y Estados Unidos son mucho más restringidos e irregulares que los que tienen, por ejemplo, los migrantes puertorriqueños y dominicanos con sus países de origen (Pedraza, 2007; Waldinger, 2007). Desde 1959, las políticas estadounidenses y cubanas –así como la política del exilio– han obstaculizado el flujo de personas, bienes e ideas. Sin embargo, la perseverancia de enlaces económicos y sociales entre la Isla y el exterior amerita examinar los paralelos entre la migración cubana y otras instancias transnacionales. Al mismo tiempo, reflexionar sobre el éxodo cubano contribuye a ampliar el concepto de transnacionalismo para incluir los vínculos forjados más allá de las fricciones entre dos Estados en pugna, los de Cuba y Estados Unidos.

La diáspora cubana tiene varias características distintivas desde un punto de vista transnacional. Para empezar, los emigrados pierden prácticamente todos sus derechos como ciudadanos al mudarse a Estados Unidos, incluyendo el derecho a retornar de manera permanente a la Isla. Por lo tanto, la diáspora cubana después de 1959 ha sido un flujo predominantemente unilateral hacia el norte, a diferencia de la puertorriqueña y la dominicana. Aunque el gobierno de Fidel y Raúl Castro ha hecho algunos acercamientos a la comunidad cubana en el exterior,3 aún no ha desarrollado una postura coherente sobre asuntos como la repatriación, la jubilación y la inversión de los exiliados. Hasta el momento, los emigrados no pueden establecer negocios en Cuba, como sí pueden hacerlo los ciudadanos de España, Canadá y otros países. Las visas de entrada para los cubanoamericanos siguen siendo más caras que para los turistas extranjeros. Los viajes desde y hacia la Isla aún se limitan a una minoría de los cubanos. Para los que viven fuera, la ciudadanía cubana ofrece pocas ventajas prácticas y, en algunos casos, como viajar a otros países, representa una verdadera desventaja.

Otro rasgo sobresaliente del gobierno cubano ha sido su animosidad hacia la diáspora. Hasta hace poco, Cuba restringió la emigración por edad, género y ocupación, pero la prolongada crisis económica de la década de 1990 propició un relajamiento de los requisitos para viajar fuera de la Isla (véase Hernández, 1995; Martín y Pérez, 1998; Rodríguez Chávez, 1997). Incluso, ahora es posible vivir temporalmente en el exterior sin perder el derecho de regresar a Cuba. Entre los años 1996 y 2000, se calculaba que 16,197 personas obtuvieron el Permiso de Residencia en el Exterior (PRE), que las autorizaba a entrar y salir libremente del país (Casaña, 2002). Aun así, debido a las tensiones políticas entre La Habana y Washington, el gobierno de los hermanos Castro generalmente ha tratado a los exiliados con sospecha y desprecio (y viceversa). Tradicionalmente, el régimen socialista ha utilizado la emigración como una estrategia para exportar la disidencia. Hasta 1994, Estados Unidos le dio la bienvenida a los cubanos refugiados que “votaban con sus pies” contra el comunismo en plena Guerra Fría (Masud-Piloto, 1996; Pedraza-Bailey, 1985).

Estas políticas públicas se relacionan estrechamente con las discrepancias ideológicas entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos. Las hostilidades cubanoamericanas se basan en la continua adhesión de La Habana al socialismo así como la resistencia de Washington a levantar el embargo y las presiones de los líderes exiliados en Miami. Para los que se encuentran en medio de estas tensiones, la lealtad a Estados Unidos o a Cuba se plantea usualmente de manera excluyente. Sólo recientemente ha surgido la posibilidad de un mayor acercamiento entre residentes de la Isla y la diáspora (véase Torres, 1999; Pedraza, 2007).

Después de una larga e intensa confrontación con sus emigrados, el régimen socialista intentó “normalizar” sus contactos con la diáspora durante la década de 1990. Al igual que México, Cuba estableció una oficina para atender los asuntos de los cubanos residentes en el exterior bajo el Ministerio de Relaciones Exteriores. En 1995, el Ministerio lanzó Correo de Cuba,“la revista de la comunidad cubana”, para divulgar sus actividades. En junio del mismo año, la Unión de Escritores y Artistas Cubanos y la Universidad de La Habana (1995) organizaron un simposio sobre cultura e identidad nacional, en que participaron intelectuales exiliados. Desde 1994 hasta el 2003, el gobierno celebró tres conferencias sobre “La nación y la emigración” con representantes de la diáspora (véase Ministerio de Relaciones Exteriores, 2008). Pese a algunos avances, la mayoría de los esfuerzos estatales por ampliar el “diálogo” con los emigrados han sido endebles. Hasta la fecha, ha predominado una política de aislamiento y distanciamiento. Cuba sigue siendo un “Estado desinteresado y denunciante” que percibe a los exiliados como traidores a la causa revolucionaria (Levitt y Glick Schiller, 2004).4 Probablemente será necesario que Estados Unidos y Cuba reanuden sus relaciones diplomáticas antes de que los emigrados puedan coexistir con el régimen establecido en la Isla. Sin embargo, la tirantez oficial no ha suprimido los vínculos informales de la población cubana con la diáspora.5

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